Un archipiélago en el corazón del Mediterráneo donde conviven ciudades barrocas amuralladas, templos más antiguos que las pirámides y algunas de las aguas más transparentes de Europa. Malta es sol, historia milenaria e inglés en todas partes.
La moneda es el euro (€), así que si venís de otros países de la eurozona no necesitás cambiar nada. Las tarjetas se aceptan sin problema en hoteles, restaurantes y comercios, pero conviene llevar algo de efectivo para los buses, kioscos, mercados y el ferry a Gozo. Hay cajeros por todos lados en las zonas turísticas.
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En un archipiélago de apenas 316 kilómetros cuadrados en el centro exacto del Mediterráneo caben más capas de historia que en países cien veces más grandes. Antes que las pirámides de Egipto y mucho antes que Stonehenge, unos agricultores neolíticos levantaron acá los templos de piedra más antiguos que se conservan en pie sobre la Tierra. Después pasaron todos: fenicios y cartagineses, romanos y bizantinos, árabes, normandos, la Orden de los Caballeros de San Juan, Napoleón por un puñado de años y el Imperio británico durante más de siglo y medio. Cada uno dejó algo, y la suma es este país improbable donde se reza en un idioma semítico escrito con alfabeto latino y se maneja por la izquierda.
La historia de Malta es la de una roca estratégica que nunca eligió del todo su destino, disputada porque quien la controlaba controlaba el paso entre el este y el oeste del Mediterráneo. De ahí el Gran Asedio otomano de 1565, de ahí el bombardeo brutal de la Segunda Guerra Mundial que le valió la George Cross a toda una población civil. Recién en 1964 los malteses se gobernaron a sí mismos por primera vez en milenios. Esta es esa historia larga, contada con nombres, fechas y cifras.
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