Casi 1.200 islas de coral repartidas en 26 atolones sobre el océano Índico, ninguna de más de tres metros sobre el mar: Maldivas es, para mucha gente, la definición misma del paraíso. Arena blanca finísima, lagunas de un turquesa irreal, arrecifes que estallan de vida y villas sobre pilotes con el agua debajo. Es el destino de luna de miel por excelencia, pero también uno de los mejores lugares del planeta para bucear y hacer snorkel. Durante décadas fue un lujo casi inalcanzable, con la regla de "una isla, un resort": cada hotel ocupa su propia islita privada, todo incluido y con precios de cientos de dólares por noche. Pero desde que se permitió el turismo en las islas habitadas, apareció otro Maldivas mucho más accesible: el de las guesthouses en islas locales como Maafushi o Thulusdhoo, donde se duerme por una fracción del precio, se come pescado fresco y se comparte la vida cotidiana de los maldivos. Son dos maneras muy distintas de vivir el mismo país. En las islas-resort mandan la privacidad y el todo incluido; en las islas locales hay que respetar las costumbres musulmanas —vestimenta modesta fuera de la playa de bikini, sin alcohol— a cambio de un viaje mucho más barato y auténtico. Se llega en avión a Malé, se paga casi todo en dólares y se salta de isla en isla en hidroavión, lancha rápida o ferry público. Elegir bien el atolón y la época del año es la mitad del viaje.
La moneda oficial es la rufiyaa maldiva (MVR, a veces escrita rufiyā), dividida en 100 laari, pero en la práctica el turista casi no la usa: los resorts, hoteles, excursiones y buena parte de las guesthouses cobran directamente en dólares estadounidenses (USD), la moneda de referencia del turismo. Como orientación, 1 dólar equivale a unas 15 rufiyaa, con un tipo de cambio bastante estable, aunque conviene revisar la cotización del día. Las tarjetas de crédito se aceptan sin problema en resorts, hoteles y muchos comercios (a veces con un recargo), pero conviene llevar algo de efectivo en dólares en billetes chicos para propinas, tiendas pequeñas y traslados. La rufiyaa solo hace falta para cosas muy locales: los ferris públicos del Estado, cafeterías de barrio en Malé y compras menores en las islas habitadas. No es necesario cambiar grandes sumas: se puede sacar rufiyaa de cajeros en Malé y Hulhumalé si hiciera falta. La propina no es obligatoria pero se agradece: unos pocos dólares al personal de la guesthouse, la tripulación del barco de buceo o el guía.
Conversor completo de MVR →Casi todos los viajeros llegan por aire al Aeropuerto Internacional de Velana (código MLE), en la isla de Hulhulé, junto a la capital, Malé. Es el gran hub del país, conectado con Oriente Medio (Dubái, Abu Dabi, Doha, Estambul), Asia (Colombo, Singapur, Bangkok, la India) y Europa. Desde América Latina no hay vuelos directos: la ruta habitual pasa por un enlace en Europa (Madrid, Estambul) o en el Golfo (Dubái, Doha, Abu Dabi). Una vez en Maldivas, el traslado hasta el alojamiento es parte de la aventura y su costo puede ser alto, así que conviene tenerlo en cuenta al elegir isla. Hay tres formas de moverse entre atolones: el hidroavión (seaplane), que aterriza sobre el agua y llega a resorts lejanos con vistas espectaculares (es lo más caro); la lancha rápida (speedboat), la opción más común para islas cercanas a Malé; y los ferris públicos del Estado, lentos y con pocas frecuencias pero baratísimos, ideales para viajeros de presupuesto ajustado que se mueven entre islas locales. Para el sur profundo (Addu, Fuvahmulah) o el atolón Baa hay además vuelos internos con Maldivian a aeropuertos regionales, seguidos de una lancha. Conviene distinguir dos mundos: las islas-resort, privadas, con todo incluido y precios altos, y las islas locales habitadas, con guesthouses económicas, comida local y normas de vestimenta modesta fuera de la playa reservada a turistas.
La historia de Maldivas es la de un rosario de islas diminutas sembradas sobre el Índico, un país hecho casi enteramente de agua: unas 1.192 islas coralinas agrupadas en 26 atolones naturales, de las que apenas unas 190 están habitadas, repartidas a lo largo de más de 800 kilómetros de océano al suroeste de la India y Sri Lanka. Sobre esa geografía frágil y luminosa, marinos venidos del sur de la India y de Ceilán levantaron hace más de dos mil años una civilización propia, con su lengua —el dhivehi— y sus reyes, primero budistas y desde 1153 musulmanes, que hicieron de estas islas una escala clave en las viejas rutas de las especias, el cauri y el coco.
Encrucijada de comerciantes árabes, persas, malayos y africanos, Maldivas fue sultanato independiente durante casi ocho siglos, resistió una brutal ocupación portuguesa en el siglo XVI, vivió como protectorado británico hasta 1965 y desde entonces recorrió un camino accidentado: la larga autocracia de Maumoon Abdul Gayoom, la primera elección democrática de 2008, y la conversión, en apenas medio siglo, en uno de los destinos turísticos más codiciados del planeta bajo el modelo de "una isla, un resort". Hoy este país, el más plano de la Tierra, con una altura media de apenas metro y medio sobre el mar, se ha vuelto también el símbolo mundial de la lucha contra el cambio climático: entender Maldivas es entender a la vez un paraíso y una advertencia.
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