Mucho antes de los incas y de los españoles, los Andes bolivianos fueron cuna de una de las grandes civilizaciones de América. Cerca de la orilla sur del lago Titicaca, a unos 3.850 metros de altura, floreció Tiwanaku (o Tiahuanaco), un centro ceremonial y político cuyos orígenes se remontan a los primeros siglos de nuestra era. La cultura se consolidó como un Estado expansivo entre los años 100 y 400 d.C. y alcanzó su máximo esplendor aproximadamente entre el 500 y el 1000 d.C., cuando su capital llegó a albergar decenas de miles de habitantes y su influencia se extendió por el sur del Perú, el norte de Chile y el noroeste argentino.
La Puerta del Sol, los grandes monolitos como el Bennett y el Ponce, la pirámide de Akapana, el templete semisubterráneo y los templos de Kalasasaya son testimonio de su extraordinario dominio de la piedra, la astronomía y la ingeniería hidráulica. Tiwanaku desarrolló sistemas de cultivo en camellones o 'suka kollus' que permitían producir alimentos en la dureza del altiplano, y difundió un estilo artístico y religioso —con la figura central de un dios de los báculos— que unificó culturalmente a buena parte de los Andes centro-sur. Hacia el año 1000-1150, una prolongada sequía debilitó su base agrícola y el centro fue finalmente abandonado, dando paso a los reinos aymaras. Desde el año 2000, el complejo es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
El altiplano y los valles estuvieron habitados por numerosos pueblos: los aymaras, herederos de los señoríos lacustres que sucedieron a Tiwanaku, como el poderoso reino Lupaca, los Pacajes y los collas; los quechuas de los valles; los urus del Titicaca, del Desaguadero y del lago Poopó, considerados entre los habitantes más antiguos de los Andes; y, en las tierras bajas del oriente y el sur, los guaraníes (chiriguanos), los moxeños de los Llanos de Moxos, los chiquitanos, los tacanas y decenas de pueblos amazónicos y chaqueños. Esa diversidad, con el aymara y el quechua todavía muy vivos como lenguas maternas de millones de personas, sigue siendo el rasgo más profundo de la identidad boliviana.
En el siglo XV, durante los reinados de Pachacútec y Túpac Yupanqui, los incas incorporaron el altiplano y los valles bolivianos a su imperio, el Tahuantinsuyo, dentro de la gran región meridional llamada Collasuyo. La conquista incaica no fue sencilla: los señoríos aymaras, especialmente los collas y lupacas del Titicaca, opusieron una fuerte resistencia y solo tras duras campañas quedaron sometidos, conservando buena parte de su lengua y de su organización dual.
Los incas impusieron el quechua como lengua administrativa, integraron la región a la red de caminos del Qhapaq Ñan, instalaron centros como Incallajta —en los valles de Cochabamba, el mayor conjunto arquitectónico inca del actual territorio boliviano— y trasladaron poblaciones mediante el sistema de mitimaes para asegurar la producción agrícola de maíz y coca en los valles templados. También reorganizaron el trabajo colectivo a través de la mita, la contribución rotativa de mano de obra que más tarde los españoles convertirían en un instrumento de explotación minera.
En las tierras bajas del oriente, sin embargo, el avance incaico encontró un límite. Los guaraníes o chiriguanos del piedemonte andino frenaron la expansión del Tahuantinsuyo, y los pueblos de la Amazonía y del Chaco permanecieron fuera de su órbita. Cuando los españoles llegaron a la región en la década de 1530, el Imperio inca acababa de sumirse en una guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, circunstancia que facilitó enormemente la conquista europea.
La conquista española del actual territorio boliviano se produjo en la década de 1530, tras la caída del Imperio inca a manos de Francisco Pizarro. La región pasó a llamarse Charcas o Alto Perú y quedó organizada bajo la Real Audiencia de Charcas, creada en 1559 por el rey Felipe II, con sede en la ciudad de La Plata (la actual Sucre). Este alto tribunal administraba justicia sobre un vasto territorio que abarcaba parte de los actuales Paraguay, sudeste del Perú, norte de Chile, noroeste argentino y casi toda Bolivia.
En los primeros años, los conquistadores protagonizaron sangrientas guerras civiles entre las facciones de Pizarro y Diego de Almagro, que solo terminaron con la llegada de la autoridad real. Sobre las ruinas del orden incaico, los españoles fundaron ciudades estratégicas: La Plata (1538-1540), La Paz (1548), Cochabamba (1571), Tarija (1574) y Santa Cruz de la Sierra (1561). El territorio dependió primero del Virreinato del Perú y, desde 1776, del recién creado Virreinato del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires, un cambio que reorientó el comercio y sembró rivalidades administrativas.
El acontecimiento que definió la suerte de Charcas fue el hallazgo de plata en el Cerro Rico de Potosí en 1545. La corona organizó en torno a esa riqueza todo un sistema colonial: la mita minera, que obligaba a decenas de miles de indígenas de las provincias del sur andino a trabajar por turnos en las minas y en los ingenios de amalgamación con mercurio traído de Huancavelica. El Alto Perú se convirtió así en el gran motor plateado del Imperio español, con un enorme costo humano para las poblaciones indígenas y africanas sometidas al trabajo forzado.
Pocos lugares del planeta cambiaron tanto la historia como Potosí. En 1545, según la tradición, el indígena Diego Huallpa descubrió la plata del Sumaq Urqu, el Cerro Rico, y de inmediato la corona fundó al pie de la montaña la Villa Imperial de Potosí. En pocas décadas se convirtió en una de las ciudades más grandes, ricas y pobladas del mundo: a comienzos del siglo XVII rivalizaba en habitantes con Londres, París o Sevilla, y de su expresión popular nació el dicho 'vale un potosí' para designar algo de valor incalculable.
La plata potosina alimentó una verdadera economía-mundo. Acuñada en la Casa de la Moneda, viajó en flotas hacia Sevilla y, a través del galeón de Manila, hasta China, financiando guerras europeas, comercio global e inflación de precios en el Viejo Continente. Para sostener semejante producción, el virrey Francisco de Toledo institucionalizó a partir de 1572 la mita minera: cada año, miles de indígenas de un amplio radio de provincias eran conducidos a Potosí para trabajar en condiciones extremas en las galerías del cerro y en los ingenios donde se refinaba el metal con mercurio.
Ese esplendor tuvo un costo humano inmenso y prolongado durante casi tres siglos. Generaciones de mitayos y de esclavos africanos murieron por derrumbes, silicosis, envenenamiento con azogue y jornadas agotadoras bajo tierra. Potosí concentra así las dos caras de la historia colonial americana: la del lujo barroco de sus iglesias y la de la explotación que sostuvo al Imperio. En reconocimiento a esa doble condición, la Unesco declaró la ciudad de Potosí Patrimonio de la Humanidad en 1987.
El Alto Perú fue pionero de la emancipación hispanoamericana. El 25 de mayo de 1809, en la ciudad de Chuquisaca (Sucre), un movimiento encabezado por los oidores de la Audiencia y por los 'Doctores de Charcas' formados en la Universidad de San Francisco Xavier depuso al presidente Ramón García de León y Pizarro. Es el llamado 'primer grito libertario de América', que precedió a las juntas de Quito, La Paz, Caracas y Buenos Aires. El 16 de julio de 1809 estalló en La Paz una revolución más radical, dirigida por Pedro Domingo Murillo, que instaló una Junta Tuitiva; el movimiento fue aplastado y Murillo ejecutado en enero de 1810, pero su frase —'la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar'— lo consagró como mártir y prócer nacional.
La guerra fue larga y feroz, y se extendió por quince años. En los valles y montañas surgieron las llamadas 'republiquetas', focos de guerrilla rural que resistieron al ejército realista con apoyo campesino e indígena. Entre sus caudillos destacaron Ignacio Warnes en Santa Cruz, Manuel Ascensio Padilla y, sobre todo, Juana Azurduy de Padilla, la heroína que combatió al frente de sus tropas y que hoy es símbolo de la lucha independentista y de las mujeres bolivianas. También Cochabamba tuvo su gesta con las Heroínas de la Coronilla (1812) y Tarija con la batalla de la Tablada (1817), dirigida por Eustaquio 'Moto' Méndez.
Estas guerrillas, aisladas del resto del continente por la reconquista realista del Perú, desgastaron durante años al poder colonial hasta que la independencia continental cambió el equilibrio. La derrota final de las tropas realistas en la batalla de Tumusla, el 1 de abril de 1825, abrió el camino para la creación de la nueva república en el corazón mismo de Sudamérica.
La independencia definitiva llegó con la campaña del mariscal Antonio José de Sucre, lugarteniente de Simón Bolívar, que tras la decisiva victoria de Ayacucho (diciembre de 1824) liberó el Alto Perú. Sucre convocó a una asamblea de representantes de las provincias altoperuanas que, reunida en Chuquisaca, proclamó la independencia el 6 de agosto de 1825 y decidió crear un Estado propio, separado tanto del Perú como de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La nueva república fue bautizada 'Bolívar' —luego Bolivia— en honor al Libertador, designado 'Padre de la República'.
Bolívar redactó la primera Constitución del país, la llamada Constitución vitalicia de 1826, y Sucre asumió como primer presidente. La ciudad de Chuquisaca pasó a llamarse Sucre en su honor y quedó como capital. Sin embargo, la joven nación nació frágil: heredaba una economía minera arruinada por las guerras, una población mayoritariamente indígena sometida al tributo colonial y una élite criolla reducida. Sucre gobernó poco tiempo y debió renunciar en 1828 tras una invasión peruana y crecientes tensiones internas.
A continuación, el mariscal Andrés de Santa Cruz encabezó un período de relativa organización institucional y, entre 1836 y 1839, intentó unir Bolivia y Perú en una Confederación Perú-Boliviana. El proyecto, que amenazaba el equilibrio regional, fue derrotado por la intervención de Chile y de la Argentina y se disolvió tras la batalla de Yungay. Comenzaba entonces un largo ciclo de inestabilidad, caudillos militares y golpes que marcaría gran parte del siglo XIX boliviano.
El siglo XIX boliviano fue turbulento, marcado por golpes de Estado, caudillos militares y una economía dependiente de la minería. Tras la caída de la Confederación, se sucedieron gobiernos como los de José Ballivián —vencedor en la batalla de Ingavi (1841), que aseguró la existencia del país frente a las ambiciones peruanas— y figuras autoritarias y excéntricas como Mariano Melgarejo, cuyo gobierno (1864-1871) malbarató territorio y tierras comunales indígenas. Poco a poco, el resurgimiento de la minería de la plata en Potosí y en el sur consolidó a una oligarquía minera vinculada a los partidos Conservador y Liberal.
El golpe más duro del siglo llegó con la Guerra del Pacífico (1879-1883). Aliada al Perú por un tratado secreto, Bolivia se enfrentó a Chile a raíz del impuesto a las salitreras del litoral. El 14 de febrero de 1879 Chile ocupó el puerto de Antofagasta, y el 23 de marzo, en el combate de Calama, murió heroicamente Eduardo Avaroa defendiendo el puente del Topáter; su figura se convirtió en el mayor héroe nacional y el 23 de marzo se conmemora como Día del Mar. Derrotada, Bolivia perdió todo su litoral sobre el océano Pacífico y quedó como país mediterráneo, condición que convirtió la reivindicación marítima en una causa nacional permanente.
A fines de siglo, el auge del estaño desplazó a la plata y trasladó el eje del poder económico y político del sur hacia La Paz. La rivalidad entre Sucre y La Paz derivó en la Guerra Federal de 1899, en la que los liberales paceños, con apoyo de milicias aymaras dirigidas por Pablo Zárate 'Willka', se impusieron. Como resultado, La Paz se consolidó como sede del gobierno, aunque Sucre conservó el título de capital constitucional, situación que perdura hasta hoy.
A comienzos del siglo XX, Bolivia era uno de los mayores productores mundiales de estaño, un metal clave para la industria y la Primera Guerra Mundial. La economía giraba en torno a los 'barones del estaño' —Simón I. Patiño, Mauricio Hochschild y Carlos Víctor Aramayo—, encabezados por Patiño, un cochabambino de origen humilde convertido en uno de los hombres más ricos del planeta y símbolo del poder de la 'rosca minera'. Frente a esa concentración de riqueza convivían masas de mineros e indígenas empobrecidos, y crecían las ideas socialistas, indigenistas y nacionalistas.
En ese contexto, Bolivia se lanzó a otra guerra catastrófica: la Guerra del Chaco (1932-1935) contra el Paraguay, por el control del árido Chaco Boreal y sus supuestas reservas de petróleo, disputa en la que también pesaron los intereses de compañías petroleras. Bolivia movilizó a cerca de 250.000 hombres y sufrió una derrota humillante: el país perdió decenas de miles de vidas —muchos soldados eran indígenas del altiplano poco preparados para el calor y la sed del Chaco— y cedió la mayor parte del territorio en disputa. El cese del fuego se firmó el 12 de junio de 1935.
La tragedia del Chaco tuvo una consecuencia decisiva: forjó una nueva conciencia nacional entre los excombatientes. La llamada 'generación del Chaco' cuestionó al viejo orden oligárquico y a la 'rosca' minera, y de ella surgieron los movimientos y partidos —el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), la izquierda marxista, el nacionalismo militar— que transformarían el país. Los gobiernos militares 'socialistas' de David Toro y Germán Busch de fines de los años treinta ensayaron la primera nacionalización petrolera (creación de YPFB, 1936-1937), anticipando los grandes cambios que llegarían en 1952.
El 9 de abril de 1952 estalló en Bolivia una insurrección popular que dio origen a uno de los acontecimientos más importantes de la historia latinoamericana del siglo XX: la Revolución Nacional. Encabezada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), con Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Zuazo a la cabeza y el respaldo decisivo de los mineros armados y de los sindicatos, la revolución tomó el poder tras derrotar al ejército. El MNR reclamaba así el triunfo electoral que había obtenido en 1951 y que había sido desconocido por una junta militar.
El nuevo gobierno impulsó tres medidas transformadoras. Primero, el voto universal, establecido por decreto el 21 de julio de 1952, que por primera vez otorgó el derecho a sufragio a los indígenas, a las mujeres y a los analfabetos, multiplicando el padrón electoral. Segundo, la nacionalización de las grandes minas de estaño: el 31 de octubre de 1952, en el campo María Barzola de Catavi, Paz Estenssoro firmó el decreto que transfería las minas de Patiño, Hochschild y Aramayo a la nueva Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). Tercero, la reforma agraria, decretada el 2 de agosto de 1953 en Ucureña, que abolió el régimen de servidumbre en el campo y repartió la tierra entre los campesinos.
La Revolución de 1952 cambió Bolivia para siempre: incorporó a las mayorías indígenas y campesinas a la vida política, creó la poderosa Central Obrera Boliviana (COB) y sentó las bases de un Estado más nacional. Sin embargo, no logró estabilidad duradera. Los conflictos internos del MNR, las presiones económicas y la creciente influencia militar —con apoyo de Estados Unidos en plena Guerra Fría— fueron minando el proceso, que terminó abruptamente con el golpe militar de 1964.
El 4 de noviembre de 1964, un golpe de Estado encabezado por el general René Barrientos derrocó a Paz Estenssoro e inauguró un largo ciclo de gobiernos militares que se prolongó hasta 1982. Barrientos, apoyado en un pacto con los campesinos pero enfrentado a los mineros —a quienes reprimió duramente en episodios como la masacre de San Juan de 1967—, gobernó hasta su muerte en un accidente de helicóptero en 1969. Fue durante su mandato cuando, en octubre de 1967, el guerrillero Ernesto 'Che' Guevara, que intentaba abrir un foco revolucionario en Ñancahuazú, fue capturado y ejecutado al día siguiente en la escuela de La Higuera, en el sudeste boliviano.
Tras un breve interludio de gobiernos nacionalistas de izquierda (Ovando, Torres), en agosto de 1971 el general Hugo Banzer tomó el poder mediante un golpe y estableció una de las dictaduras más largas y represivas del país, marcada por la ilegalización de los partidos, la persecución sindical y la desaparición de opositores. El período más brutal llegó con el 'narcogolpe' de Luis García Meza en julio de 1980, vinculado al narcotráfico y a la represión, con centenares de asesinados y desaparecidos, entre ellos el dirigente socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz.
La presión popular, la crisis económica y el aislamiento internacional forzaron la salida de los militares. En octubre de 1982, Hernán Siles Zuazo asumió la presidencia y Bolivia recuperó la democracia. Pero el nuevo gobierno heredó una economía en ruinas que desembocó en una hiperinflación devastadora: entre 1984 y 1985 los precios se multiplicaron por cientos, una de las mayores hiperinflaciones de la historia mundial. La crisis fue finalmente controlada en agosto de 1985 con el Decreto Supremo 21060 y la 'Nueva Política Económica' de un Paz Estenssoro ya anciano, un durísimo ajuste neoliberal que estabilizó la moneda pero cerró minas de la COMIBOL y expulsó a miles de mineros hacia El Alto y el Chapare.
Entre 1985 y 2000, Bolivia vivió un período de democracia pactada y de aplicación del modelo neoliberal. Gobiernos del MNR, la ADN de Banzer y el MIR se alternaron aplicando privatizaciones, apertura comercial y la llamada 'capitalización' de las empresas estatales durante el primer mandato de Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997), que también impulsó reformas como la participación popular y el reconocimiento del carácter multiétnico y pluricultural del país en la Constitución de 1994. Sin embargo, el modelo dejó fuera a amplios sectores populares e indígenas, cuyo descontento fue creciendo.
Ese malestar estalló en la 'Guerra del Agua' de Cochabamba, entre enero y abril de 2000. La privatización del servicio de agua potable, concedido a un consorcio ligado a la multinacional Bechtel, provocó fuertes alzas de tarifas y una rebelión popular masiva que, tras enfrentamientos y muertos, logró revertir la privatización. Fue el primer gran triunfo del nuevo ciclo de movilización social y un símbolo mundial de resistencia a la mercantilización de los recursos naturales.
La tensión culminó en la 'Guerra del Gas' de octubre de 2003. El plan del gobierno de Sánchez de Lozada de exportar gas natural a través de un puerto chileno desató una insurrección en El Alto y La Paz. La represión dejó más de sesenta muertos —la llamada 'Masacre de octubre'—, y el 17 de octubre de 2003 Sánchez de Lozada renunció y huyó del país. Le sucedió Carlos Mesa, y en 2005 una nueva ola de protestas precipitó elecciones anticipadas. El ciclo de rebeliones, liderado por movimientos campesinos, cocaleros e indígenas, había transformado por completo el mapa político boliviano.
En diciembre de 2005, Evo Morales Ayma, dirigente cocalero de origen aymara nacido en Orinoca (Oruro), ganó las elecciones con una mayoría histórica y, en enero de 2006, se convirtió en el primer presidente indígena de Bolivia, al frente del Movimiento al Socialismo (MAS). Su llegada al poder representó un giro profundo: por primera vez, un país con mayoría indígena era gobernado por un líder que reivindicaba abiertamente esa identidad.
Entre sus primeras medidas destacó la nacionalización de los hidrocarburos, decretada el 1 de mayo de 2006 mediante el Decreto Supremo 28701, que devolvió al Estado el control de los recursos gasíferos y multiplicó los ingresos fiscales, permitiendo financiar bonos sociales y obras públicas en un contexto de altos precios internacionales. En 2009, tras una Asamblea Constituyente y un referéndum, se promulgó el 7 de febrero una nueva Constitución que refundó el país como Estado Plurinacional de Bolivia, reconoció a treinta y seis naciones y pueblos indígenas, oficializó sus lenguas, estableció autonomías y consagró conceptos andinos como el 'vivir bien' (suma qamaña).
Durante casi catorce años, Bolivia experimentó crecimiento económico, reducción de la pobreza y estabilidad social, pero también crecientes tensiones por la reelección indefinida de Morales. Tras perder un referéndum en 2016 y presentarse igualmente a un cuarto mandato, las elecciones de octubre de 2019, cuestionadas por denuncias de fraude, desataron una grave crisis. En medio de protestas y del retiro del apoyo de las Fuerzas Armadas y la policía, Morales renunció en noviembre de 2019 y partió al exilio, primero a México y luego a la Argentina.
La renuncia de Evo Morales en noviembre de 2019 abrió uno de los períodos más convulsos de la historia reciente. La senadora opositora Jeanine Áñez asumió la presidencia interina en circunstancias muy discutidas, y su gobierno de transición estuvo marcado por una fuerte polarización y por hechos de violencia como las represiones de Sacaba y Senkata, que dejaron decenas de muertos. La pandemia de covid-19 golpeó al país y postergó las elecciones convocadas para dirimir la crisis.
En octubre de 2020, los comicios dieron un triunfo contundente a Luis Arce, exministro de Economía de Morales y considerado el artífice del modelo económico del período anterior, quien asumió la presidencia en noviembre de ese año y devolvió el poder al MAS. Su gobierno, sin embargo, debió enfrentar una difícil situación económica —agravada por la caída de la producción y las exportaciones de gas— y, sobre todo, una profunda ruptura interna entre 'arcistas' y 'evistas', es decir, entre los seguidores de Arce y los de Morales, que fracturó al oficialismo y dominó la política de los años siguientes.
En el plano de los recursos, Bolivia se juega buena parte de su futuro en el litio del Salar de Uyuni, que alberga una de las mayores reservas del mundo y que el Estado busca industrializar como base de una nueva economía. País mediterráneo que mantiene viva su reivindicación marítima, plurinacional en su Constitución y en su vida cotidiana, con una geografía que va de los nevados andinos a la Amazonía y una riqueza cultural expresada en su música, sus tejidos y sus fiestas, la Bolivia contemporánea sigue debatiéndose entre sus enormes potencialidades y las tensiones políticas y económicas de un proyecto de país todavía en construcción.
Las 9 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
El departamento del Beni ocupa buena parte de la Amazonía boliviana, una inmensa llanura de sabanas y bosques —más de doscientos mil kilómetros cuadrados, el segundo departamento más extenso del país— atravesada por grandes ríos como el Mamoré, el Beni, el Iténez y el Yacuma, que se inunda cada temporada de lluvias. Esa región, conocida como los Llanos de Moxos, fue hogar de sociedades prehispánicas sorprendentes: desde alrededor del siglo IV a.C. y hasta el siglo XIII, los pueblos moxeños y baures construyeron un enorme sistema de terraplenes, camellones o 'campos elevados', canales, lagunas artificiales y lomas para cultivar, pescar y desplazarse en un territorio anegadizo.
Esta 'cultura hidráulica de las lomas' constituye una de las mayores obras de ingeniería agrícola de la América precolombina, con una superficie de cultivo estimada en decenas de miles de kilómetros cuadrados, todavía visible desde el aire en forma de geometrías que dibujan la sabana. Poco conocidas durante mucho tiempo, estas culturas revelan que la Amazonía estuvo densamente poblada y profundamente transformada por el ser humano mucho antes de la llegada europea, desmintiendo la vieja idea de una selva virgen e intacta.
El Beni sigue siendo hoy uno de los territorios de mayor diversidad indígena de Bolivia: en sus llanos conviven moxeños, movima, cayubaba, canichana, itonama, baure, yuracaré, chácobo y tacana, entre otros pueblos, que conservan sus lenguas y tradiciones. Fue precisamente en Trinidad, en 1887, donde estalló el movimiento indígena de la Guayochería, encabezado por el líder itonama Andrés Guayocho, uno de los primeros grandes alzamientos amazónicos contra el abuso de las autoridades y patrones.
En el siglo XVII, los jesuitas fundaron en los Llanos de Moxos una red de misiones para evangelizar a los pueblos amazónicos, paralela y contemporánea a la de Chiquitos. Entre 1682 y mediados del siglo XVIII levantaron reducciones como Loreto, Trinidad, San Ignacio, San Javier, San Pedro, Exaltación, Magdalena, San Joaquín, Baures y Santa Ana, en las que introdujeron el ganado —origen de la futura vocación ganadera de la región—, nuevas técnicas y una notable vida artística y musical.
De esas reducciones nació la ciudad de Trinidad —oficialmente La Santísima Trinidad—, fundada en 1686 por el jesuita Cipriano Barace a orillas del río Mamoré y luego trasladada a su emplazamiento actual sobre una loma para escapar de las inundaciones. Hoy es la capital del departamento y su principal centro urbano, corazón de la ganadería y punto de partida hacia el turismo amazónico.
En las misiones moxeñas se desarrolló una excepcional tradición de música y arte sacro: coros, orquestas y talleres indígenas que conservaron durante siglos partituras del barroco americano, hoy revividas por conjuntos como el Ensamble Moxos. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, aquellas comunidades quedaron a cargo de administradores civiles, pero mantuvieron viva buena parte de su cultura religiosa y musical, que sigue siendo el sello espiritual del Beni.
El mayor tesoro cultural vivo del Beni es la Ichapekene Piesta, la gran fiesta de San Ignacio de Moxos, considerada la síntesis más perfecta del mestizaje amazónico-jesuítico. Celebrada cada año entre finales de julio y comienzos de agosto —con su punto culminante el 31 de julio, día de San Ignacio de Loyola—, la festividad reúne durante semanas a las comunidades moxeñas en un despliegue de danzas, música barroca, ritos católicos y tradiciones indígenas organizado por el Cabildo Indigenal.
Su figura más emblemática son los macheteros, danzantes que portan grandes tocados de plumas de colores —hechos con decenas de plumas de guacamayo— y que representan a los guerreros victoriosos y a las almas de los antepasados. Junto a ellos desfilan medio centenar de danzas, se celebra el 'palo ensebado' de casi veinte metros y suena la música de la tradición barroca conservada desde tiempos jesuíticos. El 5 de diciembre de 2012, la Unesco declaró la Ichapekene Piesta Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Esta fiesta condensa la identidad profunda del Beni: la fusión de la espiritualidad católica traída por los misioneros con la cosmovisión y la estética de los pueblos de la selva. Sus danzas, sus instrumentos y su música forman parte de una tradición que hace del pueblo moxeño uno de los guardianes más notables del patrimonio cultural inmaterial de toda la cuenca amazónica.
Durante la primera etapa republicana, el vasto territorio amazónico del norte permaneció escasamente integrado al resto del país. El departamento del Beni fue creado el 18 de noviembre de 1842 por decreto del mariscal y presidente José Ballivián, poco después de su victoria en la batalla de Ingavi; su nombre proviene del río Beni, palabra de raíz indígena que se ha traducido como 'praderas' o 'viento'. Con su creación, Bolivia buscaba afirmar su presencia en una región inmensa, remota y de difícil acceso.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la región vivió el auge de la goma o caucho, extraída del árbol Hevea brasiliensis. Empresarios y trabajadores 'siringueros' se internaron en la selva y levantaron 'barracas' y centros como Cachuela Esperanza, sobre el río Beni, que llegó a contar con uno de los hospitales mejor equipados de Bolivia. El caucho atrajo capitales y pobló de nuevas rutas fluviales la Amazonía, pero también sometió a los pueblos indígenas a un régimen de trabajo brutal, muchas veces cercano a la esclavitud, dejando una huella trágica en toda la región.
Tras el colapso del precio del caucho, la economía del Beni se reorientó hacia la ganadería extensiva sobre sus sabanas naturales, actividad heredada de las estancias jesuíticas. El departamento alberga hoy la mayor reserva ganadera del país —del orden de tres millones de cabezas de vacuno—, base de una cultura de vaqueros y estancias que, junto a la explotación de la castaña en el norte y el turismo emergente, sostiene la vida económica de la región.
El gran destino turístico del Beni es Rurrenabaque, un pueblo amazónico a orillas del río Beni, en el punto donde los últimos contrafuertes andinos se funden con la selva. Cariñosamente llamado 'Rurre', es la principal puerta de entrada al turismo de naturaleza del norte boliviano y un centro mochilero de renombre internacional, punto de encuentro de viajeros de todo el mundo.
Desde allí se accede a dos experiencias complementarias. Por un lado, las Pampas del Yacuma, un área protegida de sabanas inundables donde es fácil avistar caimanes, capibaras, delfines rosados de río, monos, anacondas y una enorme cantidad de aves. Por otro, cruzando el río, la selva tropical del Parque Nacional Madidi, una de las áreas más biodiversas del planeta —aunque el corazón del Madidi corresponde al departamento de La Paz—, donde se realizan travesías de selva profunda con guías indígenas de las comunidades locales.
Junto a Trinidad y Rurrenabaque, ciudades como Riberalta y Guayaramerín, en el extremo norte sobre la frontera con Brasil, completan el mapa beniano, ligadas a la ganadería, la castaña y el comercio fluvial. Con sus ríos caudalosos, sus atardeceres sobre la sabana inundada y su asombrosa fauna, el Beni ofrece la cara más amazónica y menos conocida de Bolivia, un territorio donde la historia de las culturas hidráulicas, las misiones y el caucho convive con una de las mayores riquezas naturales del continente.
El departamento de Chuquisaca tiene un peso histórico enorme: su capital, Sucre, fue durante la colonia la ciudad de La Plata (o Charcas), sede de la Real Audiencia de Charcas, creada en 1559 por Felipe II. Este máximo tribunal administraba justicia sobre un vasto territorio que abarcaba parte de los actuales Paraguay, sudeste del Perú, norte de Chile, noroeste argentino y casi toda Bolivia. Fundada hacia 1538-1540 en un valle templado de clima benigno, la ciudad se convirtió en el gran centro administrativo, religioso y cultural del Alto Perú.
Su Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier, fundada por bula papal el 27 de marzo de 1624, fue una de las más prestigiosas de América y semillero de las ideas independentistas; de ella surgieron los célebres 'Doctores de Charcas'. El casco histórico de Sucre, con su arquitectura colonial encalada de blanco —de allí su apodo de 'Ciudad Blanca'—, sus iglesias, conventos y palacios, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991.
Chuquisaca es cuna de la independencia americana. El 25 de mayo de 1809 estalló allí la Revolución de Chuquisaca, cuando los oidores de la Audiencia y los intelectuales de la universidad depusieron al presidente Ramón García de León y Pizarro. Es considerada uno de los primeros levantamientos contra la autoridad colonial en Hispanoamérica —el 'primer grito libertario de América'—, que precedió a las juntas de La Paz, Quito, Caracas y Buenos Aires.
Y fue también en esta ciudad donde nació la República: el 6 de agosto de 1825, la asamblea de representantes de las provincias altoperuanas reunida en Chuquisaca proclamó la independencia y creó Bolivia. La ciudad fue rebautizada Sucre en honor al mariscal Antonio José de Sucre, su primer presidente, y sigue siendo la capital constitucional de Bolivia y sede del Poder Judicial, aunque desde fines del siglo XIX el gobierno reside en La Paz. El 25 de mayo es la efeméride departamental de Chuquisaca.
El departamento conserva una fuerte identidad cultural en sus valles. En Tarabuco, a unos 60 km de Sucre, vive el pueblo yampara, célebre por sus textiles de extraordinaria calidad, con iconografía propia que narra la vida y la cosmovisión andina. Estos tejidos son considerados entre los más finos de Bolivia y se exhiben en museos especializados de la región.
Tarabuco es también escenario del Pujllay, gran fiesta que conmemora la victoria indígena en la batalla de Jumbate (1816) durante las guerras de independencia, con danzas, música de instrumentos autóctonos y trajes vistosos; su mercado dominical es uno de los más auténticos del país. El Pujllay, junto con la tradición yampara del vecino departamento, ha sido reconocido por la Unesco como parte del patrimonio cultural inmaterial, y constituye uno de los grandes atractivos culturales del centro-sur boliviano.
A pocos kilómetros de Sucre, el yacimiento de Cal Orcko exhibe uno de los mayores conjuntos de huellas de dinosaurio del mundo: miles de pisadas fosilizadas de decenas de especies distintas, impresas en una pared casi vertical de unos cien metros de altura que en su origen era un lodo horizontal, luego levantado por los movimientos tectónicos que formaron los Andes.
Estas huellas, de unos 68 millones de años de antigüedad, testimonian la abundante fauna que habitó la región al final del período Cretácico, cuando el lugar era la orilla de un antiguo lago. El sitio, hoy convertido en el Parque Cretácico, es uno de los principales atractivos científicos y turísticos de Chuquisaca y ofrece una ventana única al mundo de los dinosaurios sudamericanos, complementando el patrimonio colonial de la Ciudad Blanca.
Situado en el corazón geográfico de Bolivia, el departamento de Cochabamba fue desde tiempos prehispánicos un fértil valle triguero y maicero, poblado por pueblos quechuas y de habla aymara. Su clima templado y su suelo generoso lo convirtieron en un codiciado granero, y por eso los incas lo integraron con especial interés al Collasuyo, trasladando allí poblaciones mediante el sistema de mitimaes para asegurar la producción de maíz destinada a alimentar a los ejércitos y centros del imperio.
De esa época procede Incallajta, en el municipio de Pocona, el mayor conjunto arquitectónico inca del actual territorio boliviano y, después de Tiwanaku, uno de los sitios arqueológicos más importantes del país. Su gran kallanka —un enorme edificio techado de reunión— y sus murallas testimonian el papel estratégico de estos valles como frontera oriental del Tahuantinsuyo frente a los pueblos guaraníes del piedemonte.
La ciudad de Cochabamba fue fundada como Villa de Oropesa el 15 de agosto de 1571, por encargo del virrey Francisco de Toledo, con el propósito expreso de crear un centro de producción agrícola que abasteciera de alimentos a las minas de Potosí. El valle cochabambino cumplió esa función durante toda la colonia y se ganó el nombre de 'granero del Alto Perú', proveyendo trigo, maíz y otros productos a las ciudades mineras del altiplano.
Esa vocación agrícola y de mercado forjó la identidad cochabambina. A la región se la conoce cariñosamente como 'la Llajta' (el pueblo, en quechua), y su capital es reconocida como la capital gastronómica de Bolivia, con una cocina de valle abundante y variada. El quechua sigue siendo lengua viva en sus mercados y comunidades, y el clima primaveral casi todo el año le valió el apodo de 'ciudad de la eterna primavera'.
Cochabamba tuvo un papel destacado en las guerras de independencia. Su episodio más célebre es la gesta de las Heroínas de la Coronilla: el 27 de mayo de 1812, un grupo de mujeres cochabambinas —muchas ancianas, ciegas y con niños— defendió la ciudad frente al ejército realista del general Goyeneche en la colina de San Sebastián, tras la derrota de las milicias patriotas. Su sacrificio se volvió símbolo del coraje de las mujeres del pueblo.
En memoria de aquella gesta, en 1927 el presidente Hernando Siles Reyes instituyó el 27 de mayo como Día de la Madre en Bolivia, fecha que se celebra en todo el país. La colina de la Coronilla, coronada hoy por un monumento a las heroínas, es uno de los lugares de memoria más queridos de la ciudad, y la figura de estas mujeres forma parte central del relato patriótico cochabambino.
En tiempos recientes, Cochabamba fue escenario de un acontecimiento de repercusión mundial: la 'Guerra del Agua', entre enero y abril de 2000. La privatización del servicio municipal de agua potable, concedido a un consorcio vinculado a la multinacional Bechtel, provocó fuertes alzas de tarifas que la población no pudo pagar y desató una rebelión popular masiva, con bloqueos, marchas y enfrentamientos que dejaron víctimas.
La presión ciudadana logró revertir la privatización y expulsar a la empresa, un desenlace excepcional que convirtió a la Guerra del Agua en un símbolo internacional de la resistencia a la mercantilización de los recursos naturales. Aquella movilización fue, además, un antecedente clave del ciclo de protestas sociales que transformó la política boliviana en la primera década del siglo XXI y que llevaría al poder a los movimientos populares e indígenas.
El departamento combina valles templados, altas cumbres y selva tropical. El Parque Nacional Tunari abraza la ciudad por el norte, con cumbres que superan los 5.000 metros y lagunas de altura. Hacia el este, la región del Chapare o trópico de Cochabamba desciende hacia la Amazonía: allí se encuentra Villa Tunari, entre ríos y cataratas, una zona de intensa producción agrícola —incluida la hoja de coca— y de un fuerte movimiento cocalero que fue la base política del ascenso de Evo Morales.
Al sur, en los valles, pueblos como Tarata conservan su arquitectura colonial y su tradición religiosa. Y aunque administrativamente pertenece al norte de Potosí, el Parque Nacional Torotoro —con sus miles de huellas de dinosaurio, sus cavernas de Umajalanta, sus cañones y su ciudad de rocas— se visita casi siempre desde Cochabamba, lo mismo que las ruinas de Incallajta. Todo ello hace del departamento una gran puerta de acceso al centro geográfico del país.
El departamento de La Paz es el corazón histórico del altiplano boliviano. Junto a la orilla sur del lago Titicaca floreció Tiwanaku, la gran civilización andina anterior a los incas, cuyo centro ceremonial —a unos 70 km de la ciudad— es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. Allí se levantan la Puerta del Sol, la pirámide de Akapana y los monolitos que dan testimonio de una cultura que dominó la piedra, la astronomía y la ingeniería hidráulica del altiplano.
Tras el colapso de Tiwanaku hacia el año 1000-1150, la región quedó bajo el dominio de los señoríos aymaras, como los Pacajes y los reinos lacustres del Titicaca, herederos de aquella tradición. En el siglo XV los incas incorporaron el altiplano al Collasuyo, imponiendo el quechua y su administración, aunque el aymara siguió siendo —y sigue siendo hasta hoy— la lengua predominante de la región. Ese sustrato aymara, con su agricultura de terrazas, su cosmovisión y su fuerte identidad comunitaria, es la base cultural más profunda del departamento.
La ciudad de Nuestra Señora de La Paz fue fundada por el capitán español Alonso de Mendoza el 20 de octubre de 1548, por orden de Pedro de La Gasca para conmemorar la pacificación tras las guerras civiles entre pizarristas y almagristas —de ahí su nombre—. Establecida primero en el pueblo indígena de Laja, fue trasladada de inmediato a la hoyada del río Choqueyapu, un cañón resguardado del viento del altiplano, sobre el antiguo asentamiento aymara de Chuquiago Marka.
Su emplazamiento no fue casual: La Paz se convirtió en una escala estratégica en el camino de la plata que unía Potosí con Lima y con la costa del Pacífico, y prosperó como centro colonial de comercio, artesanía y administración. Rodeada de laderas que trepan hasta los 4.000 metros y custodiada por el nevado Illimani, la ciudad creció encajonada en su valle, con una geografía urbana única que aún hoy la distingue de cualquier otra capital del mundo.
La Paz tuvo un papel protagónico en la independencia. El 16 de julio de 1809 estalló allí una de las primeras revoluciones de América, encabezada por Pedro Domingo Murillo, que depuso a las autoridades coloniales e instaló una Junta Tuitiva de los Derechos del Pueblo, considerada uno de los primeros gobiernos autónomos del continente. El movimiento fue aplastado por las tropas realistas y Murillo, junto a otros patriotas, fue ahorcado en enero de 1810.
Su figura y su frase —'la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar'— lo consagraron como mártir y prócer nacional. Su nombre lleva la principal plaza de la ciudad —la plaza Murillo, donde hoy se ubican el Palacio de Gobierno y la Asamblea Legislativa— y la provincia donde se asienta la capital. El 16 de julio es la efeméride departamental de La Paz, celebrada como una de las grandes fechas patrias del país.
A fines del siglo XIX, el auge del estaño y la Guerra Federal de 1899 trasladaron el poder político desde Sucre hacia La Paz, que se consolidó como sede del gobierno boliviano: allí funcionan el Poder Ejecutivo y el Legislativo, aunque Sucre conserva el título de capital constitucional y sede del Poder Judicial. Con su centro a unos 3.600 metros de altura, La Paz es la sede de gobierno más alta del mundo, y sus barrios trepan por las laderas hasta alturas aún mayores.
Sobre la ceja del altiplano, a más de 4.000 metros, creció El Alto, que fue parte de La Paz hasta convertirse en ciudad independiente en 1985. Poblada mayoritariamente por migrantes aymaras del campo y por mineros desplazados tras el cierre de la COMIBOL, El Alto es hoy una de las urbes de mayor crecimiento del país y un actor político de primer orden: fue epicentro de la Guerra del Gas de 2003. El teleférico que une ambas ciudades, el sistema de cable urbano más extenso del mundo, se ha vuelto símbolo de esta conurbación de altura.
El sector boliviano del lago Titicaca —el lago navegable más alto del mundo, a unos 3.812 metros— pertenece al departamento de La Paz y es uno de sus grandes tesoros. En su orilla se levanta Copacabana, villa santuario que alberga a la Virgen de Copacabana, patrona de Bolivia, cuyo culto se remonta al siglo XVI y a la imagen tallada por el indígena Francisco Tito Yupanqui. Frente a ella, en el lago, están la Isla del Sol y la Isla de la Luna, lugares sagrados de la mitología inca: según la cosmovisión andina, del Titicaca surgieron el sol y Manco Cápac y Mama Ocllo, los fundadores míticos del imperio.
El lago es el eje cultural del pueblo aymara, que mantiene vivas su lengua, su agricultura de terrazas, su pesca y sus tradicionales embarcaciones de totora. En sus aguas y sus islas se conservan ruinas preincaicas e incaicas, y la travesía en barca hacia la Isla del Sol es una de las experiencias más buscadas por los viajeros. Copacabana dio incluso su nombre a la célebre playa de Río de Janeiro, difundido por devotos del santuario boliviano.
El departamento de La Paz es de una diversidad geográfica extraordinaria. Al noreste de la ciudad se alza la Cordillera Real, con nevados que superan los 6.000 metros —el Illimani, el Huayna Potosí, el Illampu—, el gran escenario del montañismo boliviano, junto a la pintoresca Sorata y el otrora célebre observatorio y pista de esquí de Chacaltaya. Cerca de la ciudad, el Valle de la Luna ofrece un paisaje lunar de erosión, mientras que Coro Coro recuerda el pasado minero del cobre en la región.
Hacia el norte, el territorio desciende vertiginosamente de los Andes a la Amazonía por los Yungas, una región de valles subtropicales, cascadas y cultivos de coca y café. Allí se extiende el Parque Nacional Madidi, una de las áreas más biodiversas del planeta, que va de las cumbres nevadas a la selva tropical y protege una parte inmensa de la vida silvestre andino-amazónica. Esta transición de la puna helada a la selva húmeda hace del departamento de La Paz un microcosmos de casi todos los paisajes de Bolivia.
El departamento de Oruro ocupa el altiplano central de Bolivia, una meseta fría y seca a unos 3.700 metros de altura, en torno a los antiguos lagos Poopó y Uru Uru. Fue territorio ancestral de los urus —uno de los pueblos más antiguos de los Andes, ligados a las aguas y los totorales del altiplano, que se definían a sí mismos como 'hombres del agua'— y de los aymaras que llegaron a dominar la región.
Esa herencia sigue viva en las comunidades chipayas y muratos que descienden de los urus, y en la fuerte identidad aymara del campo orureño. El altiplano de Oruro, de horizontes amplios y clima riguroso, fue durante siglos tierra de pastores de llamas y de agricultores de quinua y papa amarga, actividades que aún estructuran la vida rural del departamento junto a la minería.
La ciudad de Oruro fue fundada el 1 de noviembre de 1606 con el nombre de Villa de San Felipe de Austria —en honor al rey Felipe III— por el oidor Manuel de Castro y Padilla, para organizar la explotación de la plata de sus cerros. Durante la colonia fue un importante centro minero de plata, aunque nunca alcanzó el esplendor de Potosí.
El gran cambio llegó a fines del siglo XIX y comienzos del XX con el auge del estaño, cuando Oruro se convirtió en uno de los grandes centros mineros del mundo y en un nudo ferroviario clave que conectaba el altiplano con los puertos del Pacífico y con la Argentina. Allí tuvieron enorme peso los sindicatos mineros, protagonistas de la Revolución de 1952, de la creación de la COMIBOL y de buena parte de la historia política y sindical boliviana del siglo XX, hasta el drama del cierre de las minas tras la crisis de 1985.
El símbolo mayor del departamento es el Carnaval de Oruro, una de las manifestaciones folklóricas más impresionantes de Sudamérica. Nacido del sincretismo entre las devociones andinas —a la Pachamama y al Tío de la mina— y la fe católica en torno a la Virgen del Socavón, patrona de los mineros, el carnaval reúne a decenas de miles de danzantes en la célebre Diablada, que escenifica la lucha entre el bien y el mal, y en decenas de danzas como la morenada, la caporal y la llamerada.
En 2001 la Unesco lo proclamó Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, distinción incorporada en 2008 a la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial. Cada año, en la fecha de carnaval, la gran peregrinación y la 'entrada' de conjuntos folklóricos —que baila kilómetros hasta el santuario del Socavón— convierten a Oruro en la capital folklórica de Bolivia y atraen a visitantes de todo el mundo.
Hacia el oeste, en la frontera con Chile, el departamento alberga el Nevado Sajama, un volcán inactivo de unos 6.542 metros que es la montaña más alta de Bolivia. A su alrededor se extiende el Parque Nacional Sajama, el parque nacional más antiguo del país —creado en 1939—, que protege los bosques de queñua (Polylepis) más altos del mundo, aguas termales, géiseres y una rica fauna altiplánica de vicuñas, flamencos y suris.
Es un paisaje de páramo desolado y grandioso, vecino de los volcanes gemelos Payachatas (Parinacota y Pomerape), que se alzan sobre la línea fronteriza. Junto con las aguas del Poopó —hoy amenazado por la sequía y la desecación— y los pueblos de tradición uru y aymara, el occidente orureño conserva algunos de los ecosistemas de altura más singulares y frágiles de Bolivia, con chullpares y pinturas rupestres que recuerdan la larga presencia humana en estas alturas.
Pando es el departamento más septentrional de Bolivia y uno de los más despoblados, cubierto casi por completo por la selva amazónica y atravesado por grandes ríos como el Madre de Dios, el Beni, el Orthon y el Acre. Antes y después de la conquista, la región fue hogar de diversos pueblos indígenas amazónicos —tacanas, ese ejjas, cavineños, machineris, yaminahuas, toromonas y pacahuaras, entre otros—, muchos de ellos seminómadas y de contacto tardío, o incluso todavía sin contacto, con la sociedad nacional.
Durante siglos permaneció como una frontera remota y casi inexplorada, en el punto donde Bolivia se encuentra con Brasil y el Perú, lejos por completo de los centros de poder del altiplano y los valles. Su clima cálido y húmedo, su densa cobertura boscosa y la ausencia de caminos la mantuvieron aislada del resto del país hasta bien entrado el siglo XX.
Aún hoy Pando es una de las regiones menos accesibles de Bolivia y una de las de mayor cobertura selvática, con bosques tropicales prácticamente intactos que forman parte del gran pulmón amazónico sudamericano. Esa condición de última frontera, de tierra de nadie entre tres países, marcó desde el comienzo el carácter y la historia de un territorio que solo se integró plenamente a Bolivia por la vía del conflicto y la explotación de los recursos de la selva.
La historia moderna de Pando está indisolublemente ligada al auge de la goma o caucho de fines del siglo XIX y comienzos del XX. A partir de la década de 1880, exploradores y trabajadores 'siringueros' —muchos de ellos llegados desde Santa Cruz y desde el vecino Brasil— se internaron en la selva del norte para explotar los árboles de caucho, estableciendo 'barracas' y patronazgos a orillas de los grandes ríos.
La extracción del látex, que abastecía la creciente demanda mundial de la industria del automóvil y la electricidad, convirtió a la Amazonía en escenario de una fiebre económica tan lucrativa como violenta. Los pueblos indígenas fueron sometidos a un régimen de trabajo forzado, deudas y abusos que diezmó a comunidades enteras, en uno de los capítulos más oscuros de la historia amazónica boliviana.
Ese mundo de barracas y ríos, de caucheros enriquecidos y de peones endeudados, fue el que dio forma al poblamiento del actual departamento. La disputa por el control de un territorio tan rico en caucho, en una zona de fronteras aún mal definidas entre Bolivia, Brasil y Perú, sería la chispa que encendería el conflicto armado que cambiaría para siempre el mapa del norte boliviano.
El auge del caucho desató un grave conflicto territorial: la Guerra del Acre (1899-1903). En el rico territorio del Acre, poblado mayoritariamente por colonos brasileños dedicados a la explotación gomera, estalló una rebelión contra la administración boliviana, encabezada por figuras como el aventurero Luis Gálvez y, más tarde, el militar brasileño José Plácido de Castro. Bolivia intentó defender la región, pero la desproporción de fuerzas y la lejanía hicieron insostenible el control del territorio.
El conflicto terminó con el Tratado de Petrópolis, firmado el 17 de noviembre de 1903 durante la presidencia de José Manuel Pando. Por él, Bolivia cedió al Brasil el vasto y rico territorio del Acre a cambio de una compensación de dos millones de libras esterlinas y del compromiso brasileño de construir el ferrocarril Madeira-Mamoré, destinado a dar salida a los productos bolivianos por el Atlántico. En 1909, el Tratado Polo-Bustamante, firmado bajo la presidencia de Eliodoro Villazón, fijó los límites con el Perú en la misma región.
Aquella pérdida territorial —una más en la larga historia de fronteras mutiladas de Bolivia— dejó, sin embargo, en manos bolivianas una porción de la Amazonía noroccidental que sería el germen del futuro departamento. La resistencia de siringueros y del pueblo tacana permitió conservar enclaves como Puerto Bahía, sobre el río Acre, donde poco después nacería la capital pandina.
Sobre el emplazamiento de Puerto Bahía, a orillas del río Acre y en plena frontera con el Brasil, fue fundada el 9 de febrero de 1906 la ciudad de Cobija, llamada así en memoria del antiguo puerto boliviano del Pacífico perdido en la Guerra del Pacífico, como gesto simbólico de reafirmación soberana. Frente a ella, del otro lado del río, se levanta la brasileña Brasileia, con la que Cobija mantiene un intenso movimiento comercial de frontera.
El departamento de Pando fue creado el 24 de septiembre de 1938, durante el gobierno del presidente Germán Busch, lo que lo convierte en el más joven de Bolivia. Lleva el nombre del expresidente, militar y explorador José Manuel Pando, que había recorrido y estudiado la Amazonía boliviana y que firmó el Tratado de Petrópolis. Con su creación, el Estado buscó afirmar su presencia en la remota frontera norte y dotar de administración propia a un territorio hasta entonces marginal.
Cobija, capital departamental, es una pequeña ciudad tropical de clima cálido y húmedo, dotada de estatus de zona franca, que la ha convertido en un activo centro de comercio fronterizo. Aislada durante décadas del resto del país —solo en tiempos recientes quedó conectada por carretera con La Paz—, la capital pandina concentra buena parte de la población de un departamento que sigue siendo, por lejos, el menos poblado de Bolivia.
Hoy la economía de Pando gira en torno a los recursos de la selva, muy especialmente la castaña amazónica o nuez de Brasil, de la que Bolivia es uno de los mayores productores y exportadores del mundo, además de la madera y la goma. La recolección de la castaña, realizada por familias campesinas e indígenas que se internan en lo profundo del bosque durante la 'zafra', es la principal actividad económica y organiza el calendario y la vida de toda la región.
El departamento fue también escenario de uno de los episodios más trágicos de la Bolivia reciente: la masacre de El Porvenir, del 11 de septiembre de 2008. En pleno enfrentamiento entre el gobierno de Evo Morales y las prefecturas opositoras de la 'media luna', un grupo de campesinos que marchaba hacia Cobija fue emboscado cerca de la localidad de Porvenir, con un saldo de al menos diecinueve muertos, en su mayoría campesinos. El entonces prefecto Leopoldo Fernández fue procesado como principal responsable y, en 2017, condenado a quince años de prisión; un informe de la Unasur calificó los hechos como crimen de lesa humanidad.
Con sus selvas casi intactas, sus ríos caudalosos y su enorme biodiversidad, Pando representa la cara más amazónica y menos conocida de Bolivia. Región de bosques tropicales que forma parte del gran pulmón sudamericano, alberga áreas protegidas y una de las mayores concentraciones de castañales del planeta, y sintetiza a la vez las promesas y las tensiones de la última frontera boliviana: la de un país andino que también es, en su extremo norte, profundamente amazónico.
Mucho antes de que la plata cambiara su destino, el territorio del actual departamento de Potosí estuvo habitado por sociedades andinas de larga tradición. Repartidos por sus punas y quebradas se conservan más de trescientos sitios arqueológicos —pinturas rupestres como las de Betanzos y talleres líticos en Nor y Sur Lípez— que testimonian una presencia humana milenaria en uno de los altiplanos más fríos y elevados del continente.
Tras el ocaso de Tiwanaku, la región quedó organizada en señoríos aymaras como los charcas, los qara qara y los lípez, pueblos de pastores de llamas y agricultores de papa amarga y quinua adaptados a la altura extrema. En el siglo XV los incas incorporaron la zona al Collasuyo, la porción sur del Tahuantinsuyo, imponiendo el quechua como lengua administrativa. Esa herencia sigue viva: el quechua es hoy, con más de medio millón de hablantes, la lengua materna predominante del departamento, seguida por el aymara y, en menor medida, el guaraní.
La cosmovisión andina impregna aún la vida potosina, desde la veneración de la Pachamama y de los cerros tutelares hasta las challas y ofrendas que los mineros dedican al 'Tío' de la mina. Ese sustrato indígena, mezclado con lo español y lo africano llegado con la colonia, forjó una cultura de sincretismo profundo que se expresa en fiestas, música y gastronomía —platos como la kalapurka, la sopa de llullucha o las tradicionales salteñas— y que distingue a Potosí dentro del mosaico boliviano.
Pocos lugares cambiaron tanto la historia mundial como Potosí. En 1545, el hallazgo de plata en el Cerro Rico —atribuido por la tradición al indígena Diego Huallpa— dio origen a la Villa Imperial de Potosí, que en poco tiempo se convirtió en una de las ciudades más ricas y pobladas del planeta: a comienzos del siglo XVII rivalizaba en población con Londres o París y llegó a superar los ciento cincuenta mil habitantes. Su plata financió al Imperio español durante casi tres siglos, movió el comercio global —de Sevilla a Manila y China— y dio origen a la expresión 'vale un potosí' para nombrar algo de valor incalculable.
Ese esplendor tuvo un costo humano inmenso. La plata se extraía con el trabajo forzado de la mita, sistema que el virrey Francisco de Toledo institucionalizó a partir de 1572: cada año, miles de indígenas de un amplio radio de provincias eran conducidos a Potosí para trabajar en condiciones durísimas en las galerías del cerro y en los ingenios donde se refinaba el metal con mercurio traído de Huancavelica. Generaciones de mitayos y de esclavos africanos murieron por derrumbes, silicosis y envenenamiento con azogue.
Ese cerro cónico y perforado, con sus miles de bocaminas, sigue siendo el emblema de la ciudad y aún hoy es explotado por cooperativas mineras en condiciones penosas. El centro histórico de Potosí y su Cerro Rico fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, reconocimiento a esa doble historia de riqueza barroca y explotación que define la identidad potosina. El departamento como tal fue constituido el 23 de enero de 1826 por decreto del mariscal Antonio José de Sucre, sobre la base de la antigua Intendencia de Potosí.
Para acuñar la plata del Cerro Rico, la corona levantó en Potosí una de las instituciones económicas más importantes de la América colonial: la Casa de la Moneda. La primera fábrica fue ordenada por el virrey Francisco de Toledo y construida entre 1572 y 1574; la segunda —el monumental edificio que hoy se conserva— fue diseñada por el arquitecto Salvador de Villa y erigida entre 1759 y 1773, con más de mil quinientos metros de fachada, cinco patios y cerca de doscientos ambientes que la convierten en una de las obras de arquitectura civil más grandes del continente.
De sus troqueles salió el famoso 'real de a ocho' o peso fuerte, la moneda de plata que se convirtió en el primer dinero de circulación verdaderamente global: viajó por Europa, África y Asia, sirvió de base al dólar y aún hoy se lo considera antecedente del sistema monetario moderno. Sobre uno de sus arcos, un enigmático mascarón barroco de rostro sonriente —conocido popularmente como la máscara de Baco o de Diego Huallpa— saluda al visitante con una expresión que se ha interpretado como sátira de la codicia de los conquistadores.
Hoy la Casa Nacional de Moneda es uno de los museos más ricos de Bolivia, con colecciones de pintura colonial, maquinaria de acuñación, mobiliario y platería que narran el auge y la caída de la economía de la plata. Junto a las numerosas iglesias barrocas de la ciudad —San Lorenzo de Carangas, San Francisco, la Compañía—, constituye el corazón del conjunto monumental que hace de Potosí un museo vivo del pasado minero americano.
Potosí también fue protagonista de la emancipación. El 10 de noviembre de 1810 estalló en la ciudad un levantamiento patriota que hoy se conmemora como efeméride departamental —el 'grito libertario' potosino—, sumando la Villa Imperial al ciclo revolucionario iniciado el año anterior en Chuquisaca y La Paz. Como todo el Alto Perú, la región vivió quince años de guerra hasta que la independencia se selló en la cercana batalla de Tumusla, el 1 de abril de 1825, librada en suelo potosino.
El golpe más doloroso del siglo XIX llegó con la Guerra del Pacífico (1879-1883). Aunque el litoral en disputa pertenecía a otra región, Potosí quedó marcado para siempre por la figura de Eduardo Avaroa, nacido en San Pedro de Atacama pero unido eternamente al departamento por la Reserva que lleva su nombre: el 23 de marzo de 1879, en el combate de Calama, Avaroa murió defendiendo el puente del Topáter con la frase '¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, carajo!'. Su gesto lo convirtió en el mayor héroe cívico de Bolivia y en símbolo de la reivindicación marítima. Tras la derrota, en 1883 el departamento pasó a tener frontera directa con Chile.
El sur potosino guarda además una leyenda del Lejano Oeste: el 7 de noviembre de 1908, los bandidos norteamericanos Butch Cassidy y Sundance Kid habrían muerto en un tiroteo con la policía en el pueblo minero de San Vicente, cerrando allí, en pleno altiplano, una de las fugas más célebres de la historia del bandolerismo.
El sur del departamento alberga el paisaje más famoso de Bolivia: el Salar de Uyuni, el mayor desierto de sal del mundo, con más de diez mil kilómetros cuadrados de planicie blanca a unos 3.660 metros de altura, formado por la evaporación de antiguos lagos prehistóricos. En época de lluvias, una fina capa de agua lo convierte en un gigantesco espejo del cielo, uno de los espectáculos naturales más asombrosos del planeta y una de las imágenes más reproducidas del turismo sudamericano.
Bajo su costra de sal se esconde una de las mayores reservas de litio del mundo, el metal clave de las baterías y de la transición energética, hoy en el centro de la estrategia económica del país. El pueblo de Uyuni es la gran puerta de entrada al salar y a los tours en vehículos todoterreno, mientras que Tupiza, con sus quebradas rojizas, ofrece una entrada alternativa desde el sur. En medio del mar blanco, la Isla Incahuasi ('casa del inca') emerge cubierta de cactus gigantes centenarios, uno de los puntos más fotografiados del salar.
A la histórica minería de plata, estaño y antimonio se suman hoy yacimientos de plomo, zinc, bismuto, wólfram, litio y oro, que mantienen a Potosí como uno de los grandes departamentos mineros del país; su economía representa alrededor del seis por ciento del PIB nacional. Pero la memoria potosina también carga tragedias obreras del siglo XX, como la masacre de mineros de Catavi-Siglo XX perpetrada por tropas del gobierno el 24 de junio de 1967, durante la 'noche de San Juan', uno de los episodios más sangrientos de la larga historia sindical de la minería boliviana.
En el extremo suroeste, en la provincia de Sud Lípez, se extiende la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, la más visitada del país y el gran final del circuito del Salar de Uyuni. Lleva el nombre del héroe caído en Calama y ocupa un altiplano desértico situado entre los 4.000 y casi 6.000 metros, con lagunas de colores como la Laguna Colorada —de intenso rojo por sus microorganismos y poblada por miles de flamencos— y la Laguna Verde, presidida por el cono perfecto del volcán Licancabur.
El paisaje se completa con géiseres y fumarolas humeantes como los de Sol de Mañana, aguas termales, y formaciones surrealistas como el Árbol de Piedra, esculpido por el viento en medio del desierto de Siloli. En sus salares y bofedales habitan vicuñas, vizcachas y las tres especies andinas de flamencos, en uno de los ecosistemas de altura más frágiles y espectaculares del planeta. Al norte del departamento, el Parque Nacional Torotoro —aunque se visita habitualmente desde Cochabamba— conserva huellas de dinosaurio, cañones y las cavernas de Umajalanta.
En la frontera sur con la Argentina, Villazón es uno de los principales pasos terrestres y centros comerciales de frontera del país, puerta de entrada de miles de viajeros que llegan a conocer el salar. Entre el peso abrumador de su historia minera y la belleza extrema de sus desiertos de altura, Potosí resume como pocos las dos caras de Bolivia: la del sacrificio humano que sostuvo un imperio y la de unos paisajes que hoy la proyectan al mundo.
El departamento de Santa Cruz, el más extenso de Bolivia, es el corazón de las tierras bajas orientales, una llanura tropical que se abre al pie de los últimos contrafuertes andinos. Antes de la conquista, la región estuvo habitada por pueblos chiquitanos, guaraníes (chiriguanos), guarayos y otros grupos amazónicos y chaqueños, con formas de organización muy distintas a las del mundo andino del altiplano.
En los valles occidentales, en lo alto de una colina, los pueblos preincaicos labraron durante siglos la enorme roca ceremonial de El Fuerte de Samaipata, una piedra tallada con canales, hornacinas y figuras de animales que constituye el mayor petroglifo del mundo. Utilizada luego por incas y por los españoles como fortaleza fronteriza, El Fuerte fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998 y es hoy uno de los grandes enigmas arqueológicos del país.
La ciudad de Santa Cruz de la Sierra fue fundada el 26 de febrero de 1561 por el capitán español Ñuflo de Chávez, primero en un emplazamiento más al este —cerca de la actual San José de Chiquitos— y luego trasladada a su sitio actual, a orillas del río Piraí. Durante siglos fue una remota frontera oriental, alejada del eje minero del altiplano, dedicada a la ganadería, la agricultura y la evangelización de los pueblos de la llanura.
El vuelco llegó en el siglo XX, sobre todo tras la 'Marcha hacia el Oriente' impulsada desde la Revolución de 1952 y el desarrollo de la agroindustria, la soja, la caña de azúcar y los hidrocarburos. Hoy Santa Cruz de la Sierra es la ciudad más poblada de Bolivia y su gran motor económico, con más de un millón y medio de habitantes y un crecimiento vertiginoso. A sus pobladores se los conoce como 'cambas', identidad regional de fuerte personalidad, con su propio acento, su música y su cultura del trópico.
El legado histórico más singular de Santa Cruz son las Misiones Jesuíticas de Chiquitos. Entre fines del siglo XVII y la expulsión de los jesuitas en 1767, la Compañía de Jesús fundó en las tierras bajas chiquitanas una serie de pueblos misionales —San Javier, Concepción, San Ignacio de Velasco, San Rafael, San Miguel, Santa Ana y San José de Chiquitos— donde jesuitas e indígenas crearon una experiencia única de arte, arquitectura, música barroca y organización comunitaria.
A diferencia de las misiones guaraníes del Paraguay y la Argentina, que quedaron en ruinas, muchas de las iglesias chiquitanas —construidas en madera y adobe por artesanos indígenas bajo dirección de misioneros como el suizo Martin Schmid— se conservaron, fueron restauradas y siguen en uso. Seis de estas misiones fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1990. Su extraordinaria tradición de música barroca, con partituras conservadas durante siglos, revive cada dos años en el célebre Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana 'Misiones de Chiquitos'.
Santa Cruz es también un departamento de enorme riqueza natural, en el punto donde convergen los Andes, la Amazonía, el Chaco y el Cerrado. Al oeste, el pueblo templado de Samaipata da acceso al Parque Nacional Amboró, ubicado en el 'Codo de los Andes', uno de los lugares más biodiversos del planeta, con helechos gigantes, aves y una asombrosa variedad de ecosistemas en poca distancia.
Hacia el noreste, sobre la frontera con Brasil, el Parque Nacional Noel Kempff Mercado —Patrimonio Natural de la Humanidad desde el año 2000— protege mesetas de arenisca, selvas y cascadas casi intactas, un paisaje que inspiró relatos de 'mundos perdidos'. Y en el extremo sureste, en la triple frontera con Brasil y Paraguay, se extiende el Pantanal boliviano, con las áreas protegidas de Otuquis y San Matías, la porción boliviana del mayor humedal del mundo. Esa diversidad convierte a Santa Cruz en un destino clave del ecoturismo boliviano.
Tarija ocupa el extremo sur de Bolivia, una región de valles templados y fértiles que la distinguen del altiplano frío del oeste y la acercan, por clima y cultura, al noroeste argentino. Antes de la conquista, sus valles y su franja chaqueña estuvieron poblados por pueblos como los moyos-moyos, churumatas, tomatas y chichas, y por los chané del piedemonte, sobre los que se expandieron desde el oriente los guaraníes o chiriguanos, que ocuparon buena parte del territorio en tiempos coloniales. Los incas de Túpac Yupanqui llegaron a la zona hacia 1470-1480 pero no lograron anexarla plenamente al Tahuantinsuyo.
Esa herencia sobrevive hoy en los pueblos guaraní, weenhayek y tapiete del Chaco tarijeño, cuyas lenguas son cooficiales en el departamento. La región conserva además vestigios rupestres, como las pinturas de Chiméo, cerca de Villamontes, documentadas a comienzos del siglo XX por el explorador sueco Erland Nordenskiöld.
Pero el mayor tesoro del subsuelo tarijeño no es humano, sino paleontológico. La cuenca de Tarija se asienta sobre uno de los yacimientos de fósiles del Cuaternario más importantes de Sudamérica: en sus barrancas se han hallado esqueletos de la gran megafauna del Pleistoceno —mastodontes emparentados con los elefantes, megaterios o perezosos gigantes de hasta seis metros, gliptodontes acorazados y el temible tigre dientes de sable, el Smilodon—. El Museo Nacional Paleontológico y Arqueológico, dependiente de la universidad local desde 1959 y elevado a rango nacional en 1994, exhibe cientos de estas piezas, y en 2022 la ciudad fue declarada capital del yacimiento paleontológico de mamíferos gigantes.
La ciudad de Tarija —oficialmente San Bernardo de la Frontera de Tarixa— fue fundada el 4 de julio de 1574 por el capitán sevillano Luis de Fuentes y Vargas, por orden del virrey Francisco de Toledo, como avanzada española frente a los chiriguanos del Chaco. Su emplazamiento en un valle templado y bien regado, apto para la vid y los frutales, marcó desde el inicio su vocación agrícola y su carácter de frontera meridional del Alto Perú.
Su clima suave, sus viñedos y su población de raíz mestiza y de fuerte impronta andaluza dieron origen a la identidad 'chapaca', una de las más singulares de Bolivia. La cultura chapaca se expresa en la música de coplas acompañadas por la caja, el erke y el violín, en las ruedas de baile de la vendimia, en una religiosidad muy viva y en fiestas como la de San Roque —patrono de la ciudad, celebrado en agosto con la danza de los chunchos y sus 'promesantes'— y la peregrinación a la Virgen de Chaguaya.
Durante la colonia y buena parte de la vida republicana, Tarija mantuvo estrechos lazos con el norte argentino, del que la separa una frontera que atraviesa valles y quebradas. Esa cercanía cultural con Salta y Jujuy, sumada a su aislamiento respecto del altiplano, hizo de los tarijeños un pueblo de carácter afable y hospitalario, orgulloso de un modo de vida rural y campesino que aún distingue a la 'Andalucía boliviana'.
Tarija tuvo un papel destacado en las guerras de independencia. Ya el 25 de junio de 1810 la ciudad se había adherido a la Revolución de Mayo de Buenos Aires, y sus milicias participaron en las campañas patriotas del sur. Su episodio más célebre es la batalla de la Tablada, librada el 14 y 15 de abril de 1817, en la que las fuerzas patriotas —con la participación decisiva de los guerrilleros tarijeños— derrotaron a las tropas realistas en el campo de la Tablada, junto a la ciudad, en una de las victorias más resonantes de la región.
El gran héroe local de aquellas luchas fue Eustaquio Méndez, el 'Moto Méndez', guerrillero campesino que perdió una mano en combate y que encabezó la resistencia contra los realistas hasta la emancipación definitiva de Tarija en marzo de 1825. Su figura popular, la del caudillo montaraz surgido del pueblo, se convirtió en símbolo de la identidad y el coraje tarijeños, y el 15 de abril se conmemora cada año como efeméride departamental.
Tras la independencia, Tarija vivió una singular disputa: por sus lazos con el norte argentino, hubo intentos de incorporarla a las Provincias Unidas del Río de la Plata, e incluso llegó a ser declarada provincia argentina. Sin embargo, un cabildo abierto proclamó en 1826 su voluntad de pertenecer a Bolivia, y desde entonces forma parte de ella. Esa decisión, tomada por sus propios habitantes, es un rasgo de orgullo en el relato histórico chapaco.
En el siglo XX, la franja chaqueña del departamento fue escenario de la más trágica de las guerras bolivianas. La Guerra del Chaco (1932-1935), librada contra el Paraguay por el control del árido Chaco Boreal y sus supuestas reservas de petróleo, tuvo en el sur tarijeño una de sus retaguardias y campos de batalla más importantes. Poblaciones como Villamontes se convirtieron en bastión de la defensa boliviana, y allí se libró en 1934-1935 una de las batallas finales que frenó el avance paraguayo antes del cese del fuego del 12 de junio de 1935.
La guerra dejó una huella profunda en la región y en todo el país: Bolivia movilizó a cientos de miles de hombres —muchos de ellos indígenas del altiplano poco preparados para el calor y la sed del Chaco— y sufrió decenas de miles de muertos, además de perder la mayor parte del territorio en disputa. De aquella catástrofe surgió la llamada 'generación del Chaco', que cuestionó al viejo orden oligárquico y sembró las ideas que desembocarían en la Revolución de 1952.
El Chaco tarijeño, con su clima cálido, sus pueblos guaraníes y weenhayek y sus reservas de hidrocarburos, quedó desde entonces ligado a esa memoria bélica. La reivindicación de los excombatientes y la conciencia de la fragilidad territorial boliviana forman parte todavía del imaginario de una región que fue, literalmente, primera línea de fuego.
Tarija es, ante todo, la tierra del vino boliviano. En el Valle de la Concepción, en el municipio de Uriondo, a pocos kilómetros de la capital, se concentra la región vitivinícola más importante del país, con viñedos que figuran entre los más altos del mundo, entre los 1.700 y los 2.400 metros de altitud. Esa altitud extrema —con noches frescas, gran amplitud térmica e intensa radiación solar— da a los vinos tarijeños características singulares y ha convertido a la zona en un destino creciente del enoturismo, con bodegas que reciben visitantes y una Ruta del Vino y del Singani.
De la uva moscatel de Alejandría, cultivada en estos mismos valles, se destila el singani, el aguardiente que es la bebida nacional de Bolivia y que goza de denominación de origen. Tanto el vino como el singani están en el centro de la cultura chapaca: acompañan las fiestas de la vendimia, las coplas y la mesa cotidiana, y son motivo de orgullo e identidad regional.
Esta tradición vitivinícola, heredada de los frailes y colonos españoles que plantaron las primeras cepas en tiempos coloniales para abastecer de vino de misa a las iglesias del sur, ha florecido en las últimas décadas hasta situar a Tarija en el mapa mundial de los vinos de altura. Junto a los frutales, el maíz y la ganadería de los valles, la vid es hoy uno de los pilares de la economía y de la imagen de marca del departamento.
En las últimas décadas, el departamento adquirió un enorme peso económico gracias a sus yacimientos de gas natural, los más importantes de Bolivia. Los grandes megacampos del sur tarijeño —en la zona de la Cordillera y el Chaco— concentran la mayor parte de las reservas gasíferas del país, lo que convirtió a Tarija en una pieza clave de la economía nacional, especialmente tras la nacionalización de los hidrocarburos decretada el 1 de mayo de 2006.
Las regalías del gas transformaron las finanzas departamentales y financiaron un importante ciclo de obras públicas, aunque también generaron tensiones por su distribución y volvieron a la región especialmente sensible a los vaivenes del mercado internacional y al declive de la producción gasífera de los últimos años. En 2022, su producto interno bruto rondaba los tres mil millones de dólares, uno de los mayores per cápita del país.
Hoy Tarija combina esa modernidad energética con la conservación de su identidad tradicional. La capital, apacible y de clima primaveral, es punto de partida hacia los viñedos de Uriondo y el Valle de la Concepción, la Reserva de Sama con sus lagunas altoandinas y flamencos, los valles frutales y el Chaco petrolero. Entre las coplas chapacas, las bodegas de altura y los campos de gas, el departamento del sur ofrece uno de los perfiles más distintivos y menos 'andinos' de toda Bolivia.