La Laguna Verde es uno de los grandes broches del tour del Salar de Uyuni: una laguna de tono esmeralda a turquesa que descansa en el extremo sur del altiplano boliviano, casi en la frontera con Chile, presidida por el cono casi perfecto del volcán Licancabur. Su agua de un verde irreal, los reflejos del volcán y el desierto que la rodea forman uno de los paisajes más fotografiados de Bolivia.
Su color no es producto de algas, sino de minerales: la altísima concentración de arsénico, magnesio y carbonatos disueltos en sus aguas le da ese tono verde que se intensifica cuando el viento del mediodía agita la laguna y remueve los sedimentos. A primera hora, en cambio, suele verse más quieta y opaca. Junto a ella, la Laguna Blanca, de tono blanquecino por el bórax, completa el dúo.
Esta guía repasa lo práctico de visitar la Laguna Verde: que casi siempre se conoce dentro del tour del salar desde Uyuni o Tupiza, qué tener en cuenta por la altura y el viento extremo de la frontera, cuándo se ve el mejor color, y cómo coordinarlo si se planea cruzar a Chile por el paso de Hito Cajón rumbo a San Pedro de Atacama. Es un cierre de altura para uno de los circuitos más espectaculares del continente.
La Laguna Verde se encuentra en la región de Sud Lípez, transitada desde tiempos prehispánicos por pueblos de pastores de camélidos y por caravanas de llamas que cruzaban entre el altiplano y el desierto de Atacama. El nombre es descriptivo: 'verde' por el tono esmeralda de sus aguas, que la ciencia atribuye a la alta concentración de minerales como el arsénico, el magnesio y los carbonatos. La laguna está dominada por el volcán Licancabur (5.916 m), una montaña sagrada para los pueblos andinos, en cuya cima se han hallado vestigios de rituales de altura de época inca. La Laguna Verde quedó protegida dentro de la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, creada por decreto en 1973, que lleva el nombre del héroe boliviano Eduardo Avaroa, caído en la Guerra del Pacífico. Su ubicación, casi sobre la frontera con Chile y cerca del paso de Hito Cajón, la convierte hoy en un punto de conexión clave entre el circuito del salar y San Pedro de Atacama. Es uno de los lugares más visitados del altiplano sur boliviano. La historia completa de la región y de su geología está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El departamento de la plata y los salares: hogar del Cerro Rico que financió al Imperio español y de la Casa de la Moneda, del Salar de Uyuni —el mayor desierto de sal del mundo y una de las grandes reservas de litio— y de las lagunas de colores de la Reserva Eduardo Avaroa, en el altiplano más alto y desolado del país, cuna del héroe Eduardo Avaroa.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
En el último rincón de Bolivia, donde el mapa se acaba contra la frontera con Chile, hay una laguna que cambia de color con el viento: por la mañana es un espejo opaco y hacia el mediodía, cuando el aire del desierto empieza a soplar, se enciende en un verde esmeralda que no parece de este mundo. Es la Laguna Verde, en el extremo sur de la provincia Sud Lípez, departamento de Potosí, a unos 4.300-4.400 metros de altura, en pleno altiplano andino, en un sector que ya pertenece al gran desierto que comparten Bolivia, Chile y Argentina, prolongación del árido Atacama.
Es una laguna salada, endorreica (sin salida al mar), que recibe agua de vertientes y deshielos y la pierde por evaporación, lo que concentra fuertemente los minerales en sus aguas. Está acompañada por la vecina Laguna Blanca, separada de ella por un estrecho istmo, y ambas se sitúan al pie del volcán Licancabur, cuyo cono casi perfecto domina todo el paisaje.
El entorno es uno de los más extremos del mundo: aire enrarecido por la altura, sequedad casi absoluta, radiación solar intensísima de día, temperaturas bajo cero por la noche y un viento que en la frontera puede ser implacable. Justamente ese viento es clave para entender el fenómeno por el que la laguna es famosa: su cambiante color verde.
A diferencia de la cercana Laguna Colorada, cuyo rojo proviene de microalgas, el color verde-turquesa de la Laguna Verde tiene un origen mineral. Las fuentes lo atribuyen a la alta concentración de minerales disueltos en sus aguas, en especial arsénico, magnesio y carbonatos de calcio, que le dan ese tono esmeralda característico. Es, en buena medida, química pura del altiplano.
Un rasgo fascinante de la laguna es que su color no es constante, sino que depende del viento. Cuando sopla fuerte —algo habitual hacia el mediodía en esta zona expuesta— agita las aguas poco profundas y remueve los sedimentos del fondo, y el verde se vuelve intenso y vibrante. En cambio, a primera hora de la mañana, con la laguna en calma, su color suele verse más apagado y opaco. Por eso la hora de la visita marca la diferencia en lo que uno ve.
Esa misma concentración de minerales, en especial el arsénico, hace que sus aguas sean tóxicas y no aptas para el contacto. Es un recordatorio de que la belleza del altiplano sur convive con una química extrema, fruto del intenso vulcanismo de la región.
Detrás de la Laguna Verde se alza el volcán Licancabur, un estratovolcán de 5.916 metros de altura y forma cónica casi perfecta que marca la frontera entre Bolivia y Chile. Su silueta simétrica, reflejándose sobre las aguas verdes, es la imagen clásica del lugar y uno de los íconos del altiplano sur.
El Licancabur tiene un profundo significado cultural. Fue una montaña sagrada para los pueblos andinos, y su nombre proviene de lenguas originarias de la región. En su cima se encuentra una de las lagunas de altura más elevadas del mundo, dentro del cráter, y allí, así como en sus laderas, se han hallado vestigios arqueológicos de rituales de altura de época inca: santuarios, restos y ofrendas que muestran que la montaña era un lugar ceremonial importante dentro de la cosmovisión andina, en la que los grandes cerros (los apus o achachilas) son deidades protectoras.
Hoy el volcán es objeto de ascensiones de montañismo, muy exigentes por la altura, generalmente desde el lado chileno. Pero para la inmensa mayoría de los visitantes de la Laguna Verde, el Licancabur es, sobre todo, el guardián majestuoso que completa uno de los paisajes más bellos de Bolivia.
La región donde está la Laguna Verde fue transitada desde tiempos prehispánicos por pueblos de pastores de camélidos y por caravanas de llamas que cruzaban entre el altiplano y los oasis del desierto de Atacama y la costa del Pacífico. Las lagunas, los bofedales y los pasos entre volcanes eran puntos conocidos de esas rutas; el propio sector de la Laguna Verde, cercano al Licancabur y a los pasos hacia el actual Chile, formaba parte de ese paisaje de intercambio.
La historia moderna de la región está marcada por la geopolítica. Esta es una zona de triple frontera (Bolivia, Chile y, cerca, Argentina) que quedó definida en gran parte tras la Guerra del Pacífico (1879-1884), en la que Bolivia perdió su salida soberana al mar frente a Chile. La cercanía de la Laguna Verde a esa frontera no es un dato menor: la propia reserva que la protege lleva el nombre de Eduardo Avaroa, héroe boliviano caído en aquella guerra.
Hoy, esa condición fronteriza le da a la Laguna Verde un papel logístico clave: el cercano paso de Hito Cajón conecta el circuito del Salar de Uyuni con San Pedro de Atacama, en Chile, lo que convierte a la laguna en una de las grandes puertas de entrada o salida del altiplano sur boliviano para los viajeros que combinan ambos países.
La Laguna Verde quedó protegida con la creación, por decreto en 1973, de la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, que abarca alrededor de 714.000 hectáreas del altiplano sur boliviano y que tiene como objetivos centrales la conservación de los flamencos altoandinos, las vicuñas y el conjunto de los ecosistemas de altura, incluidas sus lagunas de colores, géiseres y volcanes.
La reserva lleva el nombre de Eduardo Avaroa (o Abaroa), héroe boliviano caído en la batalla del Topáter, en 1879, durante la Guerra del Pacífico. Que la reserva que protege a la Laguna Verde —situada justo en la frontera con Chile— lleve el nombre de un héroe de aquella guerra le añade una carga simbólica particular.
La gestión está a cargo del SERNAP (Servicio Nacional de Áreas Protegidas de Bolivia), junto con las comunidades locales. Dentro de la reserva, la Laguna Verde y la vecina Laguna Blanca forman parte de un sistema de humedales de altura de gran valor, y su entorno alberga fauna como flamencos, vicuñas y vizcachas. La protección busca preservar este frágil ecosistema frente a la presión del turismo y de la explotación de recursos.
Hoy la Laguna Verde es uno de los puntos más visitados y fotografiados del circuito turístico del Salar de Uyuni, y suele ser su gran broche final (o su comienzo, para quienes entran desde Chile). Su tono esmeralda al pie del Licancabur cierra de manera espectacular un recorrido de tres días que reúne el salar más grande del planeta, las lagunas de colores, los géiseres y los desiertos del altiplano sur.
Su ubicación fronteriza la ha convertido, además, en una de las grandes puertas de conexión entre Bolivia y Chile para los viajeros: el cercano paso de Hito Cajón permite seguir viaje a San Pedro de Atacama sin volver sobre los pasos, o iniciar el circuito desde el lado chileno. Esa función logística la integra plenamente en los grandes itinerarios de la región andina.
Como todo el ecosistema de la reserva, la Laguna Verde es tan extraordinaria como frágil. La creciente afluencia de visitantes, la gestión de los residuos en una zona sin infraestructura y las presiones sobre los recursos del altiplano sur exigen una actitud responsable. Para el viajero, eso significa visitarla con respeto: no meterse en sus aguas tóxicas, no dejar basura, seguir las indicaciones de los guías y llevarse solo fotografías de uno de los paisajes más bellos de Bolivia.