La Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa es uno de esos lugares que parecen de otro planeta. En el extremo suroeste de Bolivia, donde el altiplano se vuelve un desierto de altura a más de 4.000 metros, se despliega un paisaje de lagunas teñidas de rojo, verde y blanco, géiseres humeantes, aguas termales que echan vapor en el frío de la mañana, volcanes perfectos y rocas esculpidas por el viento. Es el broche de oro del célebre tour del Salar de Uyuni, y para muchos viajeros, el momento más impactante de todo su paso por Bolivia.
Dentro de sus más de 700.000 hectáreas conviven algunos de los íconos más fotografiados del país: la Laguna Colorada, roja por las microalgas y poblada de miles de flamencos; los géiseres y fumarolas de Sol de Mañana; las termas de Polques, donde uno se baña a casi 5.000 metros; la Laguna Verde al pie del volcán Licancabur; y el solitario Árbol de Piedra en pleno desierto de Siloli. Es, además, un refugio clave de fauna andina: flamencos de tres especies, vicuñas, vizcachas y el huidizo gato andino.
Esta guía reúne lo práctico de visitar la REA con sentido común: cómo y desde dónde se llega (casi siempre dentro del tour del salar desde Uyuni o Tupiza), qué ver, cómo lidiar con la altura y el frío extremo, dónde se duerme y qué tener en cuenta para disfrutar este desierto de altura sin sobresaltos. Es un viaje exigente por las condiciones, pero la recompensa visual no tiene comparación.
La región de Sud Lípez, donde hoy está la reserva, fue transitada desde tiempos prehispánicos por pueblos de pastores de camélidos y por caravanas de llamas que conectaban el altiplano con los oasis del desierto de Atacama y la costa del Pacífico. Mucho después, el área quedó ligada a la minería del azufre y el bórax y a la cría de llamas y vicuñas de las comunidades quechuas y aymaras de la zona. La Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa fue creada por decreto en 1973, inicialmente para proteger a las poblaciones de flamencos y vicuñas, y luego ampliada hasta sus actuales 714.000 hectáreas aproximadas. Lleva el nombre de Eduardo Avaroa, héroe boliviano caído en la batalla del Topáter (1879) durante la Guerra del Pacífico, en la que Bolivia perdió su salida al mar frente a Chile; la cercanía de la reserva a esa frontera le da un peso simbólico particular. Hoy es la reserva más visitada de Bolivia y un pilar del turismo del suroeste, gestionada por el SERNAP (Servicio Nacional de Áreas Protegidas) junto con las comunidades locales. La historia completa de la región y sus paisajes está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El departamento de la plata y los salares: hogar del Cerro Rico que financió al Imperio español y de la Casa de la Moneda, del Salar de Uyuni —el mayor desierto de sal del mundo y una de las grandes reservas de litio— y de las lagunas de colores de la Reserva Eduardo Avaroa, en el altiplano más alto y desolado del país, cuna del héroe Eduardo Avaroa.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que existiera la reserva, el rincón suroeste del altiplano boliviano —la región de Sud Lípez, en lo que hoy es el departamento de Potosí— ya estaba habitado y transitado. Es una de las zonas más altas, frías y áridas del continente, un desierto de altura por encima de los 4.000 metros donde, sin embargo, las comunidades andinas aprendieron a vivir desde tiempos prehispánicos. Pueblos de lengua aymara y quechua, y antes los señoríos lípez, desarrollaron una economía basada en el pastoreo de camélidos (llamas y alpacas) y en el aprovechamiento de las vicuñas silvestres.
Esta región no era un lugar aislado, sino un nudo de caminos. Las caravanas de llamas conectaban el altiplano con los oasis del desierto de Atacama y con la costa del Pacífico, intercambiando productos del altiplano (carne y lana de camélidos, sal, minerales) por bienes de los valles y de la costa (maíz, pescado seco, algodón). Las lagunas saladas, los bofedales (humedales de altura donde pastan los animales) y los pasos entre volcanes formaban parte de rutas conocidas y memorizadas durante generaciones.
Ese profundo conocimiento del territorio —dónde hay agua, dónde pastar, cómo cruzar el desierto— es la base sobre la que, siglos más tarde, se montaría el turismo de la zona. Muchos de los guías y conductores que hoy recorren la reserva descienden de esas comunidades de pastores y caravaneros del altiplano sur.
El altiplano sur de Bolivia es una tierra de recursos extremos. Bajo su aparente vacío, el suelo guarda minerales que en distintas épocas atrajeron la actividad económica: azufre en las laderas de los volcanes, bórax y otras sales en los bordes de las lagunas, y más al norte la sal del propio Salar de Uyuni. La región conoció emprendimientos mineros del azufre y el bórax, con campamentos remotos y duras condiciones de trabajo, que dejaron huellas en forma de viejas instalaciones y caminos.
Pero la actividad más constante y arraigada fue siempre la ganadería de altura: la cría de llamas para carne, carga y lana, y el aprovechamiento de la vicuña, el camélido silvestre de fibra más fina y valiosa del mundo. La vicuña fue históricamente cazada por su lana, lo que llevó a un fuerte descenso de sus poblaciones; su protección sería, justamente, uno de los motivos que impulsaron la creación de la reserva.
A esa combinación de minería extrema, pastoreo y caravaneo se sumó, ya en el siglo XX, la dimensión geopolítica: esta es una zona de triple frontera (Bolivia, Chile y, cerca, Argentina), marcada por la pérdida del litoral boliviano frente a Chile en la Guerra del Pacífico. El paisaje desolado y limítrofe del altiplano sur quedó así cargado también de una memoria nacional.
La Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa fue creada por decreto en 1973, con el objetivo inicial de proteger a las poblaciones de flamencos altoandinos y de vicuñas, amenazadas por la caza y la presión sobre su hábitat. Con el tiempo, el área protegida fue ampliándose hasta alcanzar una superficie cercana a las 714.000 hectáreas, que incluyen las lagunas de colores, los géiseres, los desiertos de altura y los volcanes que hoy son su mayor atractivo.
El nombre de la reserva es un homenaje a Eduardo Avaroa (o Abaroa), uno de los grandes héroes de la historia boliviana. Avaroa murió en la batalla del Topáter, el 23 de marzo de 1879, durante la Guerra del Pacífico, el conflicto en el que Bolivia perdió frente a Chile su salida soberana al mar (el actual norte chileno). A la frase que la tradición le atribuye —su negativa a rendirse ante el enemigo— se la considera un símbolo de la resistencia boliviana. Que la reserva más visitada del país, situada justo en la frontera con Chile, lleve su nombre, le da una carga simbólica que va más allá de lo natural.
La gestión de la reserva está a cargo del SERNAP (Servicio Nacional de Áreas Protegidas de Bolivia), que la administra junto con las comunidades locales. La REA forma parte, además, de una red de humedales de importancia internacional por su papel en la conservación de los flamencos altoandinos.
La reserva es un laboratorio natural de geología volcánica. Se asienta sobre la cordillera Occidental de los Andes, una franja de intensa actividad volcánica que marca el límite entre Bolivia, Chile y Argentina, donde se alzan volcanes como el Licancabur (5.916 m), perfecto cono que vigila la Laguna Verde, y muchos otros que superan los 5.000 y 6.000 metros. Esa actividad volcánica explica buena parte de los paisajes más impactantes del lugar.
Los campos geotérmicos como Sol de Mañana —con sus pozas de barro hirviente, fumarolas y columnas de vapor a casi 5.000 metros— son la manifestación superficial del calor del subsuelo. Las aguas termales, como las de Polques, brotan calientes gracias a ese mismo calor geotérmico. Y los colores de las lagunas tienen también una explicación química y biológica: el rojo de la Laguna Colorada proviene de pigmentos de microalgas y sedimentos; el verde esmeralda de la Laguna Verde, de la alta concentración de minerales como el arsénico, el magnesio y los carbonatos disueltos; los bordes blancos, del bórax y otras sales.
A esa geología extrema se suma un clima de los más severos del planeta habitado: aire enrarecido por la altura, sequedad casi absoluta, radiación solar intensísima de día y temperaturas que se desploman muy por debajo de cero de noche. Es ese conjunto de factores —volcanes, geotermia, química de las aguas y clima extremo— el que ha esculpido uno de los paisajes más singulares de Sudamérica.
Si hay una imagen que define a la reserva, es la de los flamencos sobre las aguas de colores. La REA es uno de los lugares más importantes del continente para la conservación de los flamencos altoandinos, y alberga las tres especies que habitan los Andes: el flamenco andino (el más raro y amenazado), el flamenco de James o parina chica (redescubierto en el siglo XX cuando se lo creía extinto) y el flamenco chileno. La Laguna Colorada, en particular, es un sitio clave de alimentación y reproducción.
Pero la reserva protege mucho más que flamencos. Por sus desiertos y bofedales se mueven vicuñas (el camélido silvestre cuya protección impulsó la creación del área), vizcachas, ñandúes andinos (suri), zorros andinos y el escurridizo gato andino, uno de los felinos más amenazados y difíciles de ver del mundo. Esta diversidad de fauna de altura es lo que da nombre y razón de ser a la reserva: «Reserva Nacional de Fauna Andina».
La conservación de este ecosistema enfrenta desafíos: la presión del turismo (que, bien gestionado, financia su protección, pero mal gestionado puede dañar las lagunas y molestar a la fauna), los proyectos de explotación de recursos (geotermia, minería, litio en la región del salar) y el cambio climático, que afecta el delicado equilibrio de los humedales de altura. Por eso la REA es tanto un destino turístico extraordinario como un territorio que necesita ser visitado con respeto y cuidado.
En las últimas décadas, la Reserva Eduardo Avaroa pasó de ser un remoto rincón fronterizo a convertirse en el área protegida más visitada de Bolivia y en uno de los grandes íconos turísticos del país. La razón es su integración en el célebre circuito de tours en cuatro por cuatro que parte del Salar de Uyuni: miles de viajeros de todo el mundo recorren cada año el tramo de tres días que une el salar más grande del planeta con las lagunas de colores y los géiseres del altiplano sur.
Ese turismo ha traído ingresos y oportunidades a las comunidades de Sud Lípez —muchos de los conductores, guías y dueños de albergues son de la zona— y ha dado un valor económico a la conservación del paisaje. Pero también plantea desafíos: la presión de los vehículos y los visitantes sobre ecosistemas frágiles, la gestión de los residuos, la calidad y seguridad de los servicios, y la necesidad de distribuir de forma justa los beneficios.
A esos retos turísticos se suman las presiones sobre los recursos de la región: la cercana explotación del litio del Salar de Uyuni, los proyectos geotérmicos y mineros, y los efectos del cambio climático sobre las lagunas y bofedales. El futuro de la reserva dependerá de equilibrar la conservación de uno de los paisajes más extraordinarios de Sudamérica con el desarrollo de las comunidades que viven en él y la enorme afluencia de visitantes que atrae. Para el viajero, eso se traduce en una consigna simple: recorrerla con respeto, seguir las indicaciones de los guías y dejar el menor rastro posible.