El actual territorio mexicano fue una de las pocas cunas de civilización originaria del planeta, junto con Mesopotamia, Egipto, el valle del Indo, China y los Andes. Los primeros grupos humanos llegaron hace más de trece mil años, cazadores de megafauna del final de la última glaciación cuyos vestigios se han hallado en sitios como Tlapacoya y las cuevas de Coxcatlán, en el valle de Tehuacán, donde hace unos siete mil años comenzó la domesticación del maíz, la planta que sostendría a todas las culturas mesoamericanas.
La lenta transición de la caza y la recolección a la agricultura permitió, hacia el segundo milenio antes de nuestra era, el surgimiento de aldeas sedentarias. En torno al maíz, el frijol, la calabaza y el chile —la 'milpa' que aún alimenta a México— se organizó una compleja vida ritual y social. Nacía así Mesoamérica, un área cultural que abarcaba el centro y el sur del país y buena parte de Centroamérica, unida por rasgos comunes: el cultivo del maíz, el juego de pelota ritual, los calendarios de 260 y 365 días, la escritura, la construcción de pirámides y un panteón de dioses compartidos.
Sobre ese sustrato agrícola se levantarían, durante los siguientes tres mil años, decenas de sociedades cada vez más complejas, desde señoríos hasta grandes ciudades-Estado e imperios tributarios, en un mosaico de pueblos y lenguas de asombrosa diversidad que es la raíz más profunda de la identidad mexicana.
Hacia 1500-1200 a.C., en las cálidas tierras bajas del Golfo, en los actuales estados de Veracruz y Tabasco, floreció la cultura olmeca, considerada por muchos especialistas la 'cultura madre' de Mesoamérica. En centros como San Lorenzo primero y La Venta después, los olmecas erigieron los primeros grandes conjuntos ceremoniales y tallaron las célebres cabezas colosales: retratos de sus gobernantes esculpidos en enormes bloques de basalto que podían medir tres metros de altura y pesar más de veinte toneladas, transportados desde la Sierra de los Tuxtlas a decenas de kilómetros. Se han hallado diecisiete de estas cabezas.
Más allá de su arte monumental, los olmecas sentaron muchas de las bases culturales que heredarían los pueblos posteriores: un incipiente sistema de escritura y de numeración, el calendario ritual, el juego de pelota, el culto al jaguar y a la serpiente, y una religión y una organización política jerarquizada. Su influencia y sus productos —el jade, la obsidiana— se difundieron por buena parte de Mesoamérica a través de amplias redes de intercambio.
Hacia el 400 a.C., los grandes centros olmecas habían sido abandonados por causas todavía discutidas, pero su legado perduró. Los mexicas, casi tres mil años después, todavía consideraban aquellas tierras como una región mítica de origen, y los arqueólogos modernos reconocen en los olmecas el tronco común del que brotaron las civilizaciones clásicas de México.
El llamado período Clásico (aproximadamente 250-900 d.C.) fue la edad de oro de las grandes ciudades mesoamericanas. En el altiplano central se levantó Teotihuacan, la 'Ciudad de los Dioses', cuyo apogeo entre los siglos II y VI d.C. la convirtió en una de las mayores urbes del mundo, con entre cien mil y doscientos mil habitantes distribuidos en una traza planificada a lo largo de la Calzada de los Muertos. Sus colosales pirámides del Sol y de la Luna, y el templo de la Serpiente Emplumada, dominaban un Estado cuya influencia comercial y cultural se extendió hasta las lejanas tierras mayas. Su misterioso colapso, hacia el año 550-650 d.C., dejó una ciudad en ruinas que siglos después los mexicas contemplarían con religiosa veneración.
En el sureste, la civilización maya alcanzó su máximo refinamiento en decenas de ciudades-Estado de las selvas de Chiapas, el Petén y la península de Yucatán, como Palenque, Calakmul, Tikal, Yaxchilán, Copán, Uxmal y, más tarde, Chichén Itzá. Los mayas desarrollaron la escritura jeroglífica más completa de América, una astronomía capaz de predecir eclipses, el concepto matemático del cero y un calendario de extraordinaria precisión. Entre los siglos VIII y IX, muchas de las grandes ciudades del sur fueron abandonadas en el llamado 'colapso' maya, atribuido a sequías, guerras, sobreexplotación y crisis políticas.
En los valles de Oaxaca, los zapotecas fundaron hacia el 500 a.C. Monte Albán sobre una montaña nivelada artificialmente, con su plaza monumental, sus tumbas policromas y su escritura, alcanzando su cúspide entre los años 300 y 700 d.C. con unos veinte mil habitantes. Más tarde, los mixtecos, maestros de la orfebrería del oro y de los códices, ocuparían buena parte de la región. Este mosaico clásico legó a México su patrimonio arqueológico más deslumbrante.
Tras el ocaso de Teotihuacan, el centro de México entró en el período Posclásico, marcado por sociedades más militaristas. Hacia los siglos X a XII floreció Tula, capital de los toltecas, célebre por sus Atlantes, colosales guerreros de piedra que coronaban una pirámide. Los toltecas fueron admirados por los pueblos posteriores como los inventores de las artes, la sabiduría y la vida civilizada; ser 'tolteca' equivalía a ser artista y sabio. En torno a Tula se tejió el mito de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, sacerdote-rey desterrado que prometió regresar por el oriente, una leyenda que resonaría trágicamente en la conquista.
Hacia el año 1200, Tula cayó y el altiplano se fragmentó en numerosos señoríos en pugna. En ese escenario irrumpieron los mexicas o aztecas, un pueblo nahua llegado, según su propia tradición, desde la mítica Aztlán. Tras largas peregrinaciones y humillaciones como mercenarios de otros señoríos, hacia 1325 fundaron su ciudad, México-Tenochtitlan, sobre un islote del lago de Texcoco, en el lugar donde —según la profecía— hallaron un águila devorando una serpiente sobre un nopal, emblema que perdura en el escudo nacional.
En menos de dos siglos, los mexicas pasaron de tributarios a amos del valle. Mediante la Triple Alianza con Texcoco y Tlacopan, formada en 1428 tras derrotar a Azcapotzalco, construyeron un vasto imperio tributario que dominaba buena parte de Mesoamérica desde su deslumbrante capital, surcada de canales y calzadas, con mercados, templos y quizá más habitantes que cualquier ciudad europea de la época.
A comienzos del siglo XVI, el imperio mexica, gobernado por el tlatoani Moctezuma II, era la potencia dominante de Mesoamérica, temido y odiado por los pueblos sometidos a sus tributos y a las guerras para capturar víctimas de sacrificio. Tenochtitlan, con su Templo Mayor dedicado a Huitzilopochtli y Tláloc, era el corazón religioso, político y comercial de ese mundo. Pero bajo la superficie del poder mexica bullían resentimientos que un extranjero sabría aprovechar.
En febrero de 1519, el extremeño Hernán Cortés zarpó de Cuba con poco más de quinientos hombres y desembarcó en las costas de lo que llamó la Villa Rica de la Vera Cruz. Recibió como intérprete y consejera a la Malinche, mujer indígena clave en la empresa. Aprovechando las rivalidades internas, Cortés selló una alianza decisiva con los tlaxcaltecas, enemigos jurados de los mexicas, y avanzó hacia el altiplano. Entró en Tenochtitlan el 8 de noviembre de 1519 y tomó preso a Moctezuma. La tensión estalló en 1520: durante la ausencia de Cortés, los españoles perpetraron una matanza en el Templo Mayor, Moctezuma murió y los invasores debieron huir de la ciudad en la sangrienta 'Noche Triste', del 30 de junio de 1520.
Cortés reagrupó fuerzas con decenas de miles de aliados indígenas mientras la viruela, traída por los europeos, diezmaba a la población y mataba al nuevo tlatoani Cuitláhuac. El sitio final, con bergantines botados sobre el lago, duró setenta y cinco días. El 13 de agosto de 1521, tras una resistencia feroz encabezada por el joven Cuauhtémoc, Tenochtitlan cayó. Con ella terminaba el imperio mexica y comenzaban tres siglos de dominio español y el nacimiento de un mundo nuevo, nacido de la violencia y del mestizaje.
Sobre las ruinas de Tenochtitlan se edificó la Ciudad de México, capital del Virreinato de la Nueva España, creado formalmente en 1535 como la joya de la corona hispánica. Durante casi tres siglos, la Nueva España fue el territorio más rico y poblado del imperio español en América. Su motor fue la plata: los descubrimientos de Zacatecas (1546), Guanajuato, Taxco, Pachuca y San Luis Potosí produjeron una riqueza colosal que financió a la monarquía, movió el comercio mundial y se enlazó, a través del Camino Real de Tierra Adentro, con las lejanas minas del norte.
La evangelización, encabezada por franciscanos, dominicos, agustinos y más tarde jesuitas, transformó profundamente el mundo indígena. De la fusión del catolicismo con las creencias originarias nació un sincretismo único, cuya expresión suprema fue la devoción a la Virgen de Guadalupe, cuya aparición al indígena Juan Diego en el cerro del Tepeyac en 1531 se convirtió en el símbolo espiritual e identitario de México. Los frailes también preservaron lenguas y memorias indígenas y fundaron la primera universidad del continente en 1551.
La sociedad novohispana fue rígidamente jerárquica y racial: en la cima, los peninsulares (nacidos en España); debajo, los criollos (de origen español pero nacidos en América), cada vez más resentidos por su exclusión de los altos cargos; y en la base, un enorme mundo de mestizos, indígenas —sometidos a tributo y trabajo— y africanos esclavizados. Ese complejo sistema de castas, junto con la acumulación de agravios de los criollos y la difusión de las ideas ilustradas, sembró las tensiones que estallarían a comienzos del siglo XIX.
La crisis de la monarquía española tras la invasión napoleónica de 1808 encendió la mecha. La madrugada del 16 de septiembre de 1810, en el pueblo de Dolores, en Guanajuato, el cura Miguel Hidalgo y Costilla lanzó el llamado 'Grito de Dolores', convocando al pueblo a levantarse contra el mal gobierno. Una multitud de campesinos, mineros e indígenas se sumó a la insurrección, que tomó Guanajuato tras el sangriento asalto a la Alhóndiga de Granaditas, donde el minero apodado 'El Pípila' habría incendiado la puerta. Perseguido, Hidalgo fue capturado y fusilado en 1811.
La lucha continuó bajo José María Morelos, un cura de genio militar y político que dominó buena parte del sur, convocó en 1813 el Congreso de Anáhuac y proclamó los 'Sentimientos de la Nación', un programa de independencia, abolición de la esclavitud e igualdad. Morelos también fue capturado y fusilado en 1815, y el movimiento quedó reducido a la guerrilla de líderes como Vicente Guerrero en las montañas del sur.
La independencia se consumó, paradójicamente, por un giro conservador. El militar criollo Agustín de Iturbide, enviado a combatir a los insurgentes, pactó con Guerrero y proclamó en 1821 el Plan de Iguala, que garantizaba religión, independencia y unión bajo el Ejército Trigarante. Tras el Tratado de Córdoba, el Ejército Trigarante entró triunfalmente en la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, sellando la independencia. Poco después, Iturbide se coronó brevemente emperador antes de ser derrocado, y en 1824 se promulgó la primera Constitución republicana y federal.
El México independiente vivió medio siglo de inestabilidad. Entre golpes de Estado, pronunciamientos militares y la pugna entre federalistas y centralistas, la figura recurrente fue el general Antonio López de Santa Anna, que ocupó la presidencia en múltiples ocasiones. La debilidad interna, la bancarrota permanente y las divisiones regionales dejaron al joven país expuesto ante potencias extranjeras y ante el expansionismo de su vecino del norte.
El problema mayor fue Texas. Colonizada por angloamericanos, la provincia se rebeló y declaró su independencia en 1836, tras la derrota de Santa Anna en San Jacinto. Su posterior anexión a Estados Unidos en 1845 precipitó la guerra. Entre 1846 y 1848, los ejércitos estadounidenses invadieron el país por el norte y por el Golfo, tomaron Veracruz y llegaron a ocupar la Ciudad de México en 1847, defendida heroicamente, según la tradición, por los cadetes 'Niños Héroes' del Castillo de Chapultepec.
La derrota se selló con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848. México perdió más de la mitad de su territorio —los actuales California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Texas y partes de otros estados, más de dos millones de kilómetros cuadrados— a cambio de quince millones de dólares. Aquella amputación, la mayor catástrofe de la historia nacional, dejó una herida profunda y aceleró la reflexión sobre la necesidad de reformar y modernizar el país.
A mediados del siglo XIX, una generación de liberales encabezada por el abogado zapoteco Benito Juárez emprendió una transformación radical del país. Las Leyes de Reforma, promulgadas entre 1855 y 1860, buscaron separar la Iglesia del Estado, nacionalizar los bienes del clero, establecer el registro civil y el matrimonio civil, y crear una república laica y de ciudadanos iguales ante la ley. El conservadurismo respondió con las armas en la Guerra de Reforma (1858-1861), de la que los liberales salieron victoriosos, y en 1861 Juárez entró en la capital como presidente.
Derrotados en el campo de batalla, los conservadores buscaron el respaldo europeo. Aprovechando la suspensión de pagos de la deuda mexicana, Napoleón III de Francia envió un ejército que, pese a la célebre victoria mexicana en la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, terminó ocupando el país e imponiendo el Segundo Imperio Mexicano. En 1864 llegó el archiduque Maximiliano de Habsburgo, que —para desconcierto de los conservadores— resultó ser un gobernante de ideas liberales.
Juárez, con su gobierno itinerante y el respaldo de Estados Unidos tras el fin de su guerra civil, resistió hasta que la retirada de las tropas francesas dejó a Maximiliano a su suerte. El emperador fue capturado y fusilado en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, en junio de 1867. Con la República restaurada, Juárez —el 'Benemérito de las Américas', primer presidente indígena del continente— consolidó el Estado laico antes de morir en 1872, dejando un legado fundacional para el México moderno.
En 1876, el general oaxaqueño Porfirio Díaz, héroe de la lucha contra los franceses, llegó al poder mediante un golpe y gobernó México, directamente o por interpósita persona, durante más de tres décadas. El porfiriato trajo una estabilidad y un crecimiento económico sin precedentes. La red ferroviaria pasó de unos 640 kilómetros en 1876 a más de diecinueve mil en 1910; llegaron la inversión extranjera masiva, la industria, la banca, el telégrafo, la electricidad y los tranvías. México se presentaba ante el mundo como una nación próspera y ordenada bajo el lema positivista de 'orden y progreso'.
Sin embargo, el precio social fue enorme. La modernización benefició a una elite de hacendados, empresarios e inversores extranjeros, mientras la inmensa mayoría de la población quedaba al margen. Las comunidades campesinas fueron despojadas de sus tierras comunales; hacia 1910, un puñado de familias poseía decenas de millones de hectáreas y la mayor parte de los campesinos trabajaba como peones endeudados en las grandes haciendas. La represión política, la ausencia de elecciones libres y la explotación laboral —simbolizada en huelgas ferozmente reprimidas como Cananea y Río Blanco— generaron un descontento explosivo.
Díaz, ya anciano, había prometido en una entrevista de 1908 permitir elecciones libres, pero se aferró al poder. Cuando el opositor Francisco I. Madero fue encarcelado durante la campaña de 1910, la olla a presión de treinta años estalló. El porfiriato, que había modernizado la economía sobre una base de profunda injusticia, se derrumbaría en apenas unos meses ante el levantamiento revolucionario.
El 20 de noviembre de 1910, siguiendo el Plan de San Luis proclamado por Madero, estalló la Revolución Mexicana, la primera gran revolución social del siglo XX. El levantamiento se extendió con rapidez: en el norte, Pascual Orozco y Francisco 'Pancho' Villa tomaron Ciudad Juárez; en el sur, Emiliano Zapata alzó a los campesinos de Morelos con la bandera de 'Tierra y Libertad'. Díaz renunció y partió al exilio en 1911, y Madero fue elegido presidente.
Pero el conflicto no había hecho más que empezar. En 1913, el general Victoriano Huerta traicionó y asesinó a Madero en el golpe conocido como la 'Decena Trágica'. Contra el usurpador se levantó una amplia coalición: Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, proclamó el Plan de Guadalupe y encabezó el Ejército Constitucionalista, con Villa y su legendaria División del Norte y Álvaro Obregón como grandes jefes militares. Batallas decisivas como la Toma de Zacatecas (1914), protagonizada por Villa, precipitaron la caída de Huerta.
Triunfante la revolución, los vencedores se dividieron. Villistas y zapatistas, reunidos en la Convención de Aguascalientes de 1914, rompieron con los carrancistas, y el país se sumió en una nueva y sangrienta guerra civil de la que salieron vencedores los constitucionalistas de Carranza y Obregón. El conflicto, que costó cerca de un millón de vidas, culminó con la promulgación de la Constitución de 1917, una de las más avanzadas de su tiempo, que consagró la reforma agraria, los derechos laborales, la educación laica y la propiedad de la nación sobre el subsuelo. Zapata sería asesinado a traición en 1919 y Carranza en 1920, cerrando la fase armada de la Revolución.
De las cenizas de la Revolución surgió, en 1929, un partido concebido para institucionalizar el poder y pacificar a las facciones: el Partido Nacional Revolucionario, fundado por Plutarco Elías Calles, que tras sucesivas refundaciones se convertiría en el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Este partido gobernaría México sin interrupción durante más de setenta años, en un sistema de partido hegemónico con un presidente todopoderoso que cambiaba cada seis años sin reelección.
El momento culminante del nacionalismo revolucionario fue el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Cárdenas repartió millones de hectáreas a los campesinos mediante el ejido, organizó a obreros y campesinos dentro del partido y, sobre todo, el 18 de marzo de 1938 expropió la industria petrolera en manos de compañías extranjeras, creando Pemex en un acto de soberanía celebrado con fervor popular. También abrió las puertas a los refugiados de la Guerra Civil Española.
Entre 1940 y 1970, México vivió el llamado 'milagro mexicano': tres décadas de rápido crecimiento industrial, urbanización acelerada y relativa estabilidad. Pero el desarrollo fue desigual y el sistema político, cada vez más autoritario. Su cara más oscura quedó grabada en la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, en la Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968, pocos días antes de los Juegos Olímpicos, cuando el ejército disparó contra una manifestación pacífica dejando cientos de muertos. Aquella tragedia marcó el inicio del largo desgaste del régimen priista.
Las décadas finales del siglo XX erosionaron el viejo régimen. La crisis de la deuda de 1982, la percepción de un fraude en las elecciones presidenciales de 1988 y el devastador terremoto de la Ciudad de México del 19 de septiembre de 1985 —que dejó miles de muertos y reveló la incompetencia oficial frente a la solidaridad de la sociedad civil— minaron la confianza en el sistema. La apertura económica culminó con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con Estados Unidos y Canadá el 1 de enero de 1994, el mismo día en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantó en armas en Chiapas reclamando derechos para los pueblos indígenas.
El año 2000 marcó un hito: la victoria de Vicente Fox, del Partido Acción Nacional (PAN), puso fin a más de siete décadas de hegemonía del PRI e inauguró la alternancia democrática. Sin embargo, el siglo XXI trajo un desafío devastador: la escalada de la violencia ligada al narcotráfico, agravada tras la 'guerra contra las drogas' lanzada por el presidente Felipe Calderón en 2006, que dejó centenares de miles de muertos y desaparecidos y transformó la vida de amplias regiones del país.
En 2018, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su movimiento Morena abrió la era de la autodenominada 'Cuarta Transformación', un proyecto de izquierda nacionalista. En 2024, Claudia Sheinbaum fue elegida como la primera mujer presidenta en la historia de México. Segunda economía de América Latina, gigante cultural y turístico orgulloso de su herencia indígena y colonial, el México contemporáneo sigue debatiéndose entre su enorme riqueza cultural y humana y los profundos desafíos de la desigualdad, la migración, la seguridad y la construcción de un Estado de derecho pleno.