Oaxaca es el estado con mayor diversidad étnica y lingüística de México, hogar de dieciséis pueblos indígenas —entre ellos zapotecos, mixtecos, mazatecos, mixes, triquis, chinantecos y chatinos— además de comunidades afromexicanas en la costa.
Esta extraordinaria pluralidad cultural, con cientos de variantes lingüísticas, se refleja en el número de municipios (570, el mayor de México, muchos regidos por 'usos y costumbres'), en sus textiles, sus fiestas y su compleja organización comunitaria, haciendo de Oaxaca uno de los corazones de la identidad indígena del país.
Sobre una montaña nivelada que domina los valles centrales, los zapotecos fundaron hacia el 500 a.C. Monte Albán, una de las primeras grandes ciudades de Mesoamérica, con su plaza monumental, sus tumbas policromas, su juego de pelota y su escritura, alcanzando su apogeo entre los años 300 y 700 d.C.
Más tarde, los mixtecos destacaron por su exquisita orfebrería de oro —como los tesoros de la Tumba 7— y sus códices. Mitla, con sus finísimos mosaicos de piedra en grecas, fue otro gran centro ceremonial. Este patrimonio zapoteco-mixteco es Patrimonio de la Humanidad.
La ciudad de Oaxaca, fundada por los españoles en 1532, es una joya del barroco novohispano, con su catedral, el espléndido templo de Santo Domingo de Guzmán y su convento —hoy museo—, y una traza de calles de cantera verde que le dan un color inconfundible.
Su bello centro histórico, junto con la vecina zona arqueológica de Monte Albán, fue declarado Patrimonio de la Humanidad, y la ciudad conserva un ambiente cultural vibrante que la ha convertido en uno de los grandes destinos de México.
Oaxaca dio a México dos de sus presidentes más importantes y de destinos opuestos: Benito Juárez, el 'Benemérito de las Américas', abogado zapoteco, héroe de la Reforma y primer presidente indígena del continente; y Porfirio Díaz, el militar que gobernaría el país durante más de tres décadas en el porfiriato.
De raíces indígenas humildes ambos, encarnan dos caras de la historia mexicana del siglo XIX, y la ciudad y el estado conservan viva la memoria de estos oaxaqueños que marcaron el destino de la nación.
Oaxaca vive un rico calendario de fiestas, encabezado por la célebre Guelaguetza, que cada julio reúne en la capital a delegaciones de todas las regiones del estado para compartir sus músicas, danzas, trajes y productos en una gran celebración de la diversidad cultural.
Sus mercados, sus tapetes de Teotitlán, sus alebrijes de madera tallada y pintada, y sus tradiciones de Día de Muertos completan un patrimonio vivo que hace de Oaxaca uno de los estados con mayor riqueza de expresiones culturales de todo el país.
Oaxaca es considerada la capital gastronómica de México: sus siete moles, sus tlayudas, sus chapulines, sus quesillos y su chocolate son emblema de la cocina tradicional mexicana declarada Patrimonio de la Humanidad, y su mezcal artesanal, destilado del maguey, ha conquistado al mundo.
Sus valles guardan maravillas como el árbol del Tule —de tronco descomunal— y las cascadas petrificadas de Hierve el Agua. En la costa del Pacífico, destinos como Puerto Escondido —meca del surf—, Huatulco y la playa tortuguera de Mazunte combinan naturaleza y un ambiente relajado frente al océano.