La mitad sur de la península fue hogar de los pueblos guaycura, pericú y cochimí, comunidades de pescadores y recolectores que habitaron uno de los entornos más áridos y aislados del continente. Su legado más asombroso son las pinturas rupestres de la Sierra de San Francisco, uno de los mayores conjuntos de arte rupestre del mundo, con enormes figuras humanas y animales de hasta varios metros pintadas en rojo y negro, declaradas Patrimonio de la Humanidad.
Estas obras monumentales, atribuidas a los ancestros de los cochimíes, siguen envueltas en misterio y son testimonio de una vida espiritual compleja en pleno desierto.
La colonización comenzó en 1697, cuando el jesuita Juan María de Salvatierra fundó la misión de Nuestra Señora de Loreto, la primera misión permanente de las Californias y 'cabeza y madre' de todas las que se extenderían luego hacia el norte hasta la Alta California.
Durante décadas, los jesuitas administraron la península casi como un territorio propio, fundando misiones a lo largo de oasis y arroyos. Tras su expulsión en 1767, franciscanos y dominicos continuaron la empresa, pero las epidemias diezmaron a la población indígena y muchas misiones fueron decayendo.
Durante gran parte de su historia, la Baja California Sur fue un territorio remoto y escasamente poblado, con la ciudad de La Paz como principal puerto sobre el Mar de Cortés, ligado a la pesca de perlas que le dio fama en tiempos coloniales.
El aislamiento se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, cuando la construcción de la carretera Transpeninsular en los años setenta conectó por fin la región con el resto del país. El territorio recién alcanzó el rango de estado libre y soberano en 1974, junto con Quintana Roo, siendo de los más jóvenes de México.
El Mar de Cortés, bautizado por el explorador Jacques Cousteau como 'el acuario del mundo' por su extraordinaria biodiversidad, y las lagunas del Pacífico donde cada invierno llegan las ballenas grises a aparearse y parir, hicieron de Baja California Sur un destino de naturaleza único, protegido en varias áreas declaradas Patrimonio de la Humanidad.
En lagunas como Ojo de Liebre y San Ignacio se vive uno de los espectáculos más conmovedores del planeta: el acercamiento de las ballenas grises a las embarcaciones. Lobos marinos, tiburones ballena y colonias de aves completan un santuario natural excepcional.
En el extremo sur de la península, Los Cabos —el conjunto de Cabo San Lucas y San José del Cabo— se transformó desde los años setenta en uno de los grandes polos del turismo de lujo del país. Su emblemático Arco de piedra, donde se encuentran el Mar de Cortés y el océano Pacífico, campos de golf, resorts, marinas y pesca deportiva atraen a visitantes de todo el mundo.
Este desarrollo convirtió al extremo sur en el motor económico del estado, aunque con las tensiones propias de un crecimiento acelerado sobre un entorno desértico y frágil.
La Paz, capital del estado, conserva un carácter más tranquilo y auténtico, con su malecón, sus atardeceres y su cercanía a paraísos como la isla Espíritu Santo, Patrimonio de la Humanidad. Loreto, la vieja capital misional, es hoy un apacible Pueblo Mágico frente a un parque marino de aguas cristalinas.
De la observación de ballenas y tiburones ballena al buceo y el kayak, el mar es el gran protagonista de la vida sudcaliforniana, en un estado que combina el turismo internacional con un profundo vínculo con su naturaleza y su historia misional.