El desarrollo cultural prehispánico de Colima se ha dividido en siete fases arqueológicas —Capacha, Ortices, Comala, Colima, Armería, Chanal y Periquillos— que abarcan desde el Preclásico hasta el Posclásico. La más antigua, la cultura Capacha, floreció hacia 1500 a.C. y produjo una de las cerámicas más tempranas de todo el Occidente de México, con vasijas trípodes y formas escultóricas de asombrosa modernidad.
El rasgo más característico de la región fue la tradición de las tumbas de tiro, compartida con los actuales estados de Jalisco, Nayarit y Michoacán entre aproximadamente el 300 a.C. y el 600 d.C. Se trataba de pozos verticales excavados en el duro tepetate volcánico que descendían hasta una o varias cámaras funerarias, donde se depositaba a los muertos acompañados de un ajuar cerámico de extraordinaria calidad. De esas tumbas proceden las célebres figurillas de perros xoloitzcuintle rechonchos, considerados guías del alma en su viaje al inframundo, que se han convertido en el emblema artístico de Colima.
A diferencia de las grandes urbes del centro y del sur de Mesoamérica, el Occidente no levantó pirámides monumentales ni desarrolló escritura, pero legó un arte funerario naturalista, cálido y lleno de vida cotidiana —guerreros, músicos, mujeres, parejas, escenas domésticas— que hoy es una de las joyas de los museos de arqueología del país.
A la llegada de los españoles, el territorio estaba dominado por señoríos de lengua nahua agrupados en torno al cacicazgo de Colima, que opuso una tenaz resistencia. Tras varios intentos fallidos, la Villa de San Sebastián de Colima fue fundada en 1523 por Gonzalo de Sandoval, lugarteniente de Hernán Cortés, lo que la convierte en una de las villas más antiguas del occidente novohispano.
Durante el virreinato, Colima fue una comarca próspera pero apartada, dedicada a la agricultura tropical —cacao, sal, coco y, sobre todo, la palma de coco traída de Filipinas, con la que se destilaba el aguardiente conocido como 'vino de cocos' o tuba. Su cercanía al puerto de Manzanillo la vinculó a la ruta del Galeón de Manila, la Nao de China, que durante dos siglos y medio unió Acapulco y Filipinas y trajo influencias asiáticas a la vida y la cocina locales.
Colima perteneció durante siglos a la jurisdicción de la Nueva Galicia y de la audiencia de Guadalajara, manteniendo siempre un carácter de territorio pequeño y bien delimitado por el mar, la sierra y los volcanes, rasgo que marcaría su historia posterior como una de las entidades más compactas de México.
Tras la Independencia, la Constitución federal de 1824 reconoció a Colima como territorio de la federación, con administración propia pero sin la plena categoría de estado. Durante las décadas siguientes, su condición osciló entre la autonomía territorial y la dependencia de entidades vecinas, en el vaivén político del siglo XIX mexicano.
El triunfo del liberalismo consolidó su rango: con el ascenso de los liberales a mediados de la década de 1850, Colima fue elevada a la categoría de estado libre y soberano, condición ratificada por la Constitución de 1857. Manuel Álvarez fue designado primer gobernador constitucional, sellando la identidad política autónoma de una de las entidades más pequeñas del país.
Así, Colima entró en la vida nacional como un estado modesto en extensión pero singular en carácter, orgulloso de su historia propia y de su condición de balcón mexicano sobre el océano Pacífico.
Colima está dominada por uno de los volcanes más activos de América del Norte: el Volcán de Fuego de Colima, que junto con el vecino Nevado de Colima y el erosionado Cántaro forma el Complejo Volcánico de Colima, en el extremo occidental del Cinturón Volcánico Transmexicano. Aunque lleva el nombre del estado, buena parte de su cono se alza en realidad en territorio del vecino Jalisco.
En los últimos cinco siglos el volcán ha protagonizado más de treinta episodios eruptivos, con erupciones notables en 1818, 1869, 1903 y 1913, y una intensa actividad reciente que obligó a evacuaciones y mantuvo en vela a las poblaciones de sus faldas. Su silueta humeante preside el paisaje y la identidad colimense.
A la amenaza volcánica se suma la sísmica: la región, situada frente a la zona de subducción de la placa de Cocos, ha sufrido grandes terremotos, como el de 1941, el de 1973 —que devastó Tecomán— y el de Manzanillo en 1995, uno de los mayores de la costa del Pacífico mexicano. Vivir a la sombra del Volcán de Fuego ha forjado en los colimenses una cultura de convivencia con la fuerza de la tierra.
El municipio de Comala, un pueblo de casas encaladas al pie del volcán, dio nombre y atmósfera a una de las obras cumbre de la literatura en lengua española: 'Pedro Páramo' (1955), del escritor jalisciense Juan Rulfo. En esa novela, Comala es un pueblo fantasmal, habitado por las voces de los muertos, que se ha convertido en símbolo universal de la memoria, la soledad y el México rural.
La fama literaria transformó a Comala en un lugar de peregrinación cultural. Sus portales blancos, sus cafés y su plaza tranquila le valieron el nombramiento oficial de Pueblo Mágico, y hoy es uno de los grandes atractivos turísticos del estado, donde la ficción de Rulfo se confunde con el paisaje real.
Ese cruce entre literatura y territorio ha dado a Colima una proyección cultural muy superior a su tamaño, convirtiendo a un pequeño pueblo del Pacífico en un referente de las letras hispanoamericanas.
El puerto de Manzanillo, abierto formalmente al comercio exterior en 1825, es hoy el corazón económico de Colima y el principal puerto de contenedores de todo el Pacífico mexicano. Por sus muelles pasa más del noventa por ciento de la carga contenerizada de la vertiente pacífica del país, y en él hacen escala regular más de dos decenas de líneas navieras que lo conectan con Asia, América y el mundo.
Heredero de la antigua vocación marinera colonial —cuando estas costas se vinculaban a la ruta de la Nao de China—, Manzanillo combina su condición de gran plataforma logística con la de destino turístico de playas doradas, famoso por la pesca del pez vela y por balnearios como Las Hadas, escenario de películas y postal del turismo mexicano de los años setenta y ochenta.
Ese doble carácter, industrial y turístico, hace de Manzanillo el motor de un estado que, pese a su reducido tamaño, ocupa un lugar estratégico en el comercio internacional de México.
Con una de las superficies más reducidas del país, Colima ha logrado situarse entre las entidades con mejores indicadores de desarrollo humano, ingreso y educación de México, apoyada en el comercio portuario, la agricultura tropical —limón, coco, plátano, café— y un turismo de playa y de naturaleza en pleno crecimiento.
Su capital, la ciudad de Colima, conserva un ambiente tranquilo de plazas, palmeras y arquitectura provinciana, y alberga instituciones culturales y la prestigiosa Universidad de Colima. El contraste entre la serenidad de la ciudad y la fuerza latente del volcán define el temple de sus habitantes.
Entre el Volcán de Fuego, el mito de Comala, las tumbas de tiro y el bullicio de Manzanillo, Colima demuestra que la relevancia de un territorio no se mide por su extensión, sino por la densidad de su historia y de su cultura.