Antes de la conquista, el vasto territorio de Durango estaba habitado por pueblos indígenas del norte —tepehuanes, xiximes, acaxees, huicholes y grupos chichimecas seminómadas— adaptados a un paisaje extremo que va de los bosques de la Sierra Madre Occidental a las llanuras semidesérticas del oriente. Estas comunidades ofrecieron una resistencia prolongada al avance español, con levantamientos como la gran rebelión tepehuana de 1616, una de las más sangrientas del norte novohispano.
La región es célebre por su fauna del desierto, y muy especialmente por el alacrán duranguense, cuyo temido veneno convirtió al escorpión en símbolo popular del estado y de su capital, hasta el punto de dar apodo a sus habitantes. La imagen del alacrán forma parte del folclore y de la identidad local.
Esa condición de tierra dura y de frontera —entre el mundo sedentario del centro y los pueblos indómitos del septentrión— marcó desde el principio el carácter recio y la vocación minera y ganadera de Durango.
El destino colonial de Durango quedó ligado a la minería. En 1552, una expedición encabezada por Ginés Vázquez de Mercado buscaba un fabuloso cerro de plata y halló en su lugar una montaña de hierro casi puro, que quedó bautizada como Cerro del Mercado, uno de los mayores yacimientos ferríferos del continente y aún hoy emblema de la ciudad.
El conquistador vasco Francisco de Ibarra recorrió y organizó la región, fundando el 8 de julio de 1563 la Villa de Durango —nombrada así en recuerdo de una localidad de su Vizcaya natal— sobre el Valle del Guadiana. Ibarra conformó además la enorme provincia de la Nueva Vizcaya, que abarcaba los actuales Durango y Chihuahua y partes de Sonora, Sinaloa y Coahuila, con la Villa de Durango como capital.
Durante casi tres siglos, Durango fue el centro administrativo y religioso de ese inmenso territorio del norte novohispano, sede episcopal y punto clave del Camino Real de Tierra Adentro, la gran ruta de la plata que unía Zacatecas y las minas del septentrión con la Ciudad de México.
Consumada la Independencia, la antigua Nueva Vizcaya se dividió: el 22 de mayo de 1824 se crearon los estados de Durango y Chihuahua, ratificados por la Constitución federal de ese año. Durango nació así como uno de los estados originales de la república, con su capital, la ciudad de Durango, rebautizada oficialmente como Victoria de Durango en honor al primer presidente, Guadalupe Victoria, nacido en su territorio.
El episodio que dio fama universal al estado llegó con la Revolución. En la hacienda de la Coyotada, en el municipio de San Juan del Río, nació en 1878 José Doroteo Arango Arámbula, conocido en el mundo entero como Francisco 'Pancho' Villa, el legendario Centauro del Norte, jefe de la temida División del Norte y una de las figuras más carismáticas y controvertidas de la historia mexicana.
Durango aportó a la Revolución no solo a Villa, sino a numerosos jefes y soldados de la lucha armada, y quedó marcada para siempre por aquella epopeya que hizo de sus llanuras y sierras escenario de combates decisivos.
Desde mediados del siglo XX, los paisajes áridos, la luz limpia y los pueblos de adobe de Durango convirtieron al estado en uno de los grandes escenarios del cine western mundial. Todo comenzó en 1954 con la filmación de 'White Feather', y a partir de entonces llegaron decenas de producciones de Hollywood y del cine mexicano.
En sets como los de Chupaderos y Villa del Oeste, hoy convertidos en atracciones turísticas, se rodaron películas legendarias con estrellas como John Wayne, Kirk Douglas, Burt Lancaster, Lee Marvin y Anthony Quinn. Cintas como 'Los siete magníficos' (1960) y 'La pandilla salvaje' (1969), de Sam Peckinpah, contribuyeron a la fama de Durango como la 'tierra del cine' de América Latina.
Aquella intensa actividad cinematográfica dejó una honda huella en la identidad y la economía locales, y el estado sigue promoviendo activamente sus escenarios naturales para la industria audiovisual, reivindicando el título de 'Hollywood mexicano'.
En el extremo nororiental del estado, dentro del Bolsón de Mapimí —una cuenca desértica compartida con Chihuahua y Coahuila—, se encuentra la célebre Zona del Silencio, un paraje envuelto en leyendas urbanas según las cuales las ondas de radio no se propagarían con normalidad. Al mito contribuyó la caída en la zona, en 1970, de un cohete estadounidense de prueba, que atrajo a técnicos, curiosos y toda clase de relatos sobre fenómenos inexplicables, meteoritos y hasta visitas extraterrestres.
Más allá de la fantasía, el Bolsón de Mapimí es una reserva de la biosfera de enorme valor ecológico, hogar de especies únicas como la tortuga del bolsón, la mayor tortuga terrestre de Norteamérica, y de un frágil ecosistema desértico. La zona conserva además vestigios mineros como el impresionante puente colgante de Ojuela.
La combinación de ciencia, naturaleza y leyenda ha hecho de la Zona del Silencio uno de los grandes imanes turísticos de Durango, símbolo del carácter enigmático y desmesurado de sus desiertos.
Durango es uno de los principales productores forestales de México: sus extensos bosques de pino y encino en la Sierra Madre Occidental sostienen una importante industria maderera, mientras que las tierras del Guadiana y del semidesierto alimentan la agricultura y una fuerte tradición ganadera de reses y lácteos.
La minería, cuna de su historia, sigue siendo relevante, con la explotación de oro, plata, hierro y otros minerales. La capital conserva un notable centro histórico de cantera rosa, con su catedral barroca y sus palacios, reconocido por su belleza colonial, mientras que la espectacular carretera hacia Mazatlán, con el vertiginoso puente Baluarte, une la sierra con el Pacífico.
Con todo, Durango afronta también los desafíos del norte mexicano —la dispersión de su población, el aislamiento de la sierra y las presiones del crimen organizado—, en un estado que combina la grandeza de sus paisajes con una historia densa que va de los tepehuanes a Pancho Villa y del hierro del Cerro del Mercado a las pantallas del cine western.