El territorio de Guerrero, de sierras abruptas y costas cálidas, fue habitado por numerosos pueblos y estuvo en contacto con las grandes civilizaciones mesoamericanas desde tiempos remotos: en la región de Mezcala se desarrolló un peculiar estilo escultórico en piedra, de líneas geométricas y abstractas, muy apreciado por su modernidad, y en cuevas como las de Juxtlahuaca y Oxtotitlán se conservan pinturas rupestres de clara influencia olmeca, entre las más antiguas de Mesoamérica.
A la llegada de los españoles, la actual Guerrero era un mosaico de pueblos —nahuas, mixtecos, tlapanecos, amuzgos y los belicosos yopes de la costa, que nunca fueron plenamente sometidos por los mexicas. Esa diversidad étnica y lingüística persiste hasta hoy y hace de Guerrero uno de los estados con mayor riqueza cultural indígena del país.
Buena parte de la región fue incorporada como provincia tributaria del imperio mexica, que extraía de ella algodón, cacao, oro y otros bienes, aunque el control azteca sobre las abruptas serranías y las costas nunca fue completo.
Durante el virreinato, el gran motor económico de la región fue la minería de la plata, y su capital fue Taxco. En el siglo XVIII, el minero de origen francés José de la Borda amasó allí una de las mayores fortunas de la Nueva España, con la que financió la construcción de la deslumbrante iglesia de Santa Prisca, una joya del barroco churrigueresco americano que aún preside el pueblo.
A Borda se atribuye la célebre frase 'Dios da a Borda, y Borda da a Dios', reflejo de la fabulosa riqueza que la plata derramó sobre Taxco. La villa, con sus calles empinadas, sus casas blancas de tejados rojos y su platería, quedó convertida en uno de los pueblos coloniales más bellos y característicos de México.
Aún hoy Taxco conserva su vocación argentina: es uno de los grandes centros de la platería artesanal del país, y sus talleres y su Feria de la Plata mantienen viva una tradición de siglos que hunde sus raíces en la riqueza minera colonial.
El puerto de Acapulco, sobre una de las bahías más hermosas del Pacífico, fue durante casi dos siglos y medio la puerta de Asia en América. Desde 1565 y hasta comienzos del siglo XIX, allí atracaba cada año el Galeón de Manila —la Nao de China—, que cruzaba el océano trayendo sedas, porcelanas, marfiles y especias de Filipinas y Oriente para intercambiarlos por la plata mexicana.
Ese comercio transpacífico convirtió a Acapulco en uno de los puertos más importantes del imperio español y en un cruce de culturas, cuya feria anual atraía a comerciantes de toda la Nueva España. Para proteger la plaza de los ataques de piratas y corsarios, la corona levantó el imponente Fuerte de San Diego, que todavía domina la bahía.
La huella de aquel intercambio pervive en la gastronomía, la lengua y las tradiciones de la costa, y la Nao de China es recordada como uno de los grandes episodios de la globalización temprana, con Acapulco como su escala americana.
Guerrero fue uno de los grandes escenarios de la guerra de Independencia. El 13 de septiembre de 1813, José María Morelos instaló en Chilpancingo el Congreso de Anáhuac, primer congreso independiente de México, ante el cual leyó los 'Sentimientos de la Nación', un documento fundacional que proclamaba la independencia, la abolición de la esclavitud, la soberanía popular y la igualdad, aboliendo las distinciones de castas.
Tras la muerte de Morelos, la resistencia insurgente en el sur fue sostenida durante años por Vicente Guerrero, un caudillo de origen humilde que mantuvo viva la lucha en las montañas hasta pactar con Agustín de Iturbide el Plan de Iguala en 1821, que consumó la Independencia. Guerrero llegaría a ser presidente de México y decretó la abolición definitiva de la esclavitud en 1829, antes de morir fusilado, traicionado, en 1831.
En honor de aquel héroe, y por iniciativa del general Juan Álvarez, el estado fue erigido el 27 de octubre de 1849 con territorios desprendidos de México, Puebla y Michoacán, y recibió el nombre de Guerrero. Su capital, Chilpancingo, lleva con orgullo el título de cuna del primer congreso constituyente del país.
En el siglo XX, Acapulco vivió su segunda gran época dorada, esta vez como capital mundial del glamur. Desde los años cuarenta y hasta los setenta, su bahía se convirtió en el destino predilecto de estrellas de Hollywood, magnates y celebridades; los clavadistas de La Quebrada, que se lanzan desde acantilados de más de treinta metros, se hicieron mundialmente famosos, y el puerto fue escenario de rodajes, romances y fiestas legendarias que lo consagraron como icono del jet set internacional.
Al sureste, la Costa Chica —que se extiende hacia Oaxaca— alberga una de las mayores concentraciones de población afromexicana del país, descendiente de las personas esclavizadas traídas durante la colonia. Sus comunidades han preservado tradiciones únicas, como la danza de los diablos y el son de artesa, y su lucha por el reconocimiento contribuyó a que México reconociera oficialmente al pueblo afromexicano en su Constitución en 2019.
Este doble rostro —el brillo cosmopolita de Acapulco y la profunda raíz afroindígena de la costa— refleja la extraordinaria diversidad social y cultural de Guerrero.
El Guerrero del siglo XXI combina una belleza natural excepcional con algunos de los desafíos sociales más duros de México. Junto al bullicio turístico de Acapulco, Ixtapa-Zihuatanejo y Taxco, el estado arrastra altos índices de pobreza y marginación, sobre todo en las serranías indígenas de La Montaña, y una violencia ligada al crimen organizado que ha golpeado con especial dureza a la entidad.
Dos tragedias marcaron la memoria reciente: la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, ocurrida en Iguala en septiembre de 2014, que conmocionó al mundo y sigue sin plena resolución; y el huracán Otis, que en octubre de 2023 se intensificó a categoría 5 en pocas horas y arrasó Acapulco, dejando decenas de muertos y una devastación sin precedentes en la historia del puerto.
Pese a todo, Guerrero exhibe una notable resiliencia: la reconstrucción de Acapulco, la fuerza de sus culturas indígenas y afromexicanas, la platería de Taxco y su papel fundacional en la historia nacional mantienen viva la grandeza de un estado que dio a México su nombre más querido de la Independencia.