La península de Baja California estuvo habitada durante milenios por pueblos como los kumiai (kumeyaay), cucapá, pai pai y kiliwa, cazadores-recolectores admirablemente adaptados a uno de los territorios más áridos del continente, entre el desierto, la sierra y la costa. Estas comunidades desarrollaron un profundo conocimiento del entorno y un rico universo de tradiciones orales, cantos y pinturas.
Algunos de sus descendientes conservan todavía hoy sus lenguas y tradiciones en pequeñas comunidades del interior, siendo de los pueblos indígenas con menor número de hablantes del país, lo que hace especialmente valiosa la preservación de su herencia.
La colonización europea llegó tarde y de la mano de las misiones religiosas. Primero los jesuitas y, tras su expulsión en 1767, los franciscanos y dominicos fundaron una cadena de misiones a lo largo de la península durante los siglos XVII y XVIII. Fue desde estas misiones bajacalifornianas desde donde fray Junípero Serra emprendió la colonización de la Alta California.
Algunas de aquellas misiones dieron origen a los pueblos actuales. La empresa misional, sin embargo, tuvo un costo trágico: las epidemias traídas por los europeos diezmaron a la población indígena de la península.
Tras la guerra con Estados Unidos (1846-1848), la frontera quedó fijada en su trazado actual: la Alta California se perdió y la Baja permaneció mexicana. Durante la Revolución, en 1911, la región vivió el efímero episodio del levantamiento magonista, que llegó a ocupar Tijuana y Mexicali.
En las primeras décadas del siglo XX, la Ley Seca estadounidense convirtió a Tijuana en un destino de ocio, casinos, cantinas y diversión para los californianos, sentando las bases de su vocación fronteriza y turística. La ciudad creció desde un modesto poblado hasta convertirse en una gran urbe.
A partir de mediados del siglo XX, el desarrollo de la industria maquiladora, atraída por la cercanía con Estados Unidos, transformó a Mexicali —designada capital del estado— y a Tijuana en grandes ciudades industriales y receptoras de migrantes de todo México. Baja California alcanzó el rango de estado libre y soberano de la federación en 1952.
Hoy la región conforma, junto con San Diego, una de las zonas metropolitanas transfronterizas más dinámicas del mundo, con un intenso flujo diario de personas y mercancías a través de los cruces fronterizos más transitados del planeta.
El Valle de Guadalupe, cerca de Ensenada, se ha consolidado como la principal región vitivinícola de México, donde se produce alrededor del 70% del vino del país. Sus viñedos, bodegas de autor, hoteles boutique y una reconocida escena gastronómica lo han convertido en un destino enológico de fama internacional.
Ensenada, puerto pesquero sobre el Pacífico y sede de la Fiesta de la Vendimia, es además cuna de la cocina baja californiana y de creaciones como el famoso taco de pescado, hoy emblema culinario de toda la región.
Tijuana, la ciudad más poblada del estado, vive en las últimas décadas un notable renacimiento cultural y culinario. La corriente gastronómica de la 'Baja Med', que fusiona ingredientes locales del mar y el campo con influencias mediterráneas y asiáticas, la ha puesto en el mapa mundial de la buena mesa.
Con una vibrante escena de arte urbano, música, cerveza artesanal y creatividad fronteriza, Baja California combina hoy su carácter de puerta con Estados Unidos con una identidad cultural propia, cosmopolita y en plena efervescencia.