Cómo se habla de verdad en España
54 expresiones que en los libros de texto no están: qué significan, cómo se pronuncian y cuándo usarlas.
A España llegás creyendo que el idioma lo tenés resuelto, y ahí está la trampa. Lo primero que se te cae es el voseo y el ustedes. En España se tutea a todo el mundo, incluso al jefe, y el plural informal es «vosotros», con conjugación propia: ¿qué hacéis?, ¿habéis comido?, venid. Nadie te va a corregir, pero vas a tardar semanas en que te salga sin pensarlo. Lo segundo es la lista de palabras que allá significan otra cosa, y algunas son caras: coger es agarrar y se usa todo el día, la remera es camiseta, el saco es chaqueta, la pollera es falda, la computadora es ordenador y el celular es móvil. En el laburo, el trabajo es «el curro» y el departamento es «el piso». Lo tercero es el sonido, y cambia según dónde estés. En Madrid y el norte se distingue la z y la c suave de la s —eso que allá llaman «distinción» y que en el Río de la Plata no existe— y las d se caen: «cansado» suena «cansao». En Andalucía y Canarias pasa lo contrario: la s final se aspira o desaparece, y el plural lo marca el contexto. Y lo cuarto: España tiene otras lenguas oficiales. En Barcelona, Bilbao, Valencia y Galicia la jerga local no es castellano deformado: son préstamos del catalán —valenciano, por su nombre oficial allá—, del euskera y del gallego. Son idiomas distintos y se hablan todos los días.
Los patrones que se repiten
Si entendés estas reglas, entendés palabras que no están en ninguna lista.
Jerga que se habla en toda España
Las que vas a escuchar en cualquier ciudad, desde el primer día. Si te aprendés solo estas, ya te desenvolvés.
Del catalán «nen», chico. Es palabra de familia —lo que una madre le dice a un hijo— y de ahí pasó a tratamiento entre adultos. Es el mismo recorrido que hizo «chaval» en castellano.
Es la misma palabra que el «guay» castellano, escrita a la catalana. El origen está discutido: se propuso que venga del caló y también que sea una creación del habla juvenil española de los años setenta y ochenta, que es cuando aparece en todas partes. Ninguna versión está probada.
Del catalán, y emparentada con el «¡upa!» del español: sirve para animar, para empujar algo pesado y para sorprenderse, los tres usos a la vez.
Del catalán «nano», crío, que se relaciona con «nan», enano. Es la versión de más confianza de «nen».
«Adéu» y «adiós» son la misma fórmula por dos caminos: «a Déu», a Dios. Era una despedida medieval que encomendaba al otro a Dios, y quedó igual en el francés «adieu» y en el italiano «addio».
«Ximple» es el «simple» castellano en catalán, y la x inicial se pronuncia como la «sh» inglesa: el catalán pone x donde el castellano pone s o ch en un montón de palabras.
Del latín «avus», abuelo. El catalán se quedó con la palabra latina casi intacta; el castellano, en cambio, armó «abuelo» sobre el diminutivo latino «aviolus». Son la misma raíz por dos caminos distintos.
Se explica como un préstamo del latín «augurium» —augurio, buen agüero— que entró al euskera hace dos mil años: la despedida sería, de origen, un deseo de buena suerte. El euskera tiene varias palabras así: latinas de raíz y vascas desde hace siglos.
«Txiki» es «pequeño» en euskera, y la tx se pronuncia como nuestra ch. El txikito se llama así por el tamaño del vaso, y el tamaño es lo que hace posible el poteo: con vasos grandes no se puede tomar uno en cada bar.
La palabra es castellana y viene de «cuadro»: un grupo de cuatro. Lo vasco no es la palabra sino la institución: la cuadrilla se arma en la adolescencia, tiene nombre, caja común y aguanta décadas.
Lo que vas a escuchar en Madrid
Una muestra del libro de Madrid: las expresiones que más te van a servir ahí.
Empezó siendo el pariente y terminó siendo tratamiento para cualquiera. Es el mismo camino que hizo «mate» en el inglés australiano o «bro» en Nueva Zelanda, y en España está hecho hace tanto que ya nadie oye a la familia detrás de la palabra.
Se explica como préstamo del caló, la lengua de los gitanos españoles, donde «molar» tenía el sentido de valer. El caló le dejó al castellano coloquial varias más: chaval, currar, chungo, parné.
Del inglés «flip», dar la vuelta, salirse de sí. Entró en los años setenta con la jerga de las drogas y después se limpió: hoy «estoy flipando» lo dice cualquiera en cualquier contexto y sólo significa que no lo puede creer.
El origen no está cerrado. Se propuso el caló y se propuso que sea una invención del habla juvenil de los setenta y ochenta, que es cuando se registra por todos lados. No hay versión probada, y conviene desconfiar del que te la dé por segura.
Del caló «currar», que significaba a la vez trabajar y golpear. De ahí salieron «curro» para el trabajo y «currante» para el que lo hace. Es uno de los préstamos gitanos más usados del castellano coloquial.
El verbo es el mismo que conocés, pero España le dio un uso que en el Río de la Plata no existe: «quedar con alguien» es acordar una cita. «¿Quedamos?» no pregunta si algo sobra, pregunta si nos vemos.
Lo que vas a escuchar en Barcelona
Una muestra del libro de Barcelona: las expresiones que más te van a servir ahí.
Era un pueblo independiente hasta 1897, cuando Barcelona se lo anexó junto con otros municipios de alrededor: por eso tiene plazas de pueblo y trama propia en medio de la ciudad. El nombre viene de un convento dedicado a la Virgen de Gracia.
«Raval» es «arrabal», y las dos palabras salen del árabe «rabad»: el barrio de extramuros. El nombre cuenta la historia del lugar: era lo que quedaba afuera de la muralla, con todo lo que la ciudad no quería adentro.
«Born» en catalán antiguo es el lugar donde se corrían torneos y justas, y el Passeig del Born era exactamente eso. El mercado del Born, hoy centro cultural, se levantó sobre el barrio de la Ribera, que Felipe V mandó arrasar después de 1714 para construir la Ciudadela. Las ruinas están excavadas y se pueden ver.
Es un barrio diseñado, no crecido: se levantó en el siglo XVIII para alojar a la gente que se quedó sin casa cuando se arrasó el barrio de la Ribera. De ahí el nombre —la Barcelona chiquita— y la cuadrícula de casas estrechas y bajas.
«Eixample» es «ensanche» en catalán, y no es un nombre poético: es el nombre técnico del plan con el que Ildefons Cerdà extendió la ciudad desde 1860, cuando se tiraron las murallas. Las esquinas cortadas en diagonal son de ese plan.
«Pueblo seco», y el nombre es literal: fue barrio de extramuros y tardó mucho en tener agua corriente. El apodo se le quedó de esa época.
Lo que vas a escuchar en Andalucía
Una muestra del libro de Andalucía: las expresiones que más te van a servir ahí.
Es «chiquillo» al que se le comió el principio. Y el recorte no termina ahí: la misma palabra sigue adelgazando hasta «illo», que es el paso siguiente.
Es el final del recorte: chiquillo, quillo, illo. Cada paso le saca una sílaba más al principio de la palabra, que es lo que hace el andaluz con todo.
Viene de «alza», levantá. La l que se vuelve r es un cambio andaluz de manual, el mismo de «arto» por alto. Se grita en el flamenco para empujar al que está tocando o bailando.
Es «oh, Jesús» con las consonantes del medio comidas y la s final aspirada. De lo religioso no queda nada: hoy es puro sonido y sirve para el calor, la sorpresa y el fastidio.
En origen es una palabra vulgar —el pene— y en Cádiz se le gastó el significado hasta volverse un tratamiento neutro que usan todos con todos. El mismo desgaste que hizo el Río de la Plata con otras palabras. Fuera de Cádiz no funciona igual.
Del caló «chavale», chico. Es otro de los préstamos de la lengua gitana que el castellano adoptó sin darse cuenta, en el mismo grupo que currar, molar, chungo y parné.
Lo que vas a escuchar en País Vasco
Una muestra del libro de País Vasco: las expresiones que más te van a servir ahí.
«Pintxo» es «pincho» escrito en euskera, y el nombre viene del palillo que atraviesa la comida y la sostiene. El palillo era además la cuenta: se guardaban al costado del plato y al final se contaban.
Se llama así por la película «Gilda», de 1946: a la combinación de aceituna, guindilla y anchoa le pusieron el nombre de Rita Hayworth porque era verde, salada y un poco picante. El bautismo fue en un bar de Donostia.
«Txangurro» es el centollo en euskera. La versión rellena y gratinada que se come hoy se asocia a la cocina de restaurante donostiarra de principios del siglo XX, no al caserío: es un plato urbano, aunque no lo parezca.
De dónde sale la palabra no está claro. La historia sí: era el vino de casa, flojo y para consumo propio, casi desapareció en el siglo XX y se recuperó desde los años ochenta con denominación de origen. La acidez que tiene viene de una uva que madura poco bajo la lluvia del Cantábrico.
Lo que vas a escuchar en Valencia
Una muestra del libro de Valencia: las expresiones que más te van a servir ahí.
«Paella» es la sartén, no el plato: en valenciano la paella es el recipiente, y viene del latín «patella», la misma raíz del francés «poêle». O sea que el plato se llama por el fierro en el que se hace, igual que una cazuela.
«Socarrar» es chamuscar, quemar por fuera —el castellano tiene el mismo verbo—, así que el socarrat es literalmente «lo socarrado». El nombre no esconde nada: es la parte quemada, y es la que se pelea.
Doble origen. La chufa la trajeron los árabes a la huerta valenciana, y la bebida se hace con ese tubérculo: por eso no tiene nada que ver con la horchata mexicana, que es de arroz. Y la palabra viene del latín «hordeata», «hecha con cebada», que es de lo que se hacía antes de la chufa.
Es valenciano literal: «all» es ajo y «pebre» es pimienta o pimentón. El nombre del plato es su propia receta. Sale de la Albufera, donde la anguila era la proteína que había a mano.
El nombre es transparente: «fideuà» es «de fideos», armado igual que «paella» por el ingrediente. La historia del cocinero de barco de Gandía que se quedó sin arroz es lo que se cuenta en la zona, pero es relato oral y no documento.
Lo que vas a escuchar en Galicia
Una muestra del libro de Galicia: las expresiones que más te van a servir ahí.
El nombre dice dónde se comía: «á feira» es «de feria». Lo cocinaban los pulpeiros en las ferias de ganado del interior de Galicia —tierra adentro, no en la costa— y de ahí viene la costumbre de servirlo en plato de madera: era lo que había.
Está documentada en Galicia desde la Edad Media y va por un camino distinto del de la empanada americana: es una masa fina cerrada arriba y abajo, que se hornea entera y se corta en porciones. La individual que conocés en Argentina es otra cosa, no una versión chica de ésta.
La bebida es vieja; el ritual con conjuro, no. El texto que se recita mientras se flambea se escribió en el siglo XX y se popularizó como atracción, aunque suene medieval. Que ahora sea tradición no lo vuelve antiguo.
Lo que vas a escuchar en Canarias
Una muestra del libro de Canarias: las expresiones que más te van a servir ahí.
El origen está discutido y circulan varias versiones —desde una deformación del inglés hasta una onomatopeya—, ninguna probada. Lo que sí está claro es el mapa: se dice en Canarias, Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, que es la ruta del tráfico atlántico entre las islas y el Caribe.
Es «muchacho» al que se le comió el principio, el mismo recorte que en Andalucía convierte «chiquillo» en «illo». La palabra perdió el significado por el camino y quedó como puro gesto: sirve para sorpresa, queja y relleno.
«Papa» es la palabra quechua, y entró a Europa por Canarias. «Patata», en cambio, es un cruce posterior entre «papa» y «batata» que se impuso en la península y no llegó nunca a las islas.
El origen se discute y se la relaciona con el caló. Está registrada en castellano desde principios del siglo XX con el sentido de «verdadero, auténtico», y de ahí pasó a «excelente»: el camino va de la verdad a la calidad.
Los godos son el pueblo visigodo que gobernó la península antes de la conquista musulmana, y durante siglos «godo» se usó como sinónimo de noble o de español de la península —en la América colonial también—. En Canarias quedó como nombre para el peninsular, con una carga que va del chiste al reproche según quién lo diga.
«Machango» nombra también una figurita o un muñeco en el español de Canarias y del Caribe, y de ahí sale el insulto: llamar machango a alguien es tratarlo de monigote.
Cómo se habla en otros países
La misma palabra cambia de significado cruzando la frontera. Estas son las otras guías de jerga del sitio.