Cómo se habla de verdad en Italia
30 expresiones que en los libros de texto no están: qué significan, cómo se pronuncian y cuándo usarlas.
Lo primero que hay que entender de Italia: lo que ahí llaman «dialetti» no son dialectos del italiano. El napolitano, el siciliano, el milanés y el romanesco salieron del latín por su cuenta, en paralelo al toscano, y el toscano ganó por razones literarias —el italiano estándar es, en el fondo, el florentino de Dante y Petrarca—. Cuando el país se unificó, en 1861, los cálculos más citados dicen que menos de una décima parte de la población hablaba italiano. El resto hablaba lo suyo. Eso explica por qué la jerga cambia tanto en doscientos kilómetros: no son modismos distintos, son lenguas distintas abajo. Lo que en Roma es «fico» en Milán es «figo»; lo que en Nápoles es «guagliò» en Sicilia es «picciotto». Para el oído castellano la buena noticia es que el italiano se lee casi como se escribe. Las malas son dos. Una: las consonantes dobles son otra letra, no un adorno. «Pala» y «palla», «fato» y «fatto» son palabras distintas, y si no marcás la doble no te entienden. Dos: el acento cae donde cae y no hay tilde que te avise —«ancora» es todavía y «àncora» es el ancla, y la diferencia la hace sólo la voz—. Y una regla social que vale más que cien palabras de jerga: el «ciao» es para quien tuteás. Al que recién conocés, buongiorno.
Los patrones que se repiten
Si entendés estas reglas, entendés palabras que no están en ninguna lista.
Lo que vas a escuchar en Roma
Una muestra del libro de Roma: las expresiones que más te van a servir ahí.
Viene de «dagli» —dale, en italiano—, que el romanesco contrae: ese «je» es el «gli» (a él) de Roma. O sea que es exactamente la misma construcción del «dale» rioplatense: un verbo de dar con el pronombre pegado atrás.
Literalmente es «mata», del verbo «ammazzare». El recurso es el mismo del «me muero» o del «te mato» del español: se exagera con la muerte para decir que algo te dejó duro.
Como saludo no describe a nadie: es una fórmula vacía, igual que el «querido» del encabezado de una carta. Por eso se le dice a un amigo, a la panadera y a un desconocido sin que nadie lo tome como un piropo.
Es «mangiare» con la terminación cortada. Y hay un detalle que a un argentino le va a sonar: de este mismo «mangiare», pasado por los dialectos del norte, salió el «manyar» del lunfardo porteño. La palabra hizo el viaje en barco.
El origen no está cerrado y las explicaciones que circulan no están probadas. Lo que sí se puede dibujar es el mapa: «fico» en Roma y el centro, «figo» en el norte, y usar la forma de la otra región te delata al instante.
No es una palabra: es un sonido, y por eso funciona igual en toda Italia aunque las lenguas de abajo sean distintas. Va siempre con el gesto —hombros arriba, palmas abiertas—, y sin el gesto queda a medias.
Lo que vas a escuchar en Milán
Una muestra del libro de Milán: las expresiones que más te van a servir ahí.
El origen se discute: se la relaciona con «pirlare», girar —la peonza que da vueltas sin ir a ninguna parte— y también con una palabra vulgar. El uso la fue limando hasta dejarla casi cariñosa, y fuera de Lombardía no se usa.
Es la «mica» del italiano —una miga, una migaja— usada para negar. Medir la nada con una unidad chiquita es un recurso viejo de las lenguas romances: el francés hizo lo mismo con «pas» (un paso) y con «point» (un punto).
Es literal: «bufalo» es búfalo, e «imbufalirsi» es ponerse como un búfalo. El italiano arma varios verbos así, con el animal metido adentro de la palabra.
«Fighetto» es el diminutivo de «figo», y le pasó lo que a muchos diminutivos: se volvió despectivo. El que es «figo» está bien; el «fighetto» se esfuerza demasiado por estarlo, y eso es justo lo que se le critica.
En milanés «bauscia» es la baba: al fanfarrón se le dice así porque habla tanto que escupe. Es además el apodo histórico de la hinchada del Inter, frente a los «casciavit» —destornilladores— del Milan: los dos motes vienen de la división de clase entre las dos hinchadas.
Del milanés «ciulare», que significaba a la vez robar y tener sexo: la misma ambigüedad que tiene «joder» en español. De ese doble filo salen los dos usos: el tonto y el estafado.
Lo que vas a escuchar en Nápoles
Una muestra del libro de Nápoles: las expresiones que más te van a servir ahí.
Es un sonido antes que una palabra, y por eso aguanta cualquier función: saludo, llamada, sorpresa, reproche. Lo que cambia es la entonación, no la palabra, y ahí está todo el trabajo.
«Guaglione» se relaciona con la misma raíz del italiano «garzone» y del francés «garçon»: el muchacho, el aprendiz del oficio. La forma corta «guagliò» es un vocativo: sirve para llamar a alguien y no para hablar de él.
Es «come stai» en napolitano, y en dos palabras muestra las dos marcas de la lengua: la vocal final se cierra hasta un sonido neutro y la i se vuelve semiconsonante («staje»). Si agarrás eso, media conversación napolitana se te ordena sola.
Es «andiamo» cortado por el final, que es lo que el napolitano le hace a casi todas las palabras. Por eso la lengua suena más rápida de lo que realmente es: no hablan más ligero, dicen menos sílabas.
La palabra es napolitana y es vieja. Lo que la hizo famosa es un supuesto reglamento de la marina borbónica que ordenaba «fate ammuina» —hagan lío— cuando aparecía un superior, y ese documento se considera un invento posterior. La palabra existe; la anécdota no está probada.
Ese «'o» es el artículo napolitano, el «il» italiano con la consonante comida: el napolitano se come las consonantes del principio igual que las vocales del final. «'O vero» es, literalmente, «lo verdadero».
Lo que vas a escuchar en Sicilia
Una muestra del libro de Sicilia: las expresiones que más te van a servir ahí.
En origen es una palabra vulgar que nombra el órgano masculino, y el uso la vació del todo: hoy la dicen todos y marca sorpresa, admiración o fastidio según el tono. Es el mismo recorrido que hizo el «boludo» rioplatense.
Es «madre» en siciliano, y funciona como la versión decible de «minchia». Las lenguas suelen tener este par: una palabra fuerte y una invocación religiosa que la reemplaza cuando hay gente delante.
«Picciotto» es el muchacho en siciliano y tiene tres vidas a la vez: el chico de todos los días, los voluntarios que se sumaron a Garibaldi en 1860 —«i picciotti»— y el rango más bajo en la jerga de la mafia. El contexto es el que decide cuál de las tres estás escuchando.
Son «comare» y «compare»: la madrina y el padrino de bautismo, la relación de compadrazgo que el español nombra igual. Y no es coincidencia: Sicilia estuvo bajo corona española más de cuatro siglos, y el siciliano guarda cientos de palabras de ese período.
«Ammàtula» viene del árabe: Sicilia fue emirato entre los siglos IX y XI, y el siciliano conserva varios cientos de palabras de esa época, sobre todo de agricultura, pesca y riego. Es una capa que el italiano estándar no tiene.
Del verbo siciliano «taliari», mirar, que no tiene nada que ver con el «guardare» italiano. Es una de las palabras que dejan claro que el siciliano no es italiano con acento: es otra lengua, con su propio vocabulario básico.
Lo que vas a escuchar en la Toscana
Una muestra del libro de la Toscana: las expresiones que más te van a servir ahí.
La historia que se cuenta en Florencia es que viene de la familia Bischeri, que se negó a venderle sus terrenos al Duomo y terminó perdiendo todo. Es un relato bueno y no está probado: los diccionarios dan otra etimología, la del «bischero» como clavija de madera de los instrumentos de cuerda.
Se explica como «che cosa» fundido en una sola palabra, que es lo que el toscano hace con las preguntas. No es vocabulario nuevo: son dos palabras que se pegaron y perdieron la costura.
La c entre vocales se aspira hasta volverse una h. Hay una teoría muy repetida que lo atribuye al sustrato etrusco, y hoy la mayoría de los lingüistas no la acepta. El dato fino es otro: la gorgia es toscana pero no entró en el italiano estándar, aunque el estándar sea toscano.
Es el diminutivo de «figlio», hijo. Llamar «hijo» a un joven que no es tu hijo existe también en el español del campo: es la misma cortesía, y en Toscana se conservó cuando el resto de Italia la fue dejando.
Es más vieja que «bischero» y sobrevive sobre todo en Toscana, que es donde quedaron muchas palabras que el resto del país dejó caer. Por eso es la que se usa con los chicos: suena a casa y no a insulto.
Es la palabra de Dante: «desinare» era el verbo normal para almorzar en el toscano medieval, y el italiano moderno lo reemplazó por «pranzare». Pero hay más: es la misma palabra que el francés «dîner», del latín vulgar «disieiunare», romper el ayuno. La misma idea que el «desayunar» del español, aplicada a otra comida del día.
Cómo se habla en otros países
La misma palabra cambia de significado cruzando la frontera. Estas son las otras guías de jerga del sitio.