Mucho antes de que un europeo pusiera un pie en la costa, el territorio del actual Brasil estaba habitado por millones de personas repartidas en cientos de pueblos y decenas de familias lingüísticas. Las evidencias arqueológicas más antiguas, en sitios como la Serra da Capivara (Piauí), remontan la presencia humana a por lo menos doce mil años, y para algunos investigadores mucho más. Lejos de una masa homogénea, se trataba de un mosaico extraordinario: los especialistas calculan que en 1500 se hablaban en la región más de mil lenguas distintas.
En el litoral y a lo largo de los grandes ríos predominaban los pueblos tupí-guaraníes —tupinambás, tupiniquins, potiguaras, carijós—, agricultores y guerreros cuya expansión desde el corazón de la Amazonia se completó alrededor del año 1000 de nuestra era. Su lengua, el tupí antiguo, se convirtió en la 'língua geral' de los primeros siglos coloniales y dejó una huella imborrable en la toponimia brasileña: nombres como Ipanema, Paraná, Iguaçu, Maracanã o Guanabara son de origen tupí. En el interior del Planalto Central y del sertão vivían los pueblos del tronco macro-jê —kayapó, xavante, bororó—, y en la Amazonia decenas de pueblos arawak, caribes y tupíes organizados en torno a los ríos.
La arqueología de las últimas décadas derribó el viejo mito de una Amazonia 'vacía' e incapaz de sostener sociedades complejas. En la isla de Marajó, en la desembocadura del Amazonas, floreció durante casi mil años la cultura marajoara, célebre por sus refinadas urnas funerarias de cerámica policromada. En la región de Santarém prosperó la cultura tapajónica, y por toda la cuenca aparecen geoglifos, terraplenes, caminos y las famosas 'terras pretas': suelos oscuros y fértiles creados por la actividad humana continuada, prueba de una gestión sofisticada del ambiente a lo largo de siglos.
Ese mundo denso y diverso fue arrasado por la conquista. Las epidemias de viruela, sarampión y gripe traídas por los europeos, contra las que los indígenas no tenían defensas, mataron a la inmensa mayoría de la población nativa en pocas generaciones, mucho antes incluso de que llegaran los colonos. A ese colapso demográfico se sumaron la esclavización y las guerras. Hoy los pueblos indígenas siguen resistiendo —yanomami, kayapó, guaraní-kaiowá y tantos otros—, guardianes de una herencia que es la primera capa, la más profunda, de la identidad brasileña.
El 22 de abril de 1500, la flota del navegante portugués Pedro Álvares Cabral, que se dirigía a la India, avistó el monte Pascoal en el actual sur de Bahía y desembarcó en las cercanías de Porto Seguro. Cabral tomó posesión de la tierra en nombre de la corona de Portugal y ofició una primera misa. El territorio ya había quedado, por el Tratado de Tordesillas de 1494 —que dividía el mundo entre Portugal y España—, dentro de la esfera portuguesa, lo que explica por qué Brasil es hoy el único país lusófono de América.
Durante las primeras décadas, la corona portuguesa, absorta en el lucrativo comercio de especias asiáticas, casi no se ocupó de la nueva tierra. La única riqueza que se explotó fue el palo brasil (pau-brasil), un árbol del que se extraía un valioso tinte rojo y que terminó dando nombre al país. La extracción se hacía por trueque: los portugueses intercambiaban espejos, cuchillos y herramientas de metal por el trabajo de los indígenas, que cortaban y transportaban la madera hasta las factorías costeras. Franceses y holandeses merodeaban esas mismas costas, disputando el negocio.
Para asegurar la posesión frente a esos rivales, la corona organizó a partir de 1534 la colonización efectiva. Dividió el litoral en quince capitanías hereditarias, extensas franjas de tierra concedidas a nobles y comerciantes portugueses —los capitães donatários— que debían poblarlas y defenderlas a su costa. El sistema fracasó casi por completo: solo dos capitanías, Pernambuco y São Vicente, prosperaron, mientras la mayoría sucumbió al hambre, los ataques indígenas y la falta de recursos.
Ante ese fracaso, en 1548 la corona creó un Gobierno General para centralizar la administración. El primer gobernador, Tomé de Sousa, desembarcó en 1549 y fundó Salvador de Bahía, que sería la capital de Brasil durante más de dos siglos. Con él llegaron los primeros jesuitas, encabezados por el padre Manuel da Nóbrega y, poco después, por el joven José de Anchieta: evangelizadores incansables, fundadores de São Paulo y São Luís, y defensores —a su modo paternalista— de los indígenas frente a la voracidad de los colonos.
La primera gran riqueza de Brasil fue el azúcar. En los engenhos del Nordeste —sobre todo en Pernambuco y Bahía, en la fértil franja costera del massapê— se levantó a partir del siglo XVI una economía de plantación que hizo de la colonia el mayor productor de azúcar del mundo. Era un sistema de una brutalidad extrema: en torno a la casa-grande del señor y la senzala de los esclavos giraba toda la vida social, en un régimen que el sociólogo Gilberto Freyre analizó en su clásico 'Casa-Grande & Senzala'.
Ante la resistencia de los indígenas y la mortandad provocada por las epidemias, Portugal recurrió masivamente a la trata atlántica de africanos. A lo largo de tres siglos, cerca de cinco millones de personas esclavizadas fueron traídas a Brasil —los estudios más citados calculan unos 4,9 millones de desembarcos—, lo que convirtió al país en el mayor destino de la esclavitud en toda la historia de América: recibió casi la mitad de todos los africanos que cruzaron el Atlántico. Venían de Angola, del Congo, de la Costa de Guinea, de las tierras yoruba y bantú, y de su sufrimiento y su cultura nació buena parte del alma brasileña.
De esa población africana surgieron los quilombos, comunidades de esclavos fugados que se organizaban en el interior selvático. El más célebre fue el Quilombo dos Palmares, en la Serra da Barriga de la actual Alagoas, que llegó a reunir a unas veinte mil personas y resistió durante casi un siglo a las expediciones enviadas para destruirlo. Su último gran líder, Zumbi dos Palmares, se convirtió en símbolo de la resistencia negra: cuando en 1694 las tropas del bandeirante Domingos Jorge Velho arrasaron el quilombo, Zumbi siguió luchando hasta caer en una emboscada el 20 de noviembre de 1695. Esa fecha es hoy el Día de la Conciencia Negra en Brasil.
La herencia africana es una de las matrices decisivas de la cultura brasileña: el candomblé y otras religiones de matriz africana, la capoeira —arte marcial disfrazado de danza—, la cocina del dendê, y los ritmos que serían la raíz del samba. Salvador de Bahía es hoy considerada la ciudad más negra fuera de África. Pero esa herencia convive con una desigualdad estructural que hunde sus raíces en la esclavitud: la población afrodescendiente, que es mayoritaria en el país, sigue siendo la más golpeada por la pobreza y la violencia, una deuda histórica que Brasil aún no termina de saldar.
Mientras el Nordeste vivía del azúcar, desde São Paulo partían hacia el interior las bandeiras: expediciones de exploradores mestizos, los bandeirantes, que se internaban durante meses o años en el sertão en busca de indígenas para esclavizar y de metales preciosos. Aunque su figura fue mitificada como la de los pioneros que expandieron las fronteras de Brasil mucho más allá de la línea de Tordesillas, los bandeirantes fueron también implacables cazadores de esclavos que destruyeron las reducciones jesuíticas del Guairá y del Tape.
A fines del siglo XVII, esa búsqueda dio por fin con su premio: los bandeirantes hallaron enormes yacimientos de oro en las 'minas generales' del interior, en la actual Minas Gerais. Se desató entonces la mayor fiebre del oro de la historia americana. Decenas de miles de personas —portugueses, esclavos africanos, aventureros de toda la colonia— acudieron a la región, y en pocas décadas surgieron ciudades ricas y refinadas: Vila Rica (hoy Ouro Preto), Mariana, São João del-Rei, Diamantina, Sabará. El descubrimiento de diamantes multiplicó la bonanza.
De aquella riqueza floreció una de las cumbres del arte colonial americano: el barroco minero, cuyo máximo exponente fue el escultor Antônio Francisco Lisboa, el Aleijadinho ('el lisiadito'), autor de los profetas de piedra jabón de Congonhas pese a la enfermedad que le deformaba las manos. El eje económico y demográfico de Brasil se desplazó del Nordeste azucarero hacia el sudeste minero, y en 1763 la capital se trasladó de Salvador a Río de Janeiro, más cercana a las minas.
La corona portuguesa gravaba el oro con impuestos cada vez más pesados —el 'quinto real'— y con la temida 'derrama', el cobro forzoso de los atrasos. Cuando el oro empezó a agotarse, el descontento de la élite minera estalló en 1789 en la Inconfidência Mineira, la primera gran conspiración por la independencia de Brasil, inspirada en la Revolución Americana y en la Ilustración. Descubierta y aplastada, la conjura tuvo un solo condenado a muerte: Joaquim José da Silva Xavier, un alférez apodado Tiradentes ('sacamuelas'), el más humilde del grupo. Fue ahorcado y descuartizado en 1792, y su cuerpo, exhibido en público como escarmiento. Con el tiempo se convirtió en el gran mártir y héroe de la independencia brasileña, y el día de su muerte, el 21 de abril, es feriado nacional.
La historia de la independencia brasileña es singular en toda América. En 1807, las tropas de Napoleón invadieron Portugal, y en un episodio sin precedentes la familia real portuguesa entera —unas quince mil personas, con el príncipe regente Juan a la cabeza— huyó a través del Atlántico bajo escolta británica. En marzo de 1808, la corte se instaló en Río de Janeiro, que se convirtió durante trece años en la capital de todo el Imperio portugués: el único caso en la historia en que una colonia albergó a la metrópoli de un imperio europeo.
La presencia de la corte transformó a Brasil. El regente —luego rey Juan VI— abrió los puertos al comercio con las naciones amigas (sobre todo Gran Bretaña), fundó el Banco de Brasil, la Biblioteca Nacional, la Imprenta Regia, el Jardín Botánico y academias militares y de arte. En 1815, para elevar el estatus de la colonia, Brasil fue proclamado Reino Unido a Portugal y los Algarves. Río dejó de ser una capital colonial para convertirse en una verdadera capital imperial.
Cuando la Revolución Liberal de 1820 estalló en Oporto, las Cortes portuguesas exigieron el regreso del rey y pretendieron devolver a Brasil su antiguo estatus de colonia. Juan VI volvió a Lisboa en 1821 y dejó como regente a su hijo, el príncipe Pedro. Presionado por las Cortes para que él también volviera, Pedro se plantó: el 9 de enero de 1822, en el episodio conocido como 'Dia do Fico', declaró que se quedaba en Brasil. Fue el comienzo de la ruptura.
Los meses siguientes fueron de creciente tensión con Lisboa. El 7 de septiembre de 1822, mientras viajaba de Santos a São Paulo, Pedro recibió nuevas órdenes humillantes de las Cortes. A orillas del riacho Ipiranga proclamó entonces la independencia con el célebre grito 'Independência ou Morte!'. Brasil no se fragmentó como la América española: nació unido y como monarquía. Pedro fue coronado emperador Pedro I. Portugal reconoció la independencia recién en 1825, tras una compensación negociada con la mediación británica, y algunas provincias del norte y el nordeste resistieron con las armas antes de sumarse al nuevo Imperio.
El Imperio de Brasil duró casi setenta años y fue el único caso de monarquía duradera en la América independiente. Pedro I, autoritario y enredado en la política portuguesa, abdicó en 1831 en favor de su hijo de apenas cinco años y volvió a Europa. Siguió un período turbulento de regencias, sacudido por rebeliones provinciales como la Cabanagem en Pará, la Sabinada en Bahía, la Balaiada en Maranhão y la larga Guerra de los Farrapos en Río Grande do Sul. Para frenar la fragmentación, en 1840 se adelantó la mayoría de edad de Pedro II, que a los catorce años asumió el trono.
Pedro II reinó casi medio siglo, hasta 1889, y dio al país una estabilidad institucional inusual en la región. Culto, austero y respetado, arbitró entre liberales y conservadores en un sistema parlamentario y convirtió a Brasil en una potencia sudamericana. Bajo su reinado, el Imperio venció junto a Argentina y Uruguay en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay (1864-1870), el conflicto más sangriento de la historia de Sudamérica, que dejó al Paraguay devastado y fortaleció el peso político del ejército brasileño.
La economía se reorientó hacia el café, que hizo la fortuna del valle del Paraíba y luego del oeste de São Paulo, y convirtió a Brasil en el mayor productor mundial. Para reemplazar la mano de obra esclava se estimuló, a partir de la segunda mitad del siglo, una enorme inmigración europea —italianos, portugueses, alemanes, españoles— y más tarde japonesa. La gran cuestión del siglo, sin embargo, fue la esclavitud. Bajo presión británica y del creciente movimiento abolicionista —con figuras como Joaquim Nabuco, André Rebouças y José do Patrocínio—, la abolición se hizo por etapas: la ley Eusébio de Queirós de 1850 prohibió la trata; la Lei do Ventre Livre de 1871 liberó a los hijos de esclavas; la Lei dos Sexagenários de 1885 liberó a los mayores de sesenta años.
El golpe final llegó el 13 de mayo de 1888, cuando la princesa Isabel, regente en ausencia de su padre, firmó con una pluma de oro la Lei Áurea, que abolió por fin la esclavitud sin ninguna reparación ni tierra para los libertos. Brasil fue el último país de Occidente en dar ese paso. La medida, que dejó en la ruina a muchos terratenientes esclavistas, minó el ya escaso apoyo de la élite rural a la monarquía. Apenas un año y medio después, el 15 de noviembre de 1889, un golpe militar encabezado por el mariscal Deodoro da Fonseca depuso a Pedro II y proclamó la República. El emperador partió al exilio en Europa, donde murió en 1891.
La Primera República o República Velha (1889-1930) nació de un golpe militar, pero pronto quedó en manos de las oligarquías rurales. La Constitución de 1891 estableció un régimen federal y presidencialista inspirado en el modelo estadounidense, con voto restringido y a viva voz —quedaban excluidos analfabetos, mujeres y la mayoría de la población—, lo que garantizaba el dominio de las élites regionales.
El poder se organizó en torno a la 'política do café com leite', el acuerdo por el cual las dos oligarquías más poderosas —la de São Paulo, productora de café, y la de Minas Gerais, productora de leche— se turnaban en la presidencia. Ese pacto se sostenía en el 'coronelismo': en el interior, los grandes propietarios, los 'coroneles', controlaban el voto de sus dependientes mediante el clientelismo y la coacción, en el llamado 'voto de cabresto'. El presidente Campos Sales completó el sistema con la 'política dos governadores', un intercambio de favores entre el poder federal y los estados que blindaba a las oligarquías.
Fue una época de fuerte desigualdad y de estallidos sociales. En el sertão de Bahía, la Guerra de Canudos (1896-1897) terminó con la matanza de miles de seguidores del líder mesiánico Antônio Conselheiro por el ejército, una tragedia inmortalizada por Euclides da Cunha en 'Os Sertões'. En el sur estalló la Guerra do Contestado; en las ciudades, revueltas como la Revolta da Vacina en Río (1904) y la Revolta da Chibata de los marineros negros (1910) mostraban el malestar popular. La economía dependía por completo del precio internacional del café, sostenido artificialmente por el Estado mediante la compra de excedentes.
En los años veinte, el sistema empezó a resquebrajarse. El movimiento tenentista —jóvenes oficiales del ejército rebelados contra la corrupción oligárquica, entre ellos Luís Carlos Prestes y su legendaria 'Columna'— cuestionó al régimen con las armas. La Semana de Arte Moderna de 1922 sacudió la cultura con un nacionalismo estético renovador. Y el crac mundial de 1929 hundió el precio del café y con él a la vieja república: cuando la oligarquía paulista rompió el pacto e impuso a un candidato propio en 1930, el sur y el nordeste se levantaron. La Revolución de 1930 puso fin a la República Velha y llevó al poder a un político gaúcho llamado Getúlio Vargas.
Getúlio Vargas dominó la política brasileña durante un cuarto de siglo y marcó al país como ningún otro dirigente del siglo XX. Llegó al poder en 1930 por la vía revolucionaria, apoyado por los militares y las clases medias hartas de la oligarquía cafetera. Al frente de un gobierno provisional primero y de un gobierno constitucional después (1934-1937), impulsó la industrialización, la centralización del Estado y un fuerte nacionalismo económico, en abierta ruptura con el viejo modelo agroexportador.
En 1937, con el pretexto de una supuesta amenaza comunista, Vargas dio un autogolpe, disolvió el Congreso y los partidos e instauró el Estado Novo, un régimen autoritario y corporativista inspirado en parte en los fascismos europeos, que gobernó hasta 1945. Fue una dictadura con censura, policía política y culto a la figura del líder, pero también un período de intensa construcción estatal: se crearon la siderúrgica de Volta Redonda, la Compañía Vale do Rio Doce y numerosas empresas y organismos públicos que sentaron las bases de la industria pesada brasileña.
El gran legado social de Vargas fue el mundo del trabajo. En 1943 promulgó la Consolidação das Leis do Trabalho (CLT), que reunió y amplió una vasta legislación laboral: jornada de ocho horas, descanso semanal, vacaciones, salario mínimo, regulación del trabajo de mujeres y menores. Ese pacto entre el Estado y los trabajadores urbanos, sumado a una hábil propaganda, le valió el apodo de 'padre de los pobres' y dio origen al 'getulismo', una corriente populista de enorme y duradera influencia. En política exterior, Vargas alineó a Brasil con los Aliados y envió una Fuerza Expedicionaria a combatir en Italia durante la Segunda Guerra Mundial.
La paradoja de combatir al fascismo afuera mientras se mantenía una dictadura adentro se volvió insostenible: en octubre de 1945, los militares depusieron a Vargas y se abrió un período democrático. Pero el 'padre de los pobres' no se retiró: en 1951 volvió al poder, esta vez por el voto popular. Su segundo gobierno, marcado por el nacionalismo económico —fue él quien creó la petrolera estatal Petrobras en 1953 bajo el lema 'O petróleo é nosso'—, terminó en tragedia. Acorralado por una grave crisis política y por la presión militar para que renunciara, Vargas se suicidó de un tiro en el corazón en el Palacio del Catete el 24 de agosto de 1954, dejando una célebre carta testamento. Su muerte lo convirtió en mito y conmocionó al país.
Tras la muerte de Vargas, Brasil vivió un intenso período de optimismo desarrollista. El presidente Juscelino Kubitschek (1956-1961) lanzó un ambicioso Plan de Metas bajo el lema '50 anos em 5' (cincuenta años en cinco): buscaba lograr en un lustro el progreso de medio siglo mediante grandes inversiones en energía, transporte e industria, atrayendo capitales extranjeros que dieron origen, entre otras cosas, a la industria automotriz. Fue la época de la bossa nova, del primer Mundial ganado en 1958 y de un país que se sentía en marcha hacia el futuro.
El símbolo máximo de ese impulso fue Brasilia. Cumpliendo un viejo sueño previsto ya en la Constitución de 1891, Kubitschek trasladó la capital al centro geográfico del país, al altiplano vacío del Cerrado, para integrar el vasto interior. La ciudad se construyó desde cero en apenas cuatro años, con un plan urbano en forma de avión trazado por el urbanista Lúcio Costa y una arquitectura monumental diseñada por Oscar Niemeyer. Inaugurada el 21 de abril de 1960, Brasilia es hoy el ejemplo más completo de urbanismo modernista del mundo y Patrimonio de la Humanidad.
El sueño se quebró pronto. La inflación, las tensiones sociales y la Guerra Fría radicalizaron la política. El presidente João Goulart, que impulsaba reformas de base —agraria, educativa, tributaria—, fue visto por la élite, la Iglesia, buena parte de la prensa y el ejército como una amenaza comunista. El 31 de marzo y el 1 de abril de 1964, un golpe militar lo derrocó e instauró una dictadura que gobernaría durante veintiún años, hasta 1985, apoyada por Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría.
El régimen endureció la represión de manera progresiva. El punto de inflexión fue el Acto Institucional Nº 5 (AI-5), decretado en diciembre de 1968, que cerró el Congreso, suprimió el habeas corpus, impuso la censura total e inició los 'anos de chumbo' (años de plomo): la etapa más brutal, con torturas, desapariciones y asesinatos de opositores. Paralelamente, entre 1968 y 1973, el país vivió el llamado 'milagro económico', con tasas de crecimiento cercanas al 11% anual y grandes obras de infraestructura como la Transamazónica, aunque a costa de una fortísima concentración del ingreso. La crisis del petróleo, el endeudamiento externo y el retorno de la inflación terminaron por erosionar al régimen, que inició una lenta 'distensión' y 'apertura' controlada desde mediados de los años setenta.
El fin de la dictadura fue el resultado de una larga y creciente presión social. En 1979, una ley de amnistía permitió el regreso de los exiliados y la reorganización de los partidos y los sindicatos; en las huelgas del ABC paulista se destacó un joven líder metalúrgico, Luiz Inácio Lula da Silva, que fundaría el Partido de los Trabajadores (PT). En 1983 y 1984, la campaña 'Diretas Já' reclamando elecciones presidenciales directas llevó a las calles a millones de personas en la mayor movilización popular desde 1964.
Aunque la enmienda por el voto directo fue rechazada, la dictadura ya estaba agotada. En 1985, un colegio electoral eligió presidente al opositor civil Tancredo Neves, pero su muerte antes de asumir dejó el cargo a su vicepresidente, José Sarney, con quien comenzó la Nueva República. El proceso culminó con la Constitución de 1988, la 'Constitución Ciudadana', que consagró un amplio catálogo de derechos sociales, y con las primeras elecciones presidenciales directas en casi tres décadas, en 1989, ganadas por Fernando Collor de Mello.
La joven democracia arrancó con una hiperinflación crónica que llegó a superar el 80% mensual y devoraba los salarios. Collor cayó en 1992, destituido por corrupción tras un proceso de impeachment. La estabilización llegó con el Plan Real de 1994, diseñado por el ministro de Hacienda Fernando Henrique Cardoso, que introdujo una nueva moneda —el real— y domó por fin la inflación. Cardoso fue elegido presidente ese año y gobernó dos mandatos (1995-2002), con privatizaciones y estabilidad macroeconómica pero también con un fuerte costo social.
En 2002, tras tres derrotas electorales, Lula da Silva alcanzó por fin la presidencia: por primera vez, un obrero metalúrgico nacido en la pobreza del sertão nordestino llegaba al poder. Sus gobiernos (2003-2010) combinaron ortodoxia económica con potentes programas sociales —sobre todo la Bolsa Família—, que junto a un ciclo favorable de precios de las materias primas sacaron a decenas de millones de personas de la pobreza y ampliaron el consumo. Brasil ganó peso internacional como parte de los BRICS y se consolidó como una de las mayores economías del planeta. Lula dejó el poder en 2010 con altísima popularidad y su sucesora elegida, Dilma Rousseff, se convirtió en la primera mujer presidenta de la historia del país.
El Brasil que entró al nuevo siglo era un gigante económico y una democracia consolidada, pero también un país de contradicciones profundas. Fue sede de la Copa del Mundo de fútbol en 2014 y de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016, dos grandes vidrieras internacionales. Sin embargo, esos mismos años trajeron una crisis política y económica de enorme magnitud que puso a prueba a sus instituciones.
El gigantesco escándalo de corrupción conocido como Lava Jato, que estalló en 2014 en torno a Petrobras y a las mayores constructoras del país, salpicó a buena parte de la clase política. En 2016, en medio de una severa recesión y una fuerte polarización, la presidenta Dilma Rousseff fue destituida mediante un controvertido proceso de impeachment, y asumió su vicepresidente Michel Temer. El propio Lula fue condenado y encarcelado en 2018 en el marco del Lava Jato, en un proceso judicial cuya validez sería después anulada por la Corte Suprema.
La polarización llevó al poder en 2019 al ultraderechista Jair Bolsonaro, cuyo gobierno se caracterizó por el conservadurismo en las costumbres, el debilitamiento de las políticas ambientales —con un fuerte aumento de la deforestación amazónica— y una gestión negacionista de la pandemia de COVID-19, que costó al país cientos de miles de muertos. En 2022, en unas elecciones tensísimas, Lula regresó a la presidencia por un estrecho margen, y su triunfo fue seguido, el 8 de enero de 2023, por un asalto bolsonarista a las sedes de los tres poderes en Brasilia que recordó a los ataques al Capitolio estadounidense.
Con más de doscientos millones de habitantes, cinco veces campeón mundial de fútbol y una cultura que irradia al mundo entero, Brasil sigue siendo la gran potencia de América Latina y una pieza clave del sur global. Pero carga con desafíos enormes: una de las mayores desigualdades del planeta, la violencia urbana, la deuda histórica con su población negra e indígena y, sobre todo, el destino de la Amazonia, cuya conservación se ha vuelto una cuestión decisiva para el futuro del clima mundial. Entre la selva y la megalópolis, entre la riqueza y la miseria, el gigante sudamericano sigue escribiendo, con su ritmo inconfundible, una historia que empezó hace milenios.
Las 27 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
Mucho antes de que la palabra 'Acre' apareciera en los mapas, este rincón suroccidental de la Amazonia estaba habitado por decenas de pueblos indígenas, muchos de ellos de la familia lingüística pano: los Huni Kuin (Kaxinawá), Yawanawá, Shanenawá, Yaminawá, y también los Ashaninka de lengua arawak, entre otros. Se organizaban en torno a los ríos Juruá y Purus y a sus afluentes, en un territorio de selva densa y difícil acceso que hoy sigue albergando a algunos de los últimos pueblos en aislamiento voluntario del planeta.
La llegada de los seringueiros a fines del siglo XIX quebró ese mundo. Las llamadas 'correrías' —expediciones armadas para abrir y ocupar los seringales— provocaron matanzas, desplazamientos y la fragmentación de pueblos enteros, que huyeron hacia las cabeceras de los ríos o quedaron sometidos al régimen de trabajo de los patrones del caucho. La memoria de esa violencia y la posterior lucha por la demarcación de sus tierras son parte central de la identidad indígena acreana, hoy reconocida en numerosas Terras Indígenas.
Hacia 1880, la Revolución Industrial y la naciente industria del automóvil dispararon la demanda mundial de caucho, y la Amazonia occidental —rica en árboles de Hevea brasiliensis— se convirtió en una frontera codiciada. Miles de nordestinos, sobre todo cearenses que huían de la gran sequía de 1877-1879, se internaron en la selva como seringueiros, extrayendo el látex que se conocía como el 'oro blanco'.
El problema es que aquellas tierras, según el Tratado de Ayacucho de 1867, pertenecían a Bolivia. Los recolectores brasileños llegaron a ser la enorme mayoría de la población, pero el gobierno boliviano intentó imponer su control fiscal y aduanero sobre una región lejana y de difícil acceso. La tensión entre los colonos brasileños y las autoridades bolivianas —agravada cuando Bolivia intentó arrendar el territorio a un consorcio internacional, el Bolivian Syndicate— hizo inevitable el estallido.
Entre 1899 y 1903 se sucedieron los levantamientos de los seringueiros contra la administración boliviana, en lo que se conoció como la Revolución Acreana. La figura decisiva fue José Plácido de Castro, un gaúcho de Rio Grande do Sul que había combatido en la Revolución Federalista y trabajaba como agrimensor en la región; organizó a recolectores, comerciantes y trabajadores de la selva en un ejército improvisado que fue tomando el control del territorio y llegó a proclamar un efímero Estado Independiente del Acre.
El conflicto se resolvió por la vía diplomática gracias a la habilidad del barón de Río Branco, canciller brasileño. El 17 de noviembre de 1903 se firmó en Petrópolis el Tratado de Petrópolis, por el cual Bolivia cedía el Acre a Brasil a cambio de dos millones de libras esterlinas, la cesión de algunas tierras y el compromiso de construir el ferrocarril Madeira-Mamoré, que debía dar a Bolivia una salida hacia el Atlántico. El documento es considerado la verdadera 'partida de nacimiento' del Acre brasileño.
Incorporado a Brasil, el Acre no obtuvo de inmediato autonomía política: durante casi seis décadas fue administrado como Territorio Federal, gobernado directamente desde Río de Janeiro y luego desde Brasilia. Rio Branco, a orillas del río Acre, se consolidó como su capital y centro administrativo.
La autonomía plena llegó recién el 15 de junio de 1962, cuando el presidente João Goulart sancionó la Ley Federal N.º 4.070, que elevó al Acre a la categoría de estado de la federación. Esa fecha se celebra cada año como el aniversario del estado, y el 15 de junio quedó grabado como el día en que 'un pueblo conquistó su lugar en Brasil'. El estado adoptó una identidad orgullosa de su origen: la de una tierra que no fue conquistada por la corona, sino incorporada por la voluntad y el trabajo de sus propios colonos.
El Acre dio al mundo a Francisco Alves Mendes Filho, 'Chico Mendes', nacido en 1944 en un seringal cerca de Xapuri. Seringueiro él mismo, se convirtió en sindicalista y organizó a los recolectores de caucho en defensa de la selva y de su modo de vida frente al avance de la deforestación y la ganadería. Su método fueron los 'empates': acciones colectivas y no violentas —el primero, en Brasiléia en 1976— en las que hombres, mujeres y niños se plantaban frente a las motosierras para impedir la tala.
Chico Mendes propuso las reservas extractivistas, un modelo que permitía a las comunidades vivir de la selva sin destruirla, y llevó su causa a foros internacionales. Su asesinato, el 22 de diciembre de 1988, a manos de terratenientes en su casa de Xapuri, lo transformó en un mártir y símbolo mundial del ambientalismo. Su legado dio origen a la creación de reservas extractivistas que hoy protegen millones de hectáreas.
El Acre es hoy uno de los estados más forestados de Brasil, con la mayor parte de su superficie cubierta de selva y una fuerte presencia de reservas extractivistas, tierras indígenas y unidades de conservación. Rio Branco, la capital, funciona como puerta de entrada a un mundo amazónico donde conviven la herencia del caucho, la cultura de los pueblos originarios y una economía que busca conciliar desarrollo y conservación.
El estado hace frontera con Perú y Bolivia, lo que le da un carácter cosmopolita y de cruce de caminos: la carretera Interoceánica lo conecta con el Pacífico, y su gastronomía, su música y su acento mezclan influencias nordestinas, amazónicas y andinas. Visitar el Acre es recorrer museos dedicados a la Revolución Acreana y a Chico Mendes, navegar ríos de selva y comprender un capítulo singular de la historia brasileña: el de la última gran frontera incorporada al país.
Alagoas —cuyo nombre alude a las lagunas Mundaú y Manguaba que perforan su litoral— fue durante siglos parte de la capitanía de Pernambuco, la más rica del Brasil colonial. Como todo el Nordeste azucarero, su economía se cimentó sobre los engenhos de caña y el trabajo esclavo: la fértil franja costera se cubrió de plantaciones que producían azúcar para exportar a Europa, en una sociedad rígidamente dividida entre señores de ingenio y esclavizados africanos.
La región fue también teatro de la lucha contra los holandeses que ocuparon el Nordeste entre 1630 y 1654: por sus tierras avanzaron y se replegaron los ejércitos, y quedaron marcadas por la guerra. Ese pasado azucarero dejó una herencia visible en pueblos como Marechal Deodoro —la antigua villa de Alagoas, primera capital— y en una cultura profundamente afrobrasileña.
En las sierras del interior alagoano, en la Serra da Barriga (actual municipio de União dos Palmares), se levantó a fines del siglo XVI el Quilombo dos Palmares, la mayor comunidad de esclavos fugados de la historia de América. En su apogeo, hacia la década de 1690, llegó a reunir entre 11.000 y 20.000 habitantes en una red de aldeas (mocambos) que resistió durante casi un siglo a las expediciones portuguesas y holandesas enviadas a destruirla.
Su líder más célebre fue Zumbi dos Palmares, nacido en la Serra da Barriga hacia 1655. Hacia 1678 rechazó la oferta de paz que las autoridades habían negociado con el líder anterior, Ganga Zumba, y encabezó la resistencia final. La República de Palmares fue arrasada en 1694; Zumbi resistió aún un año más, hasta que fue emboscado y muerto el 20 de noviembre de 1695, y su cabeza expuesta en Recife como escarmiento. Hoy Zumbi es héroe nacional de la conciencia negra, y el 20 de noviembre se conmemora en todo Brasil el Día de la Conciencia Negra.
Alagoas fue ganando autonomía por etapas: en 1711 se constituyó como comarca dentro de Pernambuco, y el 16 de septiembre de 1817 —tras la Revolución Pernambucana— el rey Juan VI la desmembró para convertirla en capitanía independiente, luego provincia del Imperio. La primera capital fue la villa de Alagoas (hoy Marechal Deodoro), pero el crecimiento del puerto azucarero de Maceió llevó a trasladar allí la capital definitivamente el 9 de diciembre de 1839.
A pesar de su pequeño tamaño, Alagoas dio a Brasil figuras políticas de primer orden. Fue cuna del mariscal Floriano Peixoto, el 'Mariscal de Hierro' que fue el segundo presidente de la República y consolidó el régimen republicano; de Marechal Deodoro da Fonseca provenía la familia del propio proclamador de la República; y, ya en el siglo XX, del expresidente Fernando Collor de Mello, primer mandatario elegido por voto directo tras la dictadura y luego destituido por juicio político en 1992.
La herencia africana impregna la cultura de Alagoas. Del sincretismo religioso nacieron cultos afrobrasileños, y del folclore popular surgieron manifestaciones como el guerreiro, el coco de roda y las danzas del litoral. En la cocina, el gran emblema es el sururu, un pequeño molusco que se pesca en las lagunas de Maceió y se prepara en caldos y guisos que definen la identidad gastronómica de la capital.
Ese mestizaje cultural convive con una fuerte tradición de artesanía —el bordado filé de las comunidades pesqueras, tejido a la orilla de las lagunas— y con la memoria viva de Palmares, que hace de Alagoas un lugar central en el relato de la resistencia negra en Brasil. Maceió, entre el mar y la Laguna Mundaú, combina playas urbanas, mercados de artesanía y el ritmo relajado del Nordeste.
El gran tesoro turístico de Alagoas es su litoral. La Costa dos Corais, la mayor barrera de arrecifes de coral de Brasil, protege una franja de mar donde se forman piscinas naturales de aguas transparentes: en Maragogi, las galés —piscinas a varios kilómetros de la costa— se han vuelto un imán turístico, y sus tonos de verde y turquesa le valieron al estado el apodo de 'Caribe brasileño'.
Hacia el norte, la Rota Ecológica reúne pueblos de pescadores casi intactos, como São Miguel dos Milagres, donde el turismo de bajo impacto convive con manglares, cocoteros y arrecifes. La combinación de historia —Palmares, los ingenios, las lagunas— con este litoral excepcional hace de Alagoas uno de los destinos más singulares del Nordeste, capaz de ofrecer al viajero tanto memoria como paraíso.
El Amapá, en el ángulo nororiental de Brasil, entre la desembocadura del Amazonas y la Guayana, fue durante siglos una frontera en litigio. Francia, instalada en la vecina Guayana, reclamaba el territorio, y a lo largo de los siglos XVII y XVIII portugueses y franceses se disputaron una tierra de selva, manglares y campos inundables habitada por pueblos indígenas y, más tarde, por comunidades quilombolas de esclavos fugados.
Antes de la llegada europea, la región tuvo culturas indígenas notables, como las que produjeron la cerámica marajoara y los sitios arqueológicos del norte amazónico —incluido el llamado 'Stonehenge del Amapá', el observatorio megalítico de Calçoene—, testimonio de sociedades complejas que habitaron estas tierras mucho antes de que se dibujaran las fronteras nacionales.
Para asegurar la posesión frente a los franceses, la corona portuguesa levantó la imponente Fortaleza de São José de Macapá, cuya construcción comenzó en 1764 y se concluyó en 1782. Fue la mayor obra lusitana de toda la Amazonia y una de las mayores fortificaciones coloniales de Brasil, con sus murallas de piedra y ladrillo apuntando hacia el gran río.
En torno a la fortaleza creció Macapá, que se convertiría en la capital del estado. La construcción de una obra de semejante escala en un lugar tan remoto muestra la importancia estratégica que Portugal atribuía a este vértice del imperio: quien controlara la desembocadura del Amazonas controlaba la puerta de toda la cuenca.
El diferendo con Francia por la frontera entre la Guayana Francesa y el Amapá —conocido como la 'Cuestión del Amapá' o del Contestado franco-brasileño— se prolongó durante el siglo XIX y estuvo a punto de derivar en conflicto armado. La disputa se sometió finalmente a arbitraje internacional, con el presidente de la Confederación Suiza como árbitro.
El 1 de diciembre de 1900, el laudo de Berna falló a favor de Brasil, gracias en buena medida a la brillante defensa diplomática del barón de Río Branco, que reunió una documentación histórica y cartográfica abrumadora. El fallo incorporó definitivamente al territorio brasileño unos 260.000 km² en disputa. Fue una de las grandes victorias de la diplomacia brasileña, que en pocos años —también con el Acre— consolidó por vías pacíficas las fronteras del norte del país.
En plena Segunda Guerra Mundial, por el Decreto-ley N.º 5.812 del 13 de septiembre de 1943, la región fue desmembrada del estado de Pará y constituida como Territorio Federal del Amapá. Poco después, en 1945, el descubrimiento de ricas vetas de manganeso en la Serra do Navio revolucionó la economía local: durante décadas, la minería de manganeso —explotada por la empresa ICOMI— fue la principal fuente de riqueza del territorio y motivó la construcción de un ferrocarril hasta el puerto de Santana.
Macapá, la capital, tiene la particularidad de estar cruzada por la línea del ecuador, señalada en el Marco Zero y en el estadio conocido popularmente como 'Zerão', cuyo campo queda dividido en dos hemisferios. El Amapá fue elevado por fin a la categoría de estado por la Constitución de 1988, completando su largo camino desde fortaleza colonial hasta unidad federativa de pleno derecho.
El Amapá es uno de los estados más preservados de toda la Amazonia. Una parte enorme de su superficie está protegida en unidades de conservación, con el Parque Nacional Montañas de Tumucumaque como joya principal: creado en 2002, es una de las mayores áreas protegidas de selva tropical continua del mundo, un santuario casi inexplorado en la sierra fronteriza que separa las aguas de la cuenca amazónica.
Su costa, de manglares y campos inundables donde el Amazonas se funde con el Atlántico, y la fuerte presencia de comunidades quilombolas e indígenas hacen del Amapá un territorio de frontera y naturaleza casi intacta. En su desembocadura se produce, además, la pororoca, una ola de marea que remonta los ríos con estruendo. Para el viajero, el estado es una de las últimas grandes fronteras salvajes de Brasil.
El estado de Amazonas, el mayor de Brasil —más extenso que muchos países—, es el corazón de la mayor selva tropical del planeta. Durante milenios fue habitado por decenas de pueblos indígenas organizados en torno a los grandes ríos: Tikuna, Baré, Sateré-Mawé, Yanomami, y en la sola cuenca del Río Negro hasta veintitrés pueblos de familias lingüísticas como la tukano, arawak, yanomami y makú. Lejos de ser un vacío, la Amazonia precolonial albergó sociedades ribereñas complejas, con manejo del bosque, cerámica elaborada y extensas redes de intercambio.
Los portugueses penetraron la región a partir del siglo XVII, disputando el control del Amazonas a España y a otras potencias. En 1669 fundaron el Forte de São José da Barra do Rio Negro, en el sitio donde luego crecería Manaos, para asegurar la posesión del gran río. Misioneros y colonos remontaron los cauces, y la evangelización, la esclavización indígena y las epidemias transformaron para siempre el mundo de los pueblos originarios.
Entre 1880 y 1912, el caucho amazónico —el látex de la seringueira, indispensable para la industria del neumático— desató una fiebre económica que transformó a Manaos en una de las ciudades más ricas del mundo. Los 'barones del caucho' amasaron fortunas colosales y quisieron una ciudad a la altura de las capitales europeas: pavimentaron calles, instalaron tranvías eléctricos y agua corriente cuando muchas ciudades europeas aún carecían de ellos.
El símbolo de aquella opulencia fue el Teatro Amazonas, inaugurado en 1896 en el Largo de São Sebastião: una fastuosa ópera con cúpula de azulejos, mármol de Carrara, cristal de Murano y hierro de Escocia, levantada en plena selva siguiendo el gusto de la Belle Époque. El auge se derrumbó hacia 1912, cuando semillas de caucho sacadas de contrabando permitieron establecer plantaciones más baratas en el Sudeste Asiático, y la región cayó en una larga decadencia. El Teatro fue declarado Patrimonio Histórico Nacional por el IPHAN en 1966.
Frente a Manaos se produce uno de los fenómenos naturales más célebres de la Amazonia: el Encuentro de las Aguas, donde las aguas negras y cálidas del Río Negro corren durante unos seis kilómetros junto a las aguas barrosas y frías del río Solimões sin llegar a mezclarse, formando una nítida línea de dos colores. La causa está en las diferencias de temperatura, densidad, velocidad y acidez de ambos ríos.
Aguas abajo de ese punto, los dos caudales terminan por fundirse y dan origen propiamente al río Amazonas. El Encuentro de las Aguas es la principal atracción turística de la capital y un recordatorio de la escala descomunal de la hidrografía amazónica, donde los ríos son verdaderos mares de agua dulce.
Tras décadas de decadencia poscaucho, el gobierno federal buscó reactivar la economía amazónica con un modelo audaz. La Zona Franca de Manaos, cuya regulación inicial data de 1957 y que fue reformulada por el Decreto-ley N.º 288 del 28 de febrero de 1967 —firmado por el presidente Castelo Branco—, estableció incentivos fiscales para instalar un polo industrial en medio de la selva.
El resultado fue una transformación radical: Manaos se llenó de fábricas de electrónica, motocicletas y bienes de consumo, atrajo a cientos de miles de migrantes de todo el país y se convirtió en una metrópoli de más de dos millones de habitantes. El Polo Industrial de Manaos es hoy uno de los mayores parques industriales de América Latina, y la Zona Franca es defendida como una herramienta que, al concentrar la actividad económica en la ciudad, ayuda a preservar la selva del entorno.
La cultura del Amazonas es un mestizaje vivo de raíces indígenas, portuguesas y nordestinas. Su fiesta más espectacular es el Festival de Parintins, en el que dos 'bumbás' rivales, Garantido y Caprichoso, protagonizan cada junio un gigantesco duelo de música, danza y alegorías flotantes en un estadio con forma de toro (el 'Bumbódromo'), en una celebración que congrega a decenas de miles de personas en una isla en medio del río.
La cocina amazónica es igualmente singular: el tucumã, el tambaqui, la farinha de mandioca, el guaraná nativo de los Sateré-Mawé y frutas y pescados de río que no existen en ninguna otra parte de Brasil. Las leyendas de la selva —el Boto, la Iara, el Curupira— pueblan el imaginario popular, herencia directa de la mitología indígena.
El estado conserva enormes extensiones de selva virtualmente intactas, protegidas en parques como el Jaú —Patrimonio de la Humanidad de la Unesco— y en decenas de reservas y tierras indígenas. Municipios como Presidente Figueiredo, la 'tierra de las cascadas', o los ríos y lagos del entorno de Manaos ofrecen al viajero el contacto directo con la mayor biodiversidad del planeta: delfines rosados, victorias regias, aves incontables y la posibilidad de dormir en lodges en plena selva.
En el siglo XXI, la Amazonia se ha convertido en el centro de un debate mundial sobre el clima, la deforestación y los derechos de los pueblos indígenas. El estado de Amazonas, con su combinación de selva, ríos gigantescos y una capital industrial única, encarna las tensiones y las esperanzas de ese debate, y sigue siendo uno de los destinos más fascinantes y desafiantes de toda América.
El litoral de Bahía fue el escenario del 'descubrimiento' de Brasil por los europeos: el 22 de abril de 1500, la flota de Pedro Álvares Cabral avistó tierra frente al monte Pascoal, en el actual sur del estado, cerca de Porto Seguro, iniciando la colonización europea de esta parte de América del Sur. Antes de esa fecha, la región estaba habitada por pueblos tupí, como los tupinambás, agricultores y guerreros de la costa.
Medio siglo después, en 1549, el primer gobernador general Tomé de Sousa fundó Salvador, en la bahía de Todos los Santos, para dar a la colonia un gobierno central. Salvador fue la primera capital de Brasil y la mantuvo durante más de dos siglos (1549-1763), siendo la ciudad más importante de la colonia, sede del gobierno, del obispado y del gran puerto atlántico.
La gran riqueza colonial de Bahía fue el azúcar, cultivado en el Recôncavo, la fértil franja de tierras que rodea la bahía de Todos los Santos. Desde el siglo XVI, la caña se convirtió en el producto central de la economía colonial: el Recôncavo se llenó de engenhos y se transformó en una de las regiones más pobladas y productivas de toda América portuguesa, exportando azúcar, tabaco y mandioca.
Ciudades del Recôncavo como Cachoeira y São Félix florecieron con este comercio, y el paisaje quedó dominado por la casa-grande del señor de ingenio y la senzala de los esclavizados. Esa estructura social —descrita magistralmente por Gilberto Freyre— marcó para siempre la cultura brasileña. El azúcar hizo de Bahía la joya económica del imperio portugués durante buena parte de los siglos XVI y XVII.
Bahía fue el gran puerto de entrada de la esclavitud atlántica: a lo largo de tres siglos llegaron cientos de miles de africanos, sobre todo de las culturas yoruba (nagô) y bantú. De esa herencia nació el corazón de la cultura afrobrasileña: el candomblé y sus orixás, la capoeira —arte marcial disfrazado de danza—, el acarajé de las baianas, el ritmo del axé y del samba de roda.
Salvador es hoy la ciudad más 'negra' de Brasil fuera de África, con la mayor población afrodescendiente del país. Su centro histórico, el Pelourinho, con sus casonas coloniales de colores e iglesias barrocas doradas, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985. En sus calles conviven la fe católica, el candomblé y una vitalidad cultural que ha dado al mundo músicos como Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa y Dorival Caymmi.
Aunque Brasil proclamó su independencia el 7 de septiembre de 1822, en Bahía las tropas portuguesas resistieron atrincheradas en Salvador. La lucha, con episodios como la resistencia de la heroína María Quitéria, se prolongó casi un año, hasta que el 2 de julio de 1823 las tropas lusitanas evacuaron la ciudad. Esa fecha —y no el 7 de septiembre— es la gran fiesta cívica de los bahianos, que la celebran como el día en que la independencia se hizo efectiva con sangre y no solo con un grito.
A fines del siglo XIX, el interior sertanero fue escenario de una de las tragedias más célebres de la historia brasileña: la Guerra de Canudos (1896-1897). En el árido sertón, el predicador milenarista Antônio Conselheiro reunió a unos 30.000 seguidores en una comunidad autónoma que rechazaba la recién proclamada república. El ejército envió cuatro expediciones sucesivas hasta arrasar Canudos; la matanza fue inmortalizada por Euclides da Cunha en 'Os Sertões', obra fundacional de la literatura brasileña.
Tierra adentro se alza la Chapada Diamantina, la porción norte de la Serra do Espinhaço, un macizo de cañones, mesetas, cascadas y grutas. Su historia moderna comenzó en el siglo XIX, cuando el hallazgo de diamantes atrajo a buscadores, comerciantes y aventureros que fundaron pueblos como Lençóis, Mucugê y Andaraí. Aquellas villas garimpeiras vivieron un auge fugaz y hoy conservan un encanto decadente de casonas de piedra.
Agotados los diamantes, la Chapada se reinventó como uno de los grandes destinos de trekking y ecoturismo de Brasil, protegida en parte por el Parque Nacional de la Chapada Diamantina. El Morro do Pai Inácio, la cascada de la Fumaça —una de las más altas del país—, el Poço Azul y el Vale do Pati atraen a caminantes de todo el mundo a un paisaje de belleza sobrecogedora.
Con más de mil kilómetros de costa, Bahía ofrece algunas de las playas más famosas de Brasil. Al sur de Salvador se despliegan la isla de Tinharé, con Morro de São Paulo y la vecina Boipeba; la bohemia Itacaré, en la Costa do Cacau, entre selva atlántica y surf; y la Costa do Descobrimento, con Porto Seguro, Arraial d'Ajuda y la chic Trancoso, exactamente donde tocó tierra Cabral en 1500.
A todo ello se suma la cultura que irradia a todo el país: la cocina del dendê —moqueca, vatapá, caruru—, el Carnaval de Salvador, considerado la mayor fiesta de calle del mundo, con sus trios elétricos y sus bloques afro como el Olodum. Historia, mar y cultura hacen de Bahía uno de los estados más completos y emblemáticos de Brasil: literalmente, el lugar donde el país comenzó.
El Ceará fue habitado por pueblos indígenas como los tabajaras, potiguaras y tremembés, que ofrecieron una fuerte resistencia a la colonización. Los portugueses tardaron en dominar la región: la ocupación efectiva no se consolidó hasta el siglo XVII, y la economía se orientó hacia la ganadería extensiva del sertão y, más tarde, hacia el algodón.
El interior cearense es sertão semiárido, castigado por sequías históricas que marcaron su cultura, su literatura de cordel y su historia social. Estas sequías —como las de 1877-1879, una de las más devastadoras— empujaron a miles de cearenses a emigrar hacia la Amazonia durante el auge del caucho, convirtiendo al Ceará en el principal proveedor de seringueiros del Acre. En la costa, mientras tanto, los pescadores mantuvieron viva la tradición de la jangada, la balsa de vela con la que aún hoy salen al mar.
El Ceará ocupa un lugar de honor en la historia de la libertad en Brasil: el 25 de marzo de 1884, cuatro años antes de la Lei Áurea nacional, fue la primera provincia brasileña en abolir por completo la esclavitud. El acto se selló en la Plaza de la Estación de Fortaleza, bajo la presidencia provincial de Sátiro Dias, y colocó al estado a la vanguardia moral del país.
El gran símbolo de esa gesta fue Francisco José do Nascimento, apodado el 'Dragão do Mar': jangadeiro pardo y de origen humilde, encabezó en 1881 la huelga de los jangadeiros, que se negaron a transportar esclavos hasta los barcos negreros en el puerto de Fortaleza, paralizando el comercio esclavista. Antes aún, en 1883, la localidad de Acarape había liberado a sus últimos esclavizados con presencia del abolicionista José do Patrocínio y fue rebautizada 'Redenção' (Redención). El movimiento cearense, dirigido por estudiantes, comerciantes e intelectuales, se hizo célebre en todo Brasil por su pionerismo.
Fortaleza, la capital, creció como puerto y centro comercial y es hoy una animada metrópoli costera de más de dos millones y medio de habitantes, famosa por su vida nocturna, su humor y su forró. El Ceará es una potencia del humor brasileño y de la música popular —de Luiz Gonzaga adoptado a los cantores de repente—, y su literatura de cordel, impresa en folletos con xilografías, es una de las tradiciones orales más ricas del Nordeste.
El estado dio a Brasil figuras como el escritor José de Alencar, autor de 'Iracema' y padre del romanticismo indianista brasileño, cuyo nombre lleva el teatro más emblemático de Fortaleza. La devoción popular, las fiestas juninas y la artesanía de encaje y bordado completan una identidad cultural fuerte, forjada entre el rigor del sertón y la alegría del litoral.
El sertón cearense fue tierra del cangaço, el fenómeno de bandoleros errantes que recorrieron el Nordeste entre fines del siglo XIX y la década de 1930. La banda de Lampião cruzó también el Ceará, y el estado nutrió el imaginario de coraje y violencia del interior semiárido que la literatura y el cine brasileños recrearían una y otra vez, en un mundo marcado por la sequía, la lucha por la tierra y la migración forzada.
La dureza de la vida sertaneja alimentó también una religiosidad intensa. En Juazeiro do Norte, en el sur del estado, la figura del Padre Cícero Romão Batista —sacerdote a quien se atribuyó un milagro eucarístico en 1889— convirtió a la ciudad en el mayor centro de peregrinación popular del Nordeste, adonde acuden cada año millones de romeros. La devoción al 'Padim Ciço', las bandas de pífano y el arte de los santeros y xilógrafos hacen del interior cearense un universo cultural propio, tan importante como el del litoral.
Hoy el Ceará es uno de los grandes destinos de playa de Brasil, bendecido por el sol casi permanente y por vientos constantes que lo han convertido en una meca mundial del kitesurf y el windsurf. Hacia el oeste de Fortaleza, Jericoacoara —antigua aldea de pescadores hoy elevada a mito internacional, con su duna del atardecer y su Pedra Furada— y Cumbuco atraen a surfistas y kitesurfers de todo el planeta.
Hacia el este, Canoa Quebrada seduce con sus falésias rojas coronadas por su famoso símbolo de la luna y la estrella. A lo largo de toda la costa se suceden dunas, lagunas de agua dulce, cocoteros y playas casi desiertas, en un litoral que hizo del Ceará un imán turístico durante todo el año y un componente clave de la 'Rota das Emoções' que enlaza sus playas con los Lençóis Maranhenses.
La idea de trasladar la capital de Brasil al centro geográfico del país era muy antigua. Ya en el siglo XIX el estadista José Bonifácio había propuesto una capital interiorana, y la Constitución republicana de 1891 llegó a prever expresamente la reserva de un territorio en el altiplano central para la futura sede del gobierno federal. El propósito era doble: integrar el vasto y despoblado interior brasileño y descongestionar la costa, donde se concentraba casi toda la población.
Durante décadas, el proyecto quedó en el papel. Se realizaron misiones de demarcación —como la famosa Misión Cruls, que a fines del siglo XIX delimitó el 'Cuadrilátero Cruls' en el Planalto Central—, pero faltaba la voluntad política y los recursos para semejante empresa. El sueño de la 'marcha hacia el oeste' esperaría hasta mediados del siglo XX.
El presidente Juscelino Kubitschek convirtió el sueño en obra bajo su lema de hacer crecer al país 'cincuenta años en cinco'. Entre 1956 y 1960, Brasilia se levantó desde cero en pleno Cerrado, en un lugar donde no había prácticamente nada. El plano urbano, en forma de avión o de cruz —el 'Plano Piloto'—, fue obra del urbanista Lúcio Costa, ganador del concurso de 1957, mientras que la arquitectura monumental corrió a cargo de Oscar Niemeyer.
De la mano de Niemeyer surgieron el Congreso Nacional con sus dos cúpulas, la Catedral de vitrales, el Palacio de Planalto, el Palacio de Itamaraty y el Palacio de la Alvorada, obras maestras de líneas curvas que se convirtieron en íconos del modernismo mundial. La ciudad fue inaugurada el 21 de abril de 1960, y ese mismo día se creó el Distrito Federal para albergarla, desmembrado del estado de Goiás.
Brasilia no la construyeron los arquitectos solos, sino unos 60.000 obreros llegados de todo el país —sobre todo del Nordeste— que trabajaron a ritmo frenético, día y noche, para cumplir el plazo imposible fijado por Kubitschek. Se los conoció como 'candangos', y su epopeya de esfuerzo, sacrificio y desarraigo es parte fundamental de la memoria de la ciudad.
Muchos de aquellos trabajadores no cabían en el Plano Piloto, pensado para funcionarios, y se instalaron en las 'cidades-satélites' que crecieron alrededor. De ese origen proviene buena parte de la población del Distrito Federal, que mezcla acentos y culturas de toda la nación. Los candangos dejaron el testimonio de que la capital fue, ante todo, una construcción colectiva de todo Brasil.
Brasilia es la sede de los tres poderes de la República —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— y el gran símbolo del Brasil moderno. La célebre Plaza de los Tres Poderes reúne el Congreso, el Palacio de Planalto y el Supremo Tribunal Federal, en un conjunto que resume la ambición de un país que quería mirar hacia el futuro.
Su conjunto urbanístico y arquitectónico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, con la particularidad de ser el primer bien cultural del siglo XX en ingresar a esa lista —a la par de las pirámides de Egipto o la Acrópolis de Atenas—, cuando la ciudad tenía apenas 27 años. Es considerada el ejemplo más completo y ambicioso de urbanismo modernista jamás realizado.
El Distrito Federal es hoy una de las unidades con mayor renta per cápita de Brasil, sostenida en buena parte por la administración pública federal. Alrededor del Plano Piloto se despliegan las regiones administrativas y ciudades-satélites que concentran a la mayoría de sus habitantes, en un contraste social que forma parte de la realidad de la capital.
Para el viajero, Brasilia es un museo al aire libre de la arquitectura moderna: recorrer el Eje Monumental, admirar la Catedral, el Museo Nacional o el Puente JK, y comprender de qué manera un país entero apostó a fundar su capital en el desierto verde del Cerrado. Rodeada por el Parque Nacional de Brasilia y el bioma del Cerrado, la ciudad es también puerta de entrada a la naturaleza del Planalto Central.
El Espírito Santo fue una de las capitanías hereditarias con que Portugal organizó la colonización del Brasil. Su donatario, Vasco Fernandes Coutinho, desembarcó el 23 de mayo de 1535 en la región de la Prainha, en la actual Vila Velha; como era domingo de Pentecostés, bautizó la tierra con el nombre de Espírito Santo. Coutinho repartió las tierras en sesmarías entre la sesentena de colonos que lo acompañaban e instaló los primeros ingenios de azúcar, base de la economía capixaba durante casi tres siglos.
Los habitantes del estado se llaman 'capixabas', palabra de origen tupí que designaba los campos de cultivo de mandioca de los indígenas de la región. Aquellos primeros tiempos fueron duros: los ataques indígenas, la escasez de recursos y el aislamiento hicieron de la capitanía una de las más frágiles de la colonia.
El destino del Espírito Santo quedó marcado por su vecindad con Minas Gerais. Cuando a comienzos del siglo XVIII se descubrió oro en el interior —parte del cual pertenecía originalmente al territorio capixaba, luego desmembrado hacia Minas—, la corona portuguesa decidió mantener al Espírito Santo deliberadamente subdesarrollado, como una 'barrera verde' de selva atlántica impenetrable que impidiera el contrabando del oro de Minas hacia la costa.
Esta política de aislamiento frenó el crecimiento del estado durante décadas: se prohibieron caminos hacia el interior y se concentró la población en Vitória. Así, mientras Minas se llenaba de ciudades barrocas, el Espírito Santo quedó relegado a un papel de guardián de las minas, un rol estratégico que explica su pobreza y su historia 'escondida' durante buena parte del período colonial.
En el siglo XIX, el café transformó al Espírito Santo, y para trabajar sus plantaciones el Imperio impulsó la inmigración europea. A partir de 1858, y sobre todo desde 1875, llegaron miles de italianos que se instalaron en la sierra —Santa Teresa se considera pionera de la inmigración italiana en Brasil— y desarrollaron una próspera caficultura de montaña que aún hoy es seña de identidad del estado.
Junto a los italianos llegaron los pomeranos, campesinos luteranos de la Pomerania báltica que desembarcaron en Vitória en 1859 y colonizaron las montañas de Santa Maria de Jetibá, Domingos Martins y Pancas. Curiosamente, mientras la lengua pomerana casi desapareció en su Europa de origen, en la sierra capixaba se conserva viva hasta hoy, lo que hace del Espírito Santo uno de los últimos reductos de esa lengua en el mundo. Esa doble herencia italo-germánica dio a la sierra una fisonomía europea, con agroturismo, vino y arquitectura de otro continente.
En el siglo XX, el Espírito Santo dio un salto económico impulsado por el puerto de Vitória, convertido en una de las grandes terminales de exportación de mineral de hierro de Brasil: por él salen hacia el mundo el hierro y el acero de Minas Gerais y de la propia Vale, a través del ferrocarril Vitória-Minas. Tubarão, en Vitória, es uno de los mayores puertos mineraleros del planeta.
A la minería y la siderurgia se sumaron, ya a fines de siglo, el petróleo y el gas de la cuenca marina del estado, que hicieron del Espírito Santo un importante productor energético. Vitória, la capital, es una de las pocas capitales insulares de Brasil, asentada sobre una isla en una bahía, y forma con Vila Velha y Serra una región metropolitana dinámica y de alto nivel de vida.
El Espírito Santo combina, en un territorio pequeño, un litoral atlántico y una sierra fresca y verde. En la costa, balnearios como Guarapari son célebres por sus arenas monazíticas oscuras, con propiedades supuestamente terapéuticas, y por sus playas de aguas cálidas. Frente a las costas del sur del estado, en la región del Archipiélago de Abrolhos —compartida con Bahía—, se reproducen cada año las ballenas jorobadas, que atraen a observadores de todo el mundo entre julio y noviembre.
Tierra adentro, la Pedra Azul, la región de Domingos Martins y la ruta del vino y del café ofrecen un turismo de montaña con acento europeo. Y en la mesa reina la moqueca capixaba, cocinada en olla de barro con urucum, sin dendê ni leche de coco —a diferencia de la bahiana—, uno de los grandes emblemas de la cocina brasileña y motivo de eterna rivalidad gastronómica con la vecina Bahía.
El territorio de Goiás, habitado por pueblos como los goyases —que dieron nombre al estado—, los kayapó, los xavante y los avá-canoeiro, fue penetrado a comienzos del siglo XVIII por los bandeirantes paulistas que buscaban oro e indígenas para esclavizar. La figura fundacional fue Bartolomeu Bueno da Silva, el 'Anhanguera', que remontó estos territorios en busca de riquezas.
El hallazgo de oro en las márgenes del Río Vermelho dio origen al arraial de Sant'Ana, fundado hacia 1727, que pronto se convirtió en Vila Boa de Goiás y, en 1749, en capital de la capitanía. Durante medio siglo el oro atrajo a miles de personas y levantó una sociedad minera; pero, agotadas las vetas hacia fines de siglo, Goiás cayó en una decadencia rápida y profunda que lo sumió en un largo aislamiento.
La antigua Vila Boa —hoy Cidade de Goiás o 'Goiás Velho'— fue la capital del estado hasta bien entrado el siglo XX y conserva uno de los conjuntos coloniales más armónicos de Brasil: callejuelas empedradas, casas encaladas, iglesias barrocas del siglo XVIII y la memoria de una época de esplendor minero. Por ese valor histórico y urbanístico, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001.
Goiás Velho es también la ciudad de la poeta Cora Coralina, que la inmortalizó en sus versos, y célebre por su Procesión del Fuego (Procissão do Fogaréu) en Semana Santa, una tradición de origen colonial que ilumina de antorchas sus calles. Es el corazón histórico y sentimental del estado.
Agotado el oro, Goiás se reconvirtió en una economía ganadera y agrícola de enormes distancias y escasa población. El impulso modernizador llegó en el siglo XX: en 1933 se decidió trasladar la capital a una ciudad nueva y planificada, y por decreto de 1937 se consolidó Goiânia, proyectada por el urbanista Attílio Corrêa Lima en el corazón del estado, con trazado radial y aires art déco.
Pocas décadas después, la creación de Brasilia en el vecino altiplano —sobre tierras desmembradas de Goiás para formar el Distrito Federal— convirtió a la región en el nuevo centro geográfico y político del país. Goiás pasó así de rincón olvidado a corazón de la 'marcha hacia el oeste' y del nuevo Brasil interiorano.
En las últimas décadas del siglo XX, la incorporación del Cerrado a la agricultura mecanizada transformó por completo la economía de Goiás. Con tecnología de corrección de suelos ácidos y variedades adaptadas, la sabana brasileña se convirtió en una de las mayores fronteras agrícolas del mundo, y Goiás emergió como potencia productora de soja, maíz, caña de azúcar y ganado.
Hoy el estado combina esa modernidad agroindustrial con la conservación de un bioma extraordinario. El Cerrado goiano, la sabana más biodiversa del planeta, es un mosaico de arbustos retorcidos, campos y galerías de bosque a orillas de los ríos, cuya preservación se ha vuelto un tema central del debate ambiental brasileño, dado que abastece de agua a buena parte del país.
El gran patrimonio natural de Goiás es la Chapada dos Veadeiros, un altiplano de rocas de más de mil millones de años, cañones, cascadas y cristales de cuarzo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001 y célebre por su energía casi mística y su cielo estrellado. A ella se suma Caldas Novas, la mayor estación hidrotermal del mundo, cuyas aguas termales brotan del subsuelo y alimentan parques acuáticos visitados por millones de personas.
El estado guarda además joyas como Pirenópolis, con su casco colonial y sus tradicionales Cavalhadas —representación ecuestre de las luchas entre moros y cristianos—, y Corumbá de Goiás. Su cultura, entre sertaneja y del Cerrado, dio a Brasil buena parte de la música 'sertaneja' que domina las radios del país. Historia colonial, naturaleza única y tradición rural hacen de Goiás uno de los estados más ricos del centro brasileño.
El Maranhão tiene un origen singular en la historia de Brasil: su capital, São Luís, fue fundada por franceses el 8 de septiembre de 1612, en el marco de un ambicioso proyecto de colonia tropical llamado la 'Francia Equinoccial'. La expedición, con unos 500 colonos partidos de Bretaña, fue dirigida por Daniel de la Touche, señor de La Ravardière, y por el almirante François de Rasilly, y bautizó la ciudad en honor al rey Luis XIII de Francia.
La aventura francesa duró poco: en 1615, tropas portuguesas llegadas de Pernambuco derrotaron a los franceses y expulsaron a la colonia, incorporando definitivamente el Maranhão al dominio luso. Pero la ciudad conservó su nombre francés, y São Luís quedó para siempre como la única capital estatal de Brasil fundada por franceses, un dato del que sus habitantes se enorgullecen.
Bajo dominio portugués, el Maranhão prosperó con el azúcar y, sobre todo, con el algodón y el arroz, producidos con una enorme masa de mano de obra esclava africana. En el siglo XVIII, la Compañía General de Comercio del Grão-Pará e Maranhão dinamizó la trata de esclavos y las exportaciones, y São Luís vivió una época de riqueza que llenó la ciudad de casonas y palacetes.
Esas casonas se revistieron de azulejos portugueses —São Luís posee el mayor acervo de azulejaría portuguesa de América Latina—, y su centro histórico, uno de los conjuntos coloniales más extensos de Brasil, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. El Maranhão adhirió tardíamente a la independencia de Brasil, en 1823, tras la resistencia de la guarnición portuguesa, que solo se rindió ante la presión de la escuadra imperial comandada por lord Cochrane.
El Maranhão fue escenario de una de las mayores rebeliones populares del Brasil imperial: la Balaiada (1838-1841), que estalló durante el turbulento período de las Regencias. Fue un levantamiento de vaqueros, artesanos, esclavos fugados y pobres del sertón contra los grandes terratenientes y las autoridades provinciales, en el que llegaron a movilizarse miles de personas y a tomarse ciudades enteras.
Entre sus líderes estuvieron Manuel Francisco dos Anjos Ferreira —el 'Balaio', que daba nombre a la revuelta por el oficio de fabricar cestos—, el vaquero Raimundo Gomes y el líder negro Cosme Bento, al frente de miles de esclavos rebelados. La represión, encabezada por el coronel Luís Alves de Lima e Silva —el futuro Duque de Caxias, patrono del Ejército brasileño—, fue implacable y sofocó el movimiento hacia 1841, en uno de los episodios más sangrientos de la historia maranhense.
La fuerte herencia africana del Maranhão se expresa en manifestaciones culturales de enorme riqueza. El tambor de crioula, danza circular al son de tambores nacida entre las comunidades esclavizadas y afrodescendientes, fue reconocido por el IPHAN como Patrimonio Cultural del Brasil, y sigue siendo una de las expresiones religiosas y festivas más vivas del estado.
Pero la fiesta que define al Maranhão es el bumba-meu-boi, que cada junio inunda São Luís de música, danza y color con la representación teatral y bailada de la muerte y resurrección de un buey. Sus distintos 'sotaques' (estilos) —de zabumba, de matraca, de orquesta— reúnen a miles de brincantes con trajes bordados y bellísimas alegorías, en una de las manifestaciones populares más espectaculares de Brasil. A ellas se suman el reggae —São Luís es conocida como la 'Jamaica brasileña' por su devoción al género— y una literatura que dio al país a Gonçalves Dias y Aluísio Azevedo.
El mayor atractivo natural del estado son los Lençóis Maranhenses: un vasto campo de dunas blancas —el mayor de América del Sur— que, en la estación de lluvias, entre los meses de mayo y septiembre, se llena de miles de lagunas de agua cristalina de color turquesa. El fenómeno se produce porque la napa freática aflora entre las dunas y forma lagos temporales de belleza casi irreal, en uno de los paisajes más surrealistas de Brasil. El Parque Nacional que los protege fue reconocido como Patrimonio Natural de la Humanidad.
Los Lençóis son la base de la 'Rota das Emoções', el circuito turístico que enlaza el parque con el Delta del Parnaíba y con Jericoacoara, atravesando tres estados. Y es que el Maranhão marca justamente la transición entre el sertón nordestino, semiárido, y la selva amazónica húmeda: un estado bisagra, mitad Nordeste y mitad Amazonia, con manglares, cocoteros y una de las mayores costas del país.
El Mato Grosso —'bosque denso' en portugués— fue y sigue siendo hogar de numerosos pueblos indígenas. Muchos de ellos habitan hasta hoy el estado: los Xavante de la Serra do Roncador, los Bororo (Boe), los Nambikwara, los Rikbaktsa y los dieciséis pueblos del Alto Xingu, entre otros. Estas culturas desarrollaron complejas sociedades adaptadas a la sabana y a la selva, con ricas tradiciones ceremoniales, funerarias y de cuerpo pintado.
En el corazón del estado se encuentra el Parque Indígena del Xingu, la primera tierra indígena reconocida oficialmente por el gobierno federal de Brasil, con más de 27.000 km², donde conviven unos 5.500 indígenas de dieciséis pueblos distintos. Su creación en 1961, impulsada por los hermanos Villas-Bôas, se convirtió en un modelo pionero de protección territorial y cultural que influyó en toda la política indigenista brasileña.
El hallazgo de oro llevó a los bandeirantes paulistas a internarse muy hacia el interior del continente. En 1718, el bandeirante Pascoal Moreira Cabral, de origen mestizo, remontó el río Coxipó y descubrió abundantes yacimientos de oro; el 8 de abril de 1719 se redactó el documento fundacional de Cuiabá, y Pascoal fue aclamado como jefe de la naciente villa minera.
Aquel oro tuvo una consecuencia geopolítica enorme: empujó la frontera de Brasil muchísimo más allá de la línea del Tratado de Tordesillas, consolidando la posesión portuguesa de tierras profundas del continente, lejos del litoral. Cuiabá se convirtió en un remoto puesto avanzado del imperio, unido a São Paulo por las peligrosas 'monções', larguísimas expediciones fluviales que tardaban meses en cruzar ríos, cachoeiras y territorios indígenas.
Por su posición estratégica en la frontera con las posesiones españolas, el Mato Grosso fue clave en la definición de los límites de Brasil con Bolivia y Paraguay. Durante la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), el estado sufrió la invasión de las tropas paraguayas de Solano López, que ocuparon parte de su territorio en la llamada 'Retirada de la Laguna', episodio inmortalizado por Alfredo d'Escragnolle Taunay.
El gigantesco tamaño del estado terminó llevando a su división. En 1977, por la Ley Complementaria N.º 31 firmada por el presidente Ernesto Geisel, la mitad sur del Mato Grosso se separó para constituir un estado nuevo, Mato Grosso do Sul, con capital en Campo Grande. Cuiabá siguió siendo la capital del Mato Grosso, que aun así conservó dimensiones enormes.
En las últimas décadas del siglo XX, la ocupación del Cerrado matogrosense por la agricultura mecanizada transformó al estado en una de las mayores fronteras agrícolas del mundo. Con inmensas plantaciones de soja, maíz y algodón, y enormes rebaños de ganado, el Mato Grosso se convirtió en el mayor productor de soja de Brasil y en uno de los principales exportadores de commodities agrícolas del planeta.
Ese crecimiento agroindustrial, sin embargo, convive con fuertes tensiones ambientales: la expansión de la frontera agrícola presiona sobre la Amazonia y el Cerrado y sobre las tierras indígenas, y coloca al estado en el centro del debate mundial sobre la deforestación. El Mato Grosso encarna así la doble cara del Brasil contemporáneo: potencia productiva y frente crítico de la crisis ambiental.
El Mato Grosso es un mosaico único de biomas. Al norte se extiende la Amazonia; en el centro, el Cerrado, con la espectacular Chapada dos Guimarães, un altiplano de mesetas rojizas, cascadas y miradores como el Morro dos Ventos, desde el que se divisa la inmensa llanura pantanera. Y al sur se despliega el Pantanal Norte, el mayor humedal del mundo.
El acceso al Pantanal por la Estrada Transpantaneira, que parte de Poconé, es uno de los mejores lugares del planeta para ver jaguares en libertad, junto a caimanes, capibaras, tuiuiús y una fauna extraordinaria. A ello se suma Nobres, con sus ríos de aguas transparentes ideales para la flotación entre peces. Historia colonial, cultura indígena y una naturaleza descomunal hacen del Mato Grosso uno de los destinos más asombrosos del interior de Brasil.
El sur del antiguo Mato Grosso fue, durante siglos, territorio de numerosos pueblos indígenas, muchos de los cuales persisten hasta hoy. Mato Grosso do Sul tiene la tercera mayor población indígena de Brasil, con más de cien mil personas de etnias como los Guaraní-Kaiowá, los Terena, los Kadiwéu —herederos de los temibles guaicurúes, 'los indios jinetes' del Chaco—, los Kinikinaw, los Ofaié y los Guató, pueblo canoero del Pantanal.
Los Kadiwéu son célebres por su arte gráfico y su cerámica, que fascinaron al antropólogo Claude Lévi-Strauss cuando los visitó en los años 1930 y describió en 'Tristes Trópicos'. La fuerte presencia indígena da al estado una identidad de frontera cultural, en estrecho contacto con Paraguay y Bolivia.
La ocupación no indígena del sur de Mato Grosso se organizó en torno a la ganadería extensiva de las grandes estancias y a la explotación de la yerba mate, en contacto estrecho con Paraguay. La región fue una de las más golpeadas por la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870): las tropas de Solano López invadieron el sur mato-grosense al inicio del conflicto, arrasando villas y estancias, en uno de los episodios que definieron la memoria histórica de la zona.
Tras la guerra, la frontera se repobló lentamente. Campo Grande, la futura capital, nació en 1899 como un cruce de caminos en la ruta ganadera y creció con la llegada del ferrocarril Noroeste do Brasil a comienzos del siglo XX, que la conectó con São Paulo y con la frontera boliviana y le dio impulso comercial y estratégico.
El enorme tamaño del Mato Grosso y las diferencias entre su mitad norte y su mitad sur alimentaron durante décadas un movimiento 'divisionista'. La separación se concretó el 11 de octubre de 1977, cuando el presidente Ernesto Geisel firmó la Ley Complementaria N.º 31, que creó el estado de Mato Grosso do Sul con capital en Campo Grande. El nuevo estado, formado por 55 municipios, comenzó a funcionar plenamente el 1 de enero de 1979.
La decisión buscaba administrar mejor un territorio inmenso y potenciar el desarrollo agropecuario del sur. Con una fuerte impronta de frontera, el estado combina influencias brasileñas, paraguayas y de inmigrantes japoneses, sirio-libaneses y paraguayos, en una mezcla cultural que se refleja en su música, su acento y su cocina —del tereré, el mate helado heredado de los guaraníes, a la sopa paraguaya.
Mato Grosso do Sul concentra la mayor parte del Pantanal, el humedal más grande del mundo, que en época de lluvias se inunda formando un inmenso mosaico de lagunas, ríos y campos. Es uno de los mayores santuarios de biodiversidad del planeta: capibaras, yacarés, ciervos de los pantanos, guacamayos azules, tuiuiús —el ave símbolo de la región— y una de las mayores concentraciones de jaguares del mundo.
El acceso desde el sur, por Miranda, Aquidauana y la 'Estrada Parque', permite recorrer un paisaje donde la vida silvestre se observa con una facilidad excepcional. La ganadería tradicional del pantaneiro —a caballo, entre las aguas— convive con un ecoturismo en expansión y con el desafío de proteger este bioma frágil frente a los incendios y la presión agrícola.
La otra gran joya del estado es Bonito, en la Serra da Bodoquena, epicentro del ecoturismo brasileño. Allí, ríos alimentados por manantiales calcáreos alcanzan una transparencia asombrosa que permite 'flotar' río abajo entre cardúmenes de peces, como en el Río da Prata o el Río Sucuri, en una experiencia comparable al buceo en aguas dulces.
Bonito guarda además paisajes subterráneos únicos: la Gruta do Lago Azul, con su lago interior de un azul intenso, y el Abismo Anhumas, una cueva a la que se desciende en rappel para bucear en su lago cristalino. Este modelo de turismo ordenado y sostenible convirtió a Mato Grosso do Sul en uno de los grandes destinos de naturaleza de Brasil, sumando a la fauna del Pantanal la magia de las aguas de Bonito.
A fines del siglo XVII, los bandeirantes paulistas hallaron oro en las 'minas generales' del interior, desatando la mayor fiebre del oro de la historia americana. En pocas décadas, una avalancha de buscadores llegados de todo el imperio y esclavizados africanos poblaron los valles y montañas, y surgieron ciudades ricas y refinadas: Vila Rica (fundada hacia 1698 y capital desde 1720), Mariana, São João del-Rei, Tiradentes, Sabará y Diamantina.
Aquellas villas mineras florecieron con un extraordinario arte barroco, el 'barroco mineiro', cuya cumbre fue el escultor y arquitecto Antônio Francisco Lisboa, el 'Aleijadinho', autor de iglesias, retablos y de los célebres profetas de piedra jabón de Congonhas. Vila Rica, rebautizada Ouro Preto, fue capital de Minas hasta 1897 y en 1980 se convirtió en la primera ciudad brasileña declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
El peso de los impuestos de la corona sobre el oro —en especial la 'derrama', el cobro forzoso de atrasos— provocó en 1789 la Inconfidência Mineira, la primera gran conspiración por la independencia de Brasil, inspirada por las ideas de la Ilustración y por la reciente independencia de los Estados Unidos. Reunió a poetas, sacerdotes, militares y hacendados de la élite minera, muchos de ellos endeudados y descontentos con Lisboa.
La conjura fue delatada y aplastada antes de estallar. De todos los implicados, hubo un solo condenado a muerte: Joaquim José da Silva Xavier, el alférez apodado 'Tiradentes' (sacamuelas), que asumió la responsabilidad y fue ahorcado y descuartizado en Río de Janeiro el 21 de abril de 1792. Con el tiempo se convirtió en el gran mártir y héroe de la independencia brasileña, patrono cívico de la nación, y su nombre da apellido a una de las ciudades históricas de Minas.
Agotado el oro hacia fines del siglo XVIII, Minas se reinventó con la ganadería lechera, el queso y el café, que la hicieron una de las provincias más pobladas y prósperas del Imperio. Durante la Primera República, su alianza política con São Paulo —el 'café con leche', el café paulista y la leche minera— dominó la vida nacional y turnó a ambos estados en la presidencia.
En el siglo XX, Minas se convirtió además en el corazón siderúrgico de Brasil gracias al hierro del Quadrilátero Ferrífero, una región de unos 7.000 km² en torno a Ouro Preto, Mariana e Itabira que produce la mayor parte del mineral de hierro del país y que, a través de la empresa Vale, abastece a las siderúrgicas nacionales y a la exportación. Ese mismo hierro fue el origen de tragedias ambientales como las ruptura de las represas de residuos de Mariana (2015) y Brumadinho (2019).
En 1897, Minas trasladó su capital de la antigua Ouro Preto a una ciudad nueva y planificada: Belo Horizonte, una de las primeras ciudades diseñadas de Brasil, con un trazado en damero y avenidas amplias, pensada como símbolo del progreso republicano. Su crecimiento la convirtió en la tercera metrópoli del país.
En los años 1940, el joven alcalde Juscelino Kubitschek encargó a Oscar Niemeyer el conjunto arquitectónico de la Pampulha —con su célebre iglesia de São Francisco de Assis de líneas onduladas—, un ensayo de la arquitectura moderna que anticipó lo que ambos harían después en Brasilia. Belo Horizonte se afirmó así como cuna de la modernidad brasileña y como una capital vibrante, de bares (los 'botecos'), música y vida nocturna.
Minas Gerais es hoy un destino de historia, naturaleza y cultura. Sus ciudades barrocas —Ouro Preto, Tiradentes, Mariana, São João del-Rei, Diamantina, también Patrimonio de la Humanidad— forman el mayor conjunto colonial de Brasil. Cerca de Belo Horizonte, en Brumadinho, se encuentra Inhotim, el mayor museo-jardín de arte contemporáneo al aire libre del mundo, que combina galerías de artistas internacionales con un jardín botánico extraordinario.
La naturaleza minera ofrece la Serra do Cipó, los cañones y las aguas turquesa de Capitólio en el 'Mar de Minas', y la Serra da Canastra donde nace el río São Francisco. Y por encima de todo está la cocina mineira, quizá la más querida de Brasil: el pão de queijo, el feijão tropeiro, el pollo con quiabo, la cachaça artesanal y los quesos de montaña. Tierra de montañas, minas, santos y tradición, Minas es una de las grandes cunas de la identidad brasileña.
El territorio del Paraná estuvo habitado por pueblos tupí-guaraníes —los carijós del litoral— y por los kaingang y xokleng del interior, además de los hoy casi desaparecidos xetá. En el siglo XVII, los jesuitas españoles fundaron en la región del Guairá, al oeste, una constelación de reducciones guaraníes que llegaron a reunir a decenas de miles de indígenas evangelizados.
Ese florecimiento fue arrasado por las bandeiras paulistas de cazadores de esclavos, sobre todo las comandadas por Antônio Raposo Tavares, que entre 1628 y 1632 destruyeron las misiones del Guairá y arrastraron a miles de guaraníes hacia São Paulo. Los jesuitas y los indígenas sobrevivientes se replegaron hacia el sur, hacia lo que hoy es Rio Grande do Sul. El Guairá quedó despoblado y bajo control portugués de hecho.
La ocupación portuguesa efectiva comenzó por el litoral, con la búsqueda de oro. En el siglo XVII, mineros y aventureros llegaron a Paranaguá y remontaron la Serra do Mar hasta el altiplano, donde nació Curitiba. Las historias de 'enormes minas' resultaron exageradas —el especialista Rodrigo de Castel Blanco lo advirtió al rey en 1680—, pero el ciclo dejó los primeros núcleos poblados del estado.
El gran motor del siglo XVIII fue el tropeirismo. La apertura de la estrada de Viamão a Sorocaba en 1731 convirtió al Paraná en paso obligado del comercio de mulas y ganado que bajaba del sur hacia las ferias de São Paulo. Al calor de esa ruta surgieron ciudades como Lapa, Ponta Grossa y Castro, y se consolidó la extracción de la erva-mate y de la madera de araucaria, el pino símbolo del estado.
Durante siglos, la región dependió administrativamente de São Paulo como la 5ª Comarca. El impulso separatista creció al calor de la próspera economía de la erva-mate —exportada a Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile— y de tensiones políticas con la provincia madre, entre ellas el castigo a São Paulo por su papel en revueltas liberales.
La Ley Imperial n.º 704, sancionada el 28 de agosto de 1853, creó la provincia del Paraná, que se desmembró oficialmente de São Paulo el 19 de diciembre de ese año, con Curitiba como capital. El nombre del nuevo estado —del tupí 'para-na', 'río grande como el mar'— aludía al gran río que baña su frontera occidental.
Desde fines del siglo XIX, el Paraná recibió una intensa colonización europea: polacos, ucranianos, italianos, alemanes, suizos y hasta una colonia neerlandesa (Castrolanda, cerca de Castro) poblaron el altiplano y desarrollaron la agricultura y la industria. Más tarde llegarían también inmigrantes japoneses. Esa mezcla dio al estado una fisonomía cultural singular en el sur de Brasil.
En el norte, las fértiles 'tierras roxas' atrajeron a caficultores de São Paulo y Minas Gerais, y ciudades como Londrina y Maringá crecieron vertiginosamente como frentes cafeeros entre 1950 y 1970, hasta que la 'geada negra' —la gran helada del 18 de julio de 1975— devastó los cafetales y aceleró el éxodo rural. Antes, entre 1912 y 1916, el interior fronterizo con Santa Catarina había sido escenario de la Guerra do Contestado, una sangrienta rebelión de campesinos pobres, liderados por monjes mesiánicos, contra el Estado y una compañía ferroviaria.
En el siglo XX, Curitiba se convirtió en un referente mundial de planificación urbana. A partir de la década de 1970, bajo la gestión del arquitecto e ingeniero Jaime Lerner, la ciudad implementó un pionero sistema de autobuses expresos por corredores exclusivos —antecedente del BRT hoy copiado en el mundo entero—, una red de parques y áreas verdes, y políticas de reciclaje y transporte que la volvieron sinónimo de ciudad sustentable en América Latina.
Esa impronta modernizadora convivió con el peso industrial del estado, potenciado por obras como la refinería Presidente Getúlio Vargas (1977) y la agroindustria de la soja, que sucedió al café como gran producto paranaense.
El Paraná guarda dos maravillas del agua. Las Cataratas del Iguazú, compartidas con Argentina y declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, despliegan casi trescientos saltos en el Parque Nacional do Iguaçu, uno de los mayores remanentes de selva atlántica del sur. Y la represa de Itaipú, sobre el río Paraná en la frontera con Paraguay, fue durante décadas la mayor hidroeléctrica del mundo por generación.
A ello se suman el histórico tren que baja por la Serra do Mar desde Curitiba hasta la colonial Morretes, la Ilha do Mel con sus playas y su faro, y las curiosas formaciones de arenisca del Parque Estadual de Vila Velha, esculpidas por millones de años de erosión. Del oeste de las grandes aguas al litoral atlántico, el Paraná ofrece uno de los conjuntos naturales más impresionantes de Brasil.
Antes de la llegada de los europeos, el litoral de la actual Paraíba estaba habitado por los potiguaras —cuyo nombre significa 'comedores de camarón' en tupí—, que dominaban las márgenes del río Paraíba, y por los tabajaras, además de pueblos del interior como los cariris y los ariús. Los potiguaras tejieron una alianza estratégica con los mercaderes franceses que traficaban palo brasil en la costa, lo que los convirtió en enemigos temibles de la corona portuguesa durante casi todo el siglo XVI.
La conquista de la Paraíba fue una de las más largas y difíciles de todo Brasil: los portugueses fracasaron una y otra vez ante la resistencia indígena. El detonante decisivo fue el ataque al engenho de Tracunhaém, que llevó a la creación de la Capitania Real de Paraíba en 1574. Recién el 5 de agosto de 1585 —día de Nuestra Señora de las Nieves—, una expedición comandada por Martim Leitão logró fundar de manera definitiva la ciudad de Nossa Senhora das Neves, futura João Pessoa, apoyándose paradójicamente en los tabajaras, que combatían contra los potiguaras. Poco después, João Tavares levantó el Forte São Filipe en la desembocadura del río, en honor al rey Felipe II de España, entonces también soberano de Portugal.
Como todo el Nordeste, la Paraíba organizó su economía colonial en torno a la caña de azúcar. La zona da mata y el litoral se cubrieron de engenhos trabajados por africanos esclavizados, y la ciudad —rebautizada Filipéia de Nossa Senhora das Neves en 1588— se consolidó como uno de los núcleos azucareros del imperio portugués.
Desde 1670, la ganadería extensiva empujó la ocupación hacia el interior semiárido, el sertão, dando origen a una sociedad de vaqueros, haciendas y una cultura ligada al ganado y a la resistencia frente a las sequías. Esa dualidad geográfica —el litoral verde y húmedo del azúcar, el brejo templado de la sierra y el sertão árido— marca hasta hoy la identidad paraibana.
Durante la expansión neerlandesa por el Nordeste azucarero, la Paraíba también cayó bajo dominio de la Compañía de las Indias Occidentales. Los holandeses llegaron a la región en 1625 y, tras varios intentos, tomaron la capital, que fue rebautizada Frederikstad —en honor al príncipe Federico Enrique de Orange—.
La ocupación se extendió hasta 1654, cuando los portugueses, con el apoyo decisivo de líderes locales, recuperaron el territorio dentro del proceso general de expulsión de los holandeses del Brasil. La resistencia paraibana quedó grabada en la memoria del estado como uno de los episodios fundacionales de su identidad.
En el siglo XIX la provincia adhirió a la independencia de Brasil y vivió las tensiones políticas del Imperio y la Primera República. El episodio que marcaría para siempre su historia ocurrió en 1930: João Pessoa Cavalcanti de Albuquerque, gobernador del estado y candidato a vicepresidente en la fórmula de la Alianza Liberal junto a Getúlio Vargas, fue asesinado el 26 de julio de 1930 en una confitería de Recife.
Su muerte fue uno de los detonantes inmediatos de la Revolución de 1930 que llevó a Vargas al poder y puso fin a la vieja república oligárquica. Ese mismo año, la capital —hasta entonces llamada Parahyba— pasó a llamarse João Pessoa en su homenaje. El lema del escudo del estado, 'Nego' ('me niego'), alude a la firmeza con que João Pessoa se rehusó a plegarse a la política dominante, y quedó como símbolo del carácter paraibano.
La Paraíba es una de las grandes cunas de la cultura popular del Nordeste. La literatura de cordel —esos folletos de poesía narrativa colgados de cordeles en las ferias—, el forró, la festa junina y la tradición del repente y la viola forman parte del alma del estado. La ciudad de Campina Grande, en el agreste, se disputa con Caruaru el título del 'mayor São João del mundo', una fiesta junina multitudinaria.
La Paraíba dio también a Brasil figuras intelectuales de primer orden: el poeta Augusto dos Anjos, autor de una obra tan singular como sombría; Epitácio Pessoa, presidente de la República entre 1919 y 1922; y el escritor José Américo de Almeida, autor de 'A Bagaceira', considerada pionera de la novela regionalista nordestina. El cineasta contemporáneo y buena parte de la música de raíz nordestina beben de esta matriz cultural.
El gran emblema geográfico de la Paraíba es la Ponta do Seixas, en João Pessoa: el punto más oriental de las Américas continentales, allí donde amanece antes que en cualquier otro rincón del continente. El Farol do Cabo Branco, obra art déco levantada sobre las falésias, marca ese extremo simbólico y se ha vuelto la postal del estado.
João Pessoa, además, presume de ser una de las ciudades más verdes del mundo, con el Parque Arruda Câmara y la Mata do Buraquinho, un fragmento de selva atlántica en pleno tejido urbano. Su litoral de playas serenas y arrecifes —Tambaú, Cabo Branco, Coqueirinho al sur— y el brejo fresco de la sierra completan una oferta que combina naturaleza, historia colonial y una intensa vida cultural popular.
El Pará fue la puerta de la conquista portuguesa de la Amazonia. El 12 de enero de 1616, Francisco Caldeira Castelo Branco fundó, cerca de la desembocadura del gran río, el fuerte que dio origen a Belém —inicialmente llamado 'Feliz Lusitânia'—, con la misión de defender la región frente a franceses, holandeses e ingleses que rondaban la costa. Desde allí, portugueses y misioneros remontaron el Amazonas, sometieron o esclavizaron a los pueblos indígenas y consolidaron el dominio luso sobre toda la cuenca.
Durante el período colonial, Belém y toda la Amazonia formaron el Estado do Grão-Pará e Maranhão, una unidad administrativa separada del resto de Brasil y vinculada directamente a Lisboa, orientada hacia el Atlántico Norte más que hacia el sur brasileño. La ciudad se convirtió en la gran metrópoli del norte y en el centro desde el cual se gobernó la Amazonia durante siglos.
El Pará fue escenario de una de las rebeliones más radicales y sangrientas de toda la historia de Brasil: la Cabanagem (1835-1840). Fue una revuelta de indígenas, negros esclavizados y mestizos pobres —los 'cabanos', llamados así por las humildes cabañas ribereñas en que vivían— contra las élites blancas y la lejana autoridad imperial. En el punto álgido del movimiento, los rebeldes llegaron a tomar Belém y a gobernar la provincia, un hecho excepcional en la historia latinoamericana.
La represión imperial fue brutal: se calcula que la guerra costó la vida a unas 30.000 a 40.000 personas, quizá una quinta parte de la población de la provincia. La Cabanagem es recordada como la única rebelión del Brasil imperial en que las capas más pobres de la población conquistaron efectivamente el poder, aunque fuera por poco tiempo, y sigue siendo un símbolo de la lucha popular amazónica.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la fiebre del caucho —el látex del Hevea brasiliensis, indispensable para la industria del neumático— transformó a Belém, junto con Manaos, en una ciudad opulenta. El dinero del caucho financió una modernización deslumbrante: se levantaron el Teatro da Paz (1878), el Palacio Lauro Sodré, el Palacio Antônio Lemos, y se remodeló el mercado del Ver-o-Peso (en su forma actual, de 1901), a orillas del río Guamá, hoy considerado la mayor feria al aire libre de América Latina.
Belém adoptó los mangos que hoy sombrean sus avenidas, un urbanismo afrancesado y una vida cultural intensa, en plena selva. Cuando el caucho asiático hundió el mercado hacia 1912, la ciudad conservó ese legado arquitectónico como testimonio de su época dorada. Belém es hoy una metrópoli de más de un millón de habitantes y la gran capital cultural del norte de Brasil.
El Pará ofrece algunos de los paisajes más asombrosos de la Amazonia. La isla de Marajó, en la desembocadura del Amazonas, es la mayor isla fluviomarítima del mundo: una tierra de campos inundables, rebaños de búfalos —traídos, según la leyenda, de un naufragio—, comunidades ribereñas y la memoria de la sofisticada cultura marajoara, cuya cerámica milenaria es una de las más notables de la América precolombina.
Cerca de Santarém, en el punto donde el río Tapajós de aguas verdes se une al Amazonas, se encuentra Alter do Chão, con sus playas de arena blanca que emergen en la estación seca y que le valieron el apodo de 'Caribe amazónico'. A ello se suma una inmensa selva atravesada por ríos gigantescos, con parques nacionales y una biodiversidad extraordinaria, en un estado que combina el mundo fluvial con el atlántico.
La cultura del Pará es una de las más ricas y singulares de Brasil. Su gran manifestación es el Círio de Nazaré, la mayor procesión católica del país: cada octubre, millones de fieles acompañan la imagen de Nuestra Señora de Nazaré por las calles de Belém, en una de las mayores demostraciones de fe del mundo, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.
En la música, el Pará es cuna del carimbó —ritmo afroindígena de tambores— y del moderno tecnobrega y del guitarrada. Y en la mesa, su cocina de raíz indígena es de las más originales de Brasil: el tacacá con jambu (la hierba que 'adormece' la boca), el pato no tucupi, el açaí consumido salado con pescado y farinha, y el maniçoba. Belém, sede de importantes cumbres ambientales internacionales, se ha vuelto además un escaparate mundial del debate sobre el futuro de la Amazonia.
Pernambuco fue la capitanía hereditaria concedida en 1534 a Duarte Coelho, que llegó al año siguiente y, tras derrotar en 1537 a los caetés aliados de los franceses, fundó Olinda sobre una antigua aldea indígena. Con su suelo de massapê fértil, la región se transformó en la más próspera del Brasil colonial gracias a la caña de azúcar: el litoral se cubrió de engenhos trabajados por miles de africanos esclavizados, y Olinda llegó a ser una de las ciudades más ricas de toda América.
La abundancia de este 'oro blanco' —y del puerto de Recife, que canalizaba su comercio— hizo de Pernambuco un premio codiciado por las potencias europeas y el escenario de tensiones sociales que estallarían siglos después, como la Guerra dos Mascates de 1710, que enfrentó a los comerciantes de Recife con la vieja aristocracia rural de Olinda.
Entre 1630 y 1654, la Compañía neerlandesa de las Indias Occidentales ocupó Pernambuco, atraída justamente por su riqueza azucarera. El período de esplendor llegó bajo el gobierno del conde Juan Mauricio de Nassau (1637-1644), que hizo de Recife —y de la vecina Mauritsstad, en la isla de Antônio Vaz— una ciudad moderna, con puentes, palacios, un observatorio y un jardín botánico.
Nassau proclamó una notable libertad de culto y de comercio, que atrajo a judíos sefardíes —que erigieron en Recife la Kahal Zur Israel, la primera sinagoga de las Américas— y a artistas como los pintores Frans Post y Albert Eckhout, que retrataron por primera vez los paisajes y la gente del trópico brasileño. La partida de Nassau precipitó la reacción portuguesa.
La expulsión de los holandeses se selló en las dos batallas de los montes Guararapes, en 1648 y 1649, cerca de Recife. Allí combatió una alianza de portugueses, indígenas —bajo el liderazgo del jefe potiguar Felipe Camarão— y negros libres —comandados por Henrique Dias—, en una gesta que la tradición militar brasileña considera el hito fundacional del Ejército y de un incipiente sentimiento de identidad nacional. Los holandeses capitularon definitivamente en 1654.
En el interior, en la Serra da Barriga (hoy en Alagoas, pero surgido bajo la capitanía de Pernambuco), se levantó durante casi todo el siglo XVII el Quilombo dos Palmares, la mayor comunidad de esclavos fugados de la historia de América. Su resistencia, encarnada en el líder Zumbi, fue aplastada recién en 1694-1695 por tropas bandeirantes traídas del sur. Zumbi es hoy héroe de la conciencia negra brasileña.
Pernambuco fue el foco más persistente de rebeldía política del Brasil monárquico. La Revolución Pernambucana de 1817, provocada por la crisis del azúcar y el algodón, el descontento con el monopolio comercial portugués y las ideas ilustradas, proclamó por primera vez una república en suelo brasileño y llegó a instalar un gobierno provisional, antes de ser derrotada por las tropas de la corona.
En 1824 estalló la Confederación del Ecuador, que buscó unir a Pernambuco, Ceará, Rio Grande do Norte y Paraíba en una república separada del Imperio de Pedro I. Su gran figura fue el fraile Joaquim do Amor Divino Rabelo, 'Frei Caneca', que ya había participado en la revolución de 1817; capturado, fue fusilado ese mismo año. Aún faltaba la Revolução Praieira de 1848, la última gran rebelión provincial del Imperio. Esa tradición insumisa forma parte del orgullo pernambucano.
Pernambuco es una de las mayores potencias culturales de Brasil. Es cuna del frevo —danza y música frenética de sombrilla, hoy Patrimonio Inmaterial de la Humanidad— y del maracatu, cuyos tambores hunden sus raíces en las cofradías afrobrasileñas. El Carnaval de Recife y Olinda, con su gigantesco muñeco 'Galo da Madrugada' —considerado el mayor bloque carnavalesco del mundo—, es uno de los más originales del planeta. En los años 90, el movimiento manguebeat de Chico Science fusionó esas raíces con el rock y la electrónica.
La tierra dio también pensadores decisivos: el abolicionista Joaquim Nabuco, una de las grandes voces contra la esclavitud; el sociólogo Gilberto Freyre, autor de 'Casa-Grande & Senzala', obra fundamental para entender la formación de Brasil; y el educador Paulo Freire, cuyo método de alfabetización nació en el interior pernambucano.
El casco colonial de Olinda, encaramado en su colina de iglesias barrocas y casonas coloridas, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982. Recife, la 'Venecia brasileña' surcada de ríos y puentes, conserva en su Recife Antigo la impronta del período holandés y una intensa vida cultural.
Frente a la costa, en pleno Atlántico, el archipiélago volcánico de Fernando de Noronha —a unos 535 km de Recife y parte del estado desde 1988— es un santuario de aguas transparentes, tortugas, tiburones y delfines rotadores, también Patrimonio de la Humanidad. Y en el litoral sur, Porto de Galinhas seduce con sus piscinas naturales de arrecife y sus jangadas, uno de los destinos de playa más famosos de todo Brasil.
A diferencia de casi todo Brasil, el Piauí no fue poblado desde el litoral hacia el interior, sino al revés. Desde la segunda mitad del siglo XVII, vaqueros procedentes del Vale do São Francisco y de Bahía avanzaron hacia el norte en busca de pastos, siguiendo el curso del río Parnaíba, que da nombre y vida al estado. La ganadería extensiva fue durante siglos la base económica de esta tierra semiárida.
La figura clave de esa colonización fue Domingos Afonso Mafrense, apodado 'capitão Domingos Sertão', que llegó a acumular unas treinta haciendas ganaderas y, al morir, las donó en 1711 a los jesuitas, cuya labor fue decisiva en el desarrollo de la actividad pecuaria. El Piauí fue jurisdicción del Maranhão desde 1715 y se convirtió en capitanía propia en 1758, con Oeiras como primera capital.
Oeiras, en el interior sertanero, fue durante casi un siglo el centro político y religioso del Piauí, y conserva un notable patrimonio colonial y una intensa Semana Santa. Pero su ubicación mediterránea dificultaba el comercio.
En 1852, la capital se trasladó a una ciudad nueva y planificada junto al río Parnaíba: Teresina, bautizada en homenaje a la emperatriz Teresa Cristina, esposa de Pedro II. Teresina tiene la particularidad de ser la única capital del Nordeste que no está sobre el mar, y creció como nudo comercial entre el sertão y el litoral, aprovechando la navegación fluvial del Parnaíba.
El Piauí protagonizó uno de los pocos enfrentamientos armados de la independencia de Brasil. El 13 de marzo de 1823, en Campo Maior, milicias populares de piauienses, cearenses y maranhenses —muchos sin ninguna instrucción militar, armados con cuchillos y herramientas de labranza— resistieron a las tropas portuguesas del general João José da Cunha Fidié en la sangrienta batalha do Jenipapo.
Aunque fueron derrotados en el campo, la resistencia desgastó a las fuerzas lusitanas y aceleró la adhesión del Piauí y de todo el norte al Brasil independiente. La fecha es hoy conmemorada como símbolo del sacrificio popular en la emancipación nacional.
La economía histórica del Piauí, más allá del ganado, se sostuvo en la extracción de productos del sertão: la palma carnaúba —de cuyas hojas se obtiene una cera valiosísima, usada en la industria mundial— y el babaçu, cuyo coco daba aceite. Fue una economía dura, marcada por las sequías cíclicas que forjaron la cultura del vaquero, la fe popular y la resistencia frente a la adversidad.
Ese mundo sertanero dejó su huella en la literatura y en la música regional, y explica buena parte del carácter del piauiense: austero, tenaz y profundamente ligado a la tierra árida y a los grandes ríos que la atraviesan.
El gran tesoro del Piauí es el Parque Nacional Serra da Capivara, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991. Sus cañones y abrigos rocosos guardan el mayor conjunto de pinturas rupestres de todas las Américas —miles de paneles con escenas de caza, danza, sexo y vida cotidiana— con antigüedades que superan los diez mil años.
Las excavaciones dirigidas por la arqueóloga franco-brasileña Niède Guidon, sobre todo en el sitio de la Pedra Furada, arrojaron dataciones que ella situó en torno a los 50.000 años, lo que reavivó —de forma polémica y aún debatida— la discusión científica sobre la antigüedad del poblamiento humano del continente. El parque cuenta hoy con un moderno Museo del Hombre Americano y es uno de los sitios arqueológicos más importantes del mundo.
En el extremo norte, el pequeño litoral piauiense se despliega en el delta del Parnaíba, el único delta en mar abierto de las Américas: un laberinto de más de setenta islas, brazos de agua, manglares y dunas que se comparte con el vecino Maranhão.
Recorrido en lancha entre la fauna de garzas, monos y guarás rojos, el delta forma parte de la 'Rota das Emoções', el circuito turístico que enlaza el Piauí, Ceará y Maranhão. Junto a la Serra da Capivara, hace del Piauí un estado de contrastes extremos: del árido sertão prehistórico a los húmedos manglares del delta.
El territorio del Rio Grande do Norte estuvo habitado por los indígenas potiguaras y por grupos tapuias del interior. En 1501, una expedición portuguesa con Américo Vespucio alcanzó el Cabo de São Roque, el punto donde la costa brasileña 'dobla' hacia el sur. En 1535 se creó nominalmente la Capitania do Rio Grande, bajo el cronista João de Barros, pero la ocupación efectiva se demoró décadas por la fiereza de los potiguaras, aliados de los traficantes franceses de palo brasil.
Recién a fines del siglo XVI los portugueses lograron dominar la región. El potiguar más célebre, Poti —bautizado Antônio Filipe Camarão—, se convertiría luego en un héroe de las guerras contra los holandeses, cambiando de bando para luchar por la corona portuguesa.
Para asegurar la conquista, los portugueses levantaron en la barra del río Potengi una fortaleza estratégica: comenzada el día de Reyes de 1598, se la llamó Fortaleza dos Reis Magos y quedó terminada meses después. Su planta estrellada y sus puertas bajas y estrechas —pensadas para dificultar los asaltos— la convirtieron en una de las fortificaciones más singulares de Brasil.
Al amparo del fuerte, el 25 de diciembre de 1599, con una misa, se fundó la ciudad de Natal ('Navidad', por la fecha). La joven villa creció lentamente entre el ganado del sertão, la caña de azúcar y las primeras salinas del litoral.
Como parte del Brasil holandés, la región fue ocupada por los neerlandeses entre 1633 y 1654. Natal fue rebautizada 'Nova Amsterdã' y la Fortaleza dos Reis Magos pasó a llamarse Castelo de Keulen. La ocupación dejó una huella trágica: en 1645, durante la reacción contra el dominio holandés, se produjeron las masacres de Cunhaú y Uruaçu, en las que fueron asesinados numerosos católicos —hoy venerados como los 'mártires de Natal', canonizados por la Iglesia—.
Tras la expulsión definitiva de los holandeses en 1654, el Rio Grande do Norte volvió a manos portuguesas y siguió su desarrollo lento, ligado a la ganadería y a los productos del sertão.
La economía histórica del estado se apoyó en el algodón —principal producto colonial y de comienzos del siglo XX—, en la ganadería de la región del Seridó y, sobre todo, en la sal marina. Las grandes salinas del litoral norte, en torno a Mossoró y Areia Branca, hicieron del Rio Grande do Norte el mayor productor de sal marina de Brasil, con más del 90% de la producción nacional.
El duro sertão también fue escenario del cangaço: en 1927, el legendario bandolero Lampião (Virgulino Ferreira da Silva) intentó asaltar la ciudad de Mossoró, pero sufrió allí una de sus pocas derrotas, gracias a la resistencia organizada de la población, un episodio que forma parte del orgullo local.
Por su ubicación en la esquina de Sudamérica —el punto más cercano a África—, el Rio Grande do Norte tuvo un papel estratégico en la Segunda Guerra Mundial. En Parnamirim, junto a Natal, los Estados Unidos instalaron la base aérea de Parnamirim Field, el mayor puente aéreo aliado hacia África y Europa, apodado el 'Trampolim da Vitória' ('Trampolín de la Victoria').
Entre 1942 y 1945, decenas de miles de aviones y miles de soldados estadounidenses pasaron por allí camino del frente africano y europeo. La presencia americana dejó una huella cultural duradera en Natal —desde el chicle y las novedades del mundo hasta encuentros que marcaron a la ciudad—, y hoy se recuerda en el Centro Cultural Trampolim da Vitória.
Hoy el Rio Grande do Norte es sinónimo de sol y playa. Natal, la 'ciudad del sol', se extiende junto a las gigantescas dunas de Genipabu, que se recorren en buggy en uno de los paseos más famosos del Nordeste. Al sur, Pipa combina falésias rojas, delfines, tortugas y un ambiente cosmopolita que la volvió meca del turismo joven.
El estado, situado justo en la esquina donde Brasil dobla del norte hacia el sur, presume de tener uno de los mejores climas y de las aguas más cálidas y transparentes del país. La memoria del erudito Luís da Câmara Cascudo, el gran folclorista brasileño nacido en Natal, impregna además la identidad cultural potiguar.
El Rio Grande do Sul estuvo habitado desde hace unos doce mil años, según los vestigios arqueológicos. En la época de la colonización, la vasta pradera de la Pampa era hogar de los charrúas, minuanos y de los xokleng y kaingang de las sierras, además de los guaraníes del oeste.
A partir de 1627, los jesuitas españoles fundaron en la margen oriental del río Uruguay las célebres reducciones guaraníes. Los Sete Povos das Missões —entre ellos São Miguel Arcanjo, cuyas ruinas son hoy Patrimonio de la Humanidad— reunieron a decenas de miles de indígenas en un experimento único de comunidad cristiana y guaraní, con arquitectura, música y arte propios, hasta su destrucción tras el Tratado de Madrid.
Durante siglos, el sur fue una frontera móvil y sangrienta entre las coronas de Portugal y España, que se disputaban el control de la Banda Oriental y de la Pampa. En 1737, el brigadier José da Silva Pais fundó el fuerte de Rio Grande, primer núcleo portugués estable. En 1742, portugueses llegados de las Azores fundaron Porto dos Casais, futura Porto Alegre.
El Tratado de Madrid de 1750, que intentó fijar los límites cediendo las misiones a Portugal, desató la Guerra Guaranítica: los guaraníes de los Sete Povos, liderados por figuras como Sepé Tiaraju, se negaron a abandonar sus tierras y fueron aplastados por las tropas conjuntas hispano-portuguesas. La frontera siguió disputándose durante décadas.
La ganadería extensiva de la Pampa forjó al gaúcho brasileño: el jinete de las estancias, con su mate, su bombacha, su facón y su churrasco, símbolos de una cultura de frontera compartida con Argentina y Uruguay. La gran industria colonial fue el charque —la carne salada y secada al sol—, producido sobre todo en las charqueadas de Pelotas con trabajo esclavo, que alimentaba a las poblaciones esclavas del resto de Brasil.
Esa economía ganadera y esa identidad ecuestre dieron al estado un carácter propio, orgullosamente regional, con su tradicionalismo, su música nativista y sus centros de tradiciones gaúchas (CTGs) que perviven hasta hoy.
El episodio más glorioso de la historia gaúcha es la Revolución Farroupilha, que comenzó el 19 de septiembre de 1835 y se extendió hasta 1845: la más larga rebelión de la historia de Brasil. Liderados por Bento Gonçalves da Silva, los estancieros del sur —hartos de los impuestos que gravaban el charque frente al importado— se alzaron contra el Imperio y llegaron a proclamar, en 1836, la independiente República Rio-Grandense (o de Piratini).
A la causa se sumó el revolucionario italiano Giuseppe Garibaldi, que combatió por los farrapos y ayudó a proclamar la efímera República Juliana en la vecina Santa Catarina. Tras diez años de guerra, los farrapos firmaron la paz en 1845, reintegrándose al Imperio con honores. La epopeya dejó un fuerte sentimiento de identidad regional que el estado celebra cada 20 de septiembre en la Semana Farroupilha.
En el siglo XIX, el Rio Grande do Sul recibió una intensa colonización europea. Los primeros inmigrantes alemanes desembarcaron en 1824 y se instalaron en São Leopoldo, en el valle del río dos Sinos; los italianos llegaron a partir de 1875 —unos 60.000 hasta 1889— y poblaron los valles de la Serra Gaúcha.
De esa herencia nacieron el vino brasileño de la región de Bento Gonçalves y Caxias do Sul —hoy el mayor polo vitivinícola del país—, las ciudades de aire alpino como Gramado y Canela, con sus fiestas del Natal Luz y la Festa da Uva, y una cocina y una arquitectura singulares que dan a la sierra una fisonomía europea inconfundible.
El Rio Grande do Sul dio a Brasil una de sus figuras políticas más decisivas: Getúlio Vargas, nacido en São Borja, que fue presidente del estado en 1928 y llegó a la presidencia del país tras la Revolución de 1930, encabezada en buena parte por gaúchos. Vargas dominaría la política brasileña durante casi un cuarto de siglo, entre el Estado Novo y su regreso por el voto y trágico suicidio en 1954.
Ese peso político, sumado a su fuerza económica —agricultura, ganadería, industria y vino— y a su intensa vida cultural, convirtió al estado en uno de los grandes protagonistas de la historia contemporánea de Brasil, con Porto Alegre, a orillas del lago Guaíba, como su gran centro urbano.
En los Campos de Cima da Serra, el estado guarda uno de sus mayores tesoros naturales: los cañones de Itaimbezinho y Fortaleza, en los parques nacionales de Aparados da Serra y Serra Geral, con paredones verticales de cientos de metros, cascadas que se desploman al vacío y bosques de araucarias.
Accesibles desde el pueblo de Cambará do Sul, en el límite con Santa Catarina, estos cañones —entre los más profundos de Sudamérica— completan una geografía que va de la Pampa infinita a las tierras altas frías y neblinosas del extremo sur de Brasil.
El territorio de Rondônia, en la Amazonia suroccidental, fue durante milenios hogar de numerosos pueblos indígenas, muchos de los cuales aún habitan el estado. Los bandeirantes paulistas cruzaron la región desde Mato Grosso ya en el siglo XVI, en busca de indígenas y metales.
Para asegurar la frontera frente a España, los portugueses levantaron en 1776 el imponente Forte Príncipe da Beira, a orillas del río Guaporé, en la actual Costa Marques: una de las mayores fortificaciones coloniales de la Amazonia, hoy monumento histórico en plena selva.
La historia moderna de Rondônia está marcada por el auge del caucho de fines del siglo XIX, que llenó la Amazonia de seringueiros, y por una obra titánica: el ferrocarril Madeira-Mamoré. Impulsado por el empresario estadounidense Percival Farquhar, debía sacar el caucho de Bolivia y del Acre esquivando los rápidos innavegables del río Madeira, en cumplimiento del Tratado de Petrópolis de 1903.
Construido entre 1907 y 1912 —366 kilómetros de vías en plena selva—, se cobró miles de vidas por la malaria, la fiebre amarilla y otras enfermedades: los registros oficiales hablan de unos 1.500 muertos, aunque las estimaciones populares son mucho mayores, de ahí su apodo, 'la ferrovía del diablo' o 'el ferrocarril de la muerte'. El primer tren circuló el 1 de agosto de 1912, cuando el caucho amazónico ya se derrumbaba frente a la competencia asiática.
El estado lleva el nombre del mariscal Cândido Mariano da Silva Rondon, militar e ingeniero que a comienzos del siglo XX tendió líneas telegráficas a través de la selva —llegó a la región hacia 1906— conectando la remota frontera oeste con el resto del país.
Rondon fundó y encabezó el Serviço de Proteção aos Índios (SPI), pionero en la política indigenista brasileña, y quedó célebre por su lema: 'morir si es preciso, matar nunca'. En su honor, el territorio pasó a llamarse Rondônia. Antes se había creado, en 1943, el Território Federal do Guaporé, con capital en Porto Velho, rebautizado Rondônia en 1956.
En las décadas de 1970 y 1980, Rondônia fue el gran destino de la colonización dirigida de la Amazonia. Atraídas por incentivos fiscales del gobierno militar y por la promesa de tierra barata, miles de familias del sur y del sudeste llegaron por la carretera BR-364 —asfaltada en esos años— en busca de una nueva vida.
El resultado fue un crecimiento demográfico vertiginoso: la población pasó de unos 70.000 habitantes en 1960 a más de medio millón en 1980. Pero la ocupación acelerada disparó también una fuerte deforestación: para fines de los años 80 se estimaba que ya se había desmontado cerca de un tercio del territorio, y Rondônia se volvió símbolo mundial del avance de la frontera agrícola sobre la selva.
El descubrimiento de oro y de cassiterita (mineral de estaño) contribuyó también al auge poblacional, con oleadas de garimpeiros. En 1981, tras años como territorio federal, Rondônia fue elevada finalmente a la categoría de estado —el 23.º de la federación—, y en enero de 1982 asumió su primer gobernador, el coronel Jorge Teixeira de Oliveira.
En el siglo XXI, la construcción de las grandes usinas hidroeléctricas de Santo Antônio y Jirau sobre el río Madeira, con una potencia combinada superior a los 7.000 MW y pioneras en el uso de turbinas tipo bulbo, transformó de nuevo la economía y el paisaje del estado.
Porto Velho, la capital, a orillas del río Madeira, nació justamente al calor del ferrocarril Madeira-Mamoré y es hoy el corazón de un estado que combina agronegocio, ganadería, energía y grandes áreas de selva amazónica. Los antiguos galpones y locomotoras del ferrocarril, hoy convertidos en museo, recuerdan la epopeya y la tragedia que dieron origen a la ciudad.
Rondônia sintetiza como pocos estados las tensiones de la Amazonia contemporánea: el impulso desarrollista y colonizador por un lado, y por otro la defensa de la selva y de los derechos de los pueblos indígenas que el propio mariscal Rondon había buscado proteger.
Roraima, en el ángulo norte de Brasil, es un territorio singular dentro de la Amazonia: junto a la selva, se extienden vastas sabanas —el lavrado, de unos 44.000 km²— y se alzan los tepuyes, las mesetas de paredones verticales del antiquísimo Escudo Guayanés. En la triple frontera con Venezuela y Guyana se levanta el monte Roraima (2.772 m), que da nombre al estado y cuya meseta inspiró la literatura de aventuras del siglo XIX.
El río Branco, principal curso de agua del estado, articula toda su geografía. Es tierra ancestral de numerosos pueblos indígenas, entre ellos los yanomami de la selva y los macuxi, wapixana, taurepang, ingarikó, patamona y ye'kuana de las sabanas y las sierras.
Por su enorme lejanía, Roraima fue una de las últimas regiones incorporadas efectivamente a Brasil. En el siglo XVIII, para asegurar la posesión del valle del río Branco frente a las incursiones de españoles y holandeses, los portugueses levantaron en 1775 el Forte São Joaquim, en la confluencia de los ríos Uraricoera y Tacutu, pieza clave en la conquista de la región.
Durante mucho tiempo, la ganadería en las sabanas —con grandes haciendas de ganado cimarrón— fue prácticamente la única actividad económica de esta remota frontera del norte, aislada del resto del país.
Roraima fue creada como Território Federal do Rio Branco el 13 de septiembre de 1943, desmembrado del Amazonas; su primer gobernador llegó en junio de 1944. En 1962 pasó a llamarse Território Federal de Roraima, y finalmente la Constitución de 1988 lo elevó a la categoría de estado el 5 de octubre de ese año.
Su capital, Boa Vista, es la única capital brasileña situada íntegramente en el hemisferio norte, y destaca por su trazado urbano radial, con avenidas que parten en abanico desde el centro cívico junto al río Branco, un plan de urbanismo poco común en Brasil.
Desde fines de los años 80, la fiebre del oro llevó a decenas de miles de garimpeiros a invadir las tierras de los yanomami, provocando una catástrofe humanitaria: enfermedades, violencia, contaminación por mercurio y una fuerte mortandad indígena que conmovió al país y al mundo.
En 1992, tras años de campañas nacionales e internacionales, el gobierno demarcó la Tierra Indígena Yanomami, la mayor reserva indígena de Brasil. Pese a ello, las invasiones de mineros ilegales se han repetido en las décadas siguientes, y la crisis sanitaria yanomami volvió a estallar en los años recientes como uno de los grandes dramas sociales del país.
El otro gran territorio indígena del estado es la Raposa Serra do Sol, escenario de uno de los debates jurídicos más importantes de la historia brasileña. Habitada mayoritariamente por macuxi, wapixana, ingarikó, taurepang y patamona, fue homologada por decreto en 2005 como una tierra indígena continua, lo que enfrentó a los pueblos originarios con arroceros y ganaderos que ocupaban la zona.
El 19 de marzo de 2009, el Supremo Tribunal Federal confirmó la demarcación continua y ordenó la retirada de los ocupantes no indígenas, en un fallo histórico que sentó jurisprudencia sobre los derechos territoriales de los pueblos indígenas en todo Brasil. La reserva es hoy sede de las grandes asambleas del movimiento indígena roraimense.
En los últimos años, Roraima se convirtió en la principal puerta de entrada de la migración venezolana a Brasil: por la frontera de Pacaraima ingresaron cientos de miles de personas huyendo de la crisis del país vecino, lo que transformó profundamente ciudades como Boa Vista y planteó enormes desafíos de acogida.
Mitad selva amazónica y mitad sabana, con sus tepuyes milenarios y sus grandes tierras indígenas, Roraima es una frontera viva, remota y multicultural, donde se cruzan los debates más candentes del Brasil contemporáneo: los derechos indígenas, la minería, la deforestación y la migración internacional.
La bahía de Guanabara, habitada por los tupinambás, fue escenario en el siglo XVI de la disputa entre Portugal y Francia. En 1555, el navegante francés Nicolas Durand de Villegagnon fundó allí la 'Francia Antártica', un intento de colonia protestante y católica que se alió con los indígenas locales.
Para expulsarlos, los portugueses enviaron una expedición al mando de Estácio de Sá, que el 1 de marzo de 1565 fundó la ciudad de São Sebastião do Rio de Janeiro y creó la Capitanía Real de Río de Janeiro. Tras años de combates —en los que murió el propio Estácio de Sá— y con la ayuda de los jesuitas Manuel da Nóbrega y José de Anchieta, los franceses fueron definitivamente derrotados en 1567.
Durante el siglo XVI y XVII, Río creció como centro azucarero —la producción se desplazó desde São Vicente y llegó a contar con más de un centenar de engenhos— y como plaza fuerte del Atlántico Sur. Pero su gran salto llegó con la fiebre del oro de Minas Gerais a fines del siglo XVII: Río se convirtió en el puerto natural de salida del metal, conectado al interior por el 'Caminho Novo' y el 'Caminho Velho' (que bajaba a Paraty).
El auge minero volcó el eje económico de Brasil hacia el sudeste. En reconocimiento de ese nuevo peso, en 1763 la capital de la colonia se trasladó de Salvador a Río de Janeiro, que pasó a ser la ciudad más importante del Brasil portugués.
En 1808, huyendo de las tropas napoleónicas, la familia real portuguesa entera cruzó el Atlántico y se instaló en Río de Janeiro. Por primera vez en la historia, una colonia se convertía en la sede del gobierno de su imperio: don Juan (futuro Juan VI) abrió los puertos, fundó el Banco do Brasil, la Imprenta Real, el Jardín Botánico y la Academia Real Militar, y elevó a Brasil a la categoría de Reino Unido a Portugal.
Tras la independencia de 1822, Río fue la capital del Imperio de Brasil hasta 1889 y luego de la República hasta 1960. Aquí se coronaron los emperadores, se abolió la esclavitud y se proclamó la República. En 1834, la ciudad se transformó en 'Municipio Neutro' y la capital de la provincia de Río de Janeiro pasó a Niterói.
En el siglo XIX, el Vale do Paraíba fluminense —en el interior del estado— se convirtió en el mayor productor de café del mundo, sostenido por una masiva mano de obra esclava. Los barones del café de ciudades como Vassouras acumularon enormes fortunas y un poder político decisivo en el Imperio, y su decadencia tras la abolición de 1888 marcó a fuego la región.
En la fresca sierra fluminense, el emperador Pedro II hizo construir Petrópolis, la 'ciudad imperial', donde pasaba los veranos la corte y donde hoy el Museo Imperial conserva la corona y el trono del Imperio. Cerca, Teresópolis y la Serra dos Órgãos completan una región de montaña de clima templado a un paso de la capital.
Con la proclamación de la República en 1889 y la Constitución de 1891, la ciudad de Río de Janeiro se transformó en Distrito Federal, capital del país, que fue vitrina de reformas urbanas monumentales a comienzos del siglo XX. Cuando en 1960 la capital se mudó a Brasilia, el antiguo Distrito Federal se convirtió en un estado propio: el estado de Guanabara, reducido a la ciudad.
Durante la dictadura militar, el gobierno de Ernesto Geisel decretó en 1974 la fusión del pequeño estado de Guanabara con el estado de Río de Janeiro. La unión entró en vigor el 15 de marzo de 1975: Guanabara se transformó en municipio y la ciudad de Río de Janeiro pasó a ser la capital del estado ampliado, tal como lo conocemos hoy.
El paisaje carioca —montañas cubiertas de selva que caen al mar, Copacabana e Ipanema, la laguna Rodrigo de Freitas, el Cristo Redentor sobre el Corcovado (inaugurado en 1931) y el Pan de Azúcar— fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2012 como paisaje cultural. Es uno de los escenarios urbanos más espectaculares del mundo y el emblema turístico de Brasil, sede del Mundial de 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016.
Río es, además, la cuna de la cultura popular brasileña moderna: aquí nacieron el samba, el carnaval de las escuelas del sambódromo y, en los años 50, la bossa nova de Tom Jobim, Vinicius de Moraes y João Gilberto. Aunque la capital se mudó a Brasilia, Río sigue siendo la gran vidriera cultural del país.
Más allá de la capital, el estado ofrece un litoral de una diversidad extraordinaria. Hacia el este, la Região dos Lagos reúne la cosmopolita Búzios —que Brigitte Bardot puso de moda en los años 60—, Cabo Frio y Arraial do Cabo, de aguas cristalinas y color caribeño.
Hacia el oeste se extiende la Costa Verde, con Paraty —antiguo puerto de salida del oro, hoy joya colonial y Patrimonio de la Humanidad—, Angra dos Reis y sus cientos de islas, y la salvaje Ilha Grande, con su selva atlántica y sus playas paradisíacas. Del mar a la sierra, el estado de Río concentra algunos de los paisajes más queridos de todo Brasil.
El litoral de Santa Catarina estuvo habitado por los indígenas carijós (tupí-guaraníes) y, en el interior, por los xokleng y kaingang. Las primeras poblaciones portuguesas permanentes surgieron en el siglo XVII: São Francisco do Sul, fundada hacia 1658, y sobre todo Nossa Senhora do Desterro —hoy Florianópolis—, establecida en 1673 por el bandeirante Francisco Dias Velho en la isla de Santa Catarina.
Entre 1748 y 1756, la corona portuguesa promovió la llegada de unos cinco mil inmigrantes azorianos —de las islas Azores— para poblar y asegurar el litoral sur. Estos colonos dejaron una impronta profunda en la cultura, la arquitectura, la religiosidad y la pesca artesanal de la costa catarinense, con sus festas do Divino y su renda de bilro (encaje de bolillos).
Por su posición estratégica en la ruta al sur, la isla de Santa Catarina fue fortificada en el siglo XVIII con un sistema de fortalezas —Anhatomirim, Santa Cruz de Ratones, São José da Ponta Grossa— para defender el acceso a la región frente a españoles y a otras potencias.
En 1777, tras una breve ocupación española, el Tratado de Santo Ildefonso reconoció la isla como posesión portuguesa, consolidando el dominio luso sobre el litoral catarinense. Estas fortalezas, hoy restauradas, son uno de los patrimonios históricos más visitados de Florianópolis.
En el siglo XIX, Santa Catarina recibió una fuerte inmigración germánica e italiana que colonizó los valles del interior. Los alemanes fundaron São Pedro de Alcântara (1829) y, sobre todo, Blumenau (1850), creada por el farmacéutico Hermann Blumenau, y Joinville (Colônia Dona Francisca, 1851); los italianos poblaron el sur del estado.
De esa herencia nacieron una pujante industria textil y metalúrgica, ciudades de arquitectura enxaimel (entramado de madera) y tradiciones como la Oktoberfest de Blumenau, la mayor fiesta de la cerveza de América. Esa impronta europea, sumada a la azoriana del litoral, da a Santa Catarina una identidad cultural muy distinta a la del resto de Brasil.
Santa Catarina fue escenario de dos episodios rebeldes notables. En 1839, en plena Revolución Farroupilha, el italiano Giuseppe Garibaldi ayudó a proclamar en Laguna la efímera República Juliana, extensión de la insurrección gaúcha en tierras catarinenses.
Más tarde, entre 1912 y 1916, el interior del estado —en el límite con Paraná— fue el escenario de la Guerra do Contestado, uno de los conflictos sociales más sangrientos de la historia de Brasil: miles de campesinos pobres, movilizados por un fervor religioso mesiánico en torno a monjes como José María, se enfrentaron al Estado, al ejército y a la poderosa compañía ferroviaria y maderera (Lumber Company) que construía la línea São Paulo-Rio Grande y expulsaba a los caboclos de sus tierras. La represión fue brutal.
Tras la proclamación de la República, la capital protagonizó la Revolución Federalista de la década de 1890. En 1894, la ciudad de Nossa Senhora do Desterro fue rebautizada Florianópolis en homenaje al presidente Floriano Peixoto, que había sofocado la revuelta, nombre que conserva hasta hoy.
A lo largo del siglo XX, Florianópolis pasó de villa pesquera a capital moderna y a uno de los grandes polos turísticos y tecnológicos del sur de Brasil, con una de las mejores calidades de vida del país.
Santa Catarina es hoy uno de los grandes destinos turísticos de Brasil. La isla de Florianópolis, 'Floripa', ofrece más de cuarenta playas, lagunas y una vibrante vida de surf y verano; el litoral suma la moderna Balneário Camboriú, la buceadora Bombinhas, Garopaba y la Praia do Rosa, meca del surf y del avistaje de ballenas jorobadas que se reproducen frente a la costa.
Tierra adentro, la Serra Catarinense, con São Joaquim y Urubici, es el rincón más frío de Brasil, uno de los pocos lugares del país donde nieva en invierno, con sus manzanares, sus vinos de altura y sus paisajes de montaña. Del mar a la sierra, el estado condensa una diversidad poco común en el trópico.
El territorio de Sergipe, habitado por indígenas tupinambás y por grupos kariri del interior, quedó durante décadas como una franja intermedia entre los dos grandes polos azucareros de la colonia: Salvador de Bahía al sur y Pernambuco al norte. Su conquista respondió a una necesidad estratégica: asegurar la ruta terrestre entre ambos y proteger el litoral de los ataques y del comercio francés.
En enero de 1590, el capitán portugués Cristóvão de Barros sometió a los indígenas en una campaña sangrienta y fundó, junto a la desembocadura del río Sergipe, la villa de São Cristóvão de Sergipe d'El Rei, tras levantar el fuerte de Cotinguiba. Es la cuarta ciudad más antigua de Brasil.
São Cristóvão fue la capital de la capitanía durante todo el período colonial y conserva un notable conjunto barroco: su Praça São Francisco, con la iglesia y el convento franciscanos, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2010, como uno de los mejores ejemplos de la arquitectura urbana ibérica en el Nuevo Mundo.
Durante el dominio neerlandés del Nordeste (1637-1645), Sergipe también sufrió la ocupación y una fuerte crisis económica. Tras la expulsión de los holandeses, la región retomó su desarrollo en torno a la caña de azúcar, la ganadería y, más tarde, el algodón.
Durante buena parte de su historia, Sergipe dependió administrativa y económicamente de Bahía. Recién en 1820 —en vísperas de la independencia— se erigió como capitanía autónoma, separada de la vecina Bahía, lo que consolidó su identidad como unidad política propia.
En el siglo XIX, escritores nacidos en el estado como Tobias Barreto y Sílvio Romero, figuras clave de la 'Escuela de Recife' y del pensamiento crítico brasileño, proyectaron a Sergipe en el panorama cultural e intelectual del país, muy por encima de su pequeño tamaño.
A mediados del siglo XIX, los señores de ingenio impulsaron el traslado de la capital a un sitio con un puerto capaz de recibir barcos de mayor calado, para facilitar la exportación del azúcar. Así, el 17 de marzo de 1855, la capital pasó de la mediterránea São Cristóvão a una ciudad nueva y planificada junto al mar: Aracaju.
Trazada en damero por el ingeniero Sebastião José Basílio Pirro, Aracaju fue una de las primeras capitales de Brasil concebidas con un plan urbano regular, después de Salvador y Teresina. Su crecimiento la convirtió en el gran centro comercial y político del estado.
Sergipe está atravesado en su frontera norte por el gran río São Francisco, el 'río de la integración nacional', que lo separa de Alagoas. Sobre ese río, la represa de Xingó formó el impresionante Cânion do Xingó: un laberinto de paredones rocosos y aguas de un intenso color esmeralda que se recorre en catamarán desde Canindé de São Francisco, uno de los grandes atractivos naturales de todo el Nordeste.
La región de Xingó guarda además importantes yacimientos arqueológicos, con vestigios de antiguos pueblos que habitaron las márgenes del São Francisco, y un museo dedicado a esa arqueología ribereña.
Con apenas unos 21.900 km², Sergipe es el estado de menor superficie de Brasil, lo que no le resta densidad histórica ni cultural. Aracaju, con sus playas urbanas, sus pasarelas sobre los manglares (los famosos passadiços do caranguejo) y su animada orilla del río, completa la oferta de un estado que combina patrimonio colonial, naturaleza fluvial y tradición nordestina.
De la barroca São Cristóvão a los cañones de Xingó, pasando por la moderna Aracaju, el pequeño Sergipe condensa en poco territorio buena parte de la historia del Nordeste azucarero y ribereño.
São Paulo nació el 25 de enero de 1554, cuando los jesuitas José de Anchieta y Manuel da Nóbrega fundaron el Colégio de São Paulo de Piratininga en el altiplano, a unos setenta kilómetros del litoral de São Vicente —la villa que Martim Afonso de Sousa había fundado en 1532—, para catequizar a los indígenas tupí-guaraníes.
De aquella modesta villa del interior partieron los bandeirantes: expedicionarios como Antônio Raposo Tavares, Fernão Dias Paes y Bartolomeu Bueno que, entre los siglos XVII y XVIII, se internaron miles de kilómetros por el sertão en busca de indígenas para esclavizar y de metales preciosos. Al hacerlo, empujaron las fronteras de Brasil mucho más allá de la línea del Tratado de Tordesillas, dando al país buena parte de su enorme extensión actual.
En el siglo XIX, el café transformó a São Paulo en la provincia más rica del país. Las primeras haciendas surgieron hacia 1817 en el Vale do Paraíba —enriqueciendo ciudades como Bananal, Lorena y Guaratinguetá y a sus 'barones del café'—, y desde 1870 el cultivo se expandió a las fertilísimas 'tierras roxas' del Oeste Paulista, en torno a Ribeirão Preto, que llegaron a albergar las mayores y más productivas plantaciones de café del mundo.
Las fortunas cafetaleras financiaron ferrocarriles que conectaban las haciendas con el puerto de Santos —el primer tramo se completó en 1867— y volcaron a São Paulo a la modernidad. El café dominó la economía y la política brasileñas durante décadas.
La expansión del café y la abolición de la esclavitud en 1888 atrajeron una inmigración masiva. Entre 1888 y 1900, de los casi 900.000 extranjeros llegados al estado, más de 600.000 eran italianos, que llegaron a superar en número a los brasileños nativos en la capital. A ellos se sumaron portugueses, españoles, alemanes, europeos del este, sirios y libaneses.
En 1908, con el barco Kasato Maru, comenzó la inmigración japonesa: São Paulo alberga hoy la mayor colonia japonesa fuera de Japón, con el barrio de Liberdade como su corazón. La antigua Hospedaria dos Imigrantes, hoy museo, recibió a millones de recién llegados. Esa mezcla de pueblos hizo de São Paulo una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.
Durante la Primera República, la alianza entre las oligarquías del café de São Paulo y de la leche de Minas Gerais —la política do café com leite— dominó el poder nacional, alternándose en la presidencia. Pero São Paulo también fue foco de renovación: la Semana de Arte Moderna de 1922, celebrada en el Teatro Municipal con figuras como Mário de Andrade, Oswald de Andrade y Tarsila do Amaral, revolucionó el arte y la cultura brasileños.
Dos años después, en 1924, la ciudad vivió la Revolución tenentista, con combates en las calles, síntoma del malestar contra el viejo orden que estallaría en 1930.
Tras la Revolución de 1930 que llevó a Getúlio Vargas al poder y desplazó a la oligarquía paulista, São Paulo se levantó en armas. La Revolución Constitucionalista de 1932 —también llamada Guerra Paulista— estalló el 9 de julio de 1932, cuando el estado exigió una nueva constitución y el fin del gobierno provisional. El movimiento adoptó como símbolo las siglas MMDC, iniciales de cuatro jóvenes muertos en las manifestaciones.
Tras 87 días de combates y unos 934 muertos oficiales, São Paulo fue derrotado militarmente; pero el levantamiento aceleró la convocatoria a una Asamblea Constituyente, que sancionó la Constitución de 1934. El 9 de julio es hoy la mayor fecha cívica del estado y símbolo del orgullo paulista.
El capital acumulado con el café se volcó a la industria: ya a comienzos del siglo XX São Paulo era un gran polo fabril, y tras 1930 se consolidó como el corazón industrial y financiero de Brasil, con el cinturón metalúrgico del ABC paulista (Santo André, São Bernardo, São Caetano), donde décadas más tarde nacería el nuevo sindicalismo de Lula. La industria atrajo a millones de migrantes de todo el país, sobre todo del Nordeste.
Hoy la ciudad de São Paulo es la mayor metrópoli del hemisferio sur, un gigante cosmopolita de más de doce millones de habitantes, capital cultural, gastronómica y financiera de Brasil.
Más allá de la megalópolis, el estado ofrece destinos de una gran variedad. En la Serra da Mantiqueira, Campos do Jordão —la 'Suiza brasileña'— es un refugio de montaña de clima fresco, famoso por su festival de música clásica y su ambiente alpino.
En el Litoral Norte, entre la Serra do Mar y el Atlántico, se suceden Ubatuba con sus decenas de playas, la isla de Ilhabela y su selva atlántica, y Guarujá. Y en la costa histórica, la vieja Santos —principal puerto de América Latina, por donde salió el café que enriqueció al estado— conserva el estadio donde brilló Pelé, símbolo global del fútbol brasileño.
El territorio del Tocantins fue habitado por pueblos indígenas como los Xerente, Karajá, Apinajé y Krahô, muchos de los cuales aún viven en el estado. La ocupación colonial llegó con los bandeirantes, que ya en el siglo XVII cruzaban la región siguiendo los grandes ríos Tocantins y Araguaia, y con los jesuitas, que fundaron aldeamientos en lugares como Palma (hoy Paranã) y Duro (hoy Dianópolis).
Con el descubrimiento de oro que dio origen a la Capitanía de Goiás en 1722, el norte se llenó de garimpos: entre 1730 y 1740, la actual región del Tocantins fue una de las que más oro produjeron, con villas como Natividade y Arraias. Agotado el metal a fines del siglo XVIII, la zona cayó en una larga postergación económica, volcada a la ganadería del sertão.
La distancia y el abandono respecto del gobierno de Goiás alimentaron desde temprano un fuerte sentimiento separatista en el norte. Ya en 1809, el ouvidor Joaquim Teotônio Segurado creó la Comarca de São João das Duas Barras, y en 1821 llegó a proclamar un efímero 'Gobierno Autónomo del Tocantins', rápidamente reprimido.
Los intentos autonomistas se repitieron a lo largo del siglo XIX (1863, 1889) y del XX, con el Movimiento Pro-Creación del Estado del Tocantins que en 1956 lideró Feliciano Machado Braga. Una lucha de casi dos siglos, sostenida por indígenas, quilombolas y ganaderos del sertão que reclamaban su emancipación frente al distante gobierno de Goiânia.
El sueño se concretó con la Constitución de 1988, que creó el estado de Tocantins el 5 de octubre de ese año, desmembrándolo de la mitad norte de Goiás: es el más nuevo de la federación brasileña. Su gran artífice político fue José Wilson Siqueira Campos, diputado constituyente y relator de la subcomisión de los Estados, que se convirtió en el primer gobernador (1989-1991) y en la figura central de la nueva unidad.
El estado se instaló oficialmente el 1 de enero de 1989, con Miracema do Tocantins como capital provisional, mientras se planificaba desde cero la capital definitiva.
Para gobernar el nuevo estado se construyó una capital planificada, Palmas, en un sitio elegido entre los municipios de Porto Nacional y Taquaruçu do Porto, a orillas del río Tocantins. Fue creada oficialmente el 20 de mayo de 1989 e instalada el 1 de enero de 1990, tras el traslado desde la capital provisional de Miracema.
Proyectada con un trazado de avenidas amplias y cuadras simétricas, Palmas fue la última ciudad-capital fundada en Brasil en el siglo XX, heredera de la tradición de las capitales planificadas como Goiânia, Belo Horizonte y Brasilia. En pocas décadas pasó de descampado a metrópoli regional.
El Tocantins se despliega en pleno Cerrado, la sabana brasileña, entre sus dos grandes ríos: el Tocantins, que le da nombre, y el Araguaia, que marca su frontera occidental. En el Araguaia se encuentra la Ilha do Bananal, la mayor isla fluvial del mundo, un santuario de fauna y hogar de pueblos indígenas, protegida en parte por el Parque Nacional do Araguaia.
Los grandes ríos hicieron del estado un eje histórico de navegación y comunicación en el corazón de Brasil, y hoy sostienen proyectos de hidrovía que buscan conectar la producción agrícola del interior con los puertos del norte.
El gran tesoro del Tocantins es el Jalapão: un vasto territorio de Cerrado, a unos 250 kilómetros de Palmas, con dunas anaranjadas, ríos de aguas cristalinas, cascadas y los fervedouros, manantiales tan cristalinos y burbujeantes que empujan al bañista hacia arriba y no lo dejan hundirse.
Es también la tierra del capim dourado, la 'hierba dorada' con la que las comunidades quilombolas y tradicionales tejen una artesanía brillante conocida en todo Brasil. Uno de los destinos de ecoturismo y aventura más impresionantes del país, símbolo de un estado joven que hace de su naturaleza casi intacta su mayor orgullo.