El territorio de Sergipe, habitado por indígenas tupinambás y por grupos kariri del interior, quedó durante décadas como una franja intermedia entre los dos grandes polos azucareros de la colonia: Salvador de Bahía al sur y Pernambuco al norte. Su conquista respondió a una necesidad estratégica: asegurar la ruta terrestre entre ambos y proteger el litoral de los ataques y del comercio francés.
En enero de 1590, el capitán portugués Cristóvão de Barros sometió a los indígenas en una campaña sangrienta y fundó, junto a la desembocadura del río Sergipe, la villa de São Cristóvão de Sergipe d'El Rei, tras levantar el fuerte de Cotinguiba. Es la cuarta ciudad más antigua de Brasil.
São Cristóvão fue la capital de la capitanía durante todo el período colonial y conserva un notable conjunto barroco: su Praça São Francisco, con la iglesia y el convento franciscanos, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2010, como uno de los mejores ejemplos de la arquitectura urbana ibérica en el Nuevo Mundo.
Durante el dominio neerlandés del Nordeste (1637-1645), Sergipe también sufrió la ocupación y una fuerte crisis económica. Tras la expulsión de los holandeses, la región retomó su desarrollo en torno a la caña de azúcar, la ganadería y, más tarde, el algodón.
Durante buena parte de su historia, Sergipe dependió administrativa y económicamente de Bahía. Recién en 1820 —en vísperas de la independencia— se erigió como capitanía autónoma, separada de la vecina Bahía, lo que consolidó su identidad como unidad política propia.
En el siglo XIX, escritores nacidos en el estado como Tobias Barreto y Sílvio Romero, figuras clave de la 'Escuela de Recife' y del pensamiento crítico brasileño, proyectaron a Sergipe en el panorama cultural e intelectual del país, muy por encima de su pequeño tamaño.
A mediados del siglo XIX, los señores de ingenio impulsaron el traslado de la capital a un sitio con un puerto capaz de recibir barcos de mayor calado, para facilitar la exportación del azúcar. Así, el 17 de marzo de 1855, la capital pasó de la mediterránea São Cristóvão a una ciudad nueva y planificada junto al mar: Aracaju.
Trazada en damero por el ingeniero Sebastião José Basílio Pirro, Aracaju fue una de las primeras capitales de Brasil concebidas con un plan urbano regular, después de Salvador y Teresina. Su crecimiento la convirtió en el gran centro comercial y político del estado.
Sergipe está atravesado en su frontera norte por el gran río São Francisco, el 'río de la integración nacional', que lo separa de Alagoas. Sobre ese río, la represa de Xingó formó el impresionante Cânion do Xingó: un laberinto de paredones rocosos y aguas de un intenso color esmeralda que se recorre en catamarán desde Canindé de São Francisco, uno de los grandes atractivos naturales de todo el Nordeste.
La región de Xingó guarda además importantes yacimientos arqueológicos, con vestigios de antiguos pueblos que habitaron las márgenes del São Francisco, y un museo dedicado a esa arqueología ribereña.
Con apenas unos 21.900 km², Sergipe es el estado de menor superficie de Brasil, lo que no le resta densidad histórica ni cultural. Aracaju, con sus playas urbanas, sus pasarelas sobre los manglares (los famosos passadiços do caranguejo) y su animada orilla del río, completa la oferta de un estado que combina patrimonio colonial, naturaleza fluvial y tradición nordestina.
De la barroca São Cristóvão a los cañones de Xingó, pasando por la moderna Aracaju, el pequeño Sergipe condensa en poco territorio buena parte de la historia del Nordeste azucarero y ribereño.