El Rio Grande do Sul estuvo habitado desde hace unos doce mil años, según los vestigios arqueológicos. En la época de la colonización, la vasta pradera de la Pampa era hogar de los charrúas, minuanos y de los xokleng y kaingang de las sierras, además de los guaraníes del oeste.
A partir de 1627, los jesuitas españoles fundaron en la margen oriental del río Uruguay las célebres reducciones guaraníes. Los Sete Povos das Missões —entre ellos São Miguel Arcanjo, cuyas ruinas son hoy Patrimonio de la Humanidad— reunieron a decenas de miles de indígenas en un experimento único de comunidad cristiana y guaraní, con arquitectura, música y arte propios, hasta su destrucción tras el Tratado de Madrid.
Durante siglos, el sur fue una frontera móvil y sangrienta entre las coronas de Portugal y España, que se disputaban el control de la Banda Oriental y de la Pampa. En 1737, el brigadier José da Silva Pais fundó el fuerte de Rio Grande, primer núcleo portugués estable. En 1742, portugueses llegados de las Azores fundaron Porto dos Casais, futura Porto Alegre.
El Tratado de Madrid de 1750, que intentó fijar los límites cediendo las misiones a Portugal, desató la Guerra Guaranítica: los guaraníes de los Sete Povos, liderados por figuras como Sepé Tiaraju, se negaron a abandonar sus tierras y fueron aplastados por las tropas conjuntas hispano-portuguesas. La frontera siguió disputándose durante décadas.
La ganadería extensiva de la Pampa forjó al gaúcho brasileño: el jinete de las estancias, con su mate, su bombacha, su facón y su churrasco, símbolos de una cultura de frontera compartida con Argentina y Uruguay. La gran industria colonial fue el charque —la carne salada y secada al sol—, producido sobre todo en las charqueadas de Pelotas con trabajo esclavo, que alimentaba a las poblaciones esclavas del resto de Brasil.
Esa economía ganadera y esa identidad ecuestre dieron al estado un carácter propio, orgullosamente regional, con su tradicionalismo, su música nativista y sus centros de tradiciones gaúchas (CTGs) que perviven hasta hoy.
El episodio más glorioso de la historia gaúcha es la Revolución Farroupilha, que comenzó el 19 de septiembre de 1835 y se extendió hasta 1845: la más larga rebelión de la historia de Brasil. Liderados por Bento Gonçalves da Silva, los estancieros del sur —hartos de los impuestos que gravaban el charque frente al importado— se alzaron contra el Imperio y llegaron a proclamar, en 1836, la independiente República Rio-Grandense (o de Piratini).
A la causa se sumó el revolucionario italiano Giuseppe Garibaldi, que combatió por los farrapos y ayudó a proclamar la efímera República Juliana en la vecina Santa Catarina. Tras diez años de guerra, los farrapos firmaron la paz en 1845, reintegrándose al Imperio con honores. La epopeya dejó un fuerte sentimiento de identidad regional que el estado celebra cada 20 de septiembre en la Semana Farroupilha.
En el siglo XIX, el Rio Grande do Sul recibió una intensa colonización europea. Los primeros inmigrantes alemanes desembarcaron en 1824 y se instalaron en São Leopoldo, en el valle del río dos Sinos; los italianos llegaron a partir de 1875 —unos 60.000 hasta 1889— y poblaron los valles de la Serra Gaúcha.
De esa herencia nacieron el vino brasileño de la región de Bento Gonçalves y Caxias do Sul —hoy el mayor polo vitivinícola del país—, las ciudades de aire alpino como Gramado y Canela, con sus fiestas del Natal Luz y la Festa da Uva, y una cocina y una arquitectura singulares que dan a la sierra una fisonomía europea inconfundible.
El Rio Grande do Sul dio a Brasil una de sus figuras políticas más decisivas: Getúlio Vargas, nacido en São Borja, que fue presidente del estado en 1928 y llegó a la presidencia del país tras la Revolución de 1930, encabezada en buena parte por gaúchos. Vargas dominaría la política brasileña durante casi un cuarto de siglo, entre el Estado Novo y su regreso por el voto y trágico suicidio en 1954.
Ese peso político, sumado a su fuerza económica —agricultura, ganadería, industria y vino— y a su intensa vida cultural, convirtió al estado en uno de los grandes protagonistas de la historia contemporánea de Brasil, con Porto Alegre, a orillas del lago Guaíba, como su gran centro urbano.
En los Campos de Cima da Serra, el estado guarda uno de sus mayores tesoros naturales: los cañones de Itaimbezinho y Fortaleza, en los parques nacionales de Aparados da Serra y Serra Geral, con paredones verticales de cientos de metros, cascadas que se desploman al vacío y bosques de araucarias.
Accesibles desde el pueblo de Cambará do Sul, en el límite con Santa Catarina, estos cañones —entre los más profundos de Sudamérica— completan una geografía que va de la Pampa infinita a las tierras altas frías y neblinosas del extremo sur de Brasil.