El territorio del Paraná estuvo habitado por pueblos tupí-guaraníes —los carijós del litoral— y por los kaingang y xokleng del interior, además de los hoy casi desaparecidos xetá. En el siglo XVII, los jesuitas españoles fundaron en la región del Guairá, al oeste, una constelación de reducciones guaraníes que llegaron a reunir a decenas de miles de indígenas evangelizados.
Ese florecimiento fue arrasado por las bandeiras paulistas de cazadores de esclavos, sobre todo las comandadas por Antônio Raposo Tavares, que entre 1628 y 1632 destruyeron las misiones del Guairá y arrastraron a miles de guaraníes hacia São Paulo. Los jesuitas y los indígenas sobrevivientes se replegaron hacia el sur, hacia lo que hoy es Rio Grande do Sul. El Guairá quedó despoblado y bajo control portugués de hecho.
La ocupación portuguesa efectiva comenzó por el litoral, con la búsqueda de oro. En el siglo XVII, mineros y aventureros llegaron a Paranaguá y remontaron la Serra do Mar hasta el altiplano, donde nació Curitiba. Las historias de 'enormes minas' resultaron exageradas —el especialista Rodrigo de Castel Blanco lo advirtió al rey en 1680—, pero el ciclo dejó los primeros núcleos poblados del estado.
El gran motor del siglo XVIII fue el tropeirismo. La apertura de la estrada de Viamão a Sorocaba en 1731 convirtió al Paraná en paso obligado del comercio de mulas y ganado que bajaba del sur hacia las ferias de São Paulo. Al calor de esa ruta surgieron ciudades como Lapa, Ponta Grossa y Castro, y se consolidó la extracción de la erva-mate y de la madera de araucaria, el pino símbolo del estado.
Durante siglos, la región dependió administrativamente de São Paulo como la 5ª Comarca. El impulso separatista creció al calor de la próspera economía de la erva-mate —exportada a Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile— y de tensiones políticas con la provincia madre, entre ellas el castigo a São Paulo por su papel en revueltas liberales.
La Ley Imperial n.º 704, sancionada el 28 de agosto de 1853, creó la provincia del Paraná, que se desmembró oficialmente de São Paulo el 19 de diciembre de ese año, con Curitiba como capital. El nombre del nuevo estado —del tupí 'para-na', 'río grande como el mar'— aludía al gran río que baña su frontera occidental.
Desde fines del siglo XIX, el Paraná recibió una intensa colonización europea: polacos, ucranianos, italianos, alemanes, suizos y hasta una colonia neerlandesa (Castrolanda, cerca de Castro) poblaron el altiplano y desarrollaron la agricultura y la industria. Más tarde llegarían también inmigrantes japoneses. Esa mezcla dio al estado una fisonomía cultural singular en el sur de Brasil.
En el norte, las fértiles 'tierras roxas' atrajeron a caficultores de São Paulo y Minas Gerais, y ciudades como Londrina y Maringá crecieron vertiginosamente como frentes cafeeros entre 1950 y 1970, hasta que la 'geada negra' —la gran helada del 18 de julio de 1975— devastó los cafetales y aceleró el éxodo rural. Antes, entre 1912 y 1916, el interior fronterizo con Santa Catarina había sido escenario de la Guerra do Contestado, una sangrienta rebelión de campesinos pobres, liderados por monjes mesiánicos, contra el Estado y una compañía ferroviaria.
En el siglo XX, Curitiba se convirtió en un referente mundial de planificación urbana. A partir de la década de 1970, bajo la gestión del arquitecto e ingeniero Jaime Lerner, la ciudad implementó un pionero sistema de autobuses expresos por corredores exclusivos —antecedente del BRT hoy copiado en el mundo entero—, una red de parques y áreas verdes, y políticas de reciclaje y transporte que la volvieron sinónimo de ciudad sustentable en América Latina.
Esa impronta modernizadora convivió con el peso industrial del estado, potenciado por obras como la refinería Presidente Getúlio Vargas (1977) y la agroindustria de la soja, que sucedió al café como gran producto paranaense.
El Paraná guarda dos maravillas del agua. Las Cataratas del Iguazú, compartidas con Argentina y declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, despliegan casi trescientos saltos en el Parque Nacional do Iguaçu, uno de los mayores remanentes de selva atlántica del sur. Y la represa de Itaipú, sobre el río Paraná en la frontera con Paraguay, fue durante décadas la mayor hidroeléctrica del mundo por generación.
A ello se suman el histórico tren que baja por la Serra do Mar desde Curitiba hasta la colonial Morretes, la Ilha do Mel con sus playas y su faro, y las curiosas formaciones de arenisca del Parque Estadual de Vila Velha, esculpidas por millones de años de erosión. Del oeste de las grandes aguas al litoral atlántico, el Paraná ofrece uno de los conjuntos naturales más impresionantes de Brasil.