El Ceará fue habitado por pueblos indígenas como los tabajaras, potiguaras y tremembés, que ofrecieron una fuerte resistencia a la colonización. Los portugueses tardaron en dominar la región: la ocupación efectiva no se consolidó hasta el siglo XVII, y la economía se orientó hacia la ganadería extensiva del sertão y, más tarde, hacia el algodón.
El interior cearense es sertão semiárido, castigado por sequías históricas que marcaron su cultura, su literatura de cordel y su historia social. Estas sequías —como las de 1877-1879, una de las más devastadoras— empujaron a miles de cearenses a emigrar hacia la Amazonia durante el auge del caucho, convirtiendo al Ceará en el principal proveedor de seringueiros del Acre. En la costa, mientras tanto, los pescadores mantuvieron viva la tradición de la jangada, la balsa de vela con la que aún hoy salen al mar.
El Ceará ocupa un lugar de honor en la historia de la libertad en Brasil: el 25 de marzo de 1884, cuatro años antes de la Lei Áurea nacional, fue la primera provincia brasileña en abolir por completo la esclavitud. El acto se selló en la Plaza de la Estación de Fortaleza, bajo la presidencia provincial de Sátiro Dias, y colocó al estado a la vanguardia moral del país.
El gran símbolo de esa gesta fue Francisco José do Nascimento, apodado el 'Dragão do Mar': jangadeiro pardo y de origen humilde, encabezó en 1881 la huelga de los jangadeiros, que se negaron a transportar esclavos hasta los barcos negreros en el puerto de Fortaleza, paralizando el comercio esclavista. Antes aún, en 1883, la localidad de Acarape había liberado a sus últimos esclavizados con presencia del abolicionista José do Patrocínio y fue rebautizada 'Redenção' (Redención). El movimiento cearense, dirigido por estudiantes, comerciantes e intelectuales, se hizo célebre en todo Brasil por su pionerismo.
Fortaleza, la capital, creció como puerto y centro comercial y es hoy una animada metrópoli costera de más de dos millones y medio de habitantes, famosa por su vida nocturna, su humor y su forró. El Ceará es una potencia del humor brasileño y de la música popular —de Luiz Gonzaga adoptado a los cantores de repente—, y su literatura de cordel, impresa en folletos con xilografías, es una de las tradiciones orales más ricas del Nordeste.
El estado dio a Brasil figuras como el escritor José de Alencar, autor de 'Iracema' y padre del romanticismo indianista brasileño, cuyo nombre lleva el teatro más emblemático de Fortaleza. La devoción popular, las fiestas juninas y la artesanía de encaje y bordado completan una identidad cultural fuerte, forjada entre el rigor del sertón y la alegría del litoral.
El sertón cearense fue tierra del cangaço, el fenómeno de bandoleros errantes que recorrieron el Nordeste entre fines del siglo XIX y la década de 1930. La banda de Lampião cruzó también el Ceará, y el estado nutrió el imaginario de coraje y violencia del interior semiárido que la literatura y el cine brasileños recrearían una y otra vez, en un mundo marcado por la sequía, la lucha por la tierra y la migración forzada.
La dureza de la vida sertaneja alimentó también una religiosidad intensa. En Juazeiro do Norte, en el sur del estado, la figura del Padre Cícero Romão Batista —sacerdote a quien se atribuyó un milagro eucarístico en 1889— convirtió a la ciudad en el mayor centro de peregrinación popular del Nordeste, adonde acuden cada año millones de romeros. La devoción al 'Padim Ciço', las bandas de pífano y el arte de los santeros y xilógrafos hacen del interior cearense un universo cultural propio, tan importante como el del litoral.
Hoy el Ceará es uno de los grandes destinos de playa de Brasil, bendecido por el sol casi permanente y por vientos constantes que lo han convertido en una meca mundial del kitesurf y el windsurf. Hacia el oeste de Fortaleza, Jericoacoara —antigua aldea de pescadores hoy elevada a mito internacional, con su duna del atardecer y su Pedra Furada— y Cumbuco atraen a surfistas y kitesurfers de todo el planeta.
Hacia el este, Canoa Quebrada seduce con sus falésias rojas coronadas por su famoso símbolo de la luna y la estrella. A lo largo de toda la costa se suceden dunas, lagunas de agua dulce, cocoteros y playas casi desiertas, en un litoral que hizo del Ceará un imán turístico durante todo el año y un componente clave de la 'Rota das Emoções' que enlaza sus playas con los Lençóis Maranhenses.