El territorio de Goiás, habitado por pueblos como los goyases —que dieron nombre al estado—, los kayapó, los xavante y los avá-canoeiro, fue penetrado a comienzos del siglo XVIII por los bandeirantes paulistas que buscaban oro e indígenas para esclavizar. La figura fundacional fue Bartolomeu Bueno da Silva, el 'Anhanguera', que remontó estos territorios en busca de riquezas.
El hallazgo de oro en las márgenes del Río Vermelho dio origen al arraial de Sant'Ana, fundado hacia 1727, que pronto se convirtió en Vila Boa de Goiás y, en 1749, en capital de la capitanía. Durante medio siglo el oro atrajo a miles de personas y levantó una sociedad minera; pero, agotadas las vetas hacia fines de siglo, Goiás cayó en una decadencia rápida y profunda que lo sumió en un largo aislamiento.
La antigua Vila Boa —hoy Cidade de Goiás o 'Goiás Velho'— fue la capital del estado hasta bien entrado el siglo XX y conserva uno de los conjuntos coloniales más armónicos de Brasil: callejuelas empedradas, casas encaladas, iglesias barrocas del siglo XVIII y la memoria de una época de esplendor minero. Por ese valor histórico y urbanístico, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001.
Goiás Velho es también la ciudad de la poeta Cora Coralina, que la inmortalizó en sus versos, y célebre por su Procesión del Fuego (Procissão do Fogaréu) en Semana Santa, una tradición de origen colonial que ilumina de antorchas sus calles. Es el corazón histórico y sentimental del estado.
Agotado el oro, Goiás se reconvirtió en una economía ganadera y agrícola de enormes distancias y escasa población. El impulso modernizador llegó en el siglo XX: en 1933 se decidió trasladar la capital a una ciudad nueva y planificada, y por decreto de 1937 se consolidó Goiânia, proyectada por el urbanista Attílio Corrêa Lima en el corazón del estado, con trazado radial y aires art déco.
Pocas décadas después, la creación de Brasilia en el vecino altiplano —sobre tierras desmembradas de Goiás para formar el Distrito Federal— convirtió a la región en el nuevo centro geográfico y político del país. Goiás pasó así de rincón olvidado a corazón de la 'marcha hacia el oeste' y del nuevo Brasil interiorano.
En las últimas décadas del siglo XX, la incorporación del Cerrado a la agricultura mecanizada transformó por completo la economía de Goiás. Con tecnología de corrección de suelos ácidos y variedades adaptadas, la sabana brasileña se convirtió en una de las mayores fronteras agrícolas del mundo, y Goiás emergió como potencia productora de soja, maíz, caña de azúcar y ganado.
Hoy el estado combina esa modernidad agroindustrial con la conservación de un bioma extraordinario. El Cerrado goiano, la sabana más biodiversa del planeta, es un mosaico de arbustos retorcidos, campos y galerías de bosque a orillas de los ríos, cuya preservación se ha vuelto un tema central del debate ambiental brasileño, dado que abastece de agua a buena parte del país.
El gran patrimonio natural de Goiás es la Chapada dos Veadeiros, un altiplano de rocas de más de mil millones de años, cañones, cascadas y cristales de cuarzo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001 y célebre por su energía casi mística y su cielo estrellado. A ella se suma Caldas Novas, la mayor estación hidrotermal del mundo, cuyas aguas termales brotan del subsuelo y alimentan parques acuáticos visitados por millones de personas.
El estado guarda además joyas como Pirenópolis, con su casco colonial y sus tradicionales Cavalhadas —representación ecuestre de las luchas entre moros y cristianos—, y Corumbá de Goiás. Su cultura, entre sertaneja y del Cerrado, dio a Brasil buena parte de la música 'sertaneja' que domina las radios del país. Historia colonial, naturaleza única y tradición rural hacen de Goiás uno de los estados más ricos del centro brasileño.