El Mato Grosso —'bosque denso' en portugués— fue y sigue siendo hogar de numerosos pueblos indígenas. Muchos de ellos habitan hasta hoy el estado: los Xavante de la Serra do Roncador, los Bororo (Boe), los Nambikwara, los Rikbaktsa y los dieciséis pueblos del Alto Xingu, entre otros. Estas culturas desarrollaron complejas sociedades adaptadas a la sabana y a la selva, con ricas tradiciones ceremoniales, funerarias y de cuerpo pintado.
En el corazón del estado se encuentra el Parque Indígena del Xingu, la primera tierra indígena reconocida oficialmente por el gobierno federal de Brasil, con más de 27.000 km², donde conviven unos 5.500 indígenas de dieciséis pueblos distintos. Su creación en 1961, impulsada por los hermanos Villas-Bôas, se convirtió en un modelo pionero de protección territorial y cultural que influyó en toda la política indigenista brasileña.
El hallazgo de oro llevó a los bandeirantes paulistas a internarse muy hacia el interior del continente. En 1718, el bandeirante Pascoal Moreira Cabral, de origen mestizo, remontó el río Coxipó y descubrió abundantes yacimientos de oro; el 8 de abril de 1719 se redactó el documento fundacional de Cuiabá, y Pascoal fue aclamado como jefe de la naciente villa minera.
Aquel oro tuvo una consecuencia geopolítica enorme: empujó la frontera de Brasil muchísimo más allá de la línea del Tratado de Tordesillas, consolidando la posesión portuguesa de tierras profundas del continente, lejos del litoral. Cuiabá se convirtió en un remoto puesto avanzado del imperio, unido a São Paulo por las peligrosas 'monções', larguísimas expediciones fluviales que tardaban meses en cruzar ríos, cachoeiras y territorios indígenas.
Por su posición estratégica en la frontera con las posesiones españolas, el Mato Grosso fue clave en la definición de los límites de Brasil con Bolivia y Paraguay. Durante la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), el estado sufrió la invasión de las tropas paraguayas de Solano López, que ocuparon parte de su territorio en la llamada 'Retirada de la Laguna', episodio inmortalizado por Alfredo d'Escragnolle Taunay.
El gigantesco tamaño del estado terminó llevando a su división. En 1977, por la Ley Complementaria N.º 31 firmada por el presidente Ernesto Geisel, la mitad sur del Mato Grosso se separó para constituir un estado nuevo, Mato Grosso do Sul, con capital en Campo Grande. Cuiabá siguió siendo la capital del Mato Grosso, que aun así conservó dimensiones enormes.
En las últimas décadas del siglo XX, la ocupación del Cerrado matogrosense por la agricultura mecanizada transformó al estado en una de las mayores fronteras agrícolas del mundo. Con inmensas plantaciones de soja, maíz y algodón, y enormes rebaños de ganado, el Mato Grosso se convirtió en el mayor productor de soja de Brasil y en uno de los principales exportadores de commodities agrícolas del planeta.
Ese crecimiento agroindustrial, sin embargo, convive con fuertes tensiones ambientales: la expansión de la frontera agrícola presiona sobre la Amazonia y el Cerrado y sobre las tierras indígenas, y coloca al estado en el centro del debate mundial sobre la deforestación. El Mato Grosso encarna así la doble cara del Brasil contemporáneo: potencia productiva y frente crítico de la crisis ambiental.
El Mato Grosso es un mosaico único de biomas. Al norte se extiende la Amazonia; en el centro, el Cerrado, con la espectacular Chapada dos Guimarães, un altiplano de mesetas rojizas, cascadas y miradores como el Morro dos Ventos, desde el que se divisa la inmensa llanura pantanera. Y al sur se despliega el Pantanal Norte, el mayor humedal del mundo.
El acceso al Pantanal por la Estrada Transpantaneira, que parte de Poconé, es uno de los mejores lugares del planeta para ver jaguares en libertad, junto a caimanes, capibaras, tuiuiús y una fauna extraordinaria. A ello se suma Nobres, con sus ríos de aguas transparentes ideales para la flotación entre peces. Historia colonial, cultura indígena y una naturaleza descomunal hacen del Mato Grosso uno de los destinos más asombrosos del interior de Brasil.