São Paulo nació el 25 de enero de 1554, cuando los jesuitas José de Anchieta y Manuel da Nóbrega fundaron el Colégio de São Paulo de Piratininga en el altiplano, a unos setenta kilómetros del litoral de São Vicente —la villa que Martim Afonso de Sousa había fundado en 1532—, para catequizar a los indígenas tupí-guaraníes.
De aquella modesta villa del interior partieron los bandeirantes: expedicionarios como Antônio Raposo Tavares, Fernão Dias Paes y Bartolomeu Bueno que, entre los siglos XVII y XVIII, se internaron miles de kilómetros por el sertão en busca de indígenas para esclavizar y de metales preciosos. Al hacerlo, empujaron las fronteras de Brasil mucho más allá de la línea del Tratado de Tordesillas, dando al país buena parte de su enorme extensión actual.
En el siglo XIX, el café transformó a São Paulo en la provincia más rica del país. Las primeras haciendas surgieron hacia 1817 en el Vale do Paraíba —enriqueciendo ciudades como Bananal, Lorena y Guaratinguetá y a sus 'barones del café'—, y desde 1870 el cultivo se expandió a las fertilísimas 'tierras roxas' del Oeste Paulista, en torno a Ribeirão Preto, que llegaron a albergar las mayores y más productivas plantaciones de café del mundo.
Las fortunas cafetaleras financiaron ferrocarriles que conectaban las haciendas con el puerto de Santos —el primer tramo se completó en 1867— y volcaron a São Paulo a la modernidad. El café dominó la economía y la política brasileñas durante décadas.
La expansión del café y la abolición de la esclavitud en 1888 atrajeron una inmigración masiva. Entre 1888 y 1900, de los casi 900.000 extranjeros llegados al estado, más de 600.000 eran italianos, que llegaron a superar en número a los brasileños nativos en la capital. A ellos se sumaron portugueses, españoles, alemanes, europeos del este, sirios y libaneses.
En 1908, con el barco Kasato Maru, comenzó la inmigración japonesa: São Paulo alberga hoy la mayor colonia japonesa fuera de Japón, con el barrio de Liberdade como su corazón. La antigua Hospedaria dos Imigrantes, hoy museo, recibió a millones de recién llegados. Esa mezcla de pueblos hizo de São Paulo una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.
Durante la Primera República, la alianza entre las oligarquías del café de São Paulo y de la leche de Minas Gerais —la política do café com leite— dominó el poder nacional, alternándose en la presidencia. Pero São Paulo también fue foco de renovación: la Semana de Arte Moderna de 1922, celebrada en el Teatro Municipal con figuras como Mário de Andrade, Oswald de Andrade y Tarsila do Amaral, revolucionó el arte y la cultura brasileños.
Dos años después, en 1924, la ciudad vivió la Revolución tenentista, con combates en las calles, síntoma del malestar contra el viejo orden que estallaría en 1930.
Tras la Revolución de 1930 que llevó a Getúlio Vargas al poder y desplazó a la oligarquía paulista, São Paulo se levantó en armas. La Revolución Constitucionalista de 1932 —también llamada Guerra Paulista— estalló el 9 de julio de 1932, cuando el estado exigió una nueva constitución y el fin del gobierno provisional. El movimiento adoptó como símbolo las siglas MMDC, iniciales de cuatro jóvenes muertos en las manifestaciones.
Tras 87 días de combates y unos 934 muertos oficiales, São Paulo fue derrotado militarmente; pero el levantamiento aceleró la convocatoria a una Asamblea Constituyente, que sancionó la Constitución de 1934. El 9 de julio es hoy la mayor fecha cívica del estado y símbolo del orgullo paulista.
El capital acumulado con el café se volcó a la industria: ya a comienzos del siglo XX São Paulo era un gran polo fabril, y tras 1930 se consolidó como el corazón industrial y financiero de Brasil, con el cinturón metalúrgico del ABC paulista (Santo André, São Bernardo, São Caetano), donde décadas más tarde nacería el nuevo sindicalismo de Lula. La industria atrajo a millones de migrantes de todo el país, sobre todo del Nordeste.
Hoy la ciudad de São Paulo es la mayor metrópoli del hemisferio sur, un gigante cosmopolita de más de doce millones de habitantes, capital cultural, gastronómica y financiera de Brasil.
Más allá de la megalópolis, el estado ofrece destinos de una gran variedad. En la Serra da Mantiqueira, Campos do Jordão —la 'Suiza brasileña'— es un refugio de montaña de clima fresco, famoso por su festival de música clásica y su ambiente alpino.
En el Litoral Norte, entre la Serra do Mar y el Atlántico, se suceden Ubatuba con sus decenas de playas, la isla de Ilhabela y su selva atlántica, y Guarujá. Y en la costa histórica, la vieja Santos —principal puerto de América Latina, por donde salió el café que enriqueció al estado— conserva el estadio donde brilló Pelé, símbolo global del fútbol brasileño.