El sur del antiguo Mato Grosso fue, durante siglos, territorio de numerosos pueblos indígenas, muchos de los cuales persisten hasta hoy. Mato Grosso do Sul tiene la tercera mayor población indígena de Brasil, con más de cien mil personas de etnias como los Guaraní-Kaiowá, los Terena, los Kadiwéu —herederos de los temibles guaicurúes, 'los indios jinetes' del Chaco—, los Kinikinaw, los Ofaié y los Guató, pueblo canoero del Pantanal.
Los Kadiwéu son célebres por su arte gráfico y su cerámica, que fascinaron al antropólogo Claude Lévi-Strauss cuando los visitó en los años 1930 y describió en 'Tristes Trópicos'. La fuerte presencia indígena da al estado una identidad de frontera cultural, en estrecho contacto con Paraguay y Bolivia.
La ocupación no indígena del sur de Mato Grosso se organizó en torno a la ganadería extensiva de las grandes estancias y a la explotación de la yerba mate, en contacto estrecho con Paraguay. La región fue una de las más golpeadas por la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870): las tropas de Solano López invadieron el sur mato-grosense al inicio del conflicto, arrasando villas y estancias, en uno de los episodios que definieron la memoria histórica de la zona.
Tras la guerra, la frontera se repobló lentamente. Campo Grande, la futura capital, nació en 1899 como un cruce de caminos en la ruta ganadera y creció con la llegada del ferrocarril Noroeste do Brasil a comienzos del siglo XX, que la conectó con São Paulo y con la frontera boliviana y le dio impulso comercial y estratégico.
El enorme tamaño del Mato Grosso y las diferencias entre su mitad norte y su mitad sur alimentaron durante décadas un movimiento 'divisionista'. La separación se concretó el 11 de octubre de 1977, cuando el presidente Ernesto Geisel firmó la Ley Complementaria N.º 31, que creó el estado de Mato Grosso do Sul con capital en Campo Grande. El nuevo estado, formado por 55 municipios, comenzó a funcionar plenamente el 1 de enero de 1979.
La decisión buscaba administrar mejor un territorio inmenso y potenciar el desarrollo agropecuario del sur. Con una fuerte impronta de frontera, el estado combina influencias brasileñas, paraguayas y de inmigrantes japoneses, sirio-libaneses y paraguayos, en una mezcla cultural que se refleja en su música, su acento y su cocina —del tereré, el mate helado heredado de los guaraníes, a la sopa paraguaya.
Mato Grosso do Sul concentra la mayor parte del Pantanal, el humedal más grande del mundo, que en época de lluvias se inunda formando un inmenso mosaico de lagunas, ríos y campos. Es uno de los mayores santuarios de biodiversidad del planeta: capibaras, yacarés, ciervos de los pantanos, guacamayos azules, tuiuiús —el ave símbolo de la región— y una de las mayores concentraciones de jaguares del mundo.
El acceso desde el sur, por Miranda, Aquidauana y la 'Estrada Parque', permite recorrer un paisaje donde la vida silvestre se observa con una facilidad excepcional. La ganadería tradicional del pantaneiro —a caballo, entre las aguas— convive con un ecoturismo en expansión y con el desafío de proteger este bioma frágil frente a los incendios y la presión agrícola.
La otra gran joya del estado es Bonito, en la Serra da Bodoquena, epicentro del ecoturismo brasileño. Allí, ríos alimentados por manantiales calcáreos alcanzan una transparencia asombrosa que permite 'flotar' río abajo entre cardúmenes de peces, como en el Río da Prata o el Río Sucuri, en una experiencia comparable al buceo en aguas dulces.
Bonito guarda además paisajes subterráneos únicos: la Gruta do Lago Azul, con su lago interior de un azul intenso, y el Abismo Anhumas, una cueva a la que se desciende en rappel para bucear en su lago cristalino. Este modelo de turismo ordenado y sostenible convirtió a Mato Grosso do Sul en uno de los grandes destinos de naturaleza de Brasil, sumando a la fauna del Pantanal la magia de las aguas de Bonito.