La bahía de Guanabara, habitada por los tupinambás, fue escenario en el siglo XVI de la disputa entre Portugal y Francia. En 1555, el navegante francés Nicolas Durand de Villegagnon fundó allí la 'Francia Antártica', un intento de colonia protestante y católica que se alió con los indígenas locales.
Para expulsarlos, los portugueses enviaron una expedición al mando de Estácio de Sá, que el 1 de marzo de 1565 fundó la ciudad de São Sebastião do Rio de Janeiro y creó la Capitanía Real de Río de Janeiro. Tras años de combates —en los que murió el propio Estácio de Sá— y con la ayuda de los jesuitas Manuel da Nóbrega y José de Anchieta, los franceses fueron definitivamente derrotados en 1567.
Durante el siglo XVI y XVII, Río creció como centro azucarero —la producción se desplazó desde São Vicente y llegó a contar con más de un centenar de engenhos— y como plaza fuerte del Atlántico Sur. Pero su gran salto llegó con la fiebre del oro de Minas Gerais a fines del siglo XVII: Río se convirtió en el puerto natural de salida del metal, conectado al interior por el 'Caminho Novo' y el 'Caminho Velho' (que bajaba a Paraty).
El auge minero volcó el eje económico de Brasil hacia el sudeste. En reconocimiento de ese nuevo peso, en 1763 la capital de la colonia se trasladó de Salvador a Río de Janeiro, que pasó a ser la ciudad más importante del Brasil portugués.
En 1808, huyendo de las tropas napoleónicas, la familia real portuguesa entera cruzó el Atlántico y se instaló en Río de Janeiro. Por primera vez en la historia, una colonia se convertía en la sede del gobierno de su imperio: don Juan (futuro Juan VI) abrió los puertos, fundó el Banco do Brasil, la Imprenta Real, el Jardín Botánico y la Academia Real Militar, y elevó a Brasil a la categoría de Reino Unido a Portugal.
Tras la independencia de 1822, Río fue la capital del Imperio de Brasil hasta 1889 y luego de la República hasta 1960. Aquí se coronaron los emperadores, se abolió la esclavitud y se proclamó la República. En 1834, la ciudad se transformó en 'Municipio Neutro' y la capital de la provincia de Río de Janeiro pasó a Niterói.
En el siglo XIX, el Vale do Paraíba fluminense —en el interior del estado— se convirtió en el mayor productor de café del mundo, sostenido por una masiva mano de obra esclava. Los barones del café de ciudades como Vassouras acumularon enormes fortunas y un poder político decisivo en el Imperio, y su decadencia tras la abolición de 1888 marcó a fuego la región.
En la fresca sierra fluminense, el emperador Pedro II hizo construir Petrópolis, la 'ciudad imperial', donde pasaba los veranos la corte y donde hoy el Museo Imperial conserva la corona y el trono del Imperio. Cerca, Teresópolis y la Serra dos Órgãos completan una región de montaña de clima templado a un paso de la capital.
Con la proclamación de la República en 1889 y la Constitución de 1891, la ciudad de Río de Janeiro se transformó en Distrito Federal, capital del país, que fue vitrina de reformas urbanas monumentales a comienzos del siglo XX. Cuando en 1960 la capital se mudó a Brasilia, el antiguo Distrito Federal se convirtió en un estado propio: el estado de Guanabara, reducido a la ciudad.
Durante la dictadura militar, el gobierno de Ernesto Geisel decretó en 1974 la fusión del pequeño estado de Guanabara con el estado de Río de Janeiro. La unión entró en vigor el 15 de marzo de 1975: Guanabara se transformó en municipio y la ciudad de Río de Janeiro pasó a ser la capital del estado ampliado, tal como lo conocemos hoy.
El paisaje carioca —montañas cubiertas de selva que caen al mar, Copacabana e Ipanema, la laguna Rodrigo de Freitas, el Cristo Redentor sobre el Corcovado (inaugurado en 1931) y el Pan de Azúcar— fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2012 como paisaje cultural. Es uno de los escenarios urbanos más espectaculares del mundo y el emblema turístico de Brasil, sede del Mundial de 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016.
Río es, además, la cuna de la cultura popular brasileña moderna: aquí nacieron el samba, el carnaval de las escuelas del sambódromo y, en los años 50, la bossa nova de Tom Jobim, Vinicius de Moraes y João Gilberto. Aunque la capital se mudó a Brasilia, Río sigue siendo la gran vidriera cultural del país.
Más allá de la capital, el estado ofrece un litoral de una diversidad extraordinaria. Hacia el este, la Região dos Lagos reúne la cosmopolita Búzios —que Brigitte Bardot puso de moda en los años 60—, Cabo Frio y Arraial do Cabo, de aguas cristalinas y color caribeño.
Hacia el oeste se extiende la Costa Verde, con Paraty —antiguo puerto de salida del oro, hoy joya colonial y Patrimonio de la Humanidad—, Angra dos Reis y sus cientos de islas, y la salvaje Ilha Grande, con su selva atlántica y sus playas paradisíacas. Del mar a la sierra, el estado de Río concentra algunos de los paisajes más queridos de todo Brasil.