El Espírito Santo fue una de las capitanías hereditarias con que Portugal organizó la colonización del Brasil. Su donatario, Vasco Fernandes Coutinho, desembarcó el 23 de mayo de 1535 en la región de la Prainha, en la actual Vila Velha; como era domingo de Pentecostés, bautizó la tierra con el nombre de Espírito Santo. Coutinho repartió las tierras en sesmarías entre la sesentena de colonos que lo acompañaban e instaló los primeros ingenios de azúcar, base de la economía capixaba durante casi tres siglos.
Los habitantes del estado se llaman 'capixabas', palabra de origen tupí que designaba los campos de cultivo de mandioca de los indígenas de la región. Aquellos primeros tiempos fueron duros: los ataques indígenas, la escasez de recursos y el aislamiento hicieron de la capitanía una de las más frágiles de la colonia.
El destino del Espírito Santo quedó marcado por su vecindad con Minas Gerais. Cuando a comienzos del siglo XVIII se descubrió oro en el interior —parte del cual pertenecía originalmente al territorio capixaba, luego desmembrado hacia Minas—, la corona portuguesa decidió mantener al Espírito Santo deliberadamente subdesarrollado, como una 'barrera verde' de selva atlántica impenetrable que impidiera el contrabando del oro de Minas hacia la costa.
Esta política de aislamiento frenó el crecimiento del estado durante décadas: se prohibieron caminos hacia el interior y se concentró la población en Vitória. Así, mientras Minas se llenaba de ciudades barrocas, el Espírito Santo quedó relegado a un papel de guardián de las minas, un rol estratégico que explica su pobreza y su historia 'escondida' durante buena parte del período colonial.
En el siglo XIX, el café transformó al Espírito Santo, y para trabajar sus plantaciones el Imperio impulsó la inmigración europea. A partir de 1858, y sobre todo desde 1875, llegaron miles de italianos que se instalaron en la sierra —Santa Teresa se considera pionera de la inmigración italiana en Brasil— y desarrollaron una próspera caficultura de montaña que aún hoy es seña de identidad del estado.
Junto a los italianos llegaron los pomeranos, campesinos luteranos de la Pomerania báltica que desembarcaron en Vitória en 1859 y colonizaron las montañas de Santa Maria de Jetibá, Domingos Martins y Pancas. Curiosamente, mientras la lengua pomerana casi desapareció en su Europa de origen, en la sierra capixaba se conserva viva hasta hoy, lo que hace del Espírito Santo uno de los últimos reductos de esa lengua en el mundo. Esa doble herencia italo-germánica dio a la sierra una fisonomía europea, con agroturismo, vino y arquitectura de otro continente.
En el siglo XX, el Espírito Santo dio un salto económico impulsado por el puerto de Vitória, convertido en una de las grandes terminales de exportación de mineral de hierro de Brasil: por él salen hacia el mundo el hierro y el acero de Minas Gerais y de la propia Vale, a través del ferrocarril Vitória-Minas. Tubarão, en Vitória, es uno de los mayores puertos mineraleros del planeta.
A la minería y la siderurgia se sumaron, ya a fines de siglo, el petróleo y el gas de la cuenca marina del estado, que hicieron del Espírito Santo un importante productor energético. Vitória, la capital, es una de las pocas capitales insulares de Brasil, asentada sobre una isla en una bahía, y forma con Vila Velha y Serra una región metropolitana dinámica y de alto nivel de vida.
El Espírito Santo combina, en un territorio pequeño, un litoral atlántico y una sierra fresca y verde. En la costa, balnearios como Guarapari son célebres por sus arenas monazíticas oscuras, con propiedades supuestamente terapéuticas, y por sus playas de aguas cálidas. Frente a las costas del sur del estado, en la región del Archipiélago de Abrolhos —compartida con Bahía—, se reproducen cada año las ballenas jorobadas, que atraen a observadores de todo el mundo entre julio y noviembre.
Tierra adentro, la Pedra Azul, la región de Domingos Martins y la ruta del vino y del café ofrecen un turismo de montaña con acento europeo. Y en la mesa reina la moqueca capixaba, cocinada en olla de barro con urucum, sin dendê ni leche de coco —a diferencia de la bahiana—, uno de los grandes emblemas de la cocina brasileña y motivo de eterna rivalidad gastronómica con la vecina Bahía.