La idea de trasladar la capital de Brasil al centro geográfico del país era muy antigua. Ya en el siglo XIX el estadista José Bonifácio había propuesto una capital interiorana, y la Constitución republicana de 1891 llegó a prever expresamente la reserva de un territorio en el altiplano central para la futura sede del gobierno federal. El propósito era doble: integrar el vasto y despoblado interior brasileño y descongestionar la costa, donde se concentraba casi toda la población.
Durante décadas, el proyecto quedó en el papel. Se realizaron misiones de demarcación —como la famosa Misión Cruls, que a fines del siglo XIX delimitó el 'Cuadrilátero Cruls' en el Planalto Central—, pero faltaba la voluntad política y los recursos para semejante empresa. El sueño de la 'marcha hacia el oeste' esperaría hasta mediados del siglo XX.
El presidente Juscelino Kubitschek convirtió el sueño en obra bajo su lema de hacer crecer al país 'cincuenta años en cinco'. Entre 1956 y 1960, Brasilia se levantó desde cero en pleno Cerrado, en un lugar donde no había prácticamente nada. El plano urbano, en forma de avión o de cruz —el 'Plano Piloto'—, fue obra del urbanista Lúcio Costa, ganador del concurso de 1957, mientras que la arquitectura monumental corrió a cargo de Oscar Niemeyer.
De la mano de Niemeyer surgieron el Congreso Nacional con sus dos cúpulas, la Catedral de vitrales, el Palacio de Planalto, el Palacio de Itamaraty y el Palacio de la Alvorada, obras maestras de líneas curvas que se convirtieron en íconos del modernismo mundial. La ciudad fue inaugurada el 21 de abril de 1960, y ese mismo día se creó el Distrito Federal para albergarla, desmembrado del estado de Goiás.
Brasilia no la construyeron los arquitectos solos, sino unos 60.000 obreros llegados de todo el país —sobre todo del Nordeste— que trabajaron a ritmo frenético, día y noche, para cumplir el plazo imposible fijado por Kubitschek. Se los conoció como 'candangos', y su epopeya de esfuerzo, sacrificio y desarraigo es parte fundamental de la memoria de la ciudad.
Muchos de aquellos trabajadores no cabían en el Plano Piloto, pensado para funcionarios, y se instalaron en las 'cidades-satélites' que crecieron alrededor. De ese origen proviene buena parte de la población del Distrito Federal, que mezcla acentos y culturas de toda la nación. Los candangos dejaron el testimonio de que la capital fue, ante todo, una construcción colectiva de todo Brasil.
Brasilia es la sede de los tres poderes de la República —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— y el gran símbolo del Brasil moderno. La célebre Plaza de los Tres Poderes reúne el Congreso, el Palacio de Planalto y el Supremo Tribunal Federal, en un conjunto que resume la ambición de un país que quería mirar hacia el futuro.
Su conjunto urbanístico y arquitectónico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, con la particularidad de ser el primer bien cultural del siglo XX en ingresar a esa lista —a la par de las pirámides de Egipto o la Acrópolis de Atenas—, cuando la ciudad tenía apenas 27 años. Es considerada el ejemplo más completo y ambicioso de urbanismo modernista jamás realizado.
El Distrito Federal es hoy una de las unidades con mayor renta per cápita de Brasil, sostenida en buena parte por la administración pública federal. Alrededor del Plano Piloto se despliegan las regiones administrativas y ciudades-satélites que concentran a la mayoría de sus habitantes, en un contraste social que forma parte de la realidad de la capital.
Para el viajero, Brasilia es un museo al aire libre de la arquitectura moderna: recorrer el Eje Monumental, admirar la Catedral, el Museo Nacional o el Puente JK, y comprender de qué manera un país entero apostó a fundar su capital en el desierto verde del Cerrado. Rodeada por el Parque Nacional de Brasilia y el bioma del Cerrado, la ciudad es también puerta de entrada a la naturaleza del Planalto Central.