El territorio del Rio Grande do Norte estuvo habitado por los indígenas potiguaras y por grupos tapuias del interior. En 1501, una expedición portuguesa con Américo Vespucio alcanzó el Cabo de São Roque, el punto donde la costa brasileña 'dobla' hacia el sur. En 1535 se creó nominalmente la Capitania do Rio Grande, bajo el cronista João de Barros, pero la ocupación efectiva se demoró décadas por la fiereza de los potiguaras, aliados de los traficantes franceses de palo brasil.
Recién a fines del siglo XVI los portugueses lograron dominar la región. El potiguar más célebre, Poti —bautizado Antônio Filipe Camarão—, se convertiría luego en un héroe de las guerras contra los holandeses, cambiando de bando para luchar por la corona portuguesa.
Para asegurar la conquista, los portugueses levantaron en la barra del río Potengi una fortaleza estratégica: comenzada el día de Reyes de 1598, se la llamó Fortaleza dos Reis Magos y quedó terminada meses después. Su planta estrellada y sus puertas bajas y estrechas —pensadas para dificultar los asaltos— la convirtieron en una de las fortificaciones más singulares de Brasil.
Al amparo del fuerte, el 25 de diciembre de 1599, con una misa, se fundó la ciudad de Natal ('Navidad', por la fecha). La joven villa creció lentamente entre el ganado del sertão, la caña de azúcar y las primeras salinas del litoral.
Como parte del Brasil holandés, la región fue ocupada por los neerlandeses entre 1633 y 1654. Natal fue rebautizada 'Nova Amsterdã' y la Fortaleza dos Reis Magos pasó a llamarse Castelo de Keulen. La ocupación dejó una huella trágica: en 1645, durante la reacción contra el dominio holandés, se produjeron las masacres de Cunhaú y Uruaçu, en las que fueron asesinados numerosos católicos —hoy venerados como los 'mártires de Natal', canonizados por la Iglesia—.
Tras la expulsión definitiva de los holandeses en 1654, el Rio Grande do Norte volvió a manos portuguesas y siguió su desarrollo lento, ligado a la ganadería y a los productos del sertão.
La economía histórica del estado se apoyó en el algodón —principal producto colonial y de comienzos del siglo XX—, en la ganadería de la región del Seridó y, sobre todo, en la sal marina. Las grandes salinas del litoral norte, en torno a Mossoró y Areia Branca, hicieron del Rio Grande do Norte el mayor productor de sal marina de Brasil, con más del 90% de la producción nacional.
El duro sertão también fue escenario del cangaço: en 1927, el legendario bandolero Lampião (Virgulino Ferreira da Silva) intentó asaltar la ciudad de Mossoró, pero sufrió allí una de sus pocas derrotas, gracias a la resistencia organizada de la población, un episodio que forma parte del orgullo local.
Por su ubicación en la esquina de Sudamérica —el punto más cercano a África—, el Rio Grande do Norte tuvo un papel estratégico en la Segunda Guerra Mundial. En Parnamirim, junto a Natal, los Estados Unidos instalaron la base aérea de Parnamirim Field, el mayor puente aéreo aliado hacia África y Europa, apodado el 'Trampolim da Vitória' ('Trampolín de la Victoria').
Entre 1942 y 1945, decenas de miles de aviones y miles de soldados estadounidenses pasaron por allí camino del frente africano y europeo. La presencia americana dejó una huella cultural duradera en Natal —desde el chicle y las novedades del mundo hasta encuentros que marcaron a la ciudad—, y hoy se recuerda en el Centro Cultural Trampolim da Vitória.
Hoy el Rio Grande do Norte es sinónimo de sol y playa. Natal, la 'ciudad del sol', se extiende junto a las gigantescas dunas de Genipabu, que se recorren en buggy en uno de los paseos más famosos del Nordeste. Al sur, Pipa combina falésias rojas, delfines, tortugas y un ambiente cosmopolita que la volvió meca del turismo joven.
El estado, situado justo en la esquina donde Brasil dobla del norte hacia el sur, presume de tener uno de los mejores climas y de las aguas más cálidas y transparentes del país. La memoria del erudito Luís da Câmara Cascudo, el gran folclorista brasileño nacido en Natal, impregna además la identidad cultural potiguar.