Mucho antes de que la palabra 'Acre' apareciera en los mapas, este rincón suroccidental de la Amazonia estaba habitado por decenas de pueblos indígenas, muchos de ellos de la familia lingüística pano: los Huni Kuin (Kaxinawá), Yawanawá, Shanenawá, Yaminawá, y también los Ashaninka de lengua arawak, entre otros. Se organizaban en torno a los ríos Juruá y Purus y a sus afluentes, en un territorio de selva densa y difícil acceso que hoy sigue albergando a algunos de los últimos pueblos en aislamiento voluntario del planeta.
La llegada de los seringueiros a fines del siglo XIX quebró ese mundo. Las llamadas 'correrías' —expediciones armadas para abrir y ocupar los seringales— provocaron matanzas, desplazamientos y la fragmentación de pueblos enteros, que huyeron hacia las cabeceras de los ríos o quedaron sometidos al régimen de trabajo de los patrones del caucho. La memoria de esa violencia y la posterior lucha por la demarcación de sus tierras son parte central de la identidad indígena acreana, hoy reconocida en numerosas Terras Indígenas.
Hacia 1880, la Revolución Industrial y la naciente industria del automóvil dispararon la demanda mundial de caucho, y la Amazonia occidental —rica en árboles de Hevea brasiliensis— se convirtió en una frontera codiciada. Miles de nordestinos, sobre todo cearenses que huían de la gran sequía de 1877-1879, se internaron en la selva como seringueiros, extrayendo el látex que se conocía como el 'oro blanco'.
El problema es que aquellas tierras, según el Tratado de Ayacucho de 1867, pertenecían a Bolivia. Los recolectores brasileños llegaron a ser la enorme mayoría de la población, pero el gobierno boliviano intentó imponer su control fiscal y aduanero sobre una región lejana y de difícil acceso. La tensión entre los colonos brasileños y las autoridades bolivianas —agravada cuando Bolivia intentó arrendar el territorio a un consorcio internacional, el Bolivian Syndicate— hizo inevitable el estallido.
Entre 1899 y 1903 se sucedieron los levantamientos de los seringueiros contra la administración boliviana, en lo que se conoció como la Revolución Acreana. La figura decisiva fue José Plácido de Castro, un gaúcho de Rio Grande do Sul que había combatido en la Revolución Federalista y trabajaba como agrimensor en la región; organizó a recolectores, comerciantes y trabajadores de la selva en un ejército improvisado que fue tomando el control del territorio y llegó a proclamar un efímero Estado Independiente del Acre.
El conflicto se resolvió por la vía diplomática gracias a la habilidad del barón de Río Branco, canciller brasileño. El 17 de noviembre de 1903 se firmó en Petrópolis el Tratado de Petrópolis, por el cual Bolivia cedía el Acre a Brasil a cambio de dos millones de libras esterlinas, la cesión de algunas tierras y el compromiso de construir el ferrocarril Madeira-Mamoré, que debía dar a Bolivia una salida hacia el Atlántico. El documento es considerado la verdadera 'partida de nacimiento' del Acre brasileño.
Incorporado a Brasil, el Acre no obtuvo de inmediato autonomía política: durante casi seis décadas fue administrado como Territorio Federal, gobernado directamente desde Río de Janeiro y luego desde Brasilia. Rio Branco, a orillas del río Acre, se consolidó como su capital y centro administrativo.
La autonomía plena llegó recién el 15 de junio de 1962, cuando el presidente João Goulart sancionó la Ley Federal N.º 4.070, que elevó al Acre a la categoría de estado de la federación. Esa fecha se celebra cada año como el aniversario del estado, y el 15 de junio quedó grabado como el día en que 'un pueblo conquistó su lugar en Brasil'. El estado adoptó una identidad orgullosa de su origen: la de una tierra que no fue conquistada por la corona, sino incorporada por la voluntad y el trabajo de sus propios colonos.
El Acre dio al mundo a Francisco Alves Mendes Filho, 'Chico Mendes', nacido en 1944 en un seringal cerca de Xapuri. Seringueiro él mismo, se convirtió en sindicalista y organizó a los recolectores de caucho en defensa de la selva y de su modo de vida frente al avance de la deforestación y la ganadería. Su método fueron los 'empates': acciones colectivas y no violentas —el primero, en Brasiléia en 1976— en las que hombres, mujeres y niños se plantaban frente a las motosierras para impedir la tala.
Chico Mendes propuso las reservas extractivistas, un modelo que permitía a las comunidades vivir de la selva sin destruirla, y llevó su causa a foros internacionales. Su asesinato, el 22 de diciembre de 1988, a manos de terratenientes en su casa de Xapuri, lo transformó en un mártir y símbolo mundial del ambientalismo. Su legado dio origen a la creación de reservas extractivistas que hoy protegen millones de hectáreas.
El Acre es hoy uno de los estados más forestados de Brasil, con la mayor parte de su superficie cubierta de selva y una fuerte presencia de reservas extractivistas, tierras indígenas y unidades de conservación. Rio Branco, la capital, funciona como puerta de entrada a un mundo amazónico donde conviven la herencia del caucho, la cultura de los pueblos originarios y una economía que busca conciliar desarrollo y conservación.
El estado hace frontera con Perú y Bolivia, lo que le da un carácter cosmopolita y de cruce de caminos: la carretera Interoceánica lo conecta con el Pacífico, y su gastronomía, su música y su acento mezclan influencias nordestinas, amazónicas y andinas. Visitar el Acre es recorrer museos dedicados a la Revolución Acreana y a Chico Mendes, navegar ríos de selva y comprender un capítulo singular de la historia brasileña: el de la última gran frontera incorporada al país.