El litoral de Santa Catarina estuvo habitado por los indígenas carijós (tupí-guaraníes) y, en el interior, por los xokleng y kaingang. Las primeras poblaciones portuguesas permanentes surgieron en el siglo XVII: São Francisco do Sul, fundada hacia 1658, y sobre todo Nossa Senhora do Desterro —hoy Florianópolis—, establecida en 1673 por el bandeirante Francisco Dias Velho en la isla de Santa Catarina.
Entre 1748 y 1756, la corona portuguesa promovió la llegada de unos cinco mil inmigrantes azorianos —de las islas Azores— para poblar y asegurar el litoral sur. Estos colonos dejaron una impronta profunda en la cultura, la arquitectura, la religiosidad y la pesca artesanal de la costa catarinense, con sus festas do Divino y su renda de bilro (encaje de bolillos).
Por su posición estratégica en la ruta al sur, la isla de Santa Catarina fue fortificada en el siglo XVIII con un sistema de fortalezas —Anhatomirim, Santa Cruz de Ratones, São José da Ponta Grossa— para defender el acceso a la región frente a españoles y a otras potencias.
En 1777, tras una breve ocupación española, el Tratado de Santo Ildefonso reconoció la isla como posesión portuguesa, consolidando el dominio luso sobre el litoral catarinense. Estas fortalezas, hoy restauradas, son uno de los patrimonios históricos más visitados de Florianópolis.
En el siglo XIX, Santa Catarina recibió una fuerte inmigración germánica e italiana que colonizó los valles del interior. Los alemanes fundaron São Pedro de Alcântara (1829) y, sobre todo, Blumenau (1850), creada por el farmacéutico Hermann Blumenau, y Joinville (Colônia Dona Francisca, 1851); los italianos poblaron el sur del estado.
De esa herencia nacieron una pujante industria textil y metalúrgica, ciudades de arquitectura enxaimel (entramado de madera) y tradiciones como la Oktoberfest de Blumenau, la mayor fiesta de la cerveza de América. Esa impronta europea, sumada a la azoriana del litoral, da a Santa Catarina una identidad cultural muy distinta a la del resto de Brasil.
Santa Catarina fue escenario de dos episodios rebeldes notables. En 1839, en plena Revolución Farroupilha, el italiano Giuseppe Garibaldi ayudó a proclamar en Laguna la efímera República Juliana, extensión de la insurrección gaúcha en tierras catarinenses.
Más tarde, entre 1912 y 1916, el interior del estado —en el límite con Paraná— fue el escenario de la Guerra do Contestado, uno de los conflictos sociales más sangrientos de la historia de Brasil: miles de campesinos pobres, movilizados por un fervor religioso mesiánico en torno a monjes como José María, se enfrentaron al Estado, al ejército y a la poderosa compañía ferroviaria y maderera (Lumber Company) que construía la línea São Paulo-Rio Grande y expulsaba a los caboclos de sus tierras. La represión fue brutal.
Tras la proclamación de la República, la capital protagonizó la Revolución Federalista de la década de 1890. En 1894, la ciudad de Nossa Senhora do Desterro fue rebautizada Florianópolis en homenaje al presidente Floriano Peixoto, que había sofocado la revuelta, nombre que conserva hasta hoy.
A lo largo del siglo XX, Florianópolis pasó de villa pesquera a capital moderna y a uno de los grandes polos turísticos y tecnológicos del sur de Brasil, con una de las mejores calidades de vida del país.
Santa Catarina es hoy uno de los grandes destinos turísticos de Brasil. La isla de Florianópolis, 'Floripa', ofrece más de cuarenta playas, lagunas y una vibrante vida de surf y verano; el litoral suma la moderna Balneário Camboriú, la buceadora Bombinhas, Garopaba y la Praia do Rosa, meca del surf y del avistaje de ballenas jorobadas que se reproducen frente a la costa.
Tierra adentro, la Serra Catarinense, con São Joaquim y Urubici, es el rincón más frío de Brasil, uno de los pocos lugares del país donde nieva en invierno, con sus manzanares, sus vinos de altura y sus paisajes de montaña. Del mar a la sierra, el estado condensa una diversidad poco común en el trópico.