Nuri es el cementerio de los faraones negros. Sobre una terraza desértica que domina el Nilo, a diez kilómetros de la montaña sagrada de Jebel Barkal, se alinean más de veinte pirámides de arenisca —de las unas ochenta que llegó a haber— bajo las cuales fueron enterrados los reyes y las reinas del reino de Kush durante más de tres siglos. La primera y la mayor es la de Taharqa, el soberano que gobernó desde el Mediterráneo hasta la actual Jartum y que la Biblia menciona como enemigo de Asiria.
El conjunto tiene algo que no tiene ningún otro campo piramidal del mundo: buena parte de sus cámaras funerarias están bajo el agua. El nivel freático subió a lo largo del siglo XX por efecto del riego agrícola, de las presas del Nilo y del cambio climático, e inundó las tumbas excavadas en la roca. Desde 2018, la expedición arqueológica dirigida por Pearce Paul Creasman las excava buceando: es el primer proyecto de arqueología subacuática realizado en Sudán, con buzos trabajando a varios metros de profundidad bajo una pirámide de dos mil trescientos años.
Esta guía no propone un viaje. Sudán está en guerra desde abril de 2023 y todas las cancillerías desaconsejan cualquier desplazamiento al país; el acceso está suspendido y las campañas arqueológicas están interrumpidas. Lo que sigue es una guía informativa y patrimonial sobre qué es Nuri, quién está enterrado ahí y en qué estado se encuentra.
Nuri fue la necrópolis real del reino de Kush en su etapa napatana. El primero en hacerse enterrar aquí fue Taharqa, el gran faraón de la dinastía XXV egipcia, que murió en Napata en el 664 a. C. tras haber sido expulsado de Egipto por los asirios; su pirámide, Nuri 1, es la mayor del conjunto, con una base de unos 51,75 metros de lado. Hasta entonces los reyes kushitas se enterraban en El Kurru; el traslado a Nuri marcó un cambio dinástico y ritual. Durante los tres siglos siguientes, unos ochenta miembros de la realeza —reyes, esposas reales y reinas madre— fueron sepultados aquí bajo pirámides de perfil empinado, organizados en filas según su rango: las esposas reales al norte de la tumba de Taharqa y las reinas madre al sur. El último rey enterrado en Nuri fue Nastasen, hacia el 335-310 a. C.; después la práctica funeraria real se trasladó definitivamente a Meroe. George Reisner excavó parcialmente el sitio a comienzos del siglo XX y desde 2018 trabaja allí la Nuri Archaeological Expedition, que excava buceando las cámaras inundadas por el ascenso del nivel freático. La UNESCO inscribió el sitio en 2003 como parte del bien «Jebel Barkal y los sitios de la región napatana».
Leer la historia completa ↓El tramo del Nilo donde nacieron los faraones negros: la ciudad de Kerma con su Deffufa de adobe, la montaña sagrada de Amón en Jebel Barkal, las pirámides de Nuri y la capital cristiana de Old Dongola.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La costumbre kushita de enterrar a sus reyes bajo pirámides no nació en Nuri sino unos kilómetros aguas abajo, en El Kurru. Allí, a partir del siglo IX a. C., una familia de jefes locales del entorno de Napata empezó a construir túmulos que fueron evolucionando hasta convertirse en pirámides propiamente dichas, en una secuencia que la arqueología ha podido reconstruir con inusual claridad.
Esa familia se apropió por completo del aparato religioso que Egipto había dejado en la región tras la conquista de Tutmosis III hacia el 1450 a. C.: el culto de Amón en Jebel Barkal, el sacerdocio, la titulatura real, la escritura jeroglífica. El rey Alara, hacia el 800-760 a. C., aparece en la tradición posterior como fundador de la dinastía. Su sucesor Kashta extendió el control hacia el norte hasta Tebas y Elefantina, aprovechando la fragmentación del Egipto del Tercer Período Intermedio.
Y entonces llegó Piye. Hacia el 727 a. C. invadió el Bajo Egipto, sometió a los príncipes del delta y fundó la dinastía XXV, la de los llamados «faraones negros». Su Estela de la Victoria, hallada en el templo de Amón de Jebel Barkal, narra la campaña con un tono de superioridad religiosa que revela cómo se veían a sí mismos los kushitas: no como conquistadores extranjeros sino como restauradores de la ortodoxia frente a unos gobernantes egipcios impíos.
Piye fue enterrado en El Kurru, bajo una pirámide, junto con caballos sacrificados en tumbas propias —un rasgo funerario específicamente kushita que documenta la importancia del caballo en esa cultura—. Después de él reinaron Shabaka y Shabataka, también sepultados allí. El siguiente rey rompería la tradición.
Taharqa reinó aproximadamente entre el 690 y el 664 a. C. y llevó al reino de Kush a su máxima extensión: desde el delta del Nilo hasta la actual Jartum. Fue un constructor prolífico, que restauró y amplió templos en todo Egipto y en Nubia —incluido el santuario de Amón en Jebel Barkal y el templo de Mut excavado en la roca de la montaña— y que promovió el primer gran programa de construcción de pirámides desde el Reino Medio egipcio. En el 701 a. C. intervino en el Levante apoyando a Judá frente al asedio asirio, episodio que menciona la Biblia y que lo convirtió en una de las pocas figuras africanas antiguas presentes en la memoria occidental.
Su reinado terminó mal. Los asirios de Asarhaddón invadieron Egipto en el 671 a. C. y tomaron Menfis; Taharqa huyó al sur y murió en Napata en el 664 a. C. Su sucesor Tanutamani intentó la reconquista, pero Asurbanipal lo derrotó y saqueó Tebas en el 663 a. C.
Taharqa hizo algo que sus predecesores no habían hecho: se hizo enterrar en un lugar nuevo, en la terraza desértica de Nuri, al otro lado del Nilo respecto de Jebel Barkal y a unos diez kilómetros de la montaña. Su pirámide, catalogada como Nuri 1, es la mayor del conjunto y una de las mayores pirámides nubias conocidas: una base de unos 51,75 metros de lado y una altura estimada entre 40 y 50 metros. Se ha señalado además que su orientación hacía que el sol saliera directamente sobre su vértice el día del Año Nuevo egipcio, la fecha que marcaba el inicio de la crecida del Nilo.
Las razones del traslado desde El Kurru se discuten. Se han propuesto una afirmación dinástica, una reorganización del paisaje sagrado en torno al santuario de Amón, motivos rituales vinculados a la orientación astronómica y consideraciones prácticas sobre el terreno. Lo indiscutible es el efecto: durante los tres siglos siguientes, Nuri fue la necrópolis real del reino.
Nuri estuvo en uso durante más de tres siglos, aproximadamente entre el 670 y el 310 a. C. En ese lapso se levantaron unas ochenta estructuras funerarias para reyes, esposas reales y reinas madre. Hoy quedan en pie más de veinte pirámides; el resto ha quedado reducido a montículos por efecto de la erosión, del expolio y de la fragilidad de las construcciones menores.
La organización espacial del cementerio es una lección de jerarquía. La pirámide de Taharqa ocupa la posición dominante. Al norte de ella se alinean en filas paralelas las tumbas de las esposas de los reyes. Al sur se agrupan las de las reinas madre, las kandakes, que en el reino de Kush no eran una figura ceremonial sino una posición institucional con poder político efectivo. La separación deliberada entre ambos grupos confirma que se trataba de dos estatus distintos y no de una simple gradación.
Las pirámides responden al tipo nubio: lados muy empinados —entre 60 y 70 grados—, bases pequeñas comparadas con las egipcias, construcción en bloques de arenisca local y una capilla funeraria adosada en la cara este, donde se depositaban las ofrendas. La cámara sepulcral propiamente dicha está excavada en la roca bajo la estructura y se alcanza por una escalera descendente.
Entre los soberanos sepultados figuran los reyes napatanos de los siglos VII a IV a. C.: Atlanersa, Senkamanisken, Anlamani, Aspelta —el rey que trasladó la capital a Meroe en torno al 591 a. C. tras el saqueo de Napata por Psamético II—, Amanineteyerike, Harsiotef y, cerrando la serie, Nastasen, que reinó alrededor del 335-310 a. C. y fue el último rey enterrado aquí.
Después de Nastasen, la práctica funeraria real se trasladó definitivamente a Meroe, donde ya estaba la capital política desde hacía casi tres siglos. Se ha propuesto que ese cambio refleja también una pérdida de influencia del sacerdocio napatano de Amón frente al poder civil de la nueva capital.
La arqueología moderna llegó a Nuri con George Andrew Reisner, que excavó parcialmente el sitio a comienzos del siglo XX en el marco de las campañas que dirigió en Sudán para la Universidad de Harvard y el Museo de Bellas Artes de Boston. Reisner trabajó también en El Kurru, en Jebel Barkal y en Meroe, y esa visión de conjunto le permitió hacer algo que ningún trabajo aislado habría conseguido: establecer la secuencia dinástica de los reyes de Kush.
Su método se apoyaba en la observación de la evolución tipológica de las tumbas, en la posición relativa de cada estructura dentro del cementerio y en los materiales recuperados. El resultado —una lista ordenada de soberanos napatanos y meroíticos con sus enterramientos identificados— sigue siendo, con correcciones y matices, el esqueleto cronológico sobre el que se estudia el reino de Kush. Buena parte del material que recuperó se repartió entre Boston y Jartum, según los acuerdos de reparto vigentes en la época.
Reisner, sin embargo, no pudo excavar por completo las cámaras funerarias. Ya en su tiempo el agua subterránea dificultaba el trabajo en los niveles inferiores, y en las décadas siguientes el problema se agravó hasta hacerlo imposible. Las tumbas de Nuri quedaron, literalmente, fuera del alcance de la arqueología durante casi un siglo.
Ese mismo obstáculo tuvo un efecto secundario inesperado y afortunado: el agua protegió las cámaras de los saqueadores. La tumba de Nastasen, en particular, llegó al siglo XXI en un estado relativamente intacto precisamente porque nadie podía entrar en ella.
En 2018 empezó en Nuri algo sin precedentes en Sudán: la Nuri Archaeological Expedition, dirigida por Pearce Paul Creasman y apoyada con becas de la National Geographic Society, se propuso excavar las cámaras inundadas del rey Nastasen buceando.
El planteamiento es tan simple como extraordinario. Los arqueólogos descienden por la escalera de acceso original de la tumba hasta el nivel del agua y continúan sumergidos, alimentados por mangueras de aire de decenas de metros tendidas desde la superficie, porque el espacio no permite maniobrar con botellas convencionales. Trabajan a varios metros de profundidad, en cámaras excavadas hace más de dos mil trescientos años bajo una pirámide, con visibilidad limitada y con todas las dificultades de la excavación subacuática sumadas a las de la arqueología de tumba.
Es el primer proyecto de arqueología subacuática desarrollado en Sudán. Entre los hallazgos publicados figuran shabtis, las figurillas funerarias destinadas a servir al soberano en el más allá, y la constatación de que la tumba se conserva en un estado notablemente íntegro.
La causa del problema que hizo necesario todo esto es moderna y preocupante. El nivel freático de la zona ha subido a lo largo del último siglo por tres factores concurrentes: el aumento del riego agrícola en la ribera del Nilo, las presas modernas que regulan el río y elevan el nivel de base —la de Merowe, en la cuarta catarata, entró en servicio en 2009— y el cambio climático. Nuri es, en ese sentido, un caso de estudio sobre cómo las transformaciones ambientales contemporáneas amenazan al patrimonio arqueológico de maneras que nadie había previsto.
La expedición interrumpió sus campañas con el estallido de la guerra en abril de 2023.
En 2003, la UNESCO inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial el bien «Jebel Barkal y los sitios de la región napatana», con cinco componentes repartidos por este tramo del Nilo: Jebel Barkal, El Kurru, Nuri, Sanam y Zuma. En conjunto representan las culturas napatana —aproximadamente entre el 900 y el 270 a. C.— y meroítica —del 270 a. C. al 350 d. C.— del segundo reino de Kush, con tumbas con y sin pirámide, templos, túmulos, complejos residenciales y palacios. Fue el primer sitio sudanés en entrar en la Lista.
Desde el 15 de abril de 2023, Sudán está en guerra civil entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido. El Estado del Norte, donde se sitúa Nuri, quedó relativamente alejado de los frentes principales —Jartum, Kordofán y Darfur— y no consta que los monumentos napatanos hayan sido alcanzados directamente por combates.
Eso no equivale a estar a salvo. El daño real es el colapso del sistema nacional de protección del patrimonio: las misiones arqueológicas internacionales suspendieron sus campañas, la Corporación Nacional de Antigüedades y Museos perdió capacidad operativa, la vigilancia de los sitios se debilitó y el mantenimiento se interrumpió. En un cementerio abierto y extenso como Nuri, eso significa riesgo de expolio, de excavaciones clandestinas y de deterioro no atendido. Y, en el caso concreto de las cámaras inundadas, significa que el proceso de degradación por el agua sigue avanzando sin que nadie lo documente.
El contexto nacional es grave. El Museo Nacional de Sudán, en Jartum, fue ocupado y saqueado, con estimaciones de pérdida que van del 60 % al 90 % de sus fondos; más de veinte museos del país resultaron dañados o saqueados y el balance provisional de 2025 cifraba en unos 110 millones de dólares las pérdidas del sector de cultura, antigüedades y turismo. La UNESCO calificó la amenaza sobre el patrimonio sudanés de nivel «sin precedentes», activó su Fondo de Emergencia del Patrimonio para los dos sitios sudaneses de la Lista y pidió públicamente no adquirir antigüedades procedentes del país, después de que aparecieran piezas a la venta en plataformas de internet. En noviembre de 2024 hubo incautaciones y detenciones vinculadas a ese tráfico en el norte de Sudán, con arrestos documentados en Atbara.
Bajo la arena y bajo el agua de Nuri siguen enterrados los reyes que gobernaron Egipto. Su protección depende hoy de que Sudán recupere la capacidad de ejercerla.