Karima es una ciudad pequeña, tranquila y verde en medio del desierto: unas pocas calles, un mercado, una estación de ferrocarril y una franja de palmerales y huertas siguiendo el Nilo. No tendría por qué figurar en ninguna guía de viajes si no fuera por lo que hay a sus afueras: Jebel Barkal, la montaña sagrada donde egipcios y kushitas situaron la morada del dios Amón durante mil quinientos años, y a su alrededor la mayor concentración de patrimonio nubio del país.
Desde acá se llega en minutos a los templos y a las pirámides del Barkal, en poco más a las de Nuri —donde está enterrado el faraón Taharqa—, a la necrópolis de El Kurru y al templo de Sanam. Cuatro de los cinco componentes del sitio UNESCO «Jebel Barkal y los sitios de la región napatana» están al alcance de una jornada. Por eso, para el viajero que llegaba a Sudán antes de 2023, Karima era la palabra clave del norte: el lugar donde se dormía para ver los faraones negros.
Esta guía no propone un viaje. Sudán está en guerra desde abril de 2023 y todas las cancillerías desaconsejan cualquier desplazamiento al país. Lo que sigue es una guía informativa: qué es Karima, qué la rodea, qué papel juega en la historia del valle del Nilo y qué se sabe hoy sobre el estado del patrimonio sudanés.
Karima es una ciudad moderna asentada sobre uno de los paisajes históricos más densos de África. A sus pies estuvo Napata, la capital del reino de Kush entre los siglos IX y VI a. C., desde la que los llamados «faraones negros» de la dinastía XXV llegaron a gobernar Egipto; el santuario de Amón en Jebel Barkal fue durante mil quinientos años el centro religioso del valle del Nilo al sur de Egipto. Tras el saqueo de Napata por el faraón egipcio Psamético II hacia el 593 a. C., la capital política se trasladó a Meroe, pero la montaña siguió siendo lugar de culto durante siglos. En época moderna, la ciudad creció como cabeza de la ribera agrícola y como terminal de un ramal ferroviario tendido durante el condominio anglo-egipcio. La construcción de la presa de Merowe, en la cuarta catarata, entre 2003 y 2009, transformó la comarca: duplicó la capacidad eléctrica del país, inundó una extensa zona del valle y provocó el desplazamiento de miles de personas, además de una de las campañas de salvamento arqueológico más importantes de la historia reciente de Sudán.
Leer la historia completa ↓El tramo del Nilo donde nacieron los faraones negros: la ciudad de Kerma con su Deffufa de adobe, la montaña sagrada de Amón en Jebel Barkal, las pirámides de Nuri y la capital cristiana de Old Dongola.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Karima está en uno de los puntos más singulares del curso del Nilo. Entre la cuarta y la quinta catarata, el río abandona su dirección norte y describe un enorme arco hacia el suroeste antes de volver a girar: un rodeo de centenares de kilómetros que encierra el desierto de Bayuda como en un lazo. Karima se sitúa en el tramo superior de ese arco, sobre la ribera, en el punto donde el valle se ensancha en una franja fértil de palmerales y huertas.
Esa geografía tuvo consecuencias históricas decisivas. El arco del Nilo obligaba a las caravanas a elegir: seguir el río, mucho más largo, o cortar en línea recta por el desierto de Bayuda, más corto pero más duro. Esa disyuntiva estructuró durante milenios las rutas comerciales, las campañas militares y las peregrinaciones entre el sur y el norte de Nubia. La comarca de Karima era el nudo donde se tomaba la decisión.
Además, la franja de tierra irrigada aquí es relativamente ancha y productiva, lo que permitió una densidad de población inusual para el desierto nubio. Los palmerales datileros —con la variedad barakawi como estandarte— y la horticultura de ribera han sostenido comunidades de forma continua durante milenios. La región fue territorio histórico de la tribu shaigiya, presente también en el entorno de Korti.
Y en medio de todo eso, a las afueras de la ciudad actual, se levanta una mesa aislada de arenisca de unos cien metros de altura que dos civilizaciones consideraron la morada terrenal de un dios: Jebel Barkal.
A los pies de Jebel Barkal, en el territorio que hoy ocupa la comarca de Karima, estuvo Napata, una de las ciudades más importantes de la Antigüedad africana. Su origen es egipcio: hacia el 1450 a. C., las campañas de Tutmosis III llevaron a Egipto hasta la cuarta catarata, fijaron aquí el límite meridional del imperio y consagraron la montaña a Amón, identificándola como «el Trono de las Dos Tierras». Los faraones del Reino Nuevo empezaron a construir el gran templo de Amón que sería el santuario más importante del valle del Nilo al sur de Egipto.
Cuando el poder egipcio se retiró después del 1070 a. C., la teología, el sacerdocio y la arquitectura quedaron allí, y una nueva élite local se apropió de todo el aparato. De Napata surgió la dinastía que a mediados del siglo VIII a. C. hizo lo impensable: conquistar Egipto. Kashta llegó a Tebas; Piye completó la conquista del delta hacia el 727 a. C. y fundó la dinastía XXV, la de los llamados «faraones negros». Después reinaron Shabaka, Shabataka, Taharqa —el más monumental, cuyo reino se extendía del Mediterráneo a la actual Jartum— y Tanutamani.
La Estela de la Victoria de Piye, hallada en el templo de Amón del Barkal, es uno de los documentos históricos más notables del África antigua. A esa serie se suman las inscripciones de Taharqa, la Estela del Sueño de Tanutamani y la Estela de la Elección de Aspelta: el corpus escrito con el que se reconstruye la historia del reino de Kush.
El fin del imperio llegó con las invasiones asirias de Asarhaddón y Asurbanipal entre el 671 y el 663 a. C., que expulsaron a los kushitas de Egipto. Taharqa murió en Napata en el 664 a. C. y fue enterrado bajo la primera pirámide de Nuri, al otro lado del río. Y hacia el 593 a. C., una expedición del faraón Psamético II saqueó la ciudad, lo que precipitó el traslado de la capital hacia el sur, a Meroe, en torno al 591 a. C., bajo el rey Aspelta.
Napata perdió la capitalidad política pero conservó la religiosa: los reyes meroíticos siguieron restaurando los templos del Barkal durante siglos y algunos incluso se hicieron enterrar allí. En el 22 a. C., el prefecto romano Gayo Petronio volvió a arrasar la ciudad en respuesta a la ofensiva de la kandake Amanirenas contra el Egipto romano. También de eso se recuperó.
Tras el colapso de Meroe hacia el 350 d. C., el valle nubio se reorganizó en tres reinos sucesores: Nobatia al norte, Makuria en el centro —con capital en Old Dongola, unos ciento cincuenta kilómetros aguas abajo de Karima— y Alodia al sur, con capital en Soba, cerca de la actual Jartum. Los tres se cristianizaron en el siglo VI y formaron una de las civilizaciones cristianas más duraderas y menos conocidas de África, con iglesias de ladrillo, pintura mural de altísima calidad y una tradición manuscrita propia.
Makuria resistió durante siglos la presión de los ejércitos musulmanes desde Egipto, protegida por un tratado singular, la baqt, que reguló las relaciones entre Nubia y el mundo islámico durante cientos de años. El reino entró en crisis a partir del siglo XIV y la islamización de la región se completó de forma gradual entre los siglos XIV y XVI, más por migración e influencia comercial que por conquista militar.
Desde 1504, el sultanato Funj de Sennar dominó buena parte del Nilo medio, mientras que en el norte se consolidaban confederaciones tribales como la de los shaigiya, que controlaban el tramo del gran arco. La conquista turco-egipcia de 1821 puso fin a ese orden y sometió toda la región a la administración con sede en Jartum.
Durante la Mahdiyya y la reconquista anglo-egipcia de 1898, la comarca fue escenario de movimientos militares: el desierto de Bayuda, que Karima domina por el norte, fue atravesado por la columna británica que intentó socorrer a Gordon en Jartum en 1885. Bajo el condominio anglo-egipcio se tendió el ramal ferroviario de vía estrecha que hizo de Karima una terminal de la red sudanesa, integrada en el sistema que conectaba el norte con Atbara y con Port Sudán.
El acontecimiento que más transformó la comarca en el siglo XXI fue la construcción de la presa de Merowe, levantada entre 2003 y 2009 en la cuarta catarata del Nilo, poco aguas arriba de Karima, que es la localidad más próxima aguas abajo del embalse.
El impacto energético fue enorme: al entrar en funcionamiento, la presa duplicó la capacidad de generación eléctrica de Sudán. Fue el proyecto de infraestructura más ambicioso del país en décadas, financiado con capital de fondos árabes y ejecutado con participación de empresas chinas y europeas.
El impacto social fue igualmente grande y mucho más conflictivo. El embalse inundó un tramo extenso del valle y obligó al desplazamiento de miles de personas de las comunidades ribereñas de la cuarta catarata —manasir, amri y hamadab, entre otras—, que fueron reasentadas en zonas desérticas con condiciones muy distintas a las de la ribera fértil. El proceso estuvo acompañado de protestas, litigios y denuncias documentadas por organizaciones de derechos humanos y por publicaciones especializadas en desplazamiento forzado.
El impacto arqueológico dio lugar al Merowe Dam Archaeological Salvage Project, una de las mayores campañas de excavación de urgencia de la historia reciente de Sudán. Equipos internacionales —con participación destacada de la Sudan Archaeological Research Society británica y de misiones de varios países— trabajaron contrarreloj para documentar y excavar los yacimientos del tramo condenado antes de que quedaran bajo el agua. Los resultados transformaron el conocimiento sobre la ocupación humana de la cuarta catarata, una zona que hasta entonces se consideraba marginal y que resultó estar densamente poblada desde la prehistoria.
Ese episodio tuvo también una dimensión ética que se discutió abiertamente en la disciplina: la de la arqueología que trabaja bajo el paraguas de un proyecto que está desplazando por la fuerza a las poblaciones locales.
Antes de abril de 2023, Karima era una parada obligada en el circuito arqueológico del norte de Sudán. Una ciudad pequeña, de unos catorce mil habitantes según el censo de 2012, con un mercado modesto, una estación de ferrocarril, un museo de sitio, un lodge de tiendas orientado a viajeros y una hospitalidad que todos los que pasaron por ahí destacaban por encima de cualquier otra cosa. Sudán recibía muy pocos turistas internacionales, lastrado por décadas de sanciones y de mala imagen exterior, y esa escasez era precisamente lo que hacía que quien llegaba tuviera Jebel Barkal, Nuri y El Kurru prácticamente para sí solo.
La guerra que estalló el 15 de abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido cambió todo. El Estado del Norte quedó relativamente alejado de los frentes principales —Jartum, Kordofán y Darfur— y no consta que los monumentos napatanos hayan sido alcanzados directamente por combates. Pero la guerra afecta al norte de otras maneras: la llegada de desplazados desde la capital, la crisis económica, la interrupción del comercio y la desaparición completa de la actividad turística e investigadora.
El daño patrimonial de fondo es la pérdida de capacidad institucional. Las misiones arqueológicas internacionales suspendieron sus campañas, la Corporación Nacional de Antigüedades y Museos perdió operatividad, la vigilancia de los sitios se debilitó y el mantenimiento se interrumpió. En yacimientos abiertos y extensos, eso se traduce en riesgo de expolio y de excavaciones clandestinas. La UNESCO calificó la amenaza sobre el patrimonio sudanés de nivel «sin precedentes», activó su Fondo de Emergencia del Patrimonio para los dos sitios sudaneses de la Lista del Patrimonio Mundial y pidió públicamente no comprar antigüedades procedentes del país. En noviembre de 2024 hubo incautaciones y detenciones vinculadas al contrabando de piezas en el norte de Sudán, con arrestos documentados en Atbara.
Todas las cancillerías mantienen a lo largo de 2026 la recomendación de no viajar a Sudán en su totalidad, sin excepciones regionales. Karima, la ciudad tranquila al pie de la montaña de Amón, sigue ahí, esperando.