Suakin es una de las ruinas más extrañas y hermosas de África: una isla en el interior de una laguna del mar Rojo, enteramente cubierta por los restos de una ciudad construida con bloques de coral. Las casas tenían hasta cuatro plantas, miradores de madera labrada, puertas de teca traída de Java y dinteles de piedra tallada. Cuando el sol pega de lleno, el coral encalado devuelve un blanco cegador: de ahí el apodo de «la ciudad blanca».
Durante siglos, Suakin fue el gran puerto del noreste de África. Por acá salían el oro, el marfil, la goma arábiga, el ganado y también los esclavos; y por acá embarcaban, sobre todo, los peregrinos musulmanes que cruzaban el Sahel y el Sudán para llegar a La Meca. Los otomanos la ocuparon a mediados del siglo XVI y la convirtieron en cabeza de su provincia africana en el mar Rojo; los británicos la usaron como base durante las guerras contra el Mahdi, y allí resistió un largo asedio la guarnición mandada por Kitchener.
Su final llegó por obsolescencia técnica: el canal de acceso a la laguna era demasiado estrecho y poco profundo para los vapores modernos, y entre 1905 y 1909 los británicos construyeron Port Sudán, sesenta kilómetros al norte. En pocos años, la ciudad se vació y el coral, sin mantenimiento, empezó a desmoronarse. Esta guía no propone viajar —Sudán está en guerra desde abril de 2023 y el viaje está desaconsejado en su totalidad—, sino contar qué fue Suakin, qué queda de ella y quién está intentando salvarla.
Suakin es uno de los puertos más antiguos de África: se la identifica habitualmente con el «Puerto de la Buena Esperanza» que menciona Ptolomeo. A finales del siglo XIV, bajo control de los hedareb, se convirtió en el puerto más importante del noreste africano en el mar Rojo. Tras la conquista otomana de Egipto en 1517, Özdemir Pachá la ocupó a comienzos de la década de 1550 y los otomanos la hicieron centro provincial: restauraron sus dos grandes mezquitas, reforzaron las murallas y levantaron nuevos edificios, y la usaron para proteger la ruta del Hiyaz frente a portugueses y piratas. En 1865 pasó a la administración del jedivato egipcio y, entre 1883 y 1885, fue base británica en las guerras contra el Estado mahdista: Herbert Kitchener, al mando del contingente egipcio, tuvo allí su cuartel general y su fuerza soportó un largo asedio de las fuerzas del emir Osman Digna. La sentencia definitiva llegó con la ingeniería: el puerto no servía para los vapores modernos y entre 1905 y 1909 se construyó Port Sudán. Suakin se vació, y sus casas de coral —sin revoco ni mantenimiento— se derrumbaron en pocas décadas.
Leer la historia completa ↓Un puerto de coral abandonado, el gran puerto que lo reemplazó y hoy hace de capital, y una ciudad de huertas al pie de unos domos de granito, en la tierra de los beja.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Suakin es uno de los puertos más antiguos de África. La identificación más repetida la sitúa en el «Puerto de la Buena Esperanza» que menciona Ptolomeo en el siglo II, y su laguna aparece en las rutas del mar Rojo desde la Antigüedad: una bahía interior de aguas resguardadas, con una isla en el medio y un canal de acceso estrecho que la protegía de los vientos y de los intrusos.
El nombre ha alimentado leyendas. La explicación más sobria lo deriva del árabe suq, «mercado», lo que encaja perfectamente con su función histórica. La tradición popular local, en cambio, cuenta una historia de yinns encerrados en la isla, un relato que ha circulado durante siglos entre marineros y peregrinos y que forma parte de la mitología del lugar.
En la Edad Media, Suakin se consolidó como el punto donde el interior africano se encontraba con el comercio marítimo del mar Rojo y del océano Índico. Hacia finales del siglo XIV, con la costa bajo control del grupo hedareb, se convirtió en el puerto más importante del noreste de África en esta orilla. Por ella salían oro, marfil, goma arábiga, pieles, ganado y también esclavos, y entraban tejidos, especias, cerámica y manufacturas de la India, Arabia y el Mediterráneo.
Y salían, sobre todo, peregrinos. Suakin fue durante siglos el gran embarcadero africano de la peregrinación a La Meca: gente que cruzaba el Sahel desde África occidental y central, atravesaba el Sudán a pie o a lomos de camello en un viaje que podía durar años, y llegaba a esta costa para cruzar el mar hacia Yidda. Ese flujo dejó una huella demográfica duradera en el este sudanés, donde muchas comunidades descienden de peregrinos que se quedaron en el camino.
Tras la conquista otomana de Egipto en 1517, el imperio extendió su control por el mar Rojo para asegurar la ruta del Hiyaz —los santos lugares del islam— frente a los portugueses, que habían irrumpido en el océano Índico, y frente a la piratería. A comienzos de la década de 1550, Özdemir Pachá ocupó Suakin, que pasó a ser un centro provincial otomano.
Los otomanos invirtieron en la ciudad: restauraron sus dos grandes mezquitas —la Shafi'i y la Hanafi, cuya coexistencia habla del carácter cosmopolita del puerto—, reforzaron las murallas del fuerte y levantaron nuevos edificios y calles. Suakin funcionó como cabeza administrativa otomana en esta orilla africana hasta que en 1865 fue transferida a la administración del jedivato egipcio.
De aquella etapa procede el aspecto que ha hecho famosa a Suakin. Sus edificios se construyeron con madrépora, bloques de coral extraídos del fondo marino: casas de hasta cuatro plantas, con grandes miradores de celosía de madera —los roshan, que permitían ver la calle sin ser visto y ventilaban el interior—, puertas de teca traída de Java y dinteles de piedra labrada. El coral encalado, bajo el sol del mar Rojo, devuelve un blanco cegador; de ahí el apodo de «la ciudad blanca».
Ese material tiene una contrapartida cruel. El coral es ligero, aislante y fácil de trabajar, pero necesita un revoco de cal y mantenimiento constante para no disgregarse. Mientras Suakin estuvo habitada y próspera, las casas se conservaron. En cuanto se vació, se cayeron.
En 1881, la revuelta de Muhammad Ahmad —el Mahdi— contra la administración turco-egipcia se extendió por Sudán. En el este, el emir Osman Digna, comerciante de Suakin convertido en uno de los jefes militares más eficaces del movimiento, levantó a los beja hadendoa contra el poder establecido y transformó esta costa en un frente de guerra.
Suakin se convirtió en la plaza fuerte que no cayó. Entre 1883 y 1885 el ejército británico operó desde el puerto: Herbert Kitchener, entonces al mando del contingente del ejército egipcio, tuvo allí su cuartel general y su fuerza soportó un asedio prolongado por parte de las fuerzas de Osman Digna. La campaña oriental produjo varios de los combates más recordados de la guerra —El Teb y Tamai en 1884, Tofrek en 1885— y también el intento fallido de construir un ferrocarril desde Suakin hacia Berber, en el Nilo, para abrir un corredor hacia el interior.
Aquellos años dejaron a Suakin en la literatura y en la memoria imperial británica. Rudyard Kipling escribió sobre los hadendoa, cuyos peinados le valieron el apodo con que quedaron fijados en la imaginación victoriana, y la campaña del este se convirtió en uno de los episodios canónicos de las guerras coloniales del siglo XIX.
Tras la reconquista anglo-egipcia de Sudán en 1898, Suakin quedó incorporada al nuevo régimen condominial. La presencia militar británica en la plaza se mantuvo durante décadas, hasta la retirada de los años veinte. Pero para entonces la ciudad ya había perdido su razón de ser.
La sentencia de muerte de Suakin no la firmó un ejército, sino la ingeniería naval. El puerto es una laguna a la que se llega por un canal estrecho y sinuoso: una maravilla para los dhows y los veleros de vela latina que habían dominado el comercio del mar Rojo durante mil años, y un callejón sin salida para los buques de vapor de gran calado que se impusieron tras la apertura del canal de Suez en 1869.
La administración anglo-egipcia hizo cuentas y decidió construir un puerto nuevo desde cero. Entre 1905 y 1909 se levantó Port Sudán, unos sesenta kilómetros al norte, con dársenas de aguas profundas, almacenes y conexión ferroviaria con Atbara y el valle del Nilo. El resultado fue inmediato: comerciantes, funcionarios y familias enteras se mudaron al puerto nuevo, y Suakin se vació en cuestión de años.
A partir de ahí, la ciudad se desmoronó literalmente. Sin habitantes que reparasen los revocos, el coral se disgregó; los techos cedieron, las fachadas cayeron, las calles se llenaron de escombro blanco. La población que quedaba se trasladó a El Geyf, el núcleo de tierra firme al otro lado de la calzada, que en 1983 tenía 18.030 habitantes y en el censo de 2008 había llegado a 82.150. La isla quedó deshabitada.
El resultado es hoy uno de los paisajes urbanos más extraños de África: una ciudad muerta de coral blanco enfrente de una ciudad viva, separadas por un istmo de unos pocos centenares de metros. En la laguna, un carguero oxidado varado sobre un banco de arena y unas cuantas barcas de pesca completan la escena.
Suakin lleva un siglo entrando y saliendo de los planes de rescate. Figura desde 1994 en la Lista Indicativa del Patrimonio Mundial que Sudán presentó a la UNESCO, junto con Kerma y Old Dongola, y ha sido objeto de estudios de conservación internacionales por su valor arquitectónico excepcional y su extrema fragilidad material.
El proyecto más ambicioso llegó en diciembre de 2017, cuando el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan visitó Sudán y recorrió la isla junto al entonces presidente Omar al Bashir. En enero de 2018, la agencia de cooperación turca TIKA lanzó los trabajos de restauración al amparo de un acuerdo de arrendamiento a 99 años, con el objetivo declarado de convertir Suakin en un centro turístico y de servicio a los peregrinos con destino a La Meca. Se restauraron el antiguo palacio del gobernador, el edificio de aduanas y las dos mezquitas otomanas del siglo XVI. El acuerdo generó considerable atención internacional, porque el mar Rojo se ha convertido en un escenario de competencia entre potencias regionales, y Ankara subrayó que su presencia en la isla tenía fines civiles. El proyecto quedó parado después de 2019, con la caída de Bashir y el cambio de gobierno en Jartum.
El 15 de abril de 2023 estalló la guerra entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido, y todo lo demás pasó a segundo plano. Suakin no ha sido escenario de combates —los frentes principales fueron Jartum, Darfur y Kordofán—, pero el este del país entró en la guerra en mayo de 2025, cuando las RSF lanzaron ataques con drones de largo alcance contra Port Sudán y Kassala. La región alberga además un enorme volumen de población desplazada y una economía en crisis profunda.
Y sin embargo, en Suakin se sigue trabajando. Un equipo sudanés vinculado a la iniciativa Safeguarding Sudan's Living Heritage from Conflict and Climate Change (SSLH), con financiación del British Council y apoyo de la UNESCO, ha retomado la restauración de una mezquita que alberga la tumba de un jeque sufí, empleando técnicas constructivas tradicionales que ya casi no se practican y formando en ellas a estudiantes de arquitectura. El equipo ha manifestado su intención de celebrar un festival de música tradicional cuando terminen las obras, y ha expresado la esperanza de que algún día, con la paz, los visitantes puedan volver a recorrer estos edificios.
Ese es probablemente el mejor resumen de lo que Suakin es hoy: una ruina de coral blanco que se sigue cayendo, en la que un puñado de personas trabaja con cal y madera mientras el país está en guerra.