Si Sudán del Sur tiene una imagen que dio la vuelta al mundo, es esta: al atardecer, entre columnas de humo blanco de estiércol quemado, cientos de vacas de cuernos descomunales descansan mientras hombres y chicos cubiertos de ceniza se mueven entre ellas. Son los campamentos de ganado del pueblo mundari, en la llanura del Nilo Blanco alrededor de Terekeka, a unos 75 kilómetros al norte de la capital.
Conviene desarmar el malentendido antes de seguir. Eso que se fotografía no es una puesta en escena ni una ceremonia: es una jornada de trabajo. El humo espanta a los mosquitos y a las moscas; la ceniza del estiércol quemado funciona como repelente, protección solar y antiséptico sobre la piel de las personas y de los animales; el ganado se cuida como se cuida un patrimonio, porque literalmente lo es. Las vacas son moneda, dote, seguro social y prestigio. Un campamento mundari es un banco, una casa y un lugar de trabajo a la vez.
Por eso esta guía insiste en un punto: los mundari son personas. No se los visita como se visita un monumento. Se entra con invitación, se pide permiso para cada foto, se paga lo acordado, no se dirige a nadie como si fuera un modelo y se acepta un no sin discutir. Un encuentro hecho así es una de las experiencias culturales más intensas que ofrece África oriental; hecho de la otra manera, es una forma de turismo que la propia gente de estos campamentos ha descrito como incómoda.
Y el marco general no cambia: hoy prácticamente todas las cancillerías tienen a Sudán del Sur en su nivel máximo de alerta, las carreteras son peligrosas y esta zona en particular convive con robos de ganado y tensiones intercomunales recurrentes. Esta es una guía informativa sobre un fenómeno cultural extraordinario, no una invitación a hacer las valijas.
Los mundari forman parte del conjunto karo de pueblos nilóticos —la misma familia de los bari, sus vecinos del sur— y ocupan desde hace siglos la franja de sabana y llanura de inundación al oeste del Nilo Blanco, con Terekeka como centro. Su vida gira alrededor del ganado de cuernos largos, que llegó a esta región con las migraciones nilóticas y que estructura la economía, el parentesco y el prestigio: la dote matrimonial se paga en vacas, las disputas se saldan en vacas y la posición social se mide en vacas. Esa misma centralidad explica el reverso: los robos de ganado entre comunidades pastoras son una práctica antigua que la circulación masiva de armas automáticas durante las guerras civiles sudanesas volvió mucho más letal. Terekeka, cabecera administrativa del condado, creció como mercado y punto de contacto con el mundo exterior; hoy es el acceso natural a los campamentos y también el lugar donde se ve con más claridad la presión que la guerra, el desplazamiento y el cambio climático ejercen sobre una forma de vida antigua.
Leer la historia completa ↓El tramo del Nilo Blanco donde nació la capital: tierra bari y mundari, la vieja Gondokoro de los traficantes de marfil, el cerro Jebel Kujur y las llanuras de Bandingilo por donde pasa la mayor migración de mamíferos del planeta.
Leer la historia de Yuba y el Nilo Blanco (Ecuatoria Central) →Sin precios exactos: escala de $ (económico) a $$$$$ (lujo), con 2-3 opciones por categoría.
Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Los mundari son un pueblo nilótico de entre setenta mil y cien mil personas que vive en la franja de sabana y llanura de inundación al oeste del Nilo Blanco, en el actual estado de Ecuatoria Central, con la localidad de Terekeka como centro administrativo y comercial. Su territorio se extiende aproximadamente cien kilómetros de norte a sur y setenta y cinco de este a oeste, con el río como límite oriental, unos setenta y cinco kilómetros al norte de Yuba.
Pertenecen al conjunto karo de pueblos nilóticos, el mismo al que pertenecen los bari —sus vecinos del sur, el pueblo originario del área de la capital—, los kakwa, los pojulu, los kuku y los nyangwara. Todos hablan lenguas estrechamente emparentadas del grupo bari, dentro de la rama nilótica oriental. Esa cercanía lingüística y cultural no es un detalle académico: explica alianzas, matrimonios y también disputas de tierras y de pastos que atraviesan siglos.
Los nilóticos llegaron a esta parte del alto Nilo en un largo proceso de expansión desde el norte que los especialistas sitúan a lo largo del último milenio, llevando consigo el ganado de cuernos largos que sigue siendo la base de su economía. Los mundari combinan ese pastoreo con la agricultura —el sorgo es el cultivo principal— y con la pesca de red y de arpón en el Nilo. No son nómadas puros: tienen aldeas estables y campamentos de ganado que se desplazan estacionalmente según el pasto y el agua.
La organización social gira alrededor del ganado. La dote matrimonial se paga en vacas, las compensaciones por daños se pagan en vacas, la posición de una familia se mide en vacas, y los matrimonios se acuerdan entre familias, con poliginia entre quienes tienen medios para sostenerla. Los varones jóvenes reciben en la iniciación un patrón de escarificación característico —dos series de tres líneas paralelas, una a cada lado de la frente— que los marca como adultos. La lucha cuerpo a cuerpo tiene un prestigio deportivo y social considerable, como en buena parte del mundo nilótico.
Lo que el mundo conoce como «los campamentos mundari» es un sistema productivo, no una escenografía. Al caer la tarde, el ganado regresa del pastoreo y cada animal se acomoda en su lugar dentro del campamento. Durante la noche arden decenas de fuegos hechos con estiércol seco, y el humo blanco que los cubre cumple una función concreta: mantiene lejos a los mosquitos y a las moscas que transmiten enfermedades al ganado en una llanura de inundación donde los insectos son un problema serio.
La ceniza que queda de esos fuegos se esparce sobre el lomo de los animales y sobre la piel de las personas. Funciona como repelente, como protección solar y como antiséptico: ayuda a mantener limpias las heridas y a controlar los parásitos externos. La misma lógica explica que el ganado se lave con orina, que tiene propiedades antisépticas, y que muchos hombres se laven el pelo con ella: el ácido úrico decolora el cabello en tonos rojizos, anaranjados o amarillos, que en la estética mundari se consideran hermosos.
El vínculo con los animales es individual y afectivo. Cada vaca tiene nombre; los pastores las reconocen una por una, conocen su historia y su linaje, y componen canciones dedicadas a ellas, una práctica compartida con otros pueblos pastores nilóticos como los dinka y los nuer. Los cuernos enormes en forma de lira del ganado de tipo ankole son a la vez rasgo de raza y motivo de orgullo.
Entender esto importa porque cambia por completo la posición del visitante. Un campamento no es un espectáculo puesto para ser mirado: es simultáneamente la vivienda, el lugar de trabajo y el patrimonio económico de familias concretas. Las fotografías que circulan por el mundo —el humo, la luz rasante, las siluetas entre los cuernos— documentan una jornada laboral. Quien llega ahí llega a la casa y a la oficina de alguien.
Terekeka, sobre la orilla occidental del Nilo Blanco, es la cabecera del condado homónimo y el punto de contacto histórico entre el mundo mundari y las administraciones sucesivas que gobernaron esta región: la turco-egipcia del siglo XIX, con su tráfico de marfil y de personas esclavizadas por el corredor del Nilo; la mahdista; la del Sudán angloegipcio a partir de 1899; la del Sudán independiente desde 1956; y la de Sudán del Sur desde 2011.
El río fue siempre la vía principal. Los vapores que subían desde Jartum hacia Gondokoro pasaban por estas orillas, y con ellos llegaron el comercio, las misiones y los impuestos. La «Southern Policy» británica mantuvo el sur administrativamente aislado y económicamente marginal durante décadas, lo que preservó formas de vida tradicionales al mismo tiempo que privó a la región de escuelas, caminos y servicios. Cuando en 1946 la Conferencia de Juba decidió administrar el sur junto con el norte, la región llegaba a esa integración sin instituciones propias.
Terekeka atravesó las dos guerras civiles sudanesas —la que empezó con el motín de Torit en 1955 y la de 1983-2005— con la vulnerabilidad de todo el mundo rural: reclutamientos, desplazamientos, interrupción de los circuitos de pastoreo, escuelas y dispensarios cerrados. La circulación masiva de armas automáticas que dejaron esas guerras transformó una práctica antigua, el robo de ganado entre comunidades pastoras, en algo mucho más letal de lo que había sido nunca.
Después de la independencia de 2011, y sobre todo tras el estallido de la guerra civil sudsudanesa en diciembre de 2013, la zona quedó en una posición complicada: cerca de la capital y de su carretera principal hacia el noroeste, en el límite entre territorios de pueblos distintos, con presión sobre el pasto y el agua. Los enfrentamientos por ganado entre mundari y dinka bor son recurrentes, especialmente en la estación seca, y periódicamente obligan a mover campamentos y a cortar rutas.
A partir de mediados de la década de 2010, los campamentos mundari se convirtieron en una de las imágenes fotográficas más reconocibles de África: el humo, la luz de las seis de la tarde, los cuernos recortados contra el cielo, las figuras cubiertas de ceniza. Reportajes en revistas internacionales y trabajos de fotógrafos que pasaron temporadas en los campamentos llevaron a Terekeka a un lugar improbable en el imaginario visual global, considerando que se trata de uno de los países con menos turismo del planeta.
Eso generó un pequeño circuito de viajes fotográficos: operadores que salen desde Yuba con permisos, guías y vehículos 4x4 para pasar una o dos noches acampando junto a un campamento. Los precios publicados para 2026 arrancan alrededor de los USD 1.750 por persona para tres días y dos noches, y las expediciones de una semana con varios destinos se ofrecen entre USD 2.890 y USD 3.490 por persona según el tamaño del grupo. Son cifras que no compran confort: compran logística, permisos y seguridad.
Con el circuito llegaron también los problemas conocidos de este tipo de turismo. Visitantes que llegan sin invitación, que fotografían sin preguntar, que dirigen a la gente como si fuera un equipo de producción, que reparten dinero o regalos al azar generando conflictos internos, o que publican imágenes con pies de foto que exotizan a las personas retratadas. La diferencia entre un encuentro respetuoso y un zoológico humano no está en el paisaje: está en cómo se comporta quien llega.
Las prácticas que los propios operadores serios describen son bastante simples: guía local con relación previa y sostenida con los jefes del campamento; visita acordada de antemano; permiso pedido a cada persona antes de cada foto, con disposición a guardar la cámara; contribución negociada por adelantado y pagada completa, sin regateos en el lugar ni sustituciones por regalos improvisados; y la disciplina de mirar la rutina de trabajo tanto como los momentos espectaculares. A eso se suma el requisito legal: en Sudán del Sur hace falta permiso oficial del Ministerio de Información / Interior para usar una cámara, del orden de USD 50 según operadores y guías de viajero, y ese permiso habilita ante el Estado, no ante las personas.
Hoy, con el país bajo el nivel máximo de alerta de prácticamente todas las cancillerías, este circuito quedó reducido a un puñado de operadores y a un puñado de viajeros por año. Los campamentos, en cambio, siguen ahí: no existen para ser visitados, y seguirán existiendo cuando nadie los visite.
El pastoreo mundari no es una reliquia congelada: es un sistema vivo que está bajo tensiones fuertes y bien identificadas. La primera es la violencia armada. Los robos de ganado entre comunidades pastoras existían mucho antes de las guerras civiles, con reglas y límites propios; la disponibilidad masiva de fusiles automáticos desde los años ochenta cambió la escala de los daños y convirtió lo que era una disputa regulada en un ciclo de represalias con muertos.
La segunda es climática e hidrológica. La cuenca del alto Nilo ha registrado en los últimos años inundaciones de una magnitud excepcional, que anegaron llanuras de pastoreo durante temporadas enteras y desplazaron a cientos de miles de personas y a su ganado. Cuando el pasto desaparece bajo el agua, los rebaños se concentran en menos superficie, y la competencia por lo que queda alimenta el conflicto.
La tercera es económica y demográfica. La cercanía de Yuba —una capital que pasó de decenas de miles a más de medio millón de habitantes en dos décadas— presiona sobre la tierra y el agua, atrae a los jóvenes a la ciudad y cambia el valor relativo de las cosas. La escolarización, el trabajo asalariado y el teléfono móvil conviven ahora con la vida del campamento, no siempre sin fricción.
Y la cuarta es política. El acuerdo de paz revitalizado de 2018 sigue implementándose a medias, el proceso electoral se ha postergado varias veces y las tensiones nacionales de 2025 y 2026 se sienten en el mundo rural antes que en cualquier otro lado, porque es ahí donde primero se cortan los caminos, se arman las milicias y se van las agencias de ayuda.
Contar los campamentos mundari sin contar esto sería quedarse con la postal. La imagen del humo al atardecer es real y es extraordinaria; también lo es el contexto en el que esa imagen se produce. Ambas cosas forman parte del mismo lugar.