Después de días de llanura calurosa y sabana espinosa, Chukudum sorprende: verde, en pendiente, con aire fresco de montaña y caseríos de casas redondas de techo cónico repartidos por las laderas. Estamos en el condado de Budi, en el extremo sureste de Sudán del Sur, al pie de las colinas Didinga, un macizo que se estira hasta la frontera con Uganda y culmina en el Lotukei, de 2.795 metros, pegado al Parque Nacional de Kidepo Valley.
Es el país del pueblo didinga, de lengua surmica, emparentado con los murle, los tennet, los boya y los mursi etíopes. Cuentan que hace unos dos siglos vivían en el suroeste de Etiopía y que llegaron acá migrando; que didinga, murle, tennet y boya eran una sola comunidad que se fue separando por disputas. Fueron pastores de ganado por excelencia y hoy son también agricultores de laderas y una sociedad que le da a la educación un peso central.
Chukudum tiene además un lugar en la historia política del país: acá, entre el 2 y el 13 de abril de 1994, se celebró la Convención Nacional del Nuevo Sudán, la primera gran asamblea del SPLM/A, con más de quinientos delegados discutiendo cómo gobernar el territorio liberado y no solo cómo hacer la guerra. Y acá también, cinco años después, estalló una de las fracturas internas más dolorosas del movimiento.
Como en el resto del país, hoy no se puede recomendar el viaje: alerta máxima de casi todas las cancillerías, carreteras peligrosas, zona remota sin servicios de emergencia. Esta ficha cuenta qué es Chukudum, qué son las colinas Didinga y por qué merecen conocerse, y deja anotado lo práctico para el día en que se pueda.
Los didinga sostienen que hace unos dos siglos vivían en el suroeste de Etiopía y que llegaron a estas montañas migrando desde el sureste; didinga, murle, tennet y boya formaban originalmente una sola comunidad que se separó por disputas internas, algo que su parentesco lingüístico dentro de la familia surmica confirma. Durante generaciones fueron pastores de ganado en un macizo aislado que los protegió de las incursiones de la llanura. La inestabilidad de las décadas de 1960 y 1970 empujó a muchos al exilio en Uganda, donde encontraron agricultura y escuelas, y volvieron con otras expectativas: hoy la ganadería, la agricultura y la educación pesan por igual. El SPLA entró en la región en 1985 y Chukudum se volvió un centro del movimiento: entre el 2 y el 13 de abril de 1994 acogió la Convención Nacional del Nuevo Sudán, con más de quinientos delegados. Esa presencia, sin embargo, dejó también un historial de fricciones con la población local que estalló en 1999, cuando un oficial didinga se sublevó y se internó en el monte con partidarios. Tras la paz de 2005 y la independencia de 2011, Chukudum volvió a ser lo que siempre fue: la puerta de las colinas Didinga.
Leer la historia completa ↓El sureste árido y las llanuras de Boma: el motín de Torit que encendió la primera guerra civil, los toposa de Kapoeta, los didinga de sus montañas y la mayor migración de mamíferos terrestres del planeta.
Leer la historia de El este: la gran migración y los toposa →Sin precios exactos: escala de $ (económico) a $$$$$ (lujo), con 2-3 opciones por categoría.
Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Las colinas Didinga son una anomalía geográfica y climática. En un país que es, en su enorme mayoría, llanura de inundación y sabana calurosa, este macizo del condado de Budi se levanta en el extremo sureste con laderas verdes, arroyos, bosquecillos y noches lo bastante frescas como para necesitar abrigo. Se prolongan hacia el sur hasta la frontera con Uganda y su punto culminante conocido es el Lotukei, de 2.795 metros, contiguo al Parque Nacional de Kidepo Valley del lado ugandés.
La altura cambia todo: más lluvia, más humedad, suelos aptos para la agricultura y un refugio natural frente a las incursiones de la llanura. Esa combinación explica por qué un pueblo entero eligió estas montañas y por qué su cultura se organizó como se organizó, a medio camino entre el pastoreo de las tierras bajas y una agricultura de laderas que no existe en el resto del sureste.
El asentamiento principal es Chukudum, al pie de las montañas, y alrededor se dispersan otros núcleos didinga que aparecen sistemáticamente en la bibliografía: Nagishot —uno de los más altos y frescos—, Nueva Kush-Heiman, Lauro y Natinga. No hay una ciudad en el sentido habitual, sino una red de caseríos conectados por senderos y pistas que solo se pueden recorrer en vehículo durante la estación seca.
Junto con las montañas Imatong, al oeste —donde está el monte Kinyeti, de 3.187 metros, el punto más alto del país—, las Didinga forman el eje montañoso del sureste sudsudanés: un mundo aparte dentro de un país de llanuras.
Los didinga hablan una lengua de la familia surmica, la misma a la que pertenecen los boya (narim), los tennet, los murle de Jonglei y los mursi del suroeste etíope. Ese parentesco lingüístico respalda lo que cuenta su propia tradición: que hace aproximadamente dos siglos vivían en el suroeste de Etiopía y migraron hasta su territorio actual, y que didinga, murle, tennet y boya formaban originalmente una sola comunidad que se fue separando por disputas sucesivas. Un estudio etnográfico de 1922 ya registraba que habían llegado a su hábitat actual desde el sureste.
Durante generaciones fueron, ante todo, pastores. El ganado era riqueza, prestigio y dote, y los varones jóvenes solteros se encargaban de custodiar grandes rebaños. La estructura social se ordena en grupos de edad que se constituyen cada tres a cinco años y cuyos integrantes trabajan, compiten y se socializan juntos hasta el matrimonio; viven en caseríos dispersos de casas redondas con techo cónico.
La inestabilidad de las décadas de 1960 y 1970 —la primera guerra civil sudanesa, que se prolongó hasta 1972— empujó a muchas familias didinga al exilio en Uganda entre 1963 y 1973. Allí encontraron dos cosas que cambiarían su horizonte: agricultura y educación formal. Cuando regresaron, volvieron con otras aspiraciones, y hoy el cultivo de la tierra y la escolarización pesan tanto como el ganado en la vida comunitaria. Es una de las transformaciones sociales más nítidas y menos contadas del sureste del país.
En el plano religioso, la tradición didinga conserva rituales de lluvia y la veneración de los antepasados, a los que se considera decisivos para el bienestar de la comunidad, en convivencia con el cristianismo que trajeron las misiones. Son prácticas para escuchar y respetar, no para pedir como demostración.
El SPLA entró en la región de Chukudum en 1985, en los primeros años de la segunda guerra civil sudanesa. Las montañas ofrecían lo que toda guerrilla busca: terreno difícil, agua, agricultura para sostener a la tropa y proximidad a la frontera ugandesa. La zona pasó a formar parte del territorio bajo control del movimiento.
Esa condición hizo de Chukudum un escenario político. Entre el 2 y el 13 de abril de 1994 se celebró allí la Convención Nacional del Nuevo Sudán, la primera gran asamblea del SPLM/A, con la participación de más de quinientos delegados. Lo notable de aquella reunión fue su agenda: se centró en cuestiones de gobierno del territorio liberado —estructuras civiles, administración, representación, relación con las comunidades— más que en la estrategia militar contra Jartum.
Aquella convención marcó el intento de convertir un ejército guerrillero en una administración, un paso que resultaría decisivo cuando, once años después, el Acuerdo Global de Paz de 2005 pusiera al SPLM al frente de un gobierno autónomo. Que ese debate ocurriera en un pueblo de montaña del extremo sureste, y no en una capital, dice bastante sobre la naturaleza de la guerra que se estaba librando.
Para los didinga, sin embargo, la presencia del movimiento tuvo también otra cara. La convivencia entre la población local y unas autoridades militares mayoritariamente dinka fue tensa desde el comienzo, con un historial de fricciones acumulado desde 1985.
En 1999, la tensión acumulada en Chukudum entre las autoridades militares del SPLA y la comunidad didinga estalló. El detonante fue una cuestión de mando: un oficial didinga, Peter Lorot, fue desplazado en una promoción en favor de un oficial dinka. Lorot y varios de sus partidarios mataron al oficial y se internaron en el monte, formando una fuerza didinga con base en la región de Chukudum, en el condado de Budi.
El episodio fue el punto de ebullición de un malestar de años. La bibliografía sobre el conflicto describe un historial de humillaciones, hostigamiento y violencia desde que el movimiento entró en la zona en 1985: un patrón que se repitió en varias regiones de Ecuatoria y que dejó cicatrices políticas de largo plazo entre las comunidades ecuatorianas y el liderazgo del SPLM/A.
La ruptura de 1999 no cambió el curso de la guerra, pero sí complicó la retaguardia del movimiento en el sureste y alimentó una desconfianza que reaparecería después de la independencia, en las tensiones entre Ecuatoria y el gobierno central de Yuba.
Contar esto no es un ejercicio de morbo: es indispensable para entender por qué en Sudán del Sur las lealtades y los resentimientos regionales pesan tanto, y por qué la paz nacional se juega también en pueblos de montaña que ningún mapa político destaca.
Tras el Acuerdo Global de Paz de enero de 2005 y la independencia del 9 de julio de 2011, Chukudum volvió a ser lo que había sido siempre: el nudo de una región de caseríos de montaña, con mercado, misión y escuelas, y la puerta hacia las alturas de las Didinga.
La vida cotidiana sigue apoyada en tres patas: el ganado, la agricultura de ladera —sorgo, maíz, porotos, hortalizas— y la escuela. Es una combinación que en el sureste sudsudanés no es habitual y que se explica por la historia del exilio ugandés de los años sesenta y setenta. El clima de montaña, con más lluvia y suelos aprovechables, hace posible lo que en la llanura sería impensable.
Los problemas también son conocidos: aislamiento, pistas que se cortan en la temporada de lluvias, servicios de salud y educación dependientes en buena medida de las misiones y de las organizaciones humanitarias, tensiones de tierras y de ganado con comunidades vecinas, y el impacto de una crisis económica nacional con inflación alta y escasez de combustible. La guerra civil sudsudanesa de 2013-2018 golpeó a Ecuatoria Oriental con menos intensidad que a otras regiones, pero el deterioro general se siente igual.
En términos de viaje, Chukudum es hoy uno de los rincones más remotos de un país que está bajo el nivel máximo de alerta de prácticamente todas las cancillerías: Nivel 4 «No viajar» de Estados Unidos (17 de mayo de 2026), «desaconsejamos todo viaje» del Reino Unido (26 de mayo de 2026) y «se desaconseja el viaje bajo cualquier circunstancia» de España (28 de marzo de 2025). No hay hotelería, ni servicios de emergencia, ni comunicación fiable, y las pistas solo son practicables unos meses al año.
Y sin embargo vale la pena que quede escrito lo que hay: un macizo verde con vistas larguísimas, caseríos de casas redondas de techo cónico repartidos por las laderas, un pueblo con una historia de migración de dos siglos y una relación singular con la montaña, y una localidad que, en abril de 1994, fue durante once días la capital política de un país que todavía no existía.