En torno a la ciudad de Bouar, en las mesetas del oeste, se conocen alrededor de setenta conjuntos de megalitos repartidos en una franja de unos 130 por 30 kilómetros. En gbaya se los llama tazunu (también tanzunu), y consisten en grandes bloques de laterita puestos verticalmente, a veces agrupados sobre plataformas o túmulos. Es el conjunto megalítico más importante documentado en África Central y uno de los más antiguos del continente.
La datación está discutida y conviene decirlo con claridad. La literatura más difundida, recogida por la ficha de la UNESCO y por buena parte de la divulgación, los sitúa en el Neolítico final, hacia el 3500-2700 a.C. Los trabajos arqueológicos posteriores sobre las excavaciones de Bouar —resumidos en el artículo clásico "Tazunu: Megalithic Monuments of Central Africa" (Azania, 1982)— proponen en cambio una fecha bastante más reciente, en torno al 500-700 a.C. en radiocarbono, corregida por dendrocronología a unos 750-900 a.C. Ninguna de las dos hipótesis está cerrada, y el país no ha tenido, desde hace décadas, las condiciones de seguridad ni el presupuesto para una campaña arqueológica que las resuelva.
Sobre la función hay más acuerdo: la densidad de los conjuntos y su distribución sugieren que se asociaban al estatus de individuos o de familias, y se infiere un uso funerario. Levantar bloques de varias toneladas exige mano de obra organizada, jerarquía y población sedentaria, algo que contradice la idea perezosa de un interior africano "sin historia" antes de la llegada de los europeos. Los megalitos de Bouar fueron inscriptos en la Lista Indicativa del Patrimonio Mundial de la UNESCO el 11 de abril de 2006; siguen sin dar el salto a la Lista definitiva.
Hace unos diez mil años, la desecación del Sahara empujó a poblaciones cazadoras-recolectoras hacia el sur, al Sahel y a las sabanas del norte del actual territorio centroafricano. Allí se dio el paso a la agricultura —primero el ñame, después el mijo y el sorgo— y, hacia el primer milenio antes de nuestra era, la metalurgia del hierro. En el yacimiento de Gbabiri, en el noroeste, hay evidencia de trabajo del hierro fechada entre el 896 y el 173 a.C.
Entre el 1000 a.C. y el 1000 d.C. se superpusieron tres grandes movimientos. Los hablantes de lenguas ubanguianas se expandieron desde el actual Camerún hacia el este, en dirección a Sudán, y son hoy la familia lingüística dominante del país. Pueblos bantúes ocuparon el sudoeste selvático. Y hablantes de lenguas sudánicas centrales se instalaron a lo largo del río Ubangui. En los siglos XVIII y XIX llegaron nuevas oleadas: zande y nzakara desde el este, banda desde el noreste, gbaya (baya) y mandjia desde el oeste, muchos de ellos empujados por las guerras y las razzias.
En las selvas del sudoeste viven los aka, uno de los pueblos cazadores-recolectores del bosque húmedo de la cuenca del Congo. Hablan una lengua ubanguiana propia y manejan además las lenguas bantúes de sus vecinos agricultores, con quienes mantienen desde hace siglos relaciones de intercambio —carne y miel del bosque por productos agrícolas y herramientas— que son a la vez de complementariedad y de subordinación. Sus campamentos se organizan sin jefaturas fuertes: las decisiones que afectan al grupo se toman por discusión y consenso, y el reparto obligado de la comida funciona como mecanismo de igualdad. La antropología los estudió mucho por dos rasgos poco frecuentes: la flexibilidad de los roles de género y la intensidad del cuidado paterno de los bebés.
Su música es su carta de presentación ante el mundo: una polifonía contrapuntística a cuatro voces que dominan todos los miembros de la comunidad y que se improvisa en cada ejecución, de modo que la pieza nunca suena dos veces igual. La UNESCO la proclamó Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial en 2003 y la inscribió en la Lista Representativa en 2008, señalando entre las amenazas la deforestación, la migración a las ciudades y la mercantilización turística de su repertorio. En el presente, los aka siguen enfrentando problemas de acceso a la tierra, a la escuela y a la salud, y discriminación por parte de las poblaciones vecinas y del propio Estado.
La historia moderna del territorio empieza con una desgracia geográfica: quedó justo entre dos sistemas de trata. Desde el norte y el este llegaban las rutas transaharianas y del Nilo, que llevaban cautivos hacia el Mediterráneo, Arabia y el Imperio Otomano; desde el sur, por los ríos, llegaba la demanda atlántica. Desde los siglos XVI y XVII hay constancia de expediciones de captura, y en el siglo XIX el fenómeno se disparó en escala.
En el norte se consolidó el sultanato de Dar al-Kuti, fundado hacia 1830 y organizado desde su origen como una frontera de razzias. En 1890 el señor de la guerra sudanés Rabih az-Zubayr depuso al sultán Kobur y colocó en su lugar a su sobrino Muhammad al-Sanusi, que amplió el dominio del sultanato sobre buena parte de la actual República Centroafricana; la alianza se selló con el matrimonio de una hija de al-Sanusi con Fadlallah, hijo de Rabih. Tras un ataque de Wadai en 1894, al-Sanusi trasladó su capital a Ndélé y levantó allí una ciudadela fortificada, la tata. Aceptó el protectorado francés en 1897 sin dejar de razziar. Un residente francés destinado en Ndélé calculó en 1901 que el sultán había capturado unas 40.000 personas en la década anterior, y estimó una cifra semejante de muertos, heridos o desplazados por esas expediciones; el historiador Dennis Cordell, que reconstruyó el caso en "Dar al-Kuti and the Last Years of the Trans-Saharan Slave Trade", calcula exportaciones del orden de 15.000 a 20.000 personas, un promedio de 1.500 a 2.000 por año. Rabih murió combatiendo a los franceses en Kousséri el 22 de abril de 1900; al-Sanusi fue muerto por los franceses en 1911 y Dar al-Kuti quedó anexionado el 17 de diciembre de 1912.
En el sudeste, sobre el río Mbomou, mandaban otros Estados. El clan vungara, de origen zande, se expandió desde la zona de Rafaï hacia el este, incorporando pueblos más pequeños. Un linaje distinto, los bandia —de habla ngbandi—, fundó los reinos de Bangassou, Rafaï y Hilou, y terminó adoptando la lengua y las costumbres de los zande y nzakara a los que gobernaba; su expansión territorial se detuvo hacia 1855 y dio paso a una consolidación interna. Estos sultanatos vivían del marfil, del comercio de larga distancia y también de la captura y venta de personas.
El efecto acumulado fue demográfico y duradero. Regiones enteras del centro, el norte y el este quedaron despobladas o replegadas hacia zonas de refugio, y la memoria del período dejó fracturas —entre pueblos razziadores y razziados, entre el norte musulmán y el sur cristianizado— que la política del siglo XX supo reactivar. La densidad de población extraordinariamente baja del país, incluso hoy, es en parte herencia de aquel siglo.
Francia entró por el río. En 1887, un convenio con el Estado Libre del Congo de Leopoldo II le reconoció la orilla derecha del Ubangui. El 26 de junio de 1889, Michel Dolisie y Alfred Uzac fundaron un puesto comercial en el punto donde los rápidos cortan la navegación desde Brazzaville: Bangui. En 1894, Francia declaró el territorio colonia con el nombre de Ubangui-Chari, tomado de sus dos grandes ríos.
El avance no fue una conquista militar clásica sino una combinación de tratados, protectorados y columnas de castigo. Los sultanatos del sudeste fueron incorporados como protectorados —Bangassou en 1894, Zémio y Rafaï en 1909—, lo que permitió a Francia administrar el este con mano de obra política ajena. Hacia 1903 la administración colonial estaba instalada en todo el territorio. En 1906 el Ubangui-Chari se unió administrativamente a Chad y en 1910 quedó integrado en el África Ecuatorial Francesa (AEF), la federación con capital en Brazzaville que reunía también al Congo Medio y a Gabón.
Hubo además un paréntesis alemán poco recordado. En 1911, por el acuerdo franco-alemán que cerró la crisis de Agadir, Francia cedió a Alemania las cuencas del Sangha y del Lobaye —con ciudades como Berbérati, Carnot, Nola y M'Baïki— a cambio de manos libres en Marruecos. Ese territorio, el Neukamerun, volvió a poder francés durante la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1916.
La colonia se administró desde el principio con criterio extractivo. No hubo colonización de poblamiento como en Kenia o Argelia, ni inversión seria en infraestructura o educación: el Ubangui-Chari era el rincón más pobre y peor comunicado de la AEF, y su función era producir caucho, marfil, algodón y, más tarde, café, diamantes y oro.
En 1899, Francia repartió el Ubangui-Chari entre diecisiete compañías privadas mediante concesiones enormes que les entregaban durante décadas el monopolio de la explotación de los recursos naturales de su lote. El Estado casi no estaba: las compañías administraban de hecho a la población, y tanto la administración como sus agentes europeos y africanos recurrían con frecuencia a métodos brutales para forzar la recolección de caucho silvestre. El sistema se apoyaba en una figura llamada "prestación obligatoria", con cupos de látex que cada aldea debía entregar bajo amenaza de castigo, toma de rehenes o destrucción de cultivos.
Eso fue lo que vio André Gide. Entre julio de 1926 y mayo de 1927 recorrió el África Ecuatorial Francesa —Congo Medio, Ubangui-Chari, Chad y Camerún— y publicó su diario en dos libros, "Voyage au Congo" (1927) y "Le Retour du Tchad" (1928). Gide describió el régimen de las grandes concesiones y sostuvo que la "prestación obligatoria" era un eufemismo para una nueva forma de esclavitud; documentó con nombres y lugares los abusos cometidos por empleados de la Compagnie forestière Sangha-Oubangui en el oeste del Ubangui-Chari, y las consecuencias del reclutamiento forzoso para el ferrocarril Congo-Océano. No era un panfleto militante sino el cuaderno de viaje de un escritor con enorme prestigio, y por eso el impacto fue mayor: los libros abrieron un debate público en Francia y forzaron una respuesta oficial, aunque el sistema no desapareció de un día para el otro.
El ferrocarril Congo-Océano, construido entre 1921 y 1934 para unir Pointe-Noire con Brazzaville, fue la otra sangría. La mano de obra se reclutó por la fuerza, en buena parte en los actuales Chad y República Centroafricana, y se trasladó a cientos de kilómetros de sus aldeas para abrir trazado a mano en la selva del Mayombe. Britannica cifra las muertes durante la obra entre 15.000 y 20.000; el historiador J. P. Daughton, autor del estudio más detallado sobre el asunto, eleva la estimación a entre 20.000 y 25.000 muertos sobre unos 120.000 a 150.000 trabajadores reclutados, con picos de mortalidad anual documentados en los años más duros de la obra. La causa principal no fue el accidente sino la enfermedad, la desnutrición y el maltrato sistemático.
La memoria de esos años es la clave para entender lo que vino después. Cuando los centroafricanos hablan hoy del Estado como de una máquina que extrae y no devuelve, están describiendo algo que empezó a funcionar así en 1899.
En 1928 estalló en el oeste una insurrección que los manuales europeos ignoraron durante medio siglo. La encabezó Barka Ngainoumbey, un profeta y curandero gbaya de la cuenca del Sangha conocido como Karnou, nombre que se traduce como "el que puede cambiar el mundo". Su prédica combinaba renovación religiosa y desobediencia concreta: no pagar impuestos, no entregar el caucho, no dejarse reclutar para el ferrocarril, boicotear las mercancías europeas. A sus seguidores les entregaba pequeños bastones con gancho, parecidos a mangos de azada —koŋgo wara en gbaya, de donde viene el nombre de la rebelión—, a los que se atribuía protección.
La escala fue excepcional para una región políticamente fragmentada. Hacia 1927 el movimiento reunía, según las estimaciones recogidas por la historiografía, más de 350.000 adherentes, de los cuales unos 60.000 combatientes. Se extendió por el África Ecuatorial Francesa y por el Camerún francés, incluyendo los valles del Mbéré y del Vina y el sur de Chad. Karnou fue muerto por las fuerzas francesas en diciembre de 1928, pero los combates continuaron hasta 1931 en lo que se llamó "la guerra de las cuevas", cuando los últimos grupos se refugiaron en las cavernas de las mesetas.
La represión costó, según las cifras más citadas, más de 10.000 muertos entre la población aldeana. Los dirigentes fueron encarcelados o ejecutados y poblaciones enteras fueron reagrupadas en aldeas bajo vigilancia junto a las pistas. Francia mantuvo el asunto fuera del debate público: a diferencia de otros conflictos coloniales, Kongo-Wara casi no llegó a la prensa metropolitana, y quienes lo usaron para denunciar los abusos coloniales fueron sobre todo los críticos comunistas. Sí hubo consecuencias prácticas: el régimen de las grandes concesiones fue desmontado en los años siguientes, aunque el favorecimiento de los intereses empresariales europeos continuó.
Décadas después, Barthélemy Boganda recuperó la figura de Karnou para el movimiento independentista, y hoy la rebelión es un punto de referencia central de la memoria nacional centroafricana.
Nació hacia 1910 en Bobangui, una aldea m'baka de la Lobaye, quedó huérfano de chico y fue criado y educado por misioneros católicos. El 17 de marzo de 1938 fue ordenado sacerdote: el primero nacido en el Ubangui-Chari. En 1946, la nueva Constitución francesa abrió la representación de los territorios africanos y Boganda fue elegido diputado a la Asamblea Nacional en París, el primer ubanguiano en ocupar una banca. Desde ahí denunció el racismo cotidiano de la administración colonial, los abusos de los comerciantes y el trabajo forzado.
En 1949 fundó el MESAN, Movimiento para la Evolución Social del África Negra, con un lema en sango que sigue siendo la mejor síntesis de su pensamiento: "zo kwe zo", toda persona es una persona. Ese mismo año fue reducido al estado laico por la Iglesia a raíz de su relación con Michelle Jourdain, secretaria parlamentaria con quien se casó en 1950. El MESAN creció rápido en el campo, apelando a la dignidad y a los derechos elementales más que a la ideología.
Boganda no quería un Estado pequeño. Su proyecto era una federación —los "Estados Unidos de África Latina"— que reuniera a los cuatro territorios del África Ecuatorial Francesa y se abriera después a los territorios vecinos de habla latina. Por eso, cuando el referéndum de 1958 disolvió la AEF y los demás territorios eligieron caminos separados, bautizó al suyo con un nombre deliberadamente abierto: República Centroafricana, proclamada el 1 de diciembre de 1958. Boganda asumió como jefe de gobierno el 6 de diciembre, diseñó la bandera —que cruza los colores panafricanos con los de Francia— y escribió la letra del himno.
Murió el 29 de marzo de 1959, cuando el Nord Noratlas en que volaba se estrelló cerca de Boda. En los restos se detectaron trazas de explosivo, pero nunca se publicó un informe oficial y la hipótesis del atentado quedó abierta, sin prueba concluyente. Tenía menos de cincuenta años y le faltaba poco más de un año para ver la independencia. Es el "padre de la nación" y, salvo él, la política centroafricana posterior no produjo ninguna figura de consenso comparable.
Muerto Boganda, el MESAN quedó en manos de su primo y colaborador David Dacko, nacido también en la Lobaye. Francia aceptó el traspaso pleno de soberanía el 12 de julio de 1960 y la República Centroafricana se declaró independiente el 13 de agosto de ese año, con Dacko como primer presidente.
El país arrancó con todo en contra: sin salida al mar, a más de 1.500 kilómetros del puerto más cercano, sin red de caminos asfaltados, con una tasa de alfabetización mínima y una economía que dependía del algodón, el café, la madera y los diamantes. Dacko liberalizó la producción diamantífera eliminando los monopolios de compra —la producción declarada creció con fuerza— e impulsó la "centroafricanización" de la administración, que hasta entonces estaba en manos francesas. También cerró el sistema político: en 1962 el MESAN quedó como partido único y el 5 de enero de 1964 Dacko fue elegido sin rival.
El balance de esos primeros años fue magro. El gasto público creció más rápido que los ingresos, los sueldos estatales se atrasaron, la corrupción se instaló y los apoyos externos —Francia por un lado, la China de Mao por otro— generaron tensiones internas. A fines de 1965 el gobierno estaba aislado y sin caja, y el jefe del ejército, un primo lejano de Boganda y Dacko, se preparaba para actuar.
Jean-Bédel Bokassa nació el 22 de febrero de 1921 en Bobangui, la misma aldea que Boganda, y estaba emparentado con él. Su padre fue ejecutado en 1927 tras enfrentarse a la administración colonial. Se enroló en las tropas coloniales francesas en 1939, combatió con la Francia Libre —participó en el desembarco de Provenza en agosto de 1944— y después en la primera guerra de Indochina, entre 1950 y 1953; volvió condecorado con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra. En 1964 estaba al frente del ejército centroafricano.
En la noche del 31 de diciembre de 1965 al 1 de enero de 1966 dio el llamado golpe de San Silvestre: derrocó a Dacko, abolió la Constitución de 1959 y disolvió la Asamblea Nacional. Gobernó trece años. En marzo de 1972 se hizo proclamar presidente vitalicio y en enero de 1975 nombró a Elisabeth Domitien primera ministra, la primera mujer en encabezar un gobierno en África. Su régimen fue personalista y represivo, con detenciones arbitrarias y castigos públicos, y sobrevivió a varios intentos de golpe.
El 4 de diciembre de 1976 convirtió la república en Imperio Centroafricano y se coronó emperador el 4 de diciembre de 1977 en Bangui, en una ceremonia de inspiración napoleónica —trono en forma de águila, carroza, corona encargada en París— cuyo costo se estimó en unos veinte millones de dólares de la época, cerca de un tercio del presupuesto anual del Estado. Es el episodio por el que el país es más conocido en el exterior, y suele contarse como anécdota grotesca; conviene leerlo de otro modo, como el punto en que la dependencia externa y el vaciamiento institucional quedaron a la vista. Francia, bajo la presidencia de Valéry Giscard d'Estaing, sostuvo militar y financieramente al régimen; Giscard, cazador habitual en el país, llegó a presentarse en 1975 como "amigo y pariente" de Bokassa.
El final llegó rápido. En enero de 1979 hubo disturbios por la carestía, y en abril las protestas escolares contra la obligación de comprar uniformes fabricados por una empresa vinculada al entorno presidencial terminaron en la peor matanza del régimen: alrededor de un centenar de estudiantes detenidos fueron muertos a golpes en la prisión de Ngaragba el 19 de abril de 1979. Una comisión de juristas africanos, enviada por varios Estados francófonos, concluyó ese mismo año que el emperador casi con certeza había participado personalmente en las muertes de los niños encarcelados. La denuncia internacional volvió insostenible el apoyo francés: entre el 20 y el 21 de septiembre de 1979, aprovechando un viaje de Bokassa a Libia, la operación militar francesa Caban/Barracuda restauró a David Dacko en el poder. En octubre, el semanario Le Canard enchaîné reveló que Bokassa le había regalado diamantes a Giscard en 1973; el escándalo pesó en la derrota electoral del presidente francés en 1981.
Bokassa se exilió en Costa de Marfil y después en Francia, y regresó por sorpresa el 24 de octubre de 1986. Fue juzgado desde diciembre de ese año y condenado a muerte el 12 de junio de 1987 por asesinato en al menos veinte casos, entre ellos la matanza de los estudiantes. El tribunal lo absolvió por falta de pruebas de los cargos de canibalismo, tortura y algunos otros: conviene precisarlo, porque la acusación de antropofagia circuló como hecho probado durante décadas y en el único proceso judicial que la examinó no se sostuvo. La pena capital fue conmutada por cadena perpetua en 1988 y luego reducida a veinte años; una amnistía general de André Kolingba lo dejó libre el 1 de agosto de 1993. Murió en Bangui el 3 de noviembre de 1996, a los 75 años. En 2010, el presidente François Bozizé lo rehabilitó de manera póstuma llamándolo "un hijo de la nación reconocido por todos como un gran constructor", una decisión que sigue siendo motivo de discusión en el país.
La restauración de Dacko duró dos años. El 1 de septiembre de 1981, el general André Kolingba lo desplazó en un golpe sin sangre, suspendió la Constitución y gobernó mediante una junta militar, el Comité Militar de Recuperación Nacional. En 1986 disolvió la junta, creó un partido único —el RDC— e hizo aprobar una nueva Constitución; asumió como presidente constitucional el 29 de noviembre de 1986.
La ola de aperturas democráticas de comienzos de los noventa alcanzó al país. En 1993, Ange-Félix Patassé ganó la segunda vuelta con el 53% de los votos: fue la primera transferencia de poder por elecciones en la historia centroafricana. Pero el Estado estaba quebrado y los sueldos no se pagaban. Entre 1996 y 1997 hubo tres motines militares en Bangui, con enfrentamientos entre unidades y fuerte intervención francesa. El 25 de enero de 1997 se firmaron los Acuerdos de Bangui y se desplegó una misión interafricana, la MISAB, sustituida al año siguiente por la MINURCA de la ONU. Patassé fue reelecto en 1999 en un clima de tensión, y el 28 de mayo de 2001 sobrevivió a un intento de golpe en el que murieron el general François N'Djadder Bedaya y otros oficiales; se sostuvo con apoyo libio y de rebeldes congoleños.
El 15 de marzo de 2003, el general François Bozizé —antiguo jefe del estado mayor, exiliado en Chad— tomó Bangui mientras Patassé estaba en el exterior y se proclamó presidente. Aprobó una Constitución en 2004 y ganó las elecciones de 2005. Su gobierno no controló nunca el norte: entre 2004 y 2007 se libró la llamada guerra del monte, con la UFDR de Michel Djotodia en el noreste y la APRD en el noroeste. El acuerdo de paz de Birao, el 13 de abril de 2007, ofreció amnistía a la UFDR, su reconocimiento como partido y la integración de sus combatientes al ejército; se cumplió a medias.
A eso se sumó, desde febrero de 2008, la irrupción del Ejército de Resistencia del Señor (LRA) de Joseph Kony en el sudeste, que convirtió las prefecturas de Mbomou y Haut-Mbomou en una zona de secuestros y desplazamiento durante casi una década.
En 2012, varios grupos armados del norte y el noreste —regiones históricamente marginadas y de mayoría musulmana— se unieron en una coalición llamada Séléka, "alianza" en sango, y acusaron a Bozizé de incumplir los acuerdos de paz. La ofensiva de diciembre de 2012 avanzó sin resistencia real. Un alto el fuego firmado en Libreville el 11 de enero de 2013 duró dos meses: el 24 de marzo los rebeldes tomaron Bangui, Bozizé huyó y al día siguiente Michel Djotodia se proclamó presidente, suspendió la Constitución y disolvió el gobierno.
Lo que siguió fue el colapso. La Séléka, mal pagada y sin cadena de mando efectiva, cometió saqueos, ejecuciones y quemas de aldeas. En respuesta surgieron milicias de autodefensa rurales, los anti-balaka, mayoritariamente cristianas y animistas, que a partir de fines de 2013 atacaron indiscriminadamente a la población civil musulmana, incluidos comerciantes y ganaderos que llevaban generaciones en el país. El conflicto, que había empezado como una disputa política y regional por el poder y los recursos, adquirió una dimensión religiosa que ninguna de las dos comunidades había vivido antes con esa intensidad.
Las cifras deben leerse con cautela. La Comisión Internacional de Investigación de la ONU, en su informe final entregado al Consejo de Seguridad el 19 de diciembre de 2014, dio una estimación conservadora de entre 3.000 y 6.000 muertos entre enero de 2013 y diciembre de 2014, y advirtió que esas cifras no capturan la magnitud real de las matanzas. La misma comisión concluyó que la Séléka y los anti-balaka eran responsables de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, que hubo un patrón de limpieza étnica de la población musulmana cometido por los anti-balaka —constitutivo de crimen de lesa humanidad— y que no se había establecido la existencia del elemento de intención genocida requerido para calificarlo de genocidio. Human Rights Watch contabilizó a fines de 2014 más de 800.000 desplazados, de los cuales unos 415.000 se habían refugiado en países vecinos.
La respuesta internacional llegó en capas: la operación francesa Sangaris en diciembre de 2013, la misión africana MISCA, y finalmente la MINUSCA, creada por la resolución 2149 del Consejo de Seguridad el 10 de abril de 2014 y desplegada el 15 de septiembre de ese año. Djotodia renunció en enero de 2014 y la alcaldesa de Bangui, Catherine Samba-Panza, encabezó una transición que culminó en las elecciones de fines de 2015 y comienzos de 2016. Un momento simbólico de ese período fue la visita del papa Francisco en noviembre de 2015: el 29 de noviembre abrió en la catedral de Notre-Dame de Bangui la primera Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia —nunca antes se había abierto una fuera de Roma— y al día siguiente entró en el barrio musulmán sitiado de PK5 para visitar la mezquita de Koudoukou.
Faustin-Archange Touadéra, matemático y ex primer ministro de Bozizé, ganó las elecciones de febrero de 2016 en unos comicios razonablemente pacíficos. Heredó un Estado que apenas existía fuera de Bangui: en el interior, grupos armados fragmentados cobraban impuestos ilegales sobre el café, la madera, el ganado, el oro y los diamantes, y peleaban entre sí por esas rentas. En noviembre de 2016, por ejemplo, dos facciones ex Séléka se enfrentaron por el control de yacimientos auríferos; a comienzos de 2017 los combates por Bambari desplazaron a unas 20.000 personas.
El 6 de febrero de 2019, tras negociaciones iniciadas en Jartum el 24 de enero bajo mediación de la Unión Africana y con apoyo de la ONU, el gobierno firmó con catorce grupos armados el Acuerdo Político para la Paz y la Reconciliación. Fue el octavo acuerdo desde 2012 y el más ambicioso, con cargos de gobierno y unidades mixtas para los firmantes, pero su aplicación quedó lejos de lo previsto y varios grupos siguieron cometiendo abusos.
En paralelo cambió el mapa de los apoyos externos. Desde 2018, instructores rusos y contratistas del grupo Wagner se instalaron junto a las fuerzas armadas centroafricanas. Cuando en diciembre de 2020 seis grupos armados formaron la Coalición de Patriotas por el Cambio (CPC) —cuya coordinación general asumió el propio François Bozizé— y lanzaron una ofensiva para impedir las elecciones, fueron unos mil soldados ruandeses y varios cientos de contratistas rusos los que frenaron el ataque a Bangui del 13 de enero de 2021. El gobierno recuperó después Bambari (18 de febrero de 2021) y Ndélé (27 de junio de 2021). Expertos de la ONU y organizaciones de derechos humanos documentaron abusos contra civiles cometidos por todas las partes, incluido el personal ruso desplegado en el país.
El 30 de julio de 2023, un referéndum aprobó una nueva Constitución que suprime el límite de mandatos presidenciales y extiende cada período de cinco a siete años; la Corte Constitucional dio el 95,03% de votos a favor con una participación del 57,23%, en un contexto de fuerte restricción de la oposición. Touadéra fue reelecto el 28 de diciembre de 2025 con el 76,15% de los votos (894.556) frente al 14,66% de Anicet-Georges Dologuélé, con una participación del 52,42%; la oposición denunció fraude y la Corte Constitucional rechazó el recurso el 19 de enero de 2026.
Hay señales de normalización parcial. En noviembre de 2024, el Proceso de Kimberley levantó por completo el embargo sobre la exportación de diamantes en bruto, vigente desde 2013, aunque los estudios sobre el terreno advierten que el contrabando sigue siendo masivo. Pero la emergencia humanitaria continúa: en 2025, la ONU calculaba que 2,4 millones de personas —alrededor del 38% de la población— necesitaban asistencia humanitaria, con más de 460.000 desplazados internos en febrero de ese año y más de 439.000 refugiados centroafricanos en países vecinos, a los que se suman decenas de miles de personas llegadas desde Sudán desde 2023. La República Centroafricana sigue siendo, según todos los índices, uno de los países más pobres del mundo, y a la vez uno de los más ricos en tierra fértil, agua, madera, oro, diamantes y uranio. Esa distancia entre lo que tiene y lo que recibe su gente es, desde 1899, el problema central de su historia.
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Bangui existe por un accidente geográfico. Subiendo el Ubangui desde Brazzaville, la navegación se termina de golpe en una barrera de rápidos, y ahí, en la orilla norte, Michel Dolisie y Alfred Uzac plantaron un puesto comercial el 26 de junio de 1889 por orden de la administración de Brazzaville. El nombre viene precisamente de eso: bangui significa "rápidos" en bobangi, la lengua de los comerciantes fluviales de la zona.
El sitio se volvió indispensable porque todo lo que entraba o salía del Ubangui-Chari tenía que descargarse ahí. En 1906, Bangui ya era la sede de la administración francesa del territorio, y durante la Segunda Guerra Mundial pasó del control de Vichy al de la Francia Libre. La ciudad, sin embargo, siguió siendo pequeña hasta la independencia: rondaba los 94.000 habitantes en 1960.
Después creció sin plan. En el censo de 2021 se le atribuían 812.407 habitantes, y hoy concentra alrededor de una sexta parte de la población del país junto con su periferia. Es a la vez la capital administrativa, el único puerto y aeropuerto internacional que funciona con regularidad, el mercado mayorista de casi todo y el lugar donde se resuelve —o se traba— cualquier trámite. Su centralidad no es un dato menor: en un país sin caminos asfaltados hacia la mayoría de las prefecturas, quien controla Bangui controla el Estado.
El Ubangui nace de la confluencia del Uele y el Mbomou y es el principal afluente de la orilla derecha del Congo. Durante siglos fue la autopista de la región: por él circulaban el marfil, el cobre, la sal, el pescado seco y también los cautivos. Desde la delimitación colonial de 1887 marca la frontera con lo que hoy es la República Democrática del Congo, de modo que desde el malecón de Bangui se ve otro país a menos de un kilómetro.
De ese tráfico fluvial salió la lengua nacional. El sango es una lengua vehicular formada sobre el ngbandi septentrional, hablada por los comerciantes del río antes de la llegada de los franceses. El reclutamiento militar y administrativo colonial la extendió por todo el territorio, y en el siglo XX las misiones cristianas la adoptaron para predicar y traducir, lo que terminó de imponerla. Hoy el sango es lengua oficial junto con el francés —la República Centroafricana es uno de los pocos países africanos con una lengua propia en ese rango—, la hablan prácticamente todos los centroafricanos y tiene unos 620.000 hablantes nativos.
Esa última cifra es un fenómeno reciente y muy de Bangui: el crecimiento explosivo de la capital desde los años sesenta creó la primera generación de chicos que crecieron con el sango como lengua materna y no como segunda lengua. En la ciudad, el sango dejó de ser un idioma de mercado para convertirse en la lengua de la radio, de la música popular y de la política.
El casco de Bangui conserva las capas de sus regímenes sucesivos. Del período colonial quedan la traza de avenidas anchas hacia el río, los edificios administrativos y la catedral de Notre-Dame, de ladrillo rojo, terminada en los años treinta. De la etapa de Jean-Bédel Bokassa quedan sus obras de prestigio, empezando por el Arco de Triunfo levantado para la coronación imperial de diciembre de 1977, que sigue en pie en una rotonda de la avenida que lleva al palacio.
El otro extremo de esa memoria es el Museo Nacional Barthélemy Boganda, creado en 1964, abierto al público en 1966 y bautizado con el nombre del padre de la nación. Reúne instrumentos musicales, máscaras, objetos rituales y piezas arqueológicas del país, incluida documentación sobre los megalitos del oeste. Como casi todas las instituciones culturales centroafricanas, atravesó años de cierre, saqueo parcial y falta de presupuesto, y su reapertura ha sido intermitente.
La vida cotidiana pasa por otro lado: por el gran mercado central, por los mercados de barrio como el de PK5, por el puerto fluvial y por las kilométricas avenidas donde se mezclan motos, camionetas de organismos internacionales y puestos de comida. Bangui es una capital de contrastes brutales —barrios de funcionarios y de cooperantes a pocas cuadras de vecindarios sin agua corriente— y una de las ciudades más caras de África para el extranjero, precisamente porque casi todo llega importado por carretera desde Camerún.
A unos 90-100 kilómetros al noroeste de Bangui, el río M'Bali se descuelga en un salto de unos 50 metros de altura y 250 de ancho. Son las cataratas de Boali, el paisaje natural más visitado del país y, en la estación de lluvias, un espectáculo de agua marrón y niebla que se oye desde lejos; en la estación seca el caudal baja mucho, en parte por el uso hidroeléctrico.
Porque Boali es, sobre todo, la central eléctrica del país. La primera planta, Boali I, se terminó en los años cincuenta y cambió la escala industrial del territorio: gracias a ella se instaló en 1954 la primera fábrica textil del Ubangui-Chari. Después se sumó Boali II. Entre las dos generan alrededor de 18,65 MW y abastecen a la capital y a una decena larga de ciudades del interior, lo que da una idea exacta de lo chico que es el sistema eléctrico centroafricano: un país entero colgado de un salto de agua.
La localidad de Boali pertenece a la prefectura de Ombella-M'Poko, de la que pasó a ser capital el 10 de diciembre de 2020, cuando Bimbo fue absorbida por la prefectura de Bangui. La ruta que une la capital con Boali es una de las pocas del país en condiciones aceptables, y por eso el salto funciona como la escapada clásica de fin de semana para quien vive en Bangui.
A unos 107 kilómetros al sudoeste de Bangui empieza otro país: el bosque húmedo. M'Baïki es la capital de la prefectura de Lobaye, que toma su nombre del río homónimo, ocupa 19.235 km² y limita con los dos Congos. Su economía se apoya en el café y en la madera, y su población incluye tanto a agricultores de las etnias del bosque como a comunidades aka, que viven y trabajan en la selva circundante.
La Lobaye tiene un peso desproporcionado en la historia política del país. En Bobangui, una aldea m'baka de esta prefectura, nació hacia 1910 Barthélemy Boganda, y allí mismo nació en 1921 Jean-Bédel Bokassa; David Dacko, primer y tercer presidente, también era de la Lobaye. Es decir: los tres primeros jefes de Estado centroafricanos salieron de un puñado de aldeas vecinas, algo que dice bastante sobre cómo se construyó la elite política nacional.
Esta fue además una de las zonas cedidas a Alemania en 1911 como parte del Neukamerun, y recuperada por Francia durante la Primera Guerra Mundial. La cuenca del Lobaye estuvo en el centro del sistema de las compañías concesionarias del caucho, y sus aldeas figuran entre las que André Gide recorrió y describió en 1926-1927.
Durante la crisis abierta en 2013, M'Baïki perdió a casi toda su población musulmana, que huyó o fue expulsada, un patrón que se repitió en muchas ciudades del oeste y el sudoeste. Hoy la ciudad es la puerta habitual —cuando la seguridad lo permite— hacia las selvas de la Lobaye y hacia los campamentos donde trabajan guías y rastreadores aka.
Casi todos los cambios de gobierno centroafricanos se decidieron en pocas manzanas de Bangui: el golpe de San Silvestre de 1966, la operación francesa que derrocó a Bokassa en septiembre de 1979, el golpe de Kolingba en 1981, los motines militares de 1996-1997, la toma de la ciudad por Bozizé en marzo de 2003 y por la Séléka el 24 de marzo de 2013.
La crisis de 2013-2014 fue la peor. Tras la toma rebelde y la reacción de las milicias anti-balaka, la violencia se volvió barrio contra barrio: según cifras de la ONU citadas en su momento, cerca de medio millón de personas —casi la mitad de los habitantes de la ciudad— abandonaron sus casas, y decenas de miles acamparon durante meses junto al aeropuerto M'Poko. La población musulmana quedó reducida y confinada en el barrio de PK5, rodeado por milicias, con sus habitantes prácticamente sin poder salir.
El 29 de noviembre de 2015, el papa Francisco abrió en la catedral de Notre-Dame de Bangui la primera Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia: era la primera vez en la historia que ese rito se celebraba fuera de Roma, y la elección del lugar fue un gesto deliberado. Al día siguiente entró en PK5 y visitó la mezquita de Koudoukou. Miles de personas cruzaron después la línea que separaba el barrio del resto de la ciudad coreando en sango que la guerra había terminado. No fue así, pero el episodio marcó el comienzo de una distensión en la capital.
Bangui volvió a estar bajo fuego el 13 de enero de 2021, cuando unos doscientos combatientes de la Coalición de Patriotas por el Cambio atacaron los accesos de la ciudad y fueron rechazados por el ejército con apoyo de tropas ruandesas, contratistas rusos y cascos azules de la MINUSCA. Desde entonces la capital vive en una calma tensa, con la seguridad garantizada por una combinación de fuerzas nacionales y extranjeras.
El sudeste del país, sobre el río Mbomou, fue en el siglo XIX una región de Estados poderosos, muy distinta de la imagen de "vacío político" que difundió la literatura colonial. Dos dinastías se repartieron la zona. El clan vungara, de origen zande, se expandió desde la zona de Rafaï hacia el este e incorporó a numerosos pueblos más pequeños, a los que asimiló política, lingüística y culturalmente. Un linaje distinto, los bandia —de habla ngbandi—, avanzó desde el sudoeste y fundó los reinos de Bangassou, Rafaï e Hilou; su expansión territorial se detuvo hacia 1855 y dio paso a una consolidación interna.
El caso bandia es interesante porque invierte la lógica habitual: los conquistadores terminaron adoptando la lengua y las costumbres de los zande y los nzakara a los que gobernaban. Eran Estados jerárquicos, con cortes, tributos, ejércitos y una diplomacia activa, que vivían del marfil, del comercio de larga distancia y también de la captura y venta de personas hacia el norte y el este.
Esa historia dejó una geografía humana propia. El sudeste centroafricano es zande y nzakara, con vínculos estrechos con el noreste de la actual República Democrática del Congo y el sur de Sudán del Sur, y con tradiciones —desde el arpa zande hasta el sistema de creencias descripto por la antropología clásica— que lo diferencian claramente del resto del país.
Bangassou está sobre la orilla norte del Mbomou, frente a la actual República Democrática del Congo, y lleva el nombre del sultán que la gobernaba cuando llegaron los europeos. Francia estableció un protectorado sobre el sultanato en 1894; sobre Zémio, después de un primer protectorado del Estado Libre del Congo firmado el 11 de diciembre de 1894, el protectorado francés llegó el 12 de abril de 1909, y sobre Rafaï el 31 de marzo del mismo año. La fórmula fue la típica del este: en vez de destruir los sultanatos, Francia los convirtió en administración indirecta y les dejó cobrar y reclutar en su nombre.
La ciudad se fue equipando con las instituciones que traía la colonización: una misión católica fundada en 1922, una desmotadora de algodón instalada en 1931 y la condición de capital de prefectura desde 1935. Hoy es la cabecera de la prefectura de Mbomou, tenía 35.305 habitantes en el censo de 2012 y es sede de una diócesis católica. La institución del sultanato sobrevive en forma ceremonial: el actual sultán, Maxime Faustin Mbringa Takama, ocupa el cargo desde 2011, y el antiguo palacio sigue siendo uno de los pocos edificios históricos identificables del interior del país.
Bambari se levanta sobre el río Ouaka, en el centro geográfico del país, y es capital de la prefectura homónima. Tenía 41.486 habitantes en el censo de 2012, tiene aeropuerto y diócesis católica, y fue electrificada recién en 1970.
Su importancia viene de la geografía: es el nudo donde se cruzan las rutas que van de Bangui hacia el este y de la sabana del norte hacia el sur selvático. En la economía colonial fue un centro algodonero, con desmotadoras y cultivos obligatorios en su entorno; en la economía actual es un mercado regional para el ganado, el café y los productos que suben y bajan por esas rutas.
En los alrededores se detectaron grandes depósitos de mineral de hierro, que nunca se explotaron por una razón elemental: están a unos 1.500 kilómetros del puerto más cercano, y sin ferrocarril ni río navegable el costo del transporte hace inviable cualquier proyecto. Esa frase resume el problema económico centroafricano mejor que cualquier estadística: el país tiene recursos, pero no tiene cómo sacarlos.
Antes de la crisis nacional de 2013, el sudeste ya vivía su propia guerra importada. En febrero de 2008, el Ejército de Resistencia del Señor (LRA) de Joseph Kony —originario del norte de Uganda y expulsado sucesivamente de Uganda, Sudán del Sur y la República Democrática del Congo— atacó por primera vez la localidad de Obo, en el extremo sudeste, y desde entonces sus grupos entraron y salieron del territorio centroafricano durante casi una década.
El método del LRA era el secuestro sistemático: según los recuentos citados por organizaciones que siguieron el conflicto, desde septiembre de 2008 el grupo mató a más de 2.600 civiles y secuestró a más de 4.000 personas en la región, muchas de ellas niños. Prefecturas enteras como Mbomou y Haut-Mbomou se despoblaron hacia las ciudades, y localidades como Obo y Zémio quedaron rodeadas de campos de desplazados.
La respuesta internacional llegó en 2011, cuando Estados Unidos desplegó un centenar de asesores militares para apoyar a las fuerzas regionales y a la Unión Africana en la persecución de Kony, con bases en el sudeste centroafricano. Uno de los comandantes buscados por la Corte Penal Internacional, Dominic Ongwen, se entregó en 2015 precisamente en esta región. La operación se retiró en 2017 y el LRA quedó reducido a grupos pequeños, pero para entonces la crisis nacional ya había cubierto el sudeste con otra capa de violencia.
La Séléka nació en el noreste, y cuando en 2014 la coalición se desintegró tras perder el poder en Bangui, sus facciones se replegaron sobre el centro y el este y se convirtieron en administraciones armadas de hecho. Bambari fue el caso emblemático: quedó partida en dos, con el río Ouaka como línea divisoria entre comunidades y grupos, y con la UPC de Ali Darassa instalada en la ciudad. En febrero de 2017, la MINUSCA fijó una "línea roja" para impedir el avance de una facción rival sobre Bambari y en la operación murió el jefe del estado mayor del FPRC, Joseph Zoundeiko; los combates por la ciudad desplazaron ese año a unas 20.000 personas.
Bangassou vivió el episodio más grave del sudeste. Entre el 13 y el 15 de mayo de 2017, entre 600 y 700 milicianos anti-balaka entraron en la ciudad, atacaron una base de la MINUSCA y arrasaron el barrio musulmán de Tokoyo; en los días siguientes se recuperaron más de 115 cuerpos, más de 3.000 personas quedaron desplazadas y murió un casco azul marroquí. Los sobrevivientes se refugiaron en la mezquita, en la catedral y en el hospital. Hubo respuesta judicial: el 7 de febrero de 2020, cinco comandantes anti-balaka y veintitrés milicianos fueron condenados a penas de prisión por asociación ilícita, tenencia ilegal de armas y asesinato.
La lógica económica de esta guerra está bien documentada: en ausencia del Estado, los grupos armados se convirtieron en recaudadores, cobrando peajes y "impuestos" sobre el café, la madera, el ganado, el oro y los diamantes. En noviembre de 2016, dos facciones ex Séléka se enfrentaron abiertamente por el control de yacimientos auríferos en la región.
La contraofensiva gubernamental de 2021, apoyada por fuerzas ruandesas y contratistas rusos, recuperó Bambari el 18 de febrero de ese año, después de que la Coalición de Patriotas por el Cambio hubiera tomado brevemente Bangassou en enero. El control estatal del centro y el este es hoy real en las ciudades y mucho más débil en el campo, y el acceso de la ayuda humanitaria sigue siendo intermitente.
El norte fue durante casi un siglo la retaguardia de un Estado esclavista. Dar al-Kuti se fundó hacia 1830 en el borde meridional de los sultanatos sahelianos y funcionó desde el principio como una frontera de razzias hacia el sur. En 1890, el señor de la guerra sudanés Rabih az-Zubayr depuso al sultán Kobur y colocó en su lugar a su sobrino Muhammad al-Sanusi, nacido hacia 1850 en Wadai y miembro de la cofradía sanusí; la alianza se selló con el casamiento de una hija de al-Sanusi con Fadlallah, hijo de Rabih.
Tras un ataque de Wadai en 1894, al-Sanusi trasladó su capital a Ndélé y mandó construir sobre la colina una ciudadela fortificada, la tata, cuyos restos siguen ahí. Aceptó el protectorado francés en 1897 sin renunciar a las expediciones de captura. Las cifras son duras y conviene atribuirlas: un residente francés destinado en Ndélé calculó en 1901 que el sultán había tomado unas 40.000 personas en la década anterior, y estimó una cantidad semejante de muertos, heridos o desplazados; el historiador Dennis Cordell, autor del estudio de referencia sobre Dar al-Kuti y los últimos años de la trata transahariana, calcula exportaciones del orden de 15.000 a 20.000 personas, es decir un promedio de 1.500 a 2.000 por año.
Rabih murió combatiendo a los franceses en Kousséri el 22 de abril de 1900. Al-Sanusi fue muerto por las tropas francesas en 1911 y el sultanato quedó formalmente anexionado el 17 de diciembre de 1912. La tata de Ndélé y las cuevas cercanas de Kaga-Kpoungouvou fueron inscriptas en la Lista Indicativa del Patrimonio Mundial de la UNESCO el 11 de abril de 2006.
Al norte del país el bosque se abre. Es la zona fitogeográfica sudanesa: sabana arbolada, pastizales altos, macizos aislados llamados kaga que rompen la horizontal, y una estación seca larga y muy caliente entre noviembre y abril, seguida de lluvias de mayo a octubre que rondan los 1.200 milímetros anuales. Los ríos Bamingui y Bangoran bajan hacia el Chari, y sus galerías de bosque son el refugio de la fauna en la seca.
Es la región menos poblada de un país ya de por sí vacío. Ndélé, la capital de la prefectura de Bamingui-Bangoran, tenía apenas unos 13.700 habitantes en 2013, y entre ciudad y ciudad puede haber cientos de kilómetros de pista sin más que aldeas dispersas. Esa despoblación no es natural: es en buena medida herencia de las razzias del siglo XIX, que vaciaron el norte hacia los mercados de esclavos del Sahel y del Nilo.
El norte es además un corredor de trashumancia. Cada año, rebaños de ganaderos peul mbororo entran y salen entre Chad, Camerún, Sudán y la República Centroafricana buscando pasto y agua. Esos movimientos, que fueron durante generaciones un intercambio ordenado con los agricultores locales, se volvieron cada vez más conflictivos por la inseguridad, la aparición de pastores armados, la presión climática que empuja a los rebaños más al sur y la expansión de las tierras cultivadas. Desde el comienzo de la guerra de Sudán en abril de 2023, además, muchos ganaderos sudaneses trasladaron sus rebaños a territorio centroafricano y varios se quedaron todo el año, lo que agravó las tensiones.
El Parque Nacional Manovo-Gounda St. Floris se creó en 1979 en la prefectura de Bamingui-Bangoran, cerca de la frontera con Chad, y cubre 17.400 km²: una superficie mayor que la de varios países europeos. Va desde las llanuras inundables del norte hasta las mesetas del sur, y por esa variedad de ambientes sostenía una fauna extraordinaria: elefantes, rinocerontes negros, guepardos, leopardos, leones, búfalos, jirafas de Kordofán y grandes concentraciones de aves acuáticas, lo que le valió también la condición de Área Importante para las Aves de BirdLife International. La UNESCO lo inscribió como Patrimonio Mundial en 1988.
Nueve años después ya estaba en la lista de Patrimonio Mundial en Peligro. Fue incluido en 1997, tras años de caza furtiva con grupos fuertemente armados llegados desde Sudán y Chad; según los datos manejados por la UNESCO, hasta un 80% de la fauna del parque pudo haber sido abatida. El rinoceronte negro occidental, que tenía aquí una de sus últimas poblaciones, fue declarado extinto en 2011. Ese mismo 1997, la muerte de cuatro miembros del personal del parque terminó de frenar cualquier desarrollo turístico o de gestión.
Desde entonces se han ensayado fórmulas de recuperación, incluida la cesión de la gestión a fundaciones privadas especializadas, como se hizo con éxito en otros parques africanos. El obstáculo es previo a la conservación: la zona quedó durante años fuera del control efectivo del Estado, atravesada por grupos armados, cazadores furtivos y rutas de trashumancia. En la práctica, es un parque que existe sobre el papel y en el terreno, pero al que casi nadie puede entrar.
Al oeste de Ndélé se extiende el otro gran espacio protegido del norte: el Parque Nacional Bamingui-Bangoran, de 11.191 km², cuyo núcleo se protege desde 1933 y que quedó constituido como parque nacional en su forma actual en 1993. En su interior está la Reserva Natural Integral de Vassako-Bolo, de acceso restringido a la investigación. El conjunto forma, junto con su zona periférica, la Reserva de Biosfera de Bamingui-Bangoran, designada por el programa MAB de la UNESCO el 1 de octubre de 1979, con algo más de un millón de hectáreas de sabana y bosque sudaneses.
La fauna incluye elefantes, leones, guepardos del Sudán, licaones, hipopótamos y una avifauna muy rica, con especies como el inseparable cachetón; el parque está catalogado como Área Importante para las Aves. Está entre los 400 y los 500 metros de altitud, sobre una meseta drenada por los ríos que le dan nombre.
Las amenazas son las mismas de toda la región: concesiones madereras y mineras en el entorno, caza furtiva a gran escala, desmonte agrícola y, sobre todo, la ausencia de autoridad. El parque fue ocupado militarmente por la Séléka en 2012, y recién en 2018 la Wildlife Conservation Society consiguió retomar patrullas regulares en la zona. Es un ejemplo exacto de la ecuación centroafricana: patrimonio natural de primer nivel mundial, sin Estado que lo sostenga.
El noreste fue la cuna de la Séléka. No es casual: es la parte del país que menos recibió del Estado en todo el siglo XX —sin caminos, sin escuelas, sin hospitales, sin funcionarios— y donde la frontera con Chad y Sudán convirtió a la circulación de armas y de hombres armados en un hecho cotidiano. Los agravios acumulados de esas prefecturas fueron el combustible político de la coalición que tomó Bangui en marzo de 2013.
Ndélé cayó en manos rebeldes en diciembre de 2012 y quedó después bajo control del FPRC, una de las facciones surgidas de la disolución de la Séléka; en julio de 2018 el grupo, dirigido en la zona por Abdoulaye Hissène, llegó a amenazar con marchar sobre la capital. En 2020, la ciudad fue escenario de combates entre facciones rivales del propio FPRC, con decenas de muertos civiles y miles de desplazados. Las fuerzas gubernamentales, apoyadas por sus socios extranjeros, recuperaron Ndélé el 27 de junio de 2021.
El norte sigue siendo la región de acceso más difícil del país. A los grupos armados se suman la caza furtiva transfronteriza, las tensiones por la trashumancia y, desde 2023, la presión de la guerra en Sudán, que empujó a decenas de miles de refugiados hacia las prefecturas del noreste centroafricano. Las embajadas desaconsejan formalmente todo viaje a la zona, y las agencias humanitarias trabajan allí con acceso intermitente.
Se menciona esta región, entonces, por lo que es: uno de los grandes espacios naturales todavía intactos del continente y, al mismo tiempo, el mejor ejemplo de lo que significa un país donde el Estado no llega.
Alrededor de Bouar, y sobre todo al norte y al este de la ciudad, se conocen unos setenta conjuntos de megalitos distribuidos en una franja de aproximadamente 130 por 30 kilómetros. Son bloques de laterita puestos de pie, a veces alineados, a veces dispuestos en círculo sobre plataformas o pequeños túmulos. En gbaya se llaman tazunu —también transcripto tanzunu—, y no hay en toda África Central otro conjunto megalítico comparable.
La datación sigue abierta. La versión más difundida, recogida por la ficha de la Lista Indicativa de la UNESCO, los ubica en el Neolítico final, hacia el 3500-2700 a.C. La investigación arqueológica posterior sobre las excavaciones de la zona, sintetizada en el artículo "Tazunu: Megalithic Monuments of Central Africa" publicado en Azania en 1982, propone en cambio fechas de radiocarbono en torno al 500-700 a.C., corregidas por dendrocronología a unos 750-900 a.C. Como el país lleva décadas sin condiciones para excavar sistemáticamente, la discusión no se cerró.
Sobre el uso hay más consenso: la cantidad y la densidad de los conjuntos sugieren una asociación con el estatus de personas o familias, y se les atribuye una función funeraria. Lo importante es lo que implica: mover y erguir bloques de varias toneladas exige mano de obra coordinada, autoridad para convocarla y una población asentada en la zona.
Los megalitos de Bouar entraron en la Lista Indicativa del Patrimonio Mundial de la UNESCO el 11 de abril de 2006, junto con el sitio de Ndélé y las cuevas de Kaga-Kpoungouvou. Ninguno de los tres ha dado todavía el paso a la Lista del Patrimonio Mundial.
El oeste centroafricano es un país de mesetas onduladas, más frescas y más secas que la selva del sur, con pastos, galerías de bosque a lo largo de los ríos y suelos aptos para el café y el algodón. Es el territorio histórico de los gbaya (baya), uno de los grandes pueblos del país, que se instalaron en la región alrededor del siglo XVI.
La propia Bouar es mucho más reciente que sus piedras: se fundó hacia 1840 en torno al asentamiento del jefe Bogbafeï. Está a unos 437 kilómetros de Bangui por la carretera principal y a unos 210 de la frontera camerunesa, lo que la convirtió en escala obligada del corredor terrestre por el que entra la mayor parte de las importaciones del país. Tenía 39.205 habitantes en el censo de 2012 y es capital de la prefectura de Nana-Mambéré.
La modernización llegó tarde y en cuentagotas: la electricidad, por ejemplo, recién en 1952. Lo que sí llegó fue la presencia militar: Bouar albergó durante décadas el Camp Leclerc, base del ejército francés en África Central, cuya actividad marcó la economía y la fisonomía de la ciudad durante buena parte del siglo XX.
Hay un episodio del oeste que se suele olvidar. En 1911, el acuerdo franco-alemán que cerró la segunda crisis marroquí incluyó una compensación territorial: Francia entregó a Alemania una franja del África Ecuatorial Francesa, entre ella las cuencas del Sangha y del Lobaye, a cambio de manos libres en Marruecos. Ciudades como Berbérati, Carnot, Nola y M'Baïki pasaron a formar parte del llamado Neukamerun.
El experimento duró poco. Al estallar la Primera Guerra Mundial, las tropas francesas y británicas invadieron el Camerún alemán y recuperaron la zona entre 1914 y 1916; el Tratado de Versalles selló la devolución. Para la población local el cambio de administración significó, sobre todo, un nuevo repertorio de exigencias en trabajo y en productos, sin ninguna consulta.
Ese vaivén dejó huellas administrativas: fronteras internas trazadas dos veces, archivos incompletos, y una relación de larga data entre el oeste centroafricano y el este camerunés que se ve todavía hoy en el comercio de frontera, en los movimientos de ganado y en las rutas de los refugiados, que en cada crisis vuelven a cruzar por los mismos pasos.
La mayor rebelión anticolonial del África francesa de entreguerras empezó en estas mesetas. La encabezó Karnou —Barka Ngainoumbey—, un profeta y curandero gbaya de la cuenca del Sangha cuyo nombre significa "el que puede cambiar el mundo", y su prédica se dirigía contra tres cosas concretas: el reclutamiento forzoso para el ferrocarril Congo-Océano, la recolección obligatoria de caucho para las compañías concesionarias y los impuestos coloniales.
El símbolo del movimiento fue un pequeño bastón con gancho, parecido a un mango de azada —koŋgo wara—, que Karnou repartía entre sus seguidores y al que se atribuía protección. Hacia 1927 el movimiento contaba, según las estimaciones recogidas por la historiografía, con más de 350.000 adherentes y unos 60.000 combatientes, y se extendió por el África Ecuatorial Francesa y el Camerún francés.
La represión fue durísima. Karnou murió en combate en diciembre de 1928, pero la resistencia siguió hasta 1931 en la llamada "guerra de las cuevas", cuando los últimos grupos se atrincheraron en las cavernas de las mesetas del oeste. Se calculan más de 10.000 muertos entre la población aldeana. Bouar fue ocupada e incendiada a fines de los años veinte durante estos combates, y poblaciones enteras fueron reagrupadas después en aldeas bajo vigilancia junto a las pistas.
Francia mantuvo el episodio fuera del debate público metropolitano; en la República Centroafricana, en cambio, Kongo-Wara es un pilar de la memoria nacional, y Boganda recuperó la figura de Karnou para el movimiento independentista dos décadas más tarde.
El sudoeste del país está sobre un enorme depósito aluvial de diamantes que se explota casi todo de manera artesanal: cuadrillas que lavan grava en los cauces con pala y tamiz, y una cadena de compradores que va del intermediario de aldea a la oficina de exportación. Junto con el oro y la madera, es la principal fuente de divisas de la región.
Berbérati, fundada en 1893, es la capital de la prefectura de Mambéré-Kadéï y la tercera ciudad del país, con 105.155 habitantes en el censo de 2013. Tiene aeropuerto, diócesis católica y un hospital construido en los años cincuenta que atendieron inicialmente médicos militares franceses y que sigue siendo la referencia sanitaria de todo el sudoeste. Carnot, cuarta ciudad del país con 54.551 habitantes en 2012, fue fundada en 1894 por el oficial francés François Joseph Clozel junto a la aldea de Tendira, y lleva el nombre del presidente francés Sadi Carnot, asesinado ese mismo año; está sobre el río Mambéré, en pleno país diamantífero, y en la reorganización administrativa de diciembre de 2020 pasó a ser capital de la nueva prefectura de Mambéré.
La historia reciente del sector es la historia del conflicto. El Proceso de Kimberley suspendió a la República Centroafricana en 2013, tras la toma del poder por la Séléka y ante las evidencias de que los grupos armados se financiaban con las piedras. El embargo se levantó parcialmente en 2015 y 2016 sobre zonas consideradas conformes: la primera ciudad que volvió a exportar legalmente, en mayo de 2016, fue justamente Berbérati. El embargo se levantó por completo en noviembre de 2024, después de once años, aunque investigaciones independientes advierten que el contrabando hacia Camerún y los dos Congos sigue siendo enorme.
Esa economía explica gran parte de la violencia local: los yacimientos, los ejes de compra y las rutas de salida son exactamente lo que los grupos armados intentan controlar.
Cuando la Séléka bajó desde el noreste en 2013 y las milicias anti-balaka se organizaron en respuesta, el oeste —que no era el origen del conflicto— se convirtió en uno de sus escenarios más duros, porque era donde vivían muchas de las comunidades musulmanas comerciantes y ganaderas del país.
En Carnot, en febrero de 2014, los ataques contra vecinos musulmanes dejaron más de dieciocho muertos en los primeros días del mes, y buena parte de esa población se refugió en recintos protegidos o huyó hacia Camerún; en Nola, más al sur, ocurrió algo parecido ese mismo mes. Bouar, sobre el corredor camerunés, cambió de manos entre fuerzas gubernamentales y grupos armados en distintos momentos entre 2013 y 2021. En diciembre de 2020, combatientes de la Coalición de Patriotas por el Cambio entraron brevemente en Carnot, saquearon edificios públicos y quemaron material electoral antes de retirarse el día 30.
La consecuencia demográfica fue duradera: ciudades enteras del oeste perdieron a su población musulmana, con el consiguiente derrumbe del comercio, del transporte y de la ganadería, actividades en las que esas comunidades tenían un papel central. El retorno de familias desplazadas y refugiadas ha sido lento y desigual, y es uno de los puntos más delicados del proceso de reconciliación.
Hoy el oeste es la región del interior con mejor conexión con el exterior —el corredor Bangui-Bouar-Garoua-Boulaï hacia Camerún es la arteria por la que entra la mayoría de las mercaderías del país— y, en parte por eso, una de las prioridades del despliegue estatal.
El ángulo sudoeste del país, encajado entre Camerún y la República del Congo, pertenece al gran bloque de selva húmeda de la cuenca del Congo. Es una tierra baja, calurosa y lluviosa, con más de 1.500 milímetros anuales, atravesada por los ríos Sangha, Kadéï y Mambéré, y con muy poca gente por kilómetro cuadrado.
Ahí viven los aka, cazadores-recolectores del bosque, y los sangha-sangha, pescadores ribereños, además de comunidades agricultoras de origen bantú y ubanguiano. La relación entre los aka y sus vecinos agricultores es antigua y desigual: intercambian carne, miel y trabajo por productos agrícolas, herramientas y sal, en vínculos que muchas veces se heredan de padres a hijos y que combinan cooperación con dependencia.
Los campamentos aka se organizan de manera muy poco jerárquica: no hay jefes con poder de mando, las decisiones colectivas se toman conversando hasta el consenso y el reparto obligatorio de la caza funciona como freno a la acumulación. Las tareas no están rígidamente separadas por sexo —las mujeres participan de la caza— y los padres pasan con los bebés más tiempo de contacto físico que en casi cualquier otra sociedad estudiada, un dato que hizo de los aka un caso muy citado en la antropología del parentesco.
Decir esto no es folclore: es el contexto necesario para entender que los aka son un pueblo con historia, economía y derechos, y no un decorado del bosque. Hoy muchas familias combinan la vida en el bosque con trabajo asalariado, y varios de los mejores rastreadores de gorilas y guías de la reserva son aka.
La música aka no se parece a casi nada. Es una polifonía contrapuntística compleja, habitualmente descrita como de cuatro voces, que dominan todos los miembros de la comunidad y no un grupo de especialistas. Cada cantante puede modificar su timbre y su línea para producir variaciones, de modo que la pieza parece transformarse continuamente y nunca se ejecuta dos veces igual. A las voces se suman percusiones, instrumentos de cuerda, palmas y danzas asociadas a rituales concretos: la instalación de un campamento nuevo, la partida a una cacería, un funeral.
La UNESCO la proclamó en 2003 Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad y la inscribió en 2008 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. La transmisión es completamente oral y empieza muy temprano: los chicos participan de los rituales desde muy chicos y aprenden escuchando y sumándose.
La propia ficha de la UNESCO señala las amenazas, y son las de siempre: la deforestación, que reduce la caza y obliga a alejarse del bosque; la migración hacia los pueblos y ciudades; y la mercantilización del repertorio para el turismo, que empuja a convertir en espectáculo lo que es una práctica ritual. A esas presiones se suman la falta de reconocimiento de derechos sobre la tierra, el acceso desigual a la escuela y a la salud, y la discriminación por parte de las poblaciones vecinas, que organizaciones de derechos humanos y agencias de la ONU vienen documentando desde hace años.
La administración colonial tardó en instalarse aquí y cambió de bandera más de una vez. En 1911, por el acuerdo franco-alemán posterior a la crisis de Agadir, Francia cedió a Alemania las cuencas del Sangha y del Lobaye a cambio de manos libres en Marruecos; Nola y las tierras del sudoeste pasaron a formar parte del Neukamerun hasta que las tropas francesas las recuperaron durante la Primera Guerra Mundial. En ese proceso, jefes locales como Daddio y Ngoukou I colaboraron con el bando francés.
Nola creció en un punto excelente: la confluencia del Kadéï y el Mambéré, donde nace el río Sangha. Es la capital de la prefectura de Sangha-Mbaéré y tenía 41.462 habitantes en el censo de 2012. Su razón de ser económica fue siempre el bosque y el río: madera, caucho en los primeros tiempos, café y comercio de frontera después.
Bayanga, aguas abajo sobre el Sangha, es un caso más nítido todavía: creció como aldea maderera alrededor de un aserradero que atrajo trabajadores de todo el país y de los países vecinos. Cuando en los años ochenta y noventa la explotación forestal entró en crisis y se decidió proteger la zona, la conservación y el turismo pasaron a ser el principal empleador formal del pueblo, con guías, rastreadores, ecoguardas y personal de campamento. Esa transición —de la motosierra al catalejo— es la clave para entender la economía local de hoy.
En 1984, varios estudios confirmaron lo que se sospechaba: los bosques del extremo sudoeste albergaban poblaciones excepcionales de especies amenazadas —elefante de bosque, gorila de llanura occidental, chimpancé, bongo, búfalo de bosque—. En diciembre de 1990 se creó el complejo de áreas protegidas de Dzanga-Sangha, con una reserva especial de uso múltiple y el parque nacional de Dzanga-Ndoki en su interior, gestionado por el Ministerio de Aguas y Bosques centroafricano junto con WWF.
El modelo elegido fue de uso múltiple y no de exclusión total: la reserva reconoce derechos de caza y recolección de subsistencia a las comunidades locales, incluidos los aka, en las zonas designadas, mientras el núcleo del parque queda cerrado a la extracción. Es un equilibrio difícil y bastante discutido —hubo denuncias sobre el trato a comunidades locales por parte de guardias en varias áreas protegidas de la cuenca del Congo—, pero es también uno de los pocos lugares del país donde el Estado y las comunidades sostienen una institución en funcionamiento desde hace más de tres décadas.
En 2012, la UNESCO inscribió como Patrimonio Mundial el Sangha Trinacional: un conjunto transfronterizo de unos 7.463 km² formado por el parque nacional Dzanga-Ndoki (República Centroafricana), Nouabalé-Ndoki (República del Congo) y Lobéké (Camerún), con una zona de amortiguación mucho más extensa. La cooperación entre los tres países se había formalizado en 2000, y en 2007 se creó la Fundación Trinacional del Sangha para financiar el conjunto a largo plazo. En el área se han registrado más de 370 especies de aves además de la fauna mayor.
En medio de la selva cerrada hay claros abiertos donde el suelo es rico en sales minerales. Se los llama bais, y funcionan como comedores comunitarios de la fauna del bosque: los animales cavan con las patas y la trompa para llegar a las capas salinas y beber el agua cargada de minerales que necesitan y que la dieta de hojas y frutos no les da.
Dzanga Bai es el más famoso de todos. Cada día se reúnen allí, según los conteos de los equipos que lo monitorean, más de un centenar de elefantes de bosque —y hasta unos doscientos en las mejores jornadas—, junto con bongos, búfalos de bosque, sitatungas y potamoqueros. Se lo observa desde una plataforma de madera montada al borde del claro, a la que se llega caminando un rato por el bosque. El apodo, "la aldea de los elefantes", viene de que los animales llegan y se van todo el día, y los investigadores llevan décadas identificándolos individualmente por las orejas y los colmillos.
El valor científico del lugar es enorme: buena parte de lo que se sabe sobre el comportamiento social del elefante de bosque, una especie mucho más difícil de estudiar que su pariente de sabana, salió de las observaciones hechas en este claro. Alrededor funcionan además el rastreo de dos grupos de gorilas de llanura occidental habituados a la presencia humana y las salidas con rastreadores aka, que son la otra actividad clásica de la reserva.
La crisis de 2013 alcanzó incluso a este rincón remoto. Tras la caída de Bangui en marzo, columnas de la Séléka avanzaron hacia el sudoeste; Nola cayó el 28 de marzo y en abril combatientes armados ocuparon Bayanga, en la puerta misma de la reserva. Los equipos de conservación evacuaron a buena parte de su personal internacional.
A comienzos de mayo, un grupo de diecisiete combatientes entró en el parque nacional de Dzanga-Ndoki y llegó hasta Dzanga Bai. Desde la plataforma de observación abrieron fuego con fusiles de asalto sobre los animales del claro: mataron veintiséis elefantes, cuatro de ellos crías, y les cortaron los colmillos. El episodio tuvo repercusión internacional inmediata y se convirtió en el símbolo de lo que la guerra le estaba haciendo a la fauna del país.
La reserva no cerró. Con financiamiento de emergencia, los ecoguardas y los rastreadores aka mantuvieron las patrullas y el monitoreo, y en los años siguientes la afluencia de elefantes al bai se recuperó. Hoy Dzanga-Sangha es la única zona de la República Centroafricana donde funciona un turismo organizado con cierta regularidad, casi siempre entrando por Camerún y con operadores especializados, en un país que en el resto de su territorio sigue estando desaconsejado para el viaje.
Es, en ese sentido, una excepción doble: por su naturaleza, que está entre las mejor conservadas de la cuenca del Congo, y por ser el único lugar donde el país logró sostener una institución en pie a lo largo de toda la crisis.
Casi nada de lo que le pasó a República Centroafricana le pasó solo: estas son las historias de al lado.