Los primeros habitantes de la región fueron cazadores-recolectores khoisan, pero a partir del primer milenio de nuestra era la gran expansión bantú transformó el territorio. Los pueblos bantúes llegaron desde el interior de África trayendo la agricultura, la ganadería y el trabajo del hierro, y se asentaron a lo largo de los valles y de la costa. De ellos descienden la mayoría de los pueblos actuales de Mozambique: los makhuwa del norte, los sena y ndau del centro, los shona del interior y los tsonga del sur, entre muchos otros.
Hacia el siglo X, la costa mozambiqueña ya formaba parte del comercio del océano Índico. El sur del país estaba conectado a uno de los grandes secretos de la economía medieval africana: el oro. Desde las mesetas del interior, el reino de Great Zimbabwe primero, y su heredero, el reino de Mutapa (el célebre "Monomotapa" de las crónicas), después, extraían oro y marfil que bajaban por los ríos hasta la costa. Allí, el puerto de Sofala se convirtió en la gran terminal de ese comercio.
Sofala funcionaba como el extremo sur de la red comercial dominada por Kilwa, la poderosa ciudad-estado swahili situada más al norte, en la actual Tanzania. A través de Sofala, el oro de Zimbabwe alimentaba las arcas de Kilwa y llegaba, monzón tras monzón, a Arabia, Persia y la India. Ese oro africano fue durante siglos uno de los motores de la economía del Índico, y explica por qué, cuando llegaron, los portugueses pusieron los ojos precisamente en esta costa.
A lo largo de la costa norte florecieron, entre los siglos XII y XV, pequeñas ciudades-estado swahili musulmanas, autónomas y mercantiles. La más meridional de las grandes fue el sultanato de Angoche, fundado por comerciantes que se habían separado de Kilwa para establecer un puerto independiente. En estas ciudades se hablaba kiswahili, se practicaba el islam y se construía en piedra de coral: eran centros africanos de una civilización propia, tejida en el diálogo permanente con el mundo árabe-persa del Índico.
Entre esos enclaves había una pequeña isla de coral frente a la costa norte que estaba llamada a marcar la historia del país entero. Gobernada por un jeque o sultán local —la tradición recuerda el nombre de Musa Al Biq (Mussa Bin Bique)—, la isla terminó dándole su nombre a todo el territorio: de aquel nombre árabe deriva la palabra "Moçambique". Era un puerto de escala en las rutas del monzón, con mezquitas, casas de piedra y un fondeadero seguro.
Estas ciudades no vivían aisladas: comerciaban marfil, oro, maderas, ámbar gris y, cada vez más, esclavos capturados en el interior, a cambio de tejidos, abalorios y porcelana. La costa swahili de Mozambique era, en vísperas de la llegada europea, una tierra próspera y conectada con medio mundo. Ese equilibrio, construido durante siglos, estaba a punto de romperse.
El 2 de marzo de 1498, la flota de Vasco da Gama, en su viaje pionero hacia la India, llegó a las aguas de la Isla de Mozambique. El navegante portugués buscaba la ruta de las especias, y la costa swahili fue su primer gran encuentro con el mundo del Índico. En la isla la recepción fue tensa; más al sur, en Inhambane, los portugueses fueron mejor acogidos y da Gama bautizó la zona como "Terra da Boa Gente", la tierra de la buena gente. Aquel viaje marcó la irrupción europea en el comercio, la política y la sociedad del océano Índico.
Los portugueses volvieron pronto, y esta vez para quedarse. En 1505 tomaron Sofala, el puerto del oro, arrebatándoselo a los comerciantes swahili, y poco después fortificaron la Isla de Mozambique, que se convirtió en la capital y el bastión del África Oriental Portuguesa. Desde allí controlaban la ruta a la India y hostigaban a las ciudades-estado swahili, cuya prosperidad milenaria entró en decadencia. En 1558 levantaron en la isla la imponente fortaleza de São Sebastião, todavía en pie.
Con el correr de los siglos, los portugueses intentaron penetrar hacia el interior en busca del oro de Mutapa, remontando el río Zambeze e instalando fortines y puestos comerciales en Sena y Tete. Pero durante mucho tiempo su dominio fue frágil, limitado a la costa y a las márgenes del gran río. El control efectivo de todo el territorio recién llegaría, a sangre y fuego, a fines del siglo XIX.
En el valle del Zambeze, la corona portuguesa ensayó un sistema singular: los prazos, enormes latifundios cedidos a colonos, comerciantes y aventureros para que explotaran la tierra y a su gente. Con el tiempo, los prazeiros —los titulares de esas concesiones— se africanizaron por matrimonio y aislamiento, levantaron ejércitos privados de esclavos guerreros llamados chikunda y se comportaron como señores feudales casi independientes de Lisboa. Fue un mundo violento, mestizo y semiautónomo que dominó el centro del país durante generaciones.
A fines del siglo XIX, el reparto europeo de África en la Conferencia de Berlín (1884-85) obligó a Portugal a ocupar de verdad su colonia para no perderla. Como el Estado portugués era pobre, cedió la administración de vastas regiones a compañías concesionarias financiadas sobre todo por capital británico: la Companhia de Moçambique en el centro, la Companhia do Niassa en el norte y la Companhia da Zambézia. Estas empresas gobernaban, cobraban impuestos y disponían de la mano de obra africana como si fueran pequeños Estados.
Aunque la esclavitud estaba legalmente abolida, las compañías impusieron el chibalo, el trabajo forzado: los africanos eran obligados a trabajar en plantaciones y obras públicas, o "alquilados" como braceros a las minas de oro de Sudáfrica y a las plantaciones de Rodesia, en un sistema migratorio que desangró a la población masculina de aldeas enteras. El régimen colonial portugués, endurecido bajo la dictadura del Estado Novo de Salazar, negó a los africanos derechos políticos y los sometió a un estatuto de "indígenas" de segunda clase. De ese despojo y esa humillación nacería la rebelión.
La resistencia se organizó en el exilio. En 1962, distintos grupos nacionalistas se unieron en Dar es Salaam, en la vecina Tanzania, para fundar el Frente de Libertação de Moçambique, el FRELIMO. Su primer líder fue Eduardo Mondlane, un intelectual y antropólogo formado en Estados Unidos, capaz de mantener unido al movimiento y de conseguir apoyos tanto del bloque comunista como de simpatizantes occidentales. En 1964, el FRELIMO lanzó la lucha armada contra el poder colonial portugués, empezando por el norte del país.
La guerra fue larga y desigual. Portugal envió decenas de miles de soldados, pero el FRELIMO, con tácticas de guerrilla y bases en Tanzania, fue liberando zonas del norte y organizando en ellas escuelas, hospitales y una administración propia. El 3 de febrero de 1969, Mondlane fue asesinado en Dar es Salaam por una bomba oculta en un libro. Tras su muerte, tomó las riendas Samora Machel, un antiguo enfermero convertido en comandante militar y en el rostro carismático de la revolución.
El desenlace llegó desde la propia metrópoli. El 25 de abril de 1974, la Revolución de los Claveles derrocó a la dictadura en Lisboa, y el nuevo gobierno portugués decidió poner fin a las guerras coloniales. El 7 de septiembre de 1974 se firmó el Acuerdo de Lusaka, que reconoció la independencia y traspasó el poder al FRELIMO. El 25 de junio de 1975, Mozambique nació como país soberano, con Samora Machel como su primer presidente. "A luta continua" —la lucha continúa— fue el lema de toda una época.
La independencia no trajo la paz. El FRELIMO, que en 1977 se declaró partido marxista-leninista de partido único, emprendió un ambicioso programa socialista: nacionalizó tierras, empresas, escuelas y hospitales, y buscó transformar de raíz la sociedad. Pero el nuevo Estado enfrentó pronto una insurgencia armada, la RENAMO (Resistência Nacional Moçambicana), creada y sostenida en un primer momento por el régimen de la Rodesia blanca y, más tarde, por la Sudáfrica del apartheid, que veían con hostilidad a un vecino socialista que además apoyaba a sus propios movimientos de liberación.
La guerra civil, que se prolongó desde fines de los años setenta hasta 1992, fue devastadora. En el marco de la Guerra Fría, el conflicto enfrentó al FRELIMO —apoyado por el bloque soviético— con la RENAMO, y se cebó sobre todo con la población civil: aldeas arrasadas, campos minados, hambrunas provocadas y cientos de miles de muertos, además de millones de desplazados y refugiados. El propio presidente Samora Machel murió en 1986 en un accidente de aviación cerca de la frontera sudafricana, en circunstancias que todavía generan preguntas. Lo sucedió Joaquim Chissano.
El fin de la Guerra Fría y el desgaste de ambos bandos abrieron paso a la negociación. Con la mediación de la comunidad católica de Sant'Egidio y el respaldo de la ONU, el 4 de octubre de 1992 se firmaron en Roma los Acuerdos Generales de Paz entre el presidente Chissano y el líder de la RENAMO, Afonso Dhlakama. Una fuerza de paz de las Naciones Unidas supervisó la transición, y en 1994 el país celebró sus primeras elecciones multipartidistas. La reconciliación fue frágil, pero se sostuvo: Mozambique logró cerrar, sin ajustes de cuentas masivos, uno de los capítulos más dolorosos de su historia.
Desde la paz de 1992, Mozambique protagonizó una notable recuperación. La economía creció con fuerza durante años, apoyada en la reconstrucción, la agricultura, el aluminio, el carbón y un turismo que redescubrió las playas de coral y los archipiélagos del Índico. Símbolo de esa reinvención es el Parque Nacional de Gorongosa, cuya fauna fue casi exterminada durante la guerra y que hoy es una de las historias de restauración ecológica más celebradas de África. El país, sin embargo, sigue siendo uno de los más pobres del mundo, golpeado además por la corrupción, la deuda y por ciclones cada vez más intensos, como el Idai, que devastó Beira en 2019.
La gran promesa y el gran drama del Mozambique reciente están en el norte. Frente a las costas de Cabo Delgado se descubrieron enormes reservas de gas natural, entre las mayores de África, y compañías internacionales lanzaron megaproyectos de gas natural licuado por decenas de miles de millones de dólares. Pero desde 2017 la provincia sufre una insurgencia armada de grupos yihadistas —vinculados al autodenominado Estado Islámico— que ha causado miles de muertos y cientos de miles de desplazados. El ataque a la localidad de Palma, en marzo de 2021, obligó a suspender el principal proyecto gasífero. Fuerzas de Ruanda y de países vecinos de la región fueron desplegadas para intentar estabilizar la zona.
En el plano político, el FRELIMO se mantiene en el poder desde la independencia, algo que sus críticos señalan como un déficit democrático. Las elecciones de octubre de 2024, que dieron ganador al oficialista Daniel Chapo, fueron impugnadas por la oposición y desataron las protestas más violentas desde el fin de la guerra civil, con centenares de muertos. Mozambique afronta así el futuro con enormes contrastes: la riqueza del gas y del turismo por un lado, y la pobreza, la desigualdad, el clima extremo y la inseguridad del norte por el otro. Un país joven que, fiel a su lema, sigue en lucha.