Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, Mauricio no tuvo habitantes. Surgida de erupciones volcánicas hace unos ocho o nueve millones de años, la isla evolucionó en completo aislamiento. Sin depredadores terrestres, su fauna desarrolló formas irrepetibles: tortugas gigantes, aves que anidaban en el suelo y, sobre todo, el dodo (Raphus cucullatus), un pariente gigante de las palomas que había perdido el vuelo porque en la isla nada lo cazaba.
Ese aislamiento explica por qué la llegada del ser humano fue tan devastadora. El dodo no le temía a nada: se acercaba a los recién llegados sin sospechar el peligro. Los marineros lo mataban con facilidad, y los animales que trajeron consigo —cerdos, ratas, monos, perros— arrasaron sus huevos y su hábitat. En apenas décadas, un ave que había prosperado durante millones de años desapareció para siempre. El dodo se convirtió en el símbolo universal de la extinción provocada por el hombre, y Mauricio, en el escenario donde ocurrió el primer caso famoso y documentado de una especie borrada por la acción humana.
Los primeros navegantes que conocieron la existencia de Mauricio fueron probablemente marinos árabes y swahili que surcaban el océano Índico mucho antes que los europeos. En mapas árabes medievales la isla aparece con el nombre de Dina Arobi. No la colonizaron ni se establecieron en ella: era apenas un punto de referencia en las rutas comerciales que unían la costa africana con la India.
A comienzos del siglo XVI llegaron los portugueses, en plena expansión hacia las Indias tras el paso de Vasco da Gama por el cabo de Buena Esperanza. Los marinos lusitanos bautizaron el archipiélago de las Mascareñas en honor al navegante Pedro Mascarenhas, y a Mauricio la llamaron, según distintas fuentes, Ilha do Cirne (isla del cisne, quizá por el dodo) o Ilha do Cerne. Los portugueses la usaron solo como escala ocasional para reabastecerse de agua, carne fresca y tortugas. Nunca fundaron un asentamiento permanente: la isla siguió, en la práctica, deshabitada.
El 20 de septiembre de 1598, una escuadra holandesa al mando del almirante Wybrand van Warwyck entró en una bahía protegida del sureste que llamaron Port de Warwick, hoy Grand Port. Los neerlandeses bautizaron la isla como Mauritius en honor a Mauricio de Nassau (Maurits van Nassau), estatúder de las Provincias Unidas y figura central de la lucha holandesa por su independencia de España. Ese nombre, latinización de Maurits, es el que sobrevive hasta hoy.
Los holandeses intentaron colonizar la isla en serio a partir de 1638, con una interrupción entre 1658 y 1666, y un segundo esfuerzo que se prolongó hasta 1710. Fue una colonización difícil y en última instancia fallida: los ciclones, las sequías, las plagas de ratas, la escasez de alimentos y las enfermedades desgastaron a los colonos. Pero dejaron dos huellas enormes. La primera, la introducción de la caña de azúcar traída de Java, que siglos después sería la columna vertebral de la economía mauriciana. La segunda, involuntaria y trágica: la extinción del dodo. Entre la caza directa, la tala del bosque de ébano y los animales invasores que trajeron, los holandeses aniquilaron a esa ave. El último avistamiento confiable del dodo se sitúa alrededor de 1662. Hacia 1710, agotados, los holandeses abandonaron Mauricio por completo.
En 1715, atraída por la posición estratégica del enclave en la ruta hacia la India, Francia tomó posesión de la isla abandonada y la rebautizó Isle de France (Isla de Francia). La administró primero la Compañía Francesa de las Indias Orientales. El punto de inflexión llegó en 1735 con el gobernador Bertrand-François Mahé de La Bourdonnais, un administrador enérgico que convirtió la isla en una verdadera base naval y comercial. Fundó y desarrolló Port Louis como capital y puerto principal, levantó fortificaciones, astilleros, hospitales y caminos, e impulsó las plantaciones.
Bajo dominio francés, la Isla de Francia se transformó en una economía de plantación basada en el trabajo esclavo. Miles de esclavos traídos de Madagascar, de África oriental continental y de la India fueron sometidos a un régimen brutal en los campos de caña, el café y otros cultivos. Para 1810, la abrumadora mayoría de la población de la isla era esclava. La sociedad quedó marcada por esa división: una minoría de colonos franceses propietarios y una gran mayoría de personas esclavizadas. La cultura, la lengua y el catolicismo franceses echaron raíces tan profundas que sobrevivirían a la conquista británica y siguen vivos hoy en el francés y en el criollo mauriciano.
Durante las guerras napoleónicas, la Isla de Francia se volvió una amenaza para Gran Bretaña: sus corsarios, amparados en Port Louis, atacaban los barcos mercantes británicos que comerciaban con la India. En agosto de 1810, la marina francesa infligió a los británicos una dura derrota en la batalla de Grand Port, uno de los pocos triunfos navales franceses de todo el período napoleónico, recordado en el Arco de Triunfo de París. Pero fue una victoria efímera.
En diciembre de 1810, una gran fuerza británica desembarcó por el norte, en Cap Malheureux, y avanzó sobre Port Louis. Superados en número, los franceses capitularon. Por los términos de la rendición y luego el Tratado de París de 1814, la isla pasó definitivamente a la corona británica, que le devolvió el nombre de Mauricio. En una decisión clave, los británicos permitieron a los colonos franceses conservar sus tierras, su lengua, su religión y su sistema legal de raíz napoleónica. Por eso Mauricio es hoy una rareza: un país que fue británico durante 158 años pero donde nunca se impuso el inglés como lengua de la calle.
El Imperio Británico abolió la esclavitud, y el 1 de febrero de 1835 la medida se hizo efectiva en Mauricio. Alrededor de 66.000 personas esclavizadas obtuvieron la libertad. Como en otras colonias británicas, la abolición fue acompañada de un período de "aprendizaje" (apprenticeship) que obligaba a los liberados a seguir trabajando para sus antiguos amos durante algunos años, y de una indemnización pagada no a las víctimas, sino a los dueños de esclavos por la "pérdida de su propiedad".
Muchos de los recién liberados se negaron a seguir en las plantaciones que habían sido lugar de su cautiverio y se marcharon hacia la costa y las ciudades, formando el núcleo de la actual población criolla de Mauricio, de ascendencia africana y malgache. Su partida dejó a los plantadores de azúcar sin la mano de obra masiva que sostenía su riqueza, y esa necesidad desencadenó uno de los mayores movimientos migratorios de la historia del Índico. El 1 de febrero se conmemora hoy en Mauricio como día festivo en memoria de la abolición.
Para reemplazar la mano de obra esclava, los plantadores recurrieron al sistema de trabajadores contratados (indentured labour). Entre 1834 y las primeras décadas del siglo XX llegaron a Mauricio cientos de miles de trabajadores, en su enorme mayoría de la India, atados por contratos de varios años a cambio de un salario mínimo, alojamiento y el pasaje. Fue el ensayo de un modelo —el llamado "Gran Experimento"— que después el Imperio Británico replicaría en muchas de sus colonias.
El punto de entrada de esa oleada humana fue el Aapravasi Ghat de Port Louis, la estación de inmigración construida en 1849 donde los recién llegados eran registrados, examinados y distribuidos entre las plantaciones. Entre 1849 y 1923, alrededor de medio millón de trabajadores contratados indios pasaron por sus escalones. La UNESCO declaró el Aapravasi Ghat Patrimonio de la Humanidad en 2006, por ser el testimonio material del inicio de ese sistema global de migración laboral. Aquellos trabajadores y sus descendientes transformaron para siempre la isla: hoy la mayoría de la población mauriciana es de origen indio, y el hinduismo, el islam, el tamil, el bhojpuri y el hindi forman parte central de la vida del país. Las condiciones del trabajo contratado fueron con frecuencia duras y abusivas, y su historia sigue siendo objeto de estudio y de memoria.
En el extremo suroeste de la isla se alza Le Morne Brabant, una escarpada montaña de basalto que cae casi a pico sobre el mar. Por su relieve inaccesible, con cuevas y salientes ocultas, se convirtió durante el período de la esclavitud en refugio de los cimarrones: los esclavos que escapaban de las plantaciones y formaban pequeñas comunidades libres en sus laderas.
Le Morne es hoy un lugar de memoria de esa resistencia y del sufrimiento de la esclavitud. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 2008 como "paisaje cultural" que simboliza la lucha de los esclavos por la libertad. En torno a la montaña circula un relato transmitido oralmente según el cual, cuando en 1835 llegó a la isla la noticia de la abolición, algunos cimarrones, al ver subir a un grupo de personas por la montaña, habrían creído que venían a capturarlos y se habrían arrojado al vacío, sin saber que en realidad les traían la noticia de su libertad. Los historiadores señalan que este episodio pertenece a la tradición oral y no está documentado, pero se ha vuelto parte central de la memoria colectiva del lugar. Le Morne se conmemora, en todo caso, como emblema del precio humano de la esclavitud en Mauricio.
De todo ese proceso surgió una de las sociedades más diversas del mundo. La población mauriciana se compone principalmente de indomauricianos (descendientes de los trabajadores contratados, hinduistas y musulmanes), criollos (descendientes de esclavos africanos y malgaches, mayoritariamente católicos), sino-mauricianos (comerciantes llegados de China) y franco-mauricianos (descendientes de los colonos franceses). A esa mezcla se la conoce como el "arcoíris" mauriciano.
Esa convivencia se refleja en el paisaje y en la vida cotidiana: templos hindúes, mezquitas, iglesias y pagodas se levantan a pocos metros unos de otros; se celebran a la vez el Diwali, el Eid, la Navidad y el año nuevo chino. La lengua oficial de la administración es el inglés, herencia británica, pero en la calle domina el criollo mauriciano, de base léxica francesa, y el francés sigue muy presente en los medios y la cultura. Esta pluralidad, con sus tensiones pero también con una notable estabilidad, es uno de los rasgos que definen la identidad del país.
A lo largo del siglo XX, la sociedad mauriciana fue conquistando derechos políticos. La extensión del sufragio permitió que la mayoría de origen indio, hasta entonces marginada del poder, se organizara políticamente. Figura clave de ese proceso fue Sir Seewoosagur Ramgoolam, médico formado en Londres, hijo de una familia de trabajadores contratados y admirador de Gandhi y Nehru, que lideró el Partido Laborista y la causa de la independencia.
Tras las elecciones de 1967, ganadas por la coalición favorable a la independencia, Mauricio se independizó del Reino Unido el 12 de marzo de 1968, poniendo fin a 158 años de dominio británico. Ramgoolam se convirtió en el primer jefe de gobierno del país. La independencia no estuvo exenta de tensiones: hubo enfrentamientos comunales previos y un debate profundo entre quienes la apoyaban y quienes temían por el lugar de las minorías. En un episodio que todavía genera reclamos, poco antes de la independencia el Reino Unido separó de Mauricio el archipiélago de Chagos para crear el Territorio Británico del Océano Índico, expulsando a sus habitantes; la soberanía sobre Chagos sigue siendo objeto de disputa internacional.
Durante sus primeros años como país independiente, Mauricio siguió siendo una monarquía dentro de la Commonwealth, con la reina Isabel II como jefa de Estado representada por un gobernador general. El 12 de marzo de 1992, exactamente veinticuatro años después de la independencia, Mauricio se proclamó república, con un presidente como jefe de Estado, aunque se mantuvo dentro de la Commonwealth.
Desde entonces, la isla protagonizó una transformación económica notable. De depender casi por completo del azúcar, diversificó su economía hacia el textil, el turismo, los servicios financieros y la tecnología, y llegó a ser considerada uno de los casos de desarrollo más exitosos de África, con una democracia estable y elecciones regulares. Hoy la República de Mauricio incluye, además de la isla principal, la isla de Rodrigues, las islas Agalega y el archipiélago de San Brandón, y reivindica la soberanía sobre Chagos. Sigue siendo un modelo poco común: una nación pequeña, sin ejército permanente, construida por la migración forzada y voluntaria, que convirtió su diversidad en su mayor fortaleza.