Boma es la escala que cuesta imaginar: 22.800 kilómetros cuadrados de pastizal, humedal y sabana en el rincón más oriental de Sudán del Sur, junto a la frontera etíope. Declarado parque nacional en 1977, es uno de los parques más grandes de África y el escenario principal de una migración de antílopes que, según el censo aéreo de 2023, mueve alrededor de seis millones de animales.
Durante décadas nadie supo bien qué quedaba acá. La segunda guerra civil sudanesa arrasó la región —Boma cayó en manos del SPLA el 1 de abril de 1985 y fue base guerrillera durante años—, y los últimos censos confiables eran de comienzos de los ochenta. Cuando en 2007 un equipo de la Wildlife Conservation Society repitió aquellos sobrevuelos, encontró que la migración había sobrevivido a la guerra: más de 1,3 millones de cob de orejas blancas, tiang y gacelas de Mongalla. Los búfalos y los elefantes, en cambio, casi habían desaparecido.
El 26 de julio de 2026, la UNESCO inscribió el Paisaje Migratorio de Boma-Badingilo en la Lista del Patrimonio Mundial —el primero de Sudán del Sur— y, el mismo día y por el mismo acto, en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro. Un reconocimiento y un diagnóstico al mismo tiempo.
Hay que decirlo con claridad: Boma no se visita. Está en una región con violencia intercomunal recurrente y presencia de grupos armados, en un país bajo alerta máxima de casi todas las cancillerías, sin ningún tipo de infraestructura turística. Esta ficha cuenta qué hay acá —porque lo que hay es extraordinario— y explica con honestidad por qué, por ahora, es un lugar para conocer de lejos.
El Parque Nacional de Boma se declaró en 1977, ocho años después de que el gobierno sudanés estableciera la primera legislación seria de vida silvestre para el sur, y en un breve paréntesis de paz entre las dos guerras civiles. Toma su nombre de la meseta de Boma, el relieve boscoso del este del parque, territorio del sector agrícola del pueblo murle y uno de los pocos lugares del mundo donde crece café arábica silvestre nativo, documentado allí desde 1941. La segunda guerra civil sudanesa (1983-2005) borró cualquier posibilidad de gestión: Boma cayó ante el SPLM/A el 1 de abril de 1985 y la región quedó atrapada entre guarniciones, milicias y desplazamientos durante veinte años. Los relevamientos aéreos de la Wildlife Conservation Society de 2007 revelaron que la gran migración había sobrevivido, aunque no así los búfalos ni los elefantes. En 2022, el gobierno firmó con African Parks un acuerdo de diez años para gestionar Boma y Bandingilo; el censo integral de 2023, anunciado en junio de 2024, cifró en unos seis millones los antílopes del paisaje. El 26 de julio de 2026, la UNESCO lo inscribió como Patrimonio Mundial y, a la vez, como Patrimonio Mundial en Peligro.
Leer la historia completa ↓El sureste árido y las llanuras de Boma: el motín de Torit que encendió la primera guerra civil, los toposa de Kapoeta, los didinga de sus montañas y la mayor migración de mamíferos terrestres del planeta.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El Parque Nacional de Boma ocupa 22.800 kilómetros cuadrados del extremo oriental de Sudán del Sur, junto a la frontera con Etiopía: más superficie que El Salvador entero, y uno de los parques nacionales más grandes de África. Su nombre lo toma de la meseta de Boma, el relieve que se alza en su flanco este y que rompe la horizontalidad de las llanuras.
El parque es en realidad varios paisajes cosidos. El sur es pastizal corto y matorral de acacia; el este, bosque de combretum y ficus; el oeste, pastizal abierto salpicado de humedales estacionales y permanentes que enlazan con las llanuras de Jonglei y, más allá, con el sistema del Sudd. Esa combinación de agua estacional y pasto sobre suelos fértiles es lo que sostiene una biomasa de herbívoros difícil de imaginar.
La meseta de Boma es un mundo aparte: altura, clima más fresco, bosque, aldeas y agricultura. Ahí ocurre uno de los hechos botánicos más interesantes de África oriental: crecen poblaciones silvestres autóctonas de Coffea arabica, la especie que da el café arábica. Fueron documentadas por primera vez en 1941 por el botánico A. S. Thomas, que identificó arbustos silvestres en las laderas; de esas poblaciones proviene la célebre variedad Sudan Rume, muy valorada por su genética.
En abril de 2012, un trabajo de campo recolectó 74 muestras de plantas silvestres y cultivadas de aldeas y bosques de la meseta. El análisis genético con marcadores SSR, publicado en 2021, validó a Sudán del Sur como centro de origen del arábica y mostró que estas poblaciones son genéticamente distintas de las etíopes, con una diversidad que podría ser clave para el mejoramiento del cultivo a escala mundial. Los mismos investigadores advirtieron que la extensión y la salud de esas poblaciones silvestres están en declive y que su conservación es urgente.
El territorio del parque y su entorno son tierra murle. Este pueblo nilótico se ha organizado históricamente en dos grandes sectores: uno agrícola, asentado en la meseta de Boma y sus montañas, y otro pastoril, en las tierras bajas y humedales del oeste, en torno a Pibor. Esa división geográfica y económica marcó también su historia política.
Alrededor viven otros pueblos con vínculos antiguos con estas llanuras: dinka bor, nuer, anyuak y, más al sur, toposa. Todos comparten un mismo problema estructural: un territorio que se inunda y se seca, con recursos que se desplazan estacionalmente y que obligan a moverse. Los conflictos por pastos, agua y ganado son antiguos; lo que cambió en las últimas décadas es la letalidad con que se dirimen, después de que las guerras civiles inundaran la región de armas automáticas.
Durante la lucha del SPLM/A contra el gobierno de Jartum, los murle quedaron divididos: los de Boma apoyaron mayoritariamente al movimiento, mientras que otros combatieron con la Fuerza de Defensa de Pibor del sultán Ismael Konyi. Esa fractura interna, sumada a la violencia intercomunal recurrente y a operaciones militares del Estado en distintos momentos, hizo del este de Jonglei una de las regiones más castigadas del país.
Cualquier proyecto de conservación en Boma tiene que pasar por acá. African Parks y el gobierno lo plantean explícitamente: las comunidades del paisaje —murle, dinka, nuer, anyuak, toposa— son parte del sistema, no un entorno del parque, y podrían tener un papel central en un eventual desarrollo turístico. Sin acuerdos con ellas no hay guardaparques suficientes.
Boma fue declarado parque nacional en 1977, durante el paréntesis de paz que abrió el Acuerdo de Adís Abeba de 1972 entre el gobierno de Sudán y el movimiento Anyanya. Fueron los únicos años en que existió una administración regional autónoma en el sur, con capital en Yuba, y en los que se pudo pensar en instituciones de largo plazo. La declaración del parque fue una de ellas.
De aquella ventana breve provienen los relevamientos aéreos de comienzos de los años ochenta, que durante décadas serían la única referencia confiable sobre la fauna de la región. Los censos de 1980 estimaron en Boma 680.716 cob de orejas blancas en estación húmeda, junto con poblaciones importantes de tiang, gacela de Mongalla, búfalo, elefante, jirafa y cebra. Eran cifras de escala continental.
En 1983, el presidente Yaafar el Nimeiry disolvió la autonomía del sur y extendió la sharia a todo el país; nació el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán y estalló la segunda guerra civil sudanesa. El parque, con seis años de existencia formal y sin una estructura consolidada, quedó dentro de un teatro de operaciones militares.
Durante los veintidós años siguientes no hubo censos, ni patrullas, ni gestión de ningún tipo. Los números de 1980 quedaron congelados como el último dato conocido, y la pregunta sobre qué quedaba realmente vivo en Boma se volvió imposible de responder.
El 1 de abril de 1985, Boma cayó ante el SPLM/A. Fue una de las tomas más significativas de los primeros años de la guerra y convirtió a la localidad y a la meseta en base y retaguardia del movimiento en el este del país, con la frontera etíope a un paso —Etiopía fue, en esa etapa, el principal apoyo exterior del SPLA—.
Pibor, en cambio, permaneció como guarnición del gobierno sudanés durante casi toda la guerra, salvo un período de control del SPLA entre 1987 y 1992. Esa geografía de bases enfrentadas, sumada a la división interna de los murle entre quienes apoyaban al movimiento y quienes combatían con la Fuerza de Defensa de Pibor, hizo del este de Jonglei un territorio en disputa permanente.
Para la fauna, veinte años de guerra significaron caza sistemática. Los combatientes, las milicias y las poblaciones desplazadas encontraron en los animales una fuente de carne; el marfil y los trofeos, una fuente de dinero. Los animales grandes, lentos y valiosos fueron los primeros en desaparecer.
El Acuerdo Global de Paz de enero de 2005 permitió finalmente volver a mirar. El 17 de enero de 2007, un equipo de la Wildlife Conservation Society encabezado por J. Michael Fay y Paul Elkan repitió los sobrevuelos de los ochenta con la misma metodología, las mismas líneas de vuelo y la misma altura sobre Boma, Jonglei y el Parque Nacional del Sur.
El resultado fue doble. Por un lado, la buena noticia que dio la vuelta al mundo: más de 1,3 millones de cob de orejas blancas, tiang y gacelas de Mongalla seguían migrando. Fay declaró que nunca había visto fauna en semejante cantidad, ni siquiera sobrevolando el Serengeti. Por el otro, la constatación del desastre: no se vio un solo búfalo donde en 1981 se estimaban unos 60.000, y se avistó un único grupo de elefantes donde se calculaban unos 10.000.
La independencia de 2011 y la guerra civil sudsudanesa que estalló en diciembre de 2013 volvieron a postergar cualquier plan de gestión. El punto de inflexión llegó en agosto de 2022, cuando el gobierno de Sudán del Sur firmó con la ONG African Parks un acuerdo de diez años, renovable, para restaurar y administrar Boma y Bandingilo y el paisaje que los conecta.
Entre el 16 de marzo y el 18 de abril de 2023 se colocaron collares con GPS a 126 animales de doce especies, y ese mismo año se llevó a cabo el primer relevamiento aéreo integral de fauna, ganado y actividad humana del paisaje Boma-Bandingilo-Jonglei. Los collares revelaron desplazamientos extraordinarios: los tiang marcados recorrieron entre unos 360 y más de 1.500 kilómetros.
Los resultados del censo se anunciaron en junio de 2024 y fueron un terremoto para la ecología de las migraciones: alrededor de seis millones de antílopes, con estimaciones de unos 5.000.000 de cob de orejas blancas, 350.000 gacelas de Mongalla, 300.000 tiang y 160.000 reduncas. Varias veces la migración de ñus del Serengeti-Masái Mara, que hasta entonces se consideraba la mayor del mundo.
El 26 de julio de 2026, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO, reunido en su 48.ª sesión en Busan (República de Corea), inscribió el Paisaje Migratorio de Boma-Badingilo en la Lista del Patrimonio Mundial mediante un procedimiento de urgencia y, simultáneamente, en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro. Fue el primer sitio de Patrimonio Mundial de Sudán del Sur. El bien abarca unos doce millones de hectáreas y la UNESCO citó como amenazas el desarrollo de infraestructuras, la caza furtiva y el tráfico de fauna en un contexto de inseguridad persistente.
Las declaraciones oficiales fueron un buen resumen del momento. El ministro Denay Jock Chagor habló de años de colaboración entre gobierno, comunidades locales y African Parks; la ministra Sarah Nyanath Elijah Yong lo describió como el reconocimiento de un paisaje cuyo valor excede las fronteras del país; y Peter Fearnhead, director ejecutivo de African Parks, remató sin adornos: el estatus de Patrimonio Mundial no salvaguarda el paisaje por sí solo, pero pone sobre él un foco internacional.
Boma sigue siendo, en 2026, casi tan inaccesible como en 1985. La diferencia es que ahora se sabe qué hay adentro, y el mundo entero se enteró.