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Historia de Ecuador

Pueblos originarios: de los primeros americanos a Valdivia

Mucho antes de la llegada de los europeos, el actual Ecuador estaba habitado por una enorme variedad de pueblos que se remontan a la más antigua prehistoria americana. En la península de Santa Elena, la cultura Las Vegas dejó, hace unos 10.000 años, los llamados «Amantes de Sumpa», uno de los enterramientos humanos más antiguos del continente. Sobre esa raíz floreció, desde alrededor del 3800 a.C., la cultura Valdivia, en la costa de Santa Elena y Manabí: fabricante de la cerámica más antigua de América y célebre por sus figurillas femeninas, las «Venus de Valdivia», símbolo de la fertilidad. Le siguieron en la Costa las culturas Machalilla, Chorrera, Bahía, Jama-Coaque, La Tolita y, finalmente, la Manteño-Huancavilca, grandes navegantes que en balsas de madera comerciaban a lo largo del Pacífico el codiciado spondylus, la concha roja sagrada de los Andes.

En la Sierra prosperaron culturas agrícolas avanzadas que dominaban el manejo de los pisos ecológicos: los cañaris en el sur, en torno a los actuales Azuay y Cañar, que dejaron el centro ceremonial que luego los incas convertirían en Ingapirca; los puruhaes en Chimborazo; los panzaleos en el centro; y los quitus y caranquis en el norte, en torno al valle de Quito y a Imbabura. Sus señoríos comerciaban entre la costa, la sierra y la selva mediante la figura del «mindalá», el mercader especializado que recorría los pisos andinos.

En la Amazonía vivían —y viven— pueblos como los kichwa amazónicos, los shuar, los achuar, los waorani, los siona, los secoya, los cofán, los sápara y los tsáchila del piedemonte occidental. Lejos de la vieja idea de una selva vacía, hallazgos recientes en el valle del Upano han revelado que allí, hace más de dos mil años, existieron extensas ciudades con plataformas, plazas y caminos. Esta diversidad étnica y ecológica, forjada durante milenios, es la base de la identidad plurinacional que el Ecuador reconoce hoy en su Constitución.

El Tahuantinsuyo, la guerra civil y Atahualpa

A fines del siglo XV, el Imperio inca —el Tahuantinsuyo, con capital en el Cuzco— se expandió hacia el norte e incorporó, tras duras y prolongadas guerras, los territorios de la actual Sierra ecuatoriana. La resistencia fue feroz, sobre todo en el norte: la conquista de los caranquis y cayambes culminó, hacia comienzos del siglo XVI, en una matanza junto a una laguna de Imbabura que desde entonces se llama Yahuarcocha, la «laguna de sangre». El inca Huayna Cápac, que dirigió aquellas campañas, hizo de Tomebamba —la actual Cuenca, sobre el antiguo Guapondélig cañari— y de Quito centros mayores del imperio, y de la fusión de los pueblos andinos con el poder cuzqueño nació una nobleza norteña.

A la muerte de Huayna Cápac, hacia 1527, estalló una guerra civil por la sucesión entre sus hijos Huáscar, con base en el Cuzco, y Atahualpa, con base en Quito. El conflicto, sangriento y devastador, se prolongó hasta 1532, cuando Atahualpa venció a su hermano en la batalla de Quipaipán. Pero aquella victoria llegó en el peor momento: el imperio quedó dividido, agotado y golpeado además por las epidemias de origen europeo —viruela y sarampión— que se adelantaban a los conquistadores.

En ese preciso instante, en noviembre de 1532, un puñado de españoles al mando de Francisco Pizarro capturó a Atahualpa en Cajamarca. Pese al fabuloso rescate de oro y plata que el inca entregó, Pizarro lo mandó ejecutar en 1533. Con la muerte del último gran inca del norte se abría la puerta a la conquista de sus dominios, incluida la tierra que hoy es el Ecuador.

La conquista española: Benalcázar y Rumiñahui

La conquista del norte del extinto imperio la encabezó Sebastián de Benalcázar (o Belalcázar), lugarteniente de Pizarro, que en febrero de 1534 partió desde San Miguel de Piura hacia Quito con un pequeño ejército de jinetes e infantes al que se sumaron miles de aliados indígenas, entre ellos los cañaris, resentidos con Atahualpa por las matanzas que había ordenado contra ellos durante la guerra civil. En su avance por la Sierra, Benalcázar chocó con la resistencia del general Rumiñahui, el gran caudillo quiteño fiel a Atahualpa.

Rumiñahui libró batallas como la de Tiocajas y, antes que entregar la ciudad y su tesoro a los invasores, incendió Quito por completo. Sobre aquellas cenizas, el 6 de diciembre de 1534, se refundó San Francisco de Quito. Rumiñahui, capturado poco después, fue torturado y ejecutado sin revelar el paradero de los tesoros; es recordado hasta hoy como símbolo de la resistencia indígena ecuatoriana. En 1534 se había fundado también, de manera efímera, Santiago de Quito, junto a Riobamba.

La ocupación del resto del territorio fue lenta. Santiago de Guayaquil, tras varios intentos frustrados por la resistencia de los huancavilcas, quedó fundada de forma definitiva en 1547 como el gran puerto del Pacífico. En 1541, desde el oriente amazónico, partió la expedición de Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana en busca del legendario «País de la Canela»; extraviada en la selva, terminó protagonizando en 1542 el primer descenso europeo del río que Orellana bautizó Amazonas. El vasto Oriente, sin embargo, quedaría durante siglos casi fuera del control colonial, en manos de misioneros y de los propios pueblos de la selva.

La Real Audiencia de Quito y el arte colonial

En 1563, la corona española creó la Real Audiencia de Quito, la unidad administrativa que —con sus fronteras cambiantes, que llegaron a extenderse de Pasto y Popayán hasta Piura y la Amazonía— es el antecedente directo del Ecuador actual. Dependió sucesivamente del Virreinato del Perú y del Virreinato de Nueva Granada. Durante casi tres siglos, la economía colonial de la Sierra giró en torno a los obrajes textiles, talleres donde la población indígena, sometida a la mita y a durísimas condiciones de trabajo, producía paños y tejidos que se vendían en todo el virreinato; la Costa, en cambio, vivió del cacao, la pesca y el comercio, y Guayaquil se convirtió en el gran astillero del Pacífico sur.

Quito fue, sobre todo, un extraordinario foco artístico y religioso. La llamada Escuela Quiteña de pintura y escultura, activa entre los siglos XVI y XVIII, fusionó la técnica europea con la sensibilidad indígena en un proceso de mestizaje y sincretismo. De sus talleres —con figuras como Bernardo de Legarda o el genial Manuel Chili, «Caspicara»— salieron obras maestras del barroco americano que se exportaban a otras colonias e incluso llegaban a la corte de Madrid. Su legado se ve en iglesias como La Compañía de Jesús, cubierta de pan de oro, y San Francisco, que hacen del centro histórico de Quito el mejor conservado de América Latina.

La vida colonial no fue plácida. Rebeliones como la de los Estancos y las Alcabalas, y sobre todo la gran Rebelión de los Barrios de Quito de 1765 contra los impuestos españoles, anunciaron el malestar criollo. Y entre 1736 y 1744, la Misión Geodésica Francesa —con científicos como Charles Marie de La Condamine, Pierre Bouguer y Louis Godin, acompañados por el quiteño Pedro Vicente Maldonado— llegó a la Audiencia para medir el arco del meridiano terrestre en la línea ecuatorial y comprobar el achatamiento de la Tierra en los polos. De aquellas mediciones, hechas al pie de los volcanes, provendría siglos después el nombre del país.

La independencia: del Primer Grito de 1809 a Pichincha

El proceso emancipador ecuatoriano tuvo un hito temprano y célebre: el 10 de agosto de 1809, un grupo de criollos quiteños depuso al presidente de la Audiencia, Manuel Ruiz de Castilla, y formó una Junta Soberana de Gobierno presidida por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. Aquel «Primer Grito de Independencia» es considerado por la historiografía ecuatoriana como uno de los primeros de Hispanoamérica y le valió a Quito el título de «Luz de América». Pero la junta duró poco: la reacción realista la sofocó, y el 2 de agosto de 1810, al intentar el pueblo liberar a los patriotas presos, se produjo una matanza de sus líderes que dejó una herida profunda.

La independencia definitiva llegó una década más tarde y vino, sobre todo, desde la Costa. El 9 de octubre de 1820, Guayaquil se proclamó ciudad libre y organizó un ejército propio para liberar la Sierra. Tras años de campañas y reveses, la gesta se coronó el 24 de mayo de 1822, cuando el mariscal Antonio José de Sucre, lugarteniente de Simón Bolívar, derrotó a los realistas del general Melchor Aymerich en la batalla de Pichincha, librada en las faldas del volcán que domina Quito. Aquella victoria selló la libertad de toda la Audiencia.

En julio de 1822, en la histórica Entrevista de Guayaquil, Bolívar y José de San Martín trataron a solas el destino de la América del Sur; poco después, San Martín se retiró de la escena y dejó a Bolívar la culminación de la guerra. El antiguo territorio de la Audiencia se integró como Departamento del Sur a la Gran Colombia, el gran Estado bolivariano que reunía a las actuales Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador. Guayaquil, que había soñado con la independencia plena, fue anexada por Bolívar a ese proyecto continental.

La fundación de la República y García Moreno

La Gran Colombia, tensionada por rivalidades regionales y por las ambiciones de los caudillos, se desintegró entre 1830 y 1831. El 13 de mayo de 1830, una asamblea de notables reunida en Quito proclamó la separación del Departamento del Sur, y en agosto y septiembre de ese año un Congreso Constituyente reunido en Riobamba —la «Sultana de los Andes»— redactó la primera Constitución y designó primer presidente al general venezolano Juan José Flores. El nuevo Estado tomó el nombre de «Ecuador» por la línea equinoccial que lo cruza. Nacía un país frágil, dividido entre regiones, con apenas medio millón de habitantes y hondas desigualdades heredadas de la colonia.

El siglo XIX ecuatoriano estuvo marcado por la tensión entre dos proyectos y dos ciudades: la Quito serrana, conservadora, católica y terrateniente, y la Guayaquil costera, liberal, comercial y abierta al mundo. Tras las décadas del «floreanismo» y de gobiernos inestables, la figura dominante fue Gabriel García Moreno, presidente en distintos tramos entre 1861 y 1875. Encarnó un ambicioso proyecto conservador y católico: modernizó el Estado y la administración, impulsó la educación —trayendo órdenes religiosas para fundar escuelas—, la ciencia (creó el Observatorio Astronómico y la Politécnica) y las obras públicas, e inició la carretera y el ferrocarril.

García Moreno gobernó, sin embargo, con mano de hierro y una visión teocrática: consagró oficialmente la República al Sagrado Corazón de Jesús y firmó un Concordato que ligaba estrechamente el Estado a la Iglesia, lo que le ganó tanto devociones como odios feroces. El 6 de agosto de 1875, a la entrada del Palacio de Gobierno en Quito, fue asesinado a machetazos y tiros por un grupo de conspiradores encabezado por el colombiano Faustino Rayo, en uno de los magnicidios más impactantes de la historia ecuatoriana.

La Revolución Liberal, Alfaro y el ferrocarril

El asesinato de García Moreno no acabó de inmediato con el predominio conservador, pero abrió el camino a un largo pulso entre serranos católicos y liberales costeños que se resolvió por las armas. El 5 de junio de 1895, en Guayaquil, estalló la Revolución Liberal, que llevó al poder a Eloy Alfaro, el «Viejo Luchador», un montonero manabita curtido en años de guerrillas y exilios. El liberalismo costeño transformó el Estado desde sus cimientos: separó la Iglesia del Estado, estableció el laicismo, la educación pública y gratuita, el registro civil, el matrimonio civil y el divorcio, y expropió buena parte de los bienes de la Iglesia, en una revolución cultural que aún define al Ecuador contemporáneo.

La gran obra material del alfarismo fue el ferrocarril transandino que unió Guayaquil con Quito, culminado en 1908 tras décadas de trabajos. Fue una hazaña de ingeniería que incluyó el vertiginoso tramo de la Nariz del Diablo, donde las vías trepan una pared casi vertical mediante un sistema de zigzags; su construcción costó innumerables vidas, muchas de ellas de peones jamaiquinos, pero por primera vez integró físicamente la Costa y la Sierra y aceleró el comercio y la modernización.

La Revolución Liberal, no obstante, se devoró a sus propios hijos. Enfrentado a la facción liberal de Leónidas Plaza, Alfaro fue apresado y llevado a Quito, donde el 28 de enero de 1912 una turba asaltó la cárcel y lo asesinó junto a sus compañeros. Sus cuerpos fueron arrastrados por las calles y quemados en el parque de El Ejido, en el episodio que la historia recuerda como la «Hoguera Bárbara». Con Alfaro cayó el ciclo heroico del liberalismo; el poder pasó a una plutocracia bancaria y agroexportadora costeña, en la etapa conocida como el liberalismo plutocrático.

El siglo XX: banano, guerra con el Perú y velasquismo

La economía del Ecuador de comienzos del siglo XX dependió del cacao, el «grano de oro» que hizo la fortuna de la burguesía guayaquileña. El derrumbe de los precios del cacao en los años veinte, sumado a plagas, desató una honda crisis social que culminó en la revolución juliana de 1925 y en la matanza de trabajadores de Guayaquil de 1922. A mediados de siglo, un nuevo auge —el del banano— convirtió al Ecuador en el primer exportador mundial de la fruta y transformó la Costa, atrayendo migraciones internas y abriendo nuevas tierras de cultivo.

La política, en cambio, fue crónicamente inestable, y su figura emblemática fue José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente entre 1934 y 1972 y otras tantas derrocado antes de terminar su mandato, un orador arrollador que resumía la volatilidad del país. En 1941, en medio de esa fragilidad, estalló una guerra con el Perú: el ejército ecuatoriano, mal equipado, fue derrotado, y el Protocolo de Río de Janeiro de 1942 obligó al Ecuador a ceder decenas de miles de kilómetros cuadrados de territorio amazónico. La herida fue tan profunda que en 1960 Velasco Ibarra llegó a declarar nulo el protocolo, y la frase «El Ecuador ha sido, es y será país amazónico» se volvió lema nacional.

El diferendo limítrofe con el Perú siguió abierto durante décadas, con nuevos choques como la Guerra del Cenepa en 1995, en la cordillera del Cóndor, hasta que finalmente los Acuerdos de Paz de Brasilia, firmados en 1998, cerraron el conflicto y trazaron una frontera definitiva. Mientras tanto, el país entraba, a comienzos de los años setenta, en la era que cambiaría su economía para siempre: la del petróleo.

Del boom petrolero al retorno de la democracia

En 1967, el consorcio Texaco-Gulf descubrió petróleo en la Amazonía nororiental, cerca de la actual Lago Agrio. La explotación comenzó en 1972, el mismo año en que una nueva dictadura militar, encabezada por el general Guillermo Rodríguez Lara, tomó el poder con un discurso «nacionalista y revolucionario». El petróleo se convirtió de la noche a la mañana en la principal fuente de ingresos del Estado: los precios del crudo se multiplicaron tras la crisis mundial de 1973, y una lluvia de recursos financió carreteras, escuelas, hospitales y una acelerada urbanización. Pero también ató la economía a un recurso volátil, endeudó al país y dejó un enorme pasivo ambiental en la selva y en los territorios indígenas del Oriente.

Tras el paréntesis de un triunvirato militar, en 1979 el Ecuador retornó a la democracia con la elección de Jaime Roldós Aguilera, un joven presidente reformista que enarboló la defensa de los derechos humanos en plena era de las dictaduras del Cono Sur. Su muerte en un accidente de aviación en 1981, todavía rodeada de sospechas, truncó aquella esperanza. Le sucedieron gobiernos de distinto signo que debieron lidiar con la crisis de la deuda externa que golpeó a toda América Latina en los años ochenta.

La década de 1990 trajo un actor nuevo y decisivo: el movimiento indígena. En 1990, un gran levantamiento organizado por la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) paralizó el país y puso en el centro de la agenda nacional las demandas de tierra, dignidad y reconocimiento de un Estado plurinacional. Desde entonces, el movimiento indígena se convertiría en una fuerza capaz de derribar gobiernos y de reescribir la Constitución.

Crisis, dolarización y la caída de los presidentes

El fin del siglo XX fue devastador. Una combinación de caída de los precios del petróleo, el fenómeno de El Niño de 1997-1998 que arrasó la Costa, una banca desregulada y una gestión errática desembocó en la peor crisis económica de la historia ecuatoriana. En 1999, el gobierno de Jamil Mahuad decretó un «feriado bancario» que congeló los depósitos de millones de personas; decenas de bancos quebraron, el sucre se desplomó —pasó de unos 4.000 a 25.000 por dólar— y la inflación se disparó. La ruina empujó a cientos de miles de ecuatorianos a emigrar, sobre todo a España, Italia y Estados Unidos, en la mayor diáspora de su historia.

El 9 de enero de 2000, en un intento desesperado por frenar el colapso, Mahuad anunció el reemplazo del sucre por el dólar estadounidense como moneda oficial. La medida no evitó su caída: pocos días después, un levantamiento indígena liderado por la CONAIE, junto a un grupo de militares encabezado por el coronel Lucio Gutiérrez, lo derrocó. Su vicepresidente, Gustavo Noboa, asumió el poder y completó la dolarización, que —pese a haber nacido de una tragedia— acabó dando cierta estabilidad de precios y sobrevivió a todos los gobiernos posteriores.

Aquellos años fueron de una inestabilidad extrema: entre 1996 y 2006 ningún presidente logró terminar su mandato. Abdalá Bucaram fue destituido por el Congreso en 1997; Mahuad cayó en 2000; y el propio Lucio Gutiérrez, elegido presidente en 2002, fue derrocado en 2005 por la «rebelión de los forajidos» en Quito. El movimiento indígena, las protestas urbanas y un Congreso volátil se habían vuelto árbitros del poder, en un país exhausto que buscaba una salida a la crisis.

La Revolución Ciudadana y el Ecuador del siglo XXI

En 2007 asumió la presidencia Rafael Correa, un economista que canalizó el hartazgo con la vieja partidocracia bajo la bandera de la «Revolución Ciudadana». Su gobierno impulsó una nueva Constitución, aprobada en referéndum en 2008, que definió al Ecuador como un Estado plurinacional e intercultural, incorporó el principio andino del «buen vivir» (sumak kawsay) y fue pionera en el mundo al reconocer a la naturaleza —la Pachamama— como sujeto de derechos. Financiada por una nueva bonanza del precio del petróleo, la década de Correa trajo una fuerte inversión pública en carreteras, hidroeléctricas, escuelas y hospitales, y una notable reducción de la pobreza y la desigualdad.

El «correísmo» tuvo también su reverso: creciente concentración del poder, tensiones con la prensa, con los movimientos indígenas y ecologistas, y una economía cada vez más dependiente del crudo y del endeudamiento con China. El emblema de esas contradicciones fue el Yasuní: tras proponer al mundo dejar el petróleo bajo tierra a cambio de compensación, el gobierno terminó autorizando su explotación, hasta que una consulta popular de 2023 decidió mantener el crudo del bloque ITT bajo la selva. En 2017, el elegido sucesor de Correa, Lenín Moreno, rompió con su mentor y giró hacia el ajuste y la apertura, lo que en octubre de 2019 provocó un violento estallido social liderado por la CONAIE contra la eliminación de los subsidios a los combustibles.

Los años recientes han sido sombríos. La pandemia de covid-19 golpeó de manera brutal a Guayaquil en 2020, con imágenes de cadáveres en las calles que dieron la vuelta al mundo. Y, sobre todo, el Ecuador —convertido en corredor de la cocaína entre Colombia y el Pacífico— se hundió en una crisis de seguridad sin precedentes: la tasa de homicidios se disparó, las cárceles se volvieron campos de batalla de bandas del narcotráfico y en enero de 2024 el presidente Daniel Noboa declaró un «conflicto armado interno» y sacó al ejército a las calles. Hoy el Ecuador sigue siendo un país de contrastes extraordinarios —de la Mitad del Mundo a las Galápagos de Darwin, de los Andes a la Amazonía—, que busca su rumbo entre la riqueza incomparable de su naturaleza y su cultura y la fragilidad persistente de su economía, su política y su paz.

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