La provincia toma su nombre del pueblo tsáchila, indígenas del piedemonte occidental conocidos históricamente como los «colorados» por su costumbre de teñirse el cabello de rojo intenso con una pasta de achiote, moldeándolo en forma de casco, y de pintarse el cuerpo con líneas de huito. Se los considera herederos de los antiguos yumbos, los pueblos que habitaban las cálidas estribaciones occidentales de los Andes antes de la conquista.
Herederos de una honda cultura de curanderos y chamanes —los «poné», reputados en todo el país por sus curaciones y limpias—, los tsáchila conservan su lengua, el tsafiki, su vestimenta tradicional a rayas, su música de marimba y sus profundos saberes sobre las plantas medicinales de la selva. Agrupados en siete comunas —como Chigüilpe, Cóngoma o Los Naranjos—, son el alma cultural de la provincia y ofrecen hoy turismo etnocultural en sus centros.
La evangelización de la región comenzó con los frailes dominicos, que llegaron hacia mediados del siglo XVII y de quienes tomó su nombre el poblado —«Santo Domingo»— sumado al de sus habitantes «colorados». Hacia 1750, el sabio quiteño Pedro Vicente Maldonado, promotor del camino entre Quito y la costa de Esmeraldas, exploró y describió estas tierras selváticas.
Santo Domingo de los Colorados fue reconocida formalmente como parroquia el 6 de noviembre de 1899, en tiempos de Eloy Alfaro, pero su gran transformación llegó a mediados del siglo XX. En 1940 se abrió la carretera hacia Chone, y las vías que la unieron con Quito, Guayaquil, Manabí y Esmeraldas la convirtieron en un gran cruce de caminos: de apenas unos 7.000 habitantes en 1950 pasó a más de 30.000 en pocos años, en una de las expansiones más rápidas del país.
Durante mucho tiempo, Santo Domingo perteneció a la provincia de Pichincha. Tras un referéndum aprobado con más del 80% de los votos, en noviembre de 2007 se convirtió en provincia propia —Santo Domingo de los Tsáchilas—, la vigésimo tercera del Ecuador, junto con la casi contemporánea Santa Elena. La integran dos cantones: Santo Domingo, con la gran mayoría de la población, y La Concordia.
La Concordia protagonizó una peculiar disputa territorial: reclamada a la vez por Esmeraldas y por Santo Domingo, su pertenencia se resolvió mediante una consulta popular en 2012, en la que sus habitantes decidieron incorporarse definitivamente a la nueva provincia. Con cerca de medio millón de habitantes, Santo Domingo es hoy una de las provincias más pobladas del país pese a su juventud.
La provincia se asienta en la zona de transición entre los Andes y la Costa, un ecosistema de bosque húmedo tropical que en el pasado formaba parte de la exuberante selva del Chocó ecuatorial, una de las regiones más lluviosas y biodiversas del planeta, hogar de una fauna y flora riquísimas. La colonización y la expansión agrícola de mediados del siglo XX redujeron drásticamente esos bosques.
Aún sobreviven, sin embargo, reservas y bosques protectores —como el bosque Tanti o la reserva La Perla— que conservan una muestra de aquella biodiversidad original, con aves, mariposas y árboles gigantes, y ofrecen turismo de naturaleza, senderos y balnearios de río a pocas horas de Quito. Su conservación es hoy una prioridad frente a la presión de la frontera agrícola.
La economía de Santo Domingo gira en torno a la agroindustria de la región tropical: es una de las mayores zonas productoras de palma africana (aceite de palma) del país, además de plátano, cacao, yuca, abacá, piña y una potente actividad ganadera y láctea que la hace uno de los grandes centros lecheros del Ecuador.
Su condición de gran cruce de caminos la ha convertido en un vibrante centro comercial, de transporte y de servicios, con uno de los mercados y polos logísticos más activos del país, por el que circula buena parte del intercambio entre las regiones ecuatorianas. Entre esa pujanza económica y la presencia viva de la cultura tsáchila, la provincia busca afirmar su joven identidad en el mapa del Ecuador.