La provincia de Tungurahua toma su nombre del volcán homónimo —el «Gigante Negro» o «Garganta de Fuego» en lengua quichua—, uno de los más activos del Ecuador, cuya silueta domina el paisaje del centro de la Sierra. Mucho antes de la llegada de los incas, el fértil valle estuvo poblado por los hambatos, que la tradición divide en cuatro parcialidades —quisapinchas, izambas, guachis y píllaros—, junto a comunidades panzaleas y puruhaes que dominaban el manejo de los pisos ecológicos entre el páramo y los valles templados.
Hacia comienzos del siglo XVI la región fue incorporada al Tahuantinsuyo, y por sus cercanías pasó la guerra civil entre los hijos de Huayna Cápac: la tradición sitúa cerca de Ambato uno de los enfrentamientos en que Atahualpa, con base en Quito, se impuso a su hermano Huáscar. Sus suelos volcánicos, sembrados de manzanas, peras, duraznos, moras y flores, hicieron de Tungurahua la «tierra de las flores y las frutas», una despensa agrícola que abastece a buena parte del país.
Sebastián de Benalcázar fundó la villa de Ambato hacia 1535, en el cruce de los caminos que unían el norte y el sur de la Real Audiencia de Quito. Durante la colonia, la región vivió de los obrajes, la agricultura y el comercio de arriería, y forjó una identidad de ciudad laboriosa y de fuerte vocación cultural que perdura hasta hoy.
Ambato es conocida como «la Cuna de los Tres Juanes» por haber dado al país tres figuras mayores de las letras del siglo XIX: el ensayista y polemista liberal Juan Montalvo, azote de tiranos con su pluma; el educador y periodista Juan Benigno Vela; y el escritor Juan León Mera, autor de la letra del himno nacional y de la novela indigenista «Cumandá». Esa tradición intelectual hizo de Ambato un faro cultural de la Sierra central.
El 5 de agosto de 1949, un terremoto de magnitud 6,8 con epicentro en Pelileo devastó la provincia y causó alrededor de 5.000 muertos, en una de las mayores catástrofes del siglo XX ecuatoriano. Pelileo, Patate, Guano y Píllaro quedaron destruidos y Ambato sufrió gravísimos daños; el pueblo de Pelileo debió ser reconstruido en un sitio nuevo, dando origen al «Pelileo viejo» y al «Pelileo nuevo».
De aquella tragedia y del ánimo de renacer nació, al año siguiente, la Fiesta de la Fruta y de las Flores, celebrada en época de carnaval. Hoy es uno de los festejos más famosos del Ecuador, con desfiles de carros alegóricos cubiertos de frutas y flores, la elección de la reina, la bendición del pan y las rondas nocturnas, y se ha convertido en símbolo del orgullo de la ciudad que resurgió de sus escombros.
En un estrecho valle al pie del volcán Tungurahua, Baños de Agua Santa se ganó el título de «capital de la aventura» del Ecuador. Rodeada de cascadas —como el imponente Pailón del Diablo—, de aguas termales que brotan del volcán y de montañas de un verde intenso, es punto de partida para el rafting, el canopy, el ciclismo por la «Ruta de las Cascadas», el puenting y el trekking; su famoso «Columpio del Fin del Mundo», colgado sobre el abismo en la Casa del Árbol, se volvió viral en todo el planeta.
Por su ubicación en la transición entre los Andes y la selva se la conoce como la «Puerta del Oriente», antesala de la Amazonía. El proceso eruptivo del Tungurahua, reactivado en 1999 y prolongado con episodios intensos hasta 2016, obligó a repetidas evacuaciones y cubrió de ceniza la zona, poniendo a prueba la resiliencia de una ciudad que nunca renunció a su vocación turística.
Tungurahua es hoy una de las provincias más laboriosas e industriosas del Ecuador. Con Ambato, Cevallos y su entorno como epicentro, concentra buena parte de la industria nacional del cuero y del calzado, además de las curtiembres, la fabricación de carrocerías para buses y camiones y una intensa actividad de talleres y pequeñas fábricas. El cantón de Pelileo, por su parte, se ganó el apodo de «ciudad azul» por su enorme producción de jeans y prendas de mezclilla que se distribuyen por todo el país.
A su industria se suma una vida festiva y cultural riquísima: la Diablada de Píllaro, danza de diablos que se celebra en los primeros días de enero, es Patrimonio Cultural Inmaterial del Ecuador. Entre la agricultura de frutales y flores, la pujanza fabril y el turismo de aventura, la provincia —cabecera de nueve cantones y capital, Ambato, de más de 170.000 habitantes— se mantiene como nudo comercial y logístico vital entre la Sierra, la Costa y el Oriente.