Las islas Galápagos, a unos 1.000 km del continente, son de origen volcánico y surgieron de un «punto caliente» en el fondo del Pacífico; sus islas más occidentales, como Isabela y Fernandina, siguen siendo volcánicamente activas. Fueron avistadas por casualidad en 1535 por fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, cuya nave se desvió por las corrientes.
Durante siglos fueron refugio de piratas y balleneros, que las llamaron «Islas Encantadas» por sus neblinas y sus corrientes engañosas, que parecían mover las islas de sitio, y bautizaron a las tortugas gigantes «galápagos», nombre que quedó para el archipiélago.
El Ecuador tomó posesión oficial del archipiélago en 1832. Apenas tres años después, en 1835, el joven naturalista Charles Darwin llegó a bordo del HMS Beagle y pasó unas cinco semanas estudiando su fauna. Observó cómo las tortugas de distintas islas tenían caparazones diferentes y cómo los pinzones variaban la forma de su pico según el alimento disponible en cada isla.
Aquellas observaciones fueron una de las semillas de su teoría de la evolución por selección natural, publicada en 1859 en «El origen de las especies». Galápagos es, desde entonces, sinónimo de la biología evolutiva y uno de los lugares más importantes de la historia de la ciencia.
En 1959, al cumplirse el centenario de la obra de Darwin, el Ecuador declaró el 97% del archipiélago Parque Nacional Galápagos, el primero del país, y se creó la Fundación Charles Darwin, que en 1964 abrió su estación científica en Puerto Ayora, dedicada a la investigación y a la cría en cautiverio de tortugas gigantes.
En 1978, Galápagos fue el primer sitio del mundo inscripto por la Unesco como Patrimonio Natural de la Humanidad, y más tarde Reserva de la Biosfera y Reserva Marina, una de las mayores del planeta.
La fauna endémica de Galápagos —tortugas gigantes, iguanas marinas (los únicos lagartos que se alimentan en el mar), iguanas terrestres, piqueros de patas azules, cormoranes no voladores, pingüinos ecuatoriales, lobos y leones marinos— la convirtió en uno de los destinos de naturaleza más codiciados del mundo, donde los animales no temen al ser humano.
Las islas habitadas —Santa Cruz, con Puerto Ayora; San Cristóbal, con la capital provincial Puerto Baquerizo Moreno; Isabela, la más grande; y Floreana— viven del turismo regulado y de la ciencia, y desde ellas se visitan sitios emblemáticos como Bartolomé, Española, Genovesa o el islote León Dormido.
El gran desafío de Galápagos es el equilibrio entre la conservación del ecosistema y la presión del turismo, el crecimiento de la población y las especies invasoras —cabras, ratas, plantas y animales introducidos— que amenazan a la fauna nativa. Programas de erradicación y de cría, como el que intentó salvar en vano al «Solitario George», la última tortuga de su subespecie, muerta en 2012, ilustran esa lucha.
Cada visitante debe seguir estrictas reglas y recorrer las islas con guías autorizados para proteger un patrimonio natural irrepetible, este «laboratorio vivo de la evolución» que sigue asombrando al mundo casi dos siglos después de Darwin.