Imbabura, la «Provincia de los Lagos», fue poblada desde hace miles de años por los caranquis y, más tarde, por los otavalos y natabuelas, pueblos de agricultores y hábiles comerciantes de altura. Organizados en una confederación, ofrecieron una de las resistencias más feroces y prolongadas a la expansión del Imperio inca, que combatió durante años para someter la región bajo el mando de Huayna Cápac.
La conquista culminó, hacia comienzos del siglo XVI, en una gran batalla y matanza junto a una laguna que desde entonces se llama Yahuarcocha —la «laguna de sangre» en kichwa—, en memoria de los miles de guerreros caídos cuyos cuerpos, según la tradición, tiñeron sus aguas. Aun bajo dominio inca y luego español, los otavalos conservaron con tenacidad su lengua kichwa, su vestimenta y su extraordinaria tradición textil, transmitida de generación en generación.
El pueblo de Otavalo es célebre en el mundo entero por su mercado indígena de la Plaza de Ponchos, uno de los más grandes, antiguos y coloridos de América, y por sus tejedores, que llevan ponchos, tapices, chales, sombreros y artesanías a ferias de todos los continentes. Durante la colonia, los obrajes de la zona —talleres textiles donde la corona explotó el trabajo indígena bajo el régimen de la mita— produjeron paños que se vendían en todo el virreinato, en durísimas condiciones para los trabajadores.
De esa herencia dolorosa, sin embargo, los otavalos supieron construir una industria propia y una red comercial que los convirtió en uno de los pueblos indígenas más prósperos y viajeros de América Latina. Hoy son símbolo del orgullo de la identidad kichwa en el Ecuador: sus telares, su música andina —difundida por el mundo— y su presencia global hacen de Otavalo un caso singular de éxito indígena moderno arraigado en la tradición.
La capital, San Miguel de Ibarra, fue fundada en 1606 por orden de la Audiencia y es conocida como la «Ciudad Blanca» por sus casas encaladas y sus fachadas coloniales. El 16 de agosto de 1868, un violento terremoto la arrasó casi por completo y dejó miles de muertos; el presidente Gabriel García Moreno encabezó su reconstrucción, y los sobrevivientes, que habían acampado años en las llanuras cercanas, «retornaron» a la ciudad renacida el 28 de abril de 1872, fecha que aún se celebra.
Cerca de Ibarra, la laguna de Yahuarcocha —hoy convertida en un popular circuito automovilístico y balneario— y el histórico ferrocarril Ibarra–Salinas, recuperado como el turístico «Tren de la Libertad», recuerdan tanto el pasado prehispánico como el afán modernizador de la república. La ciudad conserva un ambiente señorial y tranquilo, famoso además por sus «helados de paila» batidos a mano sobre hielo.
La provincia está salpicada de lagunas de origen volcánico —Cuicocha, en el cráter del volcán Cotacachi, con sus dos islotes; San Pablo, al pie del imponente Imbabura; Yahuarcocha; y Mojanda—, rodeadas de páramos, bosques y miradores. Los volcanes Imbabura, Cotacachi y el nevado Cayambe encuadran un paisaje que combina el agua, la montaña y los campos de cultivo en un mosaico de rara belleza.
A su alrededor florecen pueblos especializados en artesanías: Cotacachi, capital nacional del cuero, con su larga calle de talabarterías; San Antonio de Ibarra, célebre en toda América por sus tallistas y escultores en madera; Atuntaqui (Antonio Ante), centro textil y gastronómico; y las comunidades del cálido valle del Chota, de raíz afroecuatoriana, famosas por su música de «bomba» y por haber dado grandes futbolistas a la selección nacional.
El 30 de mayo de 2019, Imbabura fue reconocida por la Unesco como Geoparque Mundial, en atención a su excepcional patrimonio geológico de volcanes, lagunas y quebradas y a su riqueza cultural viva, convirtiéndose en el primer territorio del Ecuador con esa distinción. El geoparque articula la conservación del paisaje con el turismo comunitario y la valoración de las culturas kichwa y afro que lo habitan.
Hoy la provincia —con seis cantones y cerca de medio millón de habitantes— vive del turismo, la artesanía, la agricultura y la ganadería. Su combinación de paisajes lacustres, cultura kichwa vibrante, tradición textil de fama mundial y la cercanía a Quito la mantienen como uno de los destinos más visitados de la sierra norte ecuatoriana.