El valle de Quito, al pie del volcán Pichincha que da nombre a la provincia, estuvo habitado desde tiempos remotos por los quitus y luego por la confederación quitu-cara, pueblos de comerciantes y agricultores de altura vinculados por los «mindalás» a la costa y a la selva. A fines del siglo XV la región fue incorporada al Imperio inca, que hizo de Quito uno de sus grandes centros del norte; tras la muerte de Huayna Cápac, la ciudad quedó ligada a la figura de Atahualpa.
Cuando llegaron los españoles al mando de Sebastián de Benalcázar en 1534, el general Rumiñahui incendió Quito antes que entregarla con sus tesoros. Sobre esas ruinas, el 6 de diciembre de 1534, se refundó San Francisco de Quito, que muy pronto se convertiría en el corazón político y religioso del norte andino y, en 1563, en la sede de la Real Audiencia.
Durante casi tres siglos, Quito fue capital de la Real Audiencia y un deslumbrante foco artístico. La Escuela Quiteña fusionó la técnica europea con la mirada indígena y produjo un barroco de pan de oro y policromía visible en iglesias como La Compañía de Jesús y el conjunto de San Francisco; de sus talleres salieron maestros como Bernardo de Legarda y Manuel Chili, «Caspicara».
Ese centro histórico, el más extenso y mejor conservado de América Latina, fue en 1978 —junto a Cracovia— uno de los dos primeros sitios inscriptos por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. La ciudad también hirvió de descontento: la Rebelión de los Barrios de 1765 contra los impuestos españoles fue un anticipo del espíritu criollo que estallaría medio siglo después.
Pichincha fue escenario de los dos grandes hitos de la independencia ecuatoriana. El 10 de agosto de 1809, criollos quiteños encabezados por Juan Pío Montúfar depusieron a las autoridades españolas y formaron una Junta Soberana en el llamado «Primer Grito de Independencia», que valió a Quito el título de «Luz de América»; la represión posterior culminó en la sangrienta matanza de los patriotas el 2 de agosto de 1810.
La libertad definitiva llegó el 24 de mayo de 1822, cuando el mariscal Antonio José de Sucre derrotó a los realistas de Melchor Aymerich en la batalla de Pichincha, librada en las laderas del volcán. Aquella victoria selló la independencia de toda la antigua Audiencia y la integró a la Gran Colombia de Simón Bolívar.
Al norte de la capital, en la parroquia de San Antonio de Pichincha, la Ciudad Mitad del Mundo marca simbólicamente la línea ecuatorial (latitud 0°), en recuerdo de la Misión Geodésica Francesa que entre 1736 y 1744 midió allí el arco del meridiano para determinar la verdadera forma de la Tierra. De aquellas mediciones, hechas al pie de los volcanes por La Condamine, Bouguer, Godin y el quiteño Pedro Vicente Maldonado, tomó el país su propio nombre.
En torno al monumento se despliegan museos, el volcán Pululahua con su cráter habitado y una intensa actividad turística que hace de la latitud cero uno de los grandes atractivos del Ecuador, donde miles de visitantes se fotografían cada año con un pie en cada hemisferio.
Descendiendo por la vertiente occidental de la cordillera, Pichincha se transforma en un mundo de bosque nublado. Mindo, rodeada de cascadas, ríos y una biodiversidad extraordinaria, es uno de los mejores destinos del planeta para la observación de aves y de mariposas, y un centro de canopy, tubing y turismo de naturaleza a pocas horas de la capital.
Hoy Pichincha, con Quito como capital nacional y provincial, es el corazón político y administrativo del Ecuador y uno de sus mayores polos culturales y económicos. Los valles de Los Chillos y Tumbaco, las estaciones de teleférico hacia el Pichincha y los volcanes que la rodean completan una provincia que concentra buena parte de la vida institucional del país.