La provincia de Loja, en el extremo sur de la Sierra, fue territorio del pueblo palta —una confederación de tribus de lengua y organización semejantes— antes de la llegada de los incas, que sometieron la región bajo Túpac Yupanqui tras cerca de medio siglo de resistencia y la integraron a su camino real hacia el norte. La ciudad de Loja fue fundada por el capitán Alonso de Mercadillo hacia 1546-1548 en el valle de Cuxibamba, primero con el nombre de «La Zarza».
Su posición la convirtió en un enclave estratégico de la frontera sur y en corredor obligado del comercio entre el Virreinato del Perú y la Nueva Granada, así como en puerta hacia la Amazonía por la vía de Zamora. Su relativo aislamiento entre montañas, lejos de los grandes centros del poder, le forjó una identidad cultural fuerte, mestiza y notablemente bien conservada a lo largo de los siglos.
De los bosques de Loja proviene la cascarilla o quina, la corteza del árbol de cinchona del que se extrae la quinina, primer remedio eficaz del mundo contra la malaria. Durante los siglos coloniales, la quina lojana —celebrada como la «corteza de los condes» tras curar, según la tradición, a la condesa de Chinchón— se exportó a Europa y a las colonias tropicales como un producto de enorme valor estratégico.
Su importancia fue tal que el árbol de la quina figura en el escudo nacional del Ecuador, como símbolo de la riqueza natural del país. La explotación intensiva, sin embargo, esquilmó los rodales silvestres de la región, y el contrabando de semillas hacia las colonias británicas y neerlandesas en Asia acabó por trasladar el negocio lejos de los Andes, cerrando un capítulo que había puesto a Loja en el mapa científico mundial.
Loja es conocida como la «capital musical y cultural del Ecuador». De ella salieron célebres compositores del pasillo y la música nacional, y en ella se conserva una vieja tradición de conservatorios, orquestas y bandas; su Conservatorio y su Festival Internacional de Artes Vivas la mantienen como uno de los grandes referentes culturales del país. La Universidad Nacional de Loja, una de las más antiguas del Ecuador, reforzó desde el siglo XIX su papel de faro intelectual del sur.
La ciudad presume, además, de un hito pionero: en 1897 se inauguró en Loja una de las primeras plantas hidroeléctricas del Ecuador, gracias a la cual la ciudad tuvo alumbrado eléctrico entre los primeros del país. A esa vocación innovadora se suma hoy el moderno parque eólico Villonaco, instalado sobre un cerro barrido por los vientos, uno de los primeros de su tipo en el Ecuador y símbolo de las energías renovables.
Al sur de la ciudad, el valle de Vilcabamba se hizo mundialmente famoso como el «Valle de la Longevidad», por la fama de sus habitantes de vivir muchos años con buena salud, atribuida a su clima templado y estable, su agua y su vida apacible. La ciencia ha matizado el mito de los «supercentenarios» —muchas edades resultaron exageradas por falta de registros—, pero el aura del lugar sigue intacta.
Hoy Vilcabamba es un destino de senderismo, bienestar y vida sana, con una nutrida comunidad internacional de residentes extranjeros que han hecho del pueblo un pequeño enclave cosmopolita entre montañas. Cerca de allí, los saraguros —indígenas kichwa de vestimenta negra distintiva— conservan en su cantón una de las identidades andinas más marcadas del sur, y Catamayo, en el valle cálido, es la puerta aérea de la provincia.
La provincia conserva, compartido con Zamora Chinchipe, el Parque Nacional Podocarpus, refugio de una biodiversidad extraordinaria en la transición entre los Andes y la Amazonía, con una de las mayores concentraciones de aves y de orquídeas del mundo y bosques del pino romerillo que le dan nombre. Su territorio forma parte de la Reserva de Biosfera Podocarpus-El Cóndor, reconocida por la Unesco.
Ese patrimonio natural, sumado a su cultura, su historia de frontera y su bien preservado centro histórico, hace de Loja —cabecera de dieciséis cantones y de cerca de medio millón de habitantes— un destino emergente para el ecoturismo y la observación de aves, en uno de los rincones más singulares y menos masificados del Ecuador. Compartido con El Oro, el Bosque Petrificado de Puyango completa su riqueza científica con troncos fosilizados de millones de años.