Mondulkiri es la Camboya que nadie espera: en vez de arrozales, palmeras y templos dorados, colinas verdes que ruedan hasta el horizonte, bosques de pinos, cascadas atronadoras y un aire fresco que sorprende a quien llega del calor de las tierras bajas. Es la provincia más grande y menos poblada del país, un territorio salvaje y remoto en el extremo este, pegado a Vietnam, donde el paisaje se parece más a una meseta montañosa que a la postal tropical clásica. Aquí se viene a respirar naturaleza, a caminar por la selva y a encontrarse con otra Camboya.
El corazón humano de Mondulkiri es el pueblo bunong (o phnong), la mayor etnia indígena del país, que habita estas colinas desde mucho antes de que existiera el Estado camboyano moderno. Los bunong viven en estrecha relación con el bosque y, tradicionalmente, con los elefantes, y su cultura, sus creencias animistas y su modo de vida son parte esencial de lo que hace único a este lugar. Conocer su mundo —con respeto y de la mano de proyectos que los benefician— es una de las experiencias más ricas del noreste camboyano.
El gran imán turístico de Mondulkiri son sus santuarios éticos de elefantes: proyectos que rescataron a estos animales de los campos de trabajo y el turismo de monta, y donde hoy se los puede ver y acompañar caminando libres por la selva, sin montarlos. A eso se suman las cascadas de Bousra, las caminatas, los miradores y la calma de Sen Monorom. Esta guía te ayuda a elegir un santuario responsable, moverte por una provincia de caminos difíciles y aprovechar uno de los rincones más auténticos y hermosos de Camboya.
Mucho antes de que Camboya fuera un Estado moderno, las colinas de Mondulkiri estaban habitadas por el pueblo bunong (phnong) y otras minorías indígenas de las tierras altas, agrupadas bajo el nombre de khmer loeu ('jemeres de arriba'), con una cultura animista y una economía ligada al bosque y a los elefantes. Durante siglos, la región fue una frontera remota, apenas tocada por los reinos jemeres de las tierras bajas. En el siglo XX, su aislamiento y su selva la convirtieron en escenario de la guerra: durante la guerra de Vietnam, el noreste camboyano albergó bases del Frente de Liberación de Vietnam del Sur y fue blanco de bombardeos estadounidenses, y hacia 1970 quedó bajo dominio de los Jemeres Rojos, que se habían implantado tempranamente en la zona. Solo con la paz, ya en el siglo XXI, Mondulkiri empezó a abrirse a un turismo de naturaleza y cultura, con los santuarios de elefantes y la cultura bunong como grandes atractivos. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Las tierras altas del extremo nororiental: colinas, selva y cascadas donde viven los pueblos indígenas de Camboya, lejos del mundo jemer de las llanuras.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Para entender Mondulkiri hay que empezar por su gente, no por sus reyes ni sus fronteras. Mucho antes de que existiera Camboya como Estado moderno, mucho antes de Angkor incluso, estas colinas onduladas del extremo este estaban habitadas por el pueblo bunong (también llamado phnong o pnong), la mayor de las etnias indígenas de las tierras altas camboyanas. Los bunong no son jemeres: forman parte del conjunto de minorías conocidas genéricamente como khmer loeu, 'los jemeres de arriba', pueblos originarios de las montañas con lenguas, creencias y modos de vida propios.
La cultura bunong está tejida con el bosque. Tradicionalmente practicaban una agricultura itinerante de roza, cazaban, recolectaban y mantenían una relación espiritual profunda con la naturaleza: su religión es animista, poblada de espíritus que habitan los árboles, los ríos, las montañas y los animales. Y, de manera muy particular, los bunong tuvieron durante siglos una relación estrecha con los elefantes, a los que domesticaban y usaban para el trabajo y el transporte, integrándolos casi como miembros de la familia. Esa vieja alianza entre los bunong y los elefantes está en el corazón de lo que hoy son los santuarios de Mondulkiri.
Durante generaciones, esta región fue una frontera remota, apenas rozada por los reinos jemeres de las tierras bajas, que dominaban los arrozales y las ciudades pero tenían poca presencia en estas colinas selváticas. Los bunong vivían con relativa autonomía, en un mundo aparte, ajeno al poder central. Esa lejanía marcó su historia: fue su refugio durante siglos, pero también, en el siglo XX, los pondría en el camino de la guerra.
Mientras el corazón del reino jemer florecía en las tierras bajas —primero en Angkor, luego en Nom Pen y otras capitales—, las montañas del noreste, incluida Mondulkiri, permanecían al margen del poder central. Eran zonas de frontera, difíciles de acceder, cubiertas de selva, habitadas por pueblos indígenas que no formaban parte del mundo jemer de los arrozales y los templos. El Estado camboyano ejercía sobre ellas, en el mejor de los casos, una soberanía nominal y lejana.
Esa situación cambió, al menos sobre el papel, con la llegada del colonialismo francés. Cuando Camboya se convirtió en protectorado de Francia en 1863 y luego pasó a integrar la Indochina francesa, las potencias europeas trazaron fronteras y mapas que incorporaron formalmente estas tierras altas al territorio camboyano, delimitándolas frente a las vecinas Vietnam y, más al norte, Laos. Pero la administración colonial, como el poder jemer anterior, apenas tocó la vida cotidiana de los bunong: la región siguió siendo una periferia remota, valorada más por sus recursos naturales que por su gente.
Mondulkiri como entidad administrativa moderna es, de hecho, bastante reciente: la provincia tal como la conocemos se configuró en el siglo XX. Su nombre suele traducirse como algo así como 'el encuentro de las colinas' o 'centro de las montañas'. Pero más allá de los mapas y los nombres oficiales, lo esencial siguió igual durante mucho tiempo: una tierra de colinas y bosques donde los bunong seguían viviendo a su manera, lejos del ruido del mundo. Ese mundo, sin embargo, estaba a punto de irrumpir con una violencia inédita.
La lejanía que durante siglos había protegido a Mondulkiri se volvió, en los años sesenta y setenta, una maldición. La guerra de Vietnam desbordó las fronteras, y el remoto noreste camboyano —selvático, despoblado, pegado a Vietnam— se convirtió en escenario estratégico. Las fuerzas comunistas vietnamitas usaron la región como zona de retaguardia y de paso: durante la guerra, Mondulkiri albergó bases del Frente de Liberación de Vietnam del Sur (el Viet Cong), que operaba desde el lado camboyano de la frontera.
La respuesta de Estados Unidos fue devastadora. Entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, la aviación estadounidense lanzó una campaña masiva —en buena parte secreta— de bombardeos sobre el este de Camboya, con el objetivo de destruir esos santuarios comunistas. Las bombas cayeron sobre una tierra habitada por comunidades indígenas que nada tenían que ver con las grandes decisiones de la guerra. Los bombardeos y los combates forzaron a muchos aldeanos a huir de sus pueblos, a esconderse en el bosque y a vivir a la intemperie, en una zona cada vez más militarizada y peligrosa.
Ese caos empujó a la población hacia los Jemeres Rojos, la guerrilla comunista camboyana que se había implantado tempranamente en el noreste y que supo aprovechar el resentimiento de las minorías de las tierras altas hacia el poder central. Hacia 1970, Mondulkiri, como el resto del noreste, cayó bajo dominio de los Jemeres Rojos. Cuando estos tomaron todo el país en 1975 e impusieron su régimen genocida, la tragedia se completó: los bunong, como todos los camboyanos, sufrieron el trabajo forzado, el desarraigo y la violencia de un régimen que arrasó con culturas, tradiciones y vidas hasta su caída en 1979.
Con la llegada de la paz, ya en las últimas décadas, Mondulkiri empezó a escribir un capítulo distinto. La provincia, que sigue siendo la más grande y menos poblada del país, se abrió lentamente a un turismo de naturaleza y cultura muy diferente del de los templos de Angkor o las playas del sur. Sus colinas verdes, sus cascadas —con Bousra a la cabeza—, sus bosques y, sobre todo, su patrimonio humano bunong se convirtieron en el atractivo de un destino 'fuera del circuito', buscado por quienes quieren ver otra cara de Camboya.
El símbolo de esa nueva etapa son los santuarios éticos de elefantes. Recuperando la vieja relación entre los bunong y estos animales, varios proyectos rescataron elefantes de los campos de trabajo y del turismo de monta para darles una vida digna en la selva, donde hoy los visitantes los acompañan caminando en lugar de montarlos. Estos santuarios no solo protegen a los elefantes: emplean a familias bunong, valoran su conocimiento del bosque y ayudan a preservar tanto la fauna como la cultura indígena, convirtiendo el turismo en una herramienta de conservación.
Pero el futuro de Mondulkiri no está garantizado. La deforestación, la expansión agrícola (incluidas grandes plantaciones), la tala y la presión sobre las tierras indígenas amenazan tanto los bosques —de los mejor conservados del sudeste asiático— como el modo de vida bunong. La provincia produce también café y otros cultivos en sus colinas frescas. En este equilibrio delicado entre desarrollo, conservación y respeto a los pueblos originarios se juega el porvenir de la región. Para el viajero, Mondulkiri ofrece hoy algo cada vez más raro: la posibilidad de encontrarse con una naturaleza grandiosa y con una cultura ancestral viva, y de hacerlo, si elige bien, de una forma que ayude a que ambas sobrevivan.