Mucho antes de Angkor, la baja cuenca del Mekong ya era tierra de reinos. El primero del que hablan las fuentes —sobre todo crónicas chinas de la época— es Funan, que floreció aproximadamente entre los siglos I y VI d. C. en el delta, en lo que hoy es el sur de Camboya y de Vietnam. Funan vivía del comercio marítimo entre India y China: su puerto de Oc Eo era una escala en las rutas que unían Occidente con el Lejano Oriente, y allí aparecieron monedas romanas, artículos indios y objetos chinos.
De la India llegó algo más duradero que las mercancías: la religión, la escritura y la idea de realeza. El proceso que los historiadores llaman 'indianización' trajo el hinduismo y el budismo, el sánscrito, el concepto del dios-rey (devaraja) y modelos de arte y arquitectura que los jemeres harían suyos y llevarían a una escala sin igual. No fue una conquista, sino una adopción selectiva por parte de las élites locales.
Hacia el siglo VI, Funan cedió terreno frente a un conjunto de principados del interior que las crónicas chinas agruparon bajo el nombre de Chenla, ubicados aguas arriba, en el Camboya y el sur de Laos actuales. Chenla nunca fue un estado unificado y firme: hacia el siglo VIII estaba dividido en facciones rivales, la llamada 'Chenla de la Tierra' y 'Chenla del Agua'. De esa fragmentación, y de la ambición de un joven príncipe, iba a nacer el imperio más grande que vio la región.
El año fundacional del imperio jemer es 802 d. C. Ese año, según una inscripción posterior, el príncipe Jayavarman II se hizo consagrar en la montaña sagrada de Phnom Kulen, al norte de la futura Angkor, como chakravartin, 'monarca universal', en un ritual que lo declaraba soberano absoluto y libre de todo vasallaje —en particular del de Java, de donde algunas tradiciones dicen que regresó—. Con ese gesto simbólico unificó a los principados jemeres dispersos y puso en marcha lo que se conoce como el período de Angkor.
Jayavarman II (que reinó hacia 802-850) institucionalizó el culto del devaraja, el 'dios-rey', que ligaba la persona del monarca a Shivá y sacralizaba su poder. Trasladó su capital varias veces por la región al norte del gran lago Tonlé Sap, en la llanura fértil donde el agua y el arroz podían sostener a una población enorme. Ese dominio del agua —los embalses, los canales, los diques— sería la clave material del futuro imperio.
Sus sucesores consolidaron la obra. Yasovarman I fundó hacia el 900 la primera gran ciudad-capital en la zona, Yasodharapura, el germen de Angkor, y mandó excavar el Baray Oriental, un embalse colosal. Se estaba montando la maquinaria hidráulica y política que, en su apogeo, sostendría a cerca de un millón de personas en la región de Angkor, cuando ninguna ciudad de Europa se le acercaba.
El imperio alcanzó su primera cumbre bajo Suryavarman II, que reinó de 1113 a 1150. Guerrero y constructor, unificó internamente el reino tras un período de disputas, extendió su influencia sobre buena parte del Sudeste Asiático continental y envió embajadas a la China de los Song. Pero su nombre quedó atado para siempre a una sola obra: Angkor Wat.
Dedicado a Vishnú —a diferencia de los templos shivaítas anteriores— y concebido en parte como templo funerario del propio rey, Angkor Wat se levantó a lo largo de unos treinta y siete años. Es el monumento religioso más grande del mundo: un recinto rodeado por un foso de casi doscientos metros de ancho, con torres en forma de capullo de loto que representan las cumbres del monte Meru, la montaña cósmica de la mitología hindú. Sus galerías guardan cientos de metros de bajorrelieves —la batalla de Kurukshetra, el batido del océano de leche, los ejércitos de Suryavarman— y miles de figuras de apsaras, las bailarinas celestiales.
La orientación de Angkor Wat es inusual: mira al oeste, hacia el poniente, lo que refuerza su carácter funerario. Su silueta de cinco torres es hoy el símbolo nacional de Camboya y la única ruina antigua que aparece en una bandera del mundo. Que una sociedad sin máquinas moviera y tallara con esa precisión millones de bloques de arenisca traídos desde canteras a decenas de kilómetros sigue asombrando a ingenieros y arqueólogos.
Tras la muerte de Suryavarman II, el imperio entró en crisis y en 1177 sufrió una humillación: los cham, el pueblo del reino vecino de Champa (en el actual centro de Vietnam), remontaron el Tonlé Sap en una flota y saquearon la capital. De esa derrota surgió el último de los grandes reyes de Angkor. Jayavarman VII expulsó a los invasores, se hizo coronar hacia 1181 y lanzó el mayor programa de construcción de toda la historia jemer.
Jayavarman VII era budista mahayana, no hinduista, y eso cambió el rostro del imperio. Levantó una nueva capital amurallada, Angkor Thom ('la gran ciudad'), y en su centro el Bayón, un templo cubierto de torres con enormes rostros de piedra —más de doscientos— que suelen identificarse con el bodhisattva Avalokiteshvara, la compasión hecha imagen, y que muchos ven también como el retrato idealizado del propio rey. Construyó Ta Prohm en memoria de su madre y Preah Khan en la de su padre, además de Banteay Kdei, Neak Pean y el embalse de Srah Srang.
Su reinado no fue solo piedra. Las inscripciones le atribuyen una red de calzadas con casas de descanso para los viajeros y un sistema de 102 'hospitales' repartidos por el imperio, expresión de una ética budista de servicio. Fue el máximo esplendor de Angkor. Después de él, ningún rey volvió a construir a esa escala, y el largo declive comenzó de forma casi imperceptible.
Ningún acontecimiento único explica por qué Angkor dejó de ser el centro del mundo jemer; fue la suma de muchos. En lo religioso, la difusión del budismo theravada —más austero, sin grandes templos-estado ni dios-rey que financiar— quitó sentido a la maquinaria monumental. En lo político, presionaba desde el oeste el ascenso de los reinos tai, sobre todo Ayutthaya, que en 1431 tomó y saqueó Angkor.
A esas causas la investigación reciente sumó una decisiva: el agua. Estudios sobre el enorme sistema hidráulico de Angkor —los baray, los canales, los diques que sostenían la agricultura de una población inmensa— muestran que en los siglos XIV y XV la región sufrió oscilaciones climáticas brutales, con sequías prolongadas seguidas de monzones torrenciales que dañaron una infraestructura ya difícil de mantener. Una ciudad que dependía por completo de gestionar el agua se volvió vulnerable justo cuando el clima se descontroló.
El centro de gravedad se desplazó entonces hacia el sureste, hacia la confluencia de los ríos, más cerca del comercio marítimo con China y del delta. Hacia 1434, el rey Ponhea Yat estableció la capital en Nom Pen (Phnom Penh), donde la leyenda cuenta que una mujer, doña Penh, había levantado un templo sobre una colina para guardar unas imágenes de Buda halladas en el río: el Wat Phnom que dio nombre a la ciudad. Angkor no quedó del todo abandonada, pero el gran período imperial había terminado.
Los cuatro siglos que van de la caída de Angkor a la llegada de los franceses son, en la memoria jemer, una larga época de repliegue. Reducido a un reino mediano, Camboya quedó atrapado entre dos vecinos en expansión: Siam (la actual Tailandia) al oeste y noroeste, y los reinos vietnamitas al este. Las cortes camboyanas, debilitadas por disputas dinásticas, buscaban con frecuencia el respaldo de uno para defenderse del otro, y terminaban pagándolo caro.
Siam arrancó las provincias del noroeste —Battambang, Siem Reap, la propia Angkor— y las mantuvo bajo su control durante más de un siglo. Vietnam, por su lado, avanzó sobre el delta del Mekong: la Cochinchina, con la futura Saigón, había sido tierra jemer (los camboyanos la llaman todavía Kampuchea Krom, 'Camboya de abajo') y quedó absorbida por la expansión vietnamita hacia el sur. En el siglo XIX, la presión sobre lo que quedaba del reino fue tal que camboyanos hablaron de un país a punto de desaparecer, repartido de hecho entre las dos potencias.
El punto más bajo llegó hacia 1830-1840, cuando la corte vietnamita intentó gobernar Camboya de forma directa, reorganizar su administración e imponer costumbres vietnamitas, lo que provocó rebeliones y una guerra devastadora con Siam sobre suelo camboyano. De aquel trauma nace buena parte del recelo histórico jemer hacia sus dos vecinos. Cuando en 1863 apareció una tercera potencia ofreciendo 'protección', el rey camboyano vio una salida a la tenaza.
En 1863, el rey Norodom firmó un tratado que ponía a Camboya bajo protectorado francés. La lógica del monarca era clara: prefería el paraguas lejano de una potencia europea al abrazo asfixiante de Siam y Vietnam, que amenazaban con repartírselo. Francia, por su parte, quería asegurar el flanco del Mekong y su ruta hacia China. En 1887, Camboya quedó integrada en la Unión de la Indochina Francesa, junto con las tres regiones de Vietnam y, más tarde, Laos.
El protectorado tuvo una cara concreta y contradictoria. Por un lado, Francia mantuvo la monarquía como fachada y despojó a los reyes de casi todo poder efectivo; impuso impuestos y trabajos forzados que provocaron revueltas, y explotó la economía en beneficio de la metrópoli. Por el otro, la fascinación europea por Angkor —cuyas ruinas los exploradores franceses 'redescubrieron' para Occidente a mediados del siglo XIX— tuvo una consecuencia inesperada: en el tratado franco-siamés de 1907, Francia logró que Siam devolviera a Camboya las provincias del noroeste, Battambang y Siem Reap con la propia Angkor incluida. El país recuperó así su símbolo mayor.
Los franceses restauraron los templos, trazaron las avenidas y los edificios coloniales de Nom Pen, Battambang y Kampot, y ordenaron la administración. Pero el desarrollo económico y educativo fue escaso, y una élite muy pequeña accedió a la enseñanza superior. De esa élite, formada en parte en París, saldrían tanto los futuros líderes nacionalistas como, andando el tiempo, los cuadros de los Jemeres Rojos.
El artífice de la independencia fue un rey joven y astuto. Norodom Sihanouk, coronado en 1941 cuando los franceses lo creían manejable, resultó todo lo contrario. Aprovechando el debilitamiento de Francia tras la Segunda Guerra Mundial y su desgaste en la guerra de Indochina contra el Viet Minh, lanzó en 1953 una 'cruzada real por la independencia': recorrió capitales, presionó a París y consiguió que Francia cediera. El 9 de noviembre de 1953, Camboya se declaró plenamente independiente, sin la guerra que sí desangró a Vietnam.
En 1955, Sihanouk hizo una jugada maestra: abdicó del trono en favor de su padre para poder entrar en la política de partidos sin dejar de ser el hombre fuerte del país. Fundó un movimiento propio, el Sangkum, ganó todas las elecciones y gobernó como jefe de Estado con un carisma abrumador. Fueron años de relativa estabilidad y de una efervescencia cultural notable —Sihanouk hacía películas, componía canciones, impulsaba una edad de oro de la música y el cine jemer—, pero también de mano dura con la oposición, tanto de derecha como de izquierda.
En política exterior apostó por la neutralidad y el no alineamiento en plena Guerra Fría, intentando mantener a Camboya al margen de la guerra que ardía en Vietnam. Fue un equilibrio imposible: toleró de hecho el paso de suministros comunistas por territorio camboyano —la 'ruta Ho Chi Minh'— y la instalación de bases norvietnamitas cerca de la frontera, lo que enfureció a Estados Unidos y a la derecha del ejército camboyano. Ese equilibrio se rompería de golpe en 1970.
En marzo de 1970, mientras Sihanouk estaba de viaje en el extranjero, su primer ministro y general Lon Nol, con el apoyo de la derecha proestadounidense, lo derrocó en un golpe de Estado y proclamó la República Jemer. El país, hasta entonces neutral, se sumó abiertamente al bando de Estados Unidos y de Vietnam del Sur en la guerra de Indochina. Sihanouk, desde el exilio en Pekín, hizo lo impensable: se alió con sus antiguos enemigos, los comunistas camboyanos a los que él mismo había bautizado con desprecio como 'Jemeres Rojos', y llamó al pueblo a sublevarse contra Lon Nol.
Empezó así una guerra civil brutal que se prolongó de 1970 a 1975. Los Jemeres Rojos, apoyados por Vietnam del Norte y China y con la bandera del rey depuesto como reclamo, crecieron con rapidez en el campo. Paralelamente, Camboya quedó atrapada en la guerra de Vietnam: entre 1969 y 1973, la aviación de Estados Unidos descargó sobre el territorio camboyano una campaña de bombardeos masiva y en gran parte secreta para golpear los santuarios comunistas. Las estimaciones del tonelaje y de las víctimas civiles varían mucho entre los historiadores, pero hay consenso en que el bombardeo fue enorme, causó una gran mortandad y desarraigo, y que —según una interpretación muy extendida, aunque debatida— empujó a campesinos furiosos y desesperados hacia las filas de los Jemeres Rojos.
La República de Lon Nol, corrupta y desbordada, se fue quedando reducida a las ciudades. El 17 de abril de 1975, tras un asedio final, las columnas de los Jemeres Rojos entraron en Nom Pen. Mucha gente los recibió con alivio, creyendo que llegaba la paz. Llegaba lo contrario.
Lo que siguió fue uno de los experimentos más radicales y letales del siglo XX. El régimen del Partido Comunista de Kampuchea, encabezado por Pol Pot —cuyo nombre real era Saloth Sar—, quiso refundar la sociedad desde cero, borrando la ciudad, el dinero, la escuela, la religión, la propiedad y la familia. El mismo día de la toma de Nom Pen, ordenaron evacuar por la fuerza toda la capital —cerca de dos millones de personas— hacia el campo, incluidos enfermos y ancianos. Repitieron la operación en cada ciudad del país. Rebautizaron el calendario: 1975 sería el 'Año Cero'.
La población fue convertida en mano de obra esclava en cooperativas agrícolas, trabajando jornadas agotadoras con raciones de hambre para cumplir cuotas de arroz delirantes. Murieron por trabajo forzado, hambruna y enfermedades sin atención. A eso se sumó el terror deliberado: el régimen ejecutó de forma sistemática a quienes consideraba enemigos de clase o traidores —funcionarios y soldados del régimen anterior, gente instruida, monjes budistas, minorías como los cham musulmanes y los vietnamitas—, y en sus últimos años se devoró a sí mismo en purgas paranoicas. El principal centro de tortura, la prisión S-21 de Nom Pen, instalada en una antigua escuela llamada Tuol Sleng, procesó a unas 15.000 personas: casi ninguna salió con vida. A los prisioneros se los llevaba a ejecutar a fosas comunes como las de Choeung Ek, uno de los muchos 'campos de la muerte' del país.
Las cifras se siguen investigando, pero las estimaciones más aceptadas sitúan el número de muertos entre 1,7 y 2,2 millones de personas, en torno a una cuarta parte de la población de entonces. La justicia llegó tarde y de forma limitada: un tribunal respaldado por la ONU, las Cámaras Extraordinarias en los Tribunales de Camboya (ECCC), creado en 2006, solo condenó a tres altos dirigentes —Kaing Guek Eav, alias 'Duch', jefe de S-21; Nuon Chea, el ideólogo; y Khieu Samphan, el jefe de Estado del régimen—; Pol Pot murió en 1998 sin ser juzgado. Visitar hoy Tuol Sleng y Choeung Ek no es turismo morboso: es el modo en que Camboya, y quien la visita, se niega a olvidar.
El régimen de los Jemeres Rojos no cayó por una revuelta interna ni por presión occidental, sino por la guerra con su vecino. Las provocaciones fronterizas, las masacres de civiles vietnamitas y el delirio nacionalista de Pol Pot, que soñaba con recuperar el antiguo delta jemer, llevaron a Vietnam a invadir Camboya a finales de 1978. El 7 de enero de 1979, las tropas vietnamitas entraron en Nom Pen y derribaron al régimen, poniendo fin al genocidio. Instalaron un gobierno aliado, la República Popular de Kampuchea, formado en buena parte por antiguos cuadros jemeres rojos que habían huido de las purgas, entre ellos un joven llamado Hun Sen.
La liberación no trajo la paz. Los Jemeres Rojos, lejos de desaparecer, se replegaron a la frontera con Tailandia y siguieron combatiendo como guerrilla durante más de una década. En un giro amargo de la Guerra Fría, mantuvieron el asiento de Camboya en la ONU y recibieron apoyo indirecto de China, de Tailandia y de Occidente, que preferían no reconocer a un gobierno impuesto por Vietnam y su aliado soviético. El país, en ruinas, quedó atrapado en una nueva guerra civil y bajo ocupación vietnamita hasta que, agotado y por la presión internacional, Vietnam retiró sus tropas en 1989.
El camino a la paz se selló en los Acuerdos de París del 23 de octubre de 1991, firmados por todas las facciones y garantizados por la comunidad internacional. Pusieron el país bajo una administración transitoria de la ONU —la Untac, una de las mayores operaciones de paz de su historia— encargada de organizar elecciones. En 1993, esos comicios restauraron la monarquía constitucional: Sihanouk volvió a ser rey de un país arrasado que empezaba, por fin, a reconstruirse.
De las cenizas de los años setenta y ochenta emergió una Camboya que, en apenas una generación, pasó del hambre y la guerra a un crecimiento económico sostenido. El turismo —encabezado por los millones de visitantes que llegan a Angkor—, la industria textil y la construcción impulsaron una recuperación notable, y la esperanza de vida y la pobreza mejoraron de forma sensible respecto de aquel país destruido. Buena parte de la población tiene hoy menos de treinta años: nació después del horror y mira hacia adelante.
Pero la transición democrática que prometían los acuerdos de 1991 quedó a medias. La figura dominante de las últimas décadas ha sido Hun Sen, que gobernó como primer ministro desde 1985 durante casi treinta y ocho años —uno de los mandatos más largos del mundo— hasta traspasar el poder en 2023 a su hijo Hun Manet. Su Partido Popular de Camboya consolidó un poder casi absoluto: la principal fuerza opositora fue disuelta por la justicia antes de las elecciones de 2018, y organizaciones de derechos humanos denuncian de forma sistemática las restricciones a la prensa y a la disidencia. La deforestación, la corrupción y una fuerte dependencia económica de China son las otras sombras del presente.
Sobre todo eso pesa aún la memoria del genocidio. Camboya convive con un trauma que atraviesa a las familias, con memoriales como Tuol Sleng y Choeung Ek convertidos en lugares de duelo y pedagogía, y con la tarea todavía inconclusa de enseñar esa historia a los más jóvenes. Es un país que carga a la vez con la gloria de Angkor y con la herida de los campos de la muerte, y que sigue negociando, entre esas dos memorias, quién quiere ser.
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Nom Pen (Phnom Penh) nació de la caída de Angkor. Cuando el centro del reino jemer se desplazó hacia el sureste, hacia el comercio fluvial y marítimo, el rey Ponhea Yat estableció aquí la capital hacia 1434, en un punto privilegiado: el Chaktomuk, el 'lugar de los cuatro rostros', donde se encuentran el Mekong, el Bassac y el peculiar Tonlé Sap, el río que cambia de sentido según la estación. La leyenda atribuye el nombre a doña Penh, una mujer que levantó un santuario sobre una colina —el Wat Phnom, la 'colina de Penh'— para guardar unas imágenes sagradas que el río le trajo.
La ciudad fue capital de forma intermitente durante siglos y se consolidó como tal bajo el protectorado francés, que la convirtió en la joya urbana de la Indochina: los franceses trazaron sus bulevares, levantaron el mercado central Art Déco, los edificios administrativos y las villas que le valieron el apodo de 'la perla de Asia'. El Palacio Real y la Pagoda de Plata, del período monárquico, siguen siendo su corazón simbólico.
Pero Nom Pen carga también con el episodio más terrible de la historia camboyana. El 17 de abril de 1975, los Jemeres Rojos ocuparon la ciudad y en cuestión de horas la vaciaron por completo, expulsando a la fuerza a sus casi dos millones de habitantes hacia el campo. Durante casi cuatro años, la capital quedó convertida en una ciudad fantasma. Cuando Vietnam la liberó en 1979, había que repoblarla desde cero.
Ningún lugar de Camboya explica mejor lo que fueron los Jemeres Rojos que dos sitios de Nom Pen. El primero es Tuol Sleng, una antigua escuela secundaria que el régimen convirtió en su principal centro de interrogatorio y tortura, la prisión secreta S-21. Por sus aulas transformadas en celdas pasaron alrededor de 15.000 personas —hombres, mujeres y niños—, forzadas a firmar confesiones falsas antes de ser eliminadas. Se salvaron apenas un puñado. Hoy es el Museo del Genocidio: se conservan las celdas, los instrumentos y, sobre todo, los miles de fotografías que los propios carceleros tomaron a cada víctima, una galería de rostros que mira al visitante.
El segundo es Choeung Ek, a unos 15 kilómetros de la ciudad, el más conocido de los muchos 'campos de la muerte' del país: el lugar donde se llevaba a ejecutar a los prisioneros de S-21. En sus fosas comunes se hallaron los restos de miles de personas. Un stupa memorial, una torre acristalada, guarda hoy más de cinco mil cráneos de las víctimas, ordenados como testimonio silencioso.
Estos memoriales no son una atracción más. Se visitan con respeto, en silencio, porque son a la vez tumba y prueba. Fueron centrales en el juicio del tribunal respaldado por la ONU, que condenó al jefe de S-21, 'Duch', por crímenes contra la humanidad. Para los camboyanos, y para quien los visita, son la garantía de que lo que pasó aquí no se niegue ni se olvide.
La Nom Pen que se visita hoy es una ciudad que se reinventó desde el vacío. Repoblada tras 1979 por quienes volvían del campo y por gente de otras provincias, pasó décadas difíciles de posguerra y penuria hasta que la paz de los años noventa y la apertura económica la relanzaron. En pocas décadas ha vivido un crecimiento vertiginoso, con torres, tráfico y una vida urbana que contrasta con el silencio de los años de los Jemeres Rojos.
En su trama conviven las capas de la historia camboyana: el Palacio Real y la Pagoda de Plata con su suelo de baldosas de plata maciza; el Museo Nacional, de estilo jemer, que guarda la mejor colección de escultura de Angkor; los edificios coloniales franceses y el mercado central; y la arquitectura del llamado 'nuevo jemer' de los años sesenta, la modernidad optimista de la era de Sihanouk, obra sobre todo del arquitecto Vann Molyvann.
El río sigue siendo el eje de la vida, como en 1434. El paseo del Sisowath Quay, sobre el Tonlé Sap, se llena al atardecer, y cada noviembre la ciudad celebra el Bon Om Touk, la fiesta del agua que festeja el momento en que el río Tonlé Sap invierte su curso, uno de los fenómenos hidrológicos más singulares del planeta y la base de la extraordinaria riqueza pesquera del país.
Aguas arriba de la capital, sobre la orilla del Mekong, Kratie es una tranquila ciudad de provincias que conserva un aire detenido en el tiempo, con sus casas coloniales francesas frente al río y sus atardeceres largos sobre el agua. Su fama, sin embargo, no está en la ciudad sino en lo que nada en el río: es el mejor lugar del país para avistar el delfín del Irrawaddy, un delfín de agua dulce de frente redondeada y aspecto sonriente que sobrevive en un tramo del Mekong entre Kratie y la frontera con Laos.
Estos delfines están en peligro crítico de extinción. Quedan solo unas pocas decenas en el río, amenazados durante años por las redes de pesca, la caza y los proyectos de represas. Para los camboyanos son un animal casi sagrado, protagonista de leyendas, y hoy el centro de un esfuerzo de conservación que busca protegerlos y que ha convertido su avistamiento en la principal fuente de ingresos de las aldeas ribereñas.
La región de Kratie, en el Mekong medio, fue también tierra profundamente golpeada por la guerra: fue una de las primeras zonas en caer bajo control de los Jemeres Rojos, ya a comienzos de los años setenta, por su posición estratégica junto al río y a las rutas de suministro. Hoy, ese pasado convive con un turismo pausado y ecológico, centrado en el río, la naturaleza y el ritmo lento de la vida a orillas del Mekong.
Esta región central se organiza toda en torno al Mekong, el gran río que baja del Tíbet y atraviesa el país de norte a sur antes de desembocar en el mar por el delta vietnamita. Para Camboya, el Mekong y su hermano el Tonlé Sap no son un paisaje: son la base misma de la civilización. Fue el dominio del agua —crecidas, canales, pesca— lo que permitió a los jemeres alimentar a la población que construyó Angkor, y sigue siendo lo que da de comer a millones de camboyanos.
El fenómeno clave es el gran lago Tonlé Sap y su río homónimo, que cada año invierte su corriente: durante el monzón, el Mekong crece tanto que empuja el agua río arriba y hace que el lago se expanda hasta multiplicar su superficie, inundando bosques enteros que se vuelven un criadero de peces sin igual. Cuando las aguas bajan, dejan la tierra fertilizada y el pescado que sostiene la dieta nacional. Es uno de los sistemas fluviales más productivos del mundo.
Por eso el destino de esta región está tan ligado al del río. Las grandes represas construidas aguas arriba, en China y Laos, y el cambio climático amenazan hoy ese ciclo milenario, con consecuencias directas para la pesca y la agricultura camboyanas. Recorrer el Mekong central —de Nom Pen a Kratie— es viajar por la arteria que ha dado vida al país desde antes de Angkor y de la que depende su futuro.
Kampot fue, durante el protectorado francés, el principal puerto marítimo de Camboya, antes de que se construyera Sihanoukville. De aquella época conserva un casco urbano tranquilo a orillas del río, con una notable arquitectura colonial francesa de tiendas-vivienda y edificios administrativos que le dan un aire detenido y melancólico.
Su fama mundial, sin embargo, está en un grano. La pimienta de Kampot es considerada una de las mejores del planeta: los gastrónomos franceses la descubrieron en el siglo XIX y su cultivo se convirtió en una gran industria, que en su apogeo colonial llegó a exportar miles de toneladas al año desde plantaciones sostenidas por cientos de miles de postes. La guerra y los Jemeres Rojos —que arrasaron la agricultura comercial— casi la extinguieron, pero desde los años dos mil resurgió y hoy está protegida por una indicación geográfica que garantiza su origen.
En las montañas que dominan Kampot está el Parque Nacional de Bokor, otro testigo de la historia: allí los franceses construyeron en los años veinte una estación de altura, un pueblo de veraneo con hotel-casino, iglesia y villas donde la élite colonial escapaba del calor. Abandonada durante las guerras y envuelta en la niebla, la 'ciudad fantasma' de Bokor es hoy un paisaje inquietante y muy fotografiado, en pleno proceso de nuevas construcciones turísticas.
Kep —Kep-sur-Mer para los franceses— fue fundada como estación balnearia en 1908, la primera de Camboya. Durante el protectorado y, sobre todo, en los años dorados de la era de Sihanouk en las décadas de 1950 y 1960, se convirtió en el destino de veraneo de moda de la élite camboyana: ministros, artistas y familias adineradas construyeron aquí villas modernistas frente al mar, en el estilo del 'nuevo jemer', para disfrutar de la playa y del marisco.
La guerra civil y los Jemeres Rojos terminaron con aquel esplendor de forma brutal. El régimen de Pol Pot, que odiaba todo lo que oliera a burguesía y a modernidad occidental, saqueó y destruyó las villas de Kep; muchas quedaron reducidas a esqueletos de hormigón devorados por la vegetación, que todavía hoy salpican el pueblo como ruinas fantasmales de un paraíso interrumpido.
Kep renació despacio, con un perfil más tranquilo y familiar que el de otros destinos de la costa. Su emblema es el mercado del cangrejo, donde se venden los famosos cangrejos azules capturados en las aguas de enfrente, servidos con la pimienta de Kampot que se cultiva al lado: uno de los platos más celebrados del país. Frente a la costa, la pequeña isla del Conejo (Koh Tonsay) ofrece playas sencillas y un ritmo perezoso.
A diferencia de Kampot o Kep, Sihanoukville es una ciudad joven, hija directa de la independencia. Camboya, recién liberada de Francia en 1953, necesitaba un puerto de aguas profundas propio para no depender del vietnamita de Saigón, controlado por otros. Así, a finales de los años cincuenta se construyó desde cero un puerto moderno en el golfo de Tailandia, y la ciudad que creció a su alrededor recibió el nombre del artífice de la independencia: Sihanoukville, en honor a Norodom Sihanouk.
Durante la era de Sihanouk fue el escaparate del progreso nacional, y luego el principal puerto comercial del país, su salida al mar. Con la paz y la apertura, sus playas la convirtieron en el gran destino de sol y mochileros de Camboya, la puerta de embarque hacia las islas.
En la última década, Sihanoukville vivió una transformación tan rápida como polémica: una avalancha de inversión china levantó decenas de casinos, torres y complejos, muchos de ellos ligados al juego, que cambiaron por completo el rostro de la ciudad en pocos años, con un auge y luego una crisis del sector que dejaron numerosas obras a medio terminar. Es hoy el ejemplo más visible de la profunda huella que la economía china ha dejado en la Camboya del siglo XXI.
Frente a la costa de Sihanoukville, en el golfo de Tailandia, se extiende un archipiélago de islas que, durante siglos, fueron poco más que territorio de pescadores y de escasa población. Koh Rong, la mayor, y su vecina Koh Rong Samloem permanecieron al margen de la gran historia jemer: sin templos ni grandes ciudades, vivían de la pesca y de la selva, con una densidad humana mínima.
Fue el turismo, ya en el siglo XXI, lo que las puso en el mapa. Sus playas de arena blanca y aguas turquesas, entre las mejores del Sudeste Asiático, atrajeron primero a mochileros y luego a un turismo más amplio. Koh Rong se hizo célebre por su ambiente animado y su vida de playa, y por un fenómeno natural que fascina a los visitantes: el plancton bioluminiscente, que de noche hace brillar el agua con destellos azules al moverla.
Esa condición de islas 'sin historia' antigua es hoy su atractivo, pero también su desafío. El desarrollo turístico ha llegado rápido y plantea las mismas preguntas que en el resto de la costa: cómo crecer sin arrasar los arrecifes, la selva y la vida sencilla de las comunidades pesqueras que habitan estas islas desde mucho antes de que llegara el primer viajero.
Si Koh Rong es la isla del bullicio, Koh Rong Samloem es la del silencio. Más pequeña y menos poblada, conserva un ritmo pausado que la ha convertido en el refugio de quienes buscan desconectar de verdad. Su bahía más famosa, Saracen Bay, es una larga media luna de arena blanca y agua clara jalonada de bungalows sencillos sobre el mar, sin carreteras ni grandes complejos.
Como el resto del archipiélago, Koh Rong Samloem apenas tiene historia escrita anterior al turismo: fue tierra de pescadores y bosque, con una presencia humana escasa y una naturaleza que se mantuvo en buena parte intacta. Hoy conserva calas casi vírgenes, un pequeño faro de época colonial en su extremo sur y arrecifes de coral que la hacen popular entre buceadores y esnórquel.
Juntas, Koh Rong y Koh Rong Samloem representan la cara más luminosa y despreocupada de un país cuya historia reciente fue todo lo contrario. En estas islas, donde la vida sigue el compás de las mareas y no el de los imperios ni las guerras, muchos viajeros encuentran el descanso después de recorrer los templos de Angkor y los memoriales de Nom Pen. Son el contrapunto tranquilo de una Camboya intensa.
El noreste de Camboya —las provincias de Mondulkiri y Ratanakiri— es una tierra que apenas se parece al país de las llanuras arroceras y los templos. Aquí, cerca de las fronteras con Laos y Vietnam, el paisaje se vuelve de colinas onduladas, mesetas volcánicas, selva densa y cascadas. Fue durante siglos una región marginal para el poder jemer del valle, más ligada culturalmente a las montañas del interior de Indochina que a la corte de Angkor o de Nom Pen.
Su diferencia es sobre todo humana. Estas tierras altas son el hogar de la mayoría de los pueblos indígenas de Camboya, las etnias montañesas (los llamados Khmer Loeu, 'jemeres de arriba') que no son de origen jemer y que conservan lenguas, creencias animistas y modos de vida propios, muy distintos de los del Camboya budista de la llanura.
Durante buena parte de la historia, esta lejanía las mantuvo relativamente al margen. Pero en el siglo XX la región pagó cara su posición fronteriza: por aquí pasaba parte de la ruta de suministro comunista durante la guerra de Vietnam, la zona fue bombardeada, y fue además uno de los primeros bastiones de los Jemeres Rojos, que reclutaron entre las poblaciones montañesas. Hoy, esa condición apartada es lo que atrae a los viajeros que buscan la Camboya más natural y menos transitada.
Mondulkiri es la provincia menos poblada de Camboya: un enorme territorio de colinas verdes, praderas de altura, bosques y cascadas, con un clima más fresco que el del resto del país. Su capital, Sen Monorom, es apenas un pueblo tranquilo que sirve de base para explorar la región.
El pueblo mayoritario aquí no es el jemer, sino el bunong (también escrito phnong), el grupo indígena más numeroso de las tierras altas camboyanas. Los bunong han vivido tradicionalmente de la agricultura de roza, la caza y una relación muy estrecha con el elefante: durante generaciones capturaron y domesticaron elefantes para el trabajo, y en su cultura animista el bosque y los espíritus tienen un papel central. Su lengua pertenece a la familia mon-jemer pero es distinta del camboyano, y su religión tradicional no es el budismo sino el culto a los espíritus de la naturaleza.
En las últimas décadas, Mondulkiri se ha vuelto conocida por un turismo distinto: los santuarios éticos de elefantes, donde en lugar de montarlos se los observa y acompaña en semilibertad, un modelo que busca a la vez proteger a los animales y dar sustento a las comunidades bunong. La otra cara del presente es la presión sobre sus bosques —la deforestación y las plantaciones han avanzado con fuerza sobre las tierras ancestrales de estos pueblos—, uno de los grandes conflictos ambientales del país.
En el extremo nororiental del país, tocando Laos y Vietnam, Ratanakiri es una de las regiones más remotas y salvajes de Camboya. Su nombre significa 'montaña de piedras preciosas', en referencia a los depósitos de gemas —zafiros, circones— que se han extraído de su suelo volcánico. Es tierra de selva espesa, ríos, cataratas y antiguos volcanes.
Su joya natural es el lago Yeak Laom, un lago casi perfectamente circular alojado en el cráter de un volcán extinguido, de aguas transparentes y rodeado de bosque, considerado sagrado por las comunidades indígenas locales. Como Mondulkiri, Ratanakiri es hogar de varios pueblos montañeses —tampuan, jarai, kreung, brao y otros— que conservan lenguas propias, aldeas tradicionales, cementerios con esculturas de madera y una cosmovisión animista muy alejada del Camboya budista de las llanuras.
La historia reciente de Ratanakiri está marcada por la guerra. Su posición fronteriza la convirtió en corredor de la ruta Ho Chi Minh y en blanco de bombardeos, y fue precisamente en esta zona apartada donde los cuadros de los Jemeres Rojos, incluido Pol Pot, se ocultaron y organizaron su movimiento en los años sesenta, reclutando entre las poblaciones indígenas. Aquella lejanía que sirvió de refugio a la guerrilla es hoy la que atrae a viajeros en busca de naturaleza y culturas ancestrales.
Banlung es la capital de la provincia de Ratanakiri y el punto de partida obligado para explorar el noreste. Es una ciudad de frontera, polvorienta en la estación seca y roja por la tierra volcánica de sus caminos, que creció sobre todo en la segunda mitad del siglo XX como centro administrativo y comercial de una región hasta entonces casi sin urbanizar. De hecho, la capital provincial se trasladó a Banlung en los años setenta desde la antigua Lumphat, muy dañada por los bombardeos de la guerra.
Desde Banlung se organizan las excursiones a los grandes atractivos de la zona: el lago cratérico de Yeak Laom, a pocos kilómetros; las cascadas de Katieng, Ka Chanh y Chaa Ong; las plantaciones de caucho, herencia de la época colonial francesa que introdujo este cultivo en la región; y las aldeas de los pueblos indígenas del interior.
La ciudad refleja las dos caras del noreste actual. Por un lado, es la puerta a un turismo de naturaleza y cultura en auge. Por el otro, es el centro desde el que se organiza la explotación económica de la provincia —la tala, el caucho, las plantaciones industriales—, que presiona sobre los bosques y las tierras de las comunidades indígenas. En Banlung se cruzan, como en pocas partes, la Camboya que quiere conservar y la que quiere explotar sus últimas fronteras verdes.
Lo que une a toda esta región es que representa la Camboya no jemer, la de los pueblos originarios de las montañas. Se calcula que las minorías indígenas del país suman en torno a un par de cientos de miles de personas, concentradas sobre todo en Mondulkiri y Ratanakiri, y comprenden una veintena de grupos distintos —bunong, tampuan, jarai, kreung, brao, kachok y otros—, cada uno con su lengua y sus tradiciones. La mayoría practica religiones animistas, cultiva de forma rotativa y mantiene una relación de propiedad comunal, no individual, con la tierra y el bosque.
Esa diferencia es también la raíz de su vulnerabilidad. Las tierras ancestrales de estos pueblos han sido objeto en las últimas décadas de concesiones económicas para plantaciones de caucho, anacardo y otros cultivos, así como de tala legal e ilegal, lo que ha provocado conflictos, desplazamientos y una acelerada pérdida de bosque en una de las regiones antes más intactas del Sudeste Asiático.
Para el viajero, el noreste ofrece por eso una experiencia única en Camboya: no la de los grandes monumentos, sino la de un mundo de selva, cascadas y culturas ancestrales que sobreviven al margen del relato nacional jemer. Recorrerlo con respeto —apoyando el turismo comunitario, entendiendo que se visita el hogar de otros— es asomarse a la parte más diversa y frágil del país.
El nombre de Siem Reap tiene un filo histórico: significa, según la lectura tradicional, 'Siam derrotado', en referencia a las guerras entre jemeres y siameses que marcaron estos siglos, aunque el origen exacto se discute. Durante más de cien años, hasta 1907, toda esta región —Siem Reap incluida, y con ella las ruinas de Angkor— estuvo bajo control de Siam, y solo volvió a Camboya gracias al tratado franco-siamés de ese año.
Hasta comienzos del siglo XX, Siem Reap era poco más que un puñado de aldeas junto al río. Su transformación empezó cuando los franceses, fascinados por Angkor, organizaron la restauración de los templos y abrieron la zona a los primeros viajeros: el legendario Grand Hotel d'Angkor abrió sus puertas en 1932 para recibir a los pioneros del turismo. El Barrio Francés y el viejo mercado conservan de aquella época su arquitectura colonial y china.
Tras décadas de guerra y de cierre, Siem Reap renació con la paz de los años noventa y la inscripción de Angkor en el Patrimonio Mundial. Hoy es una de las ciudades de más rápido crecimiento del país, base obligada para recorrer el parque arqueológico, con sus mercados nocturnos, su Pub Street y una oferta hotelera que va de la mochila al lujo. Todo gira, como hace mil años, en torno a los templos que tiene al lado.
El Parque Arqueológico de Angkor, inscrito por la Unesco en 1992, abarca unos 400 kilómetros cuadrados y contiene los restos de las sucesivas capitales del imperio jemer entre los siglos IX y XV. No es un solo templo, sino una ciudad entera: en su apogeo, la aglomeración de Angkor pudo albergar cerca de un millón de personas, lo que la convierte, según los estudios más recientes basados en teledetección, en la ciudad preindustrial de mayor extensión conocida.
Sus hitos son universales. Angkor Wat, del siglo XII, el templo religioso más grande del mundo y símbolo nacional. Angkor Thom, la ciudad amurallada de Jayavarman VII, con el Bayón y sus rostros de piedra en el centro. Ta Prohm, el templo que la selva se tragó, con sus raíces de ceiba abrazando los muros, célebre además por el cine. Y decenas de conjuntos menos visitados —Banteay Srei, Preah Khan, Neak Pean— dispersos por la llanura.
Buena parte de lo que hoy se puede visitar se debe al trabajo de conservación iniciado por la Escuela Francesa del Extremo Oriente a principios del siglo XX e interrumpido de forma dramática por la guerra y los Jemeres Rojos, cuando el saqueo de piezas y el abandono amenazaron el sitio. Desde los años noventa, una cooperación internacional coordinada por la Unesco lo protege. Angkor no es una ruina muerta: sigue siendo un lugar sagrado donde los monjes rezan y los camboyanos peregrinan.
A unos 120 kilómetros al noreste de Siem Reap, escondida en la selva, está Koh Ker, una de las capitales perdidas del imperio. Durante un breve período, entre los años 928 y 944, el rey Jayavarman IV trasladó allí el centro del poder jemer, lejos de la región de Angkor, en un episodio de rivalidad dinástica. En apenas dos décadas se levantó una ciudad con más de una treintena de templos y monumentos.
Su obra más impresionante es el Prasat Thom, una pirámide escalonada de arenisca de unos 36 metros de altura, muy distinta del estilo habitual de Angkor y más parecida a las pirámides-templo de otras culturas: una montaña artificial de siete niveles que se yergue sobre el bosque. Las inscripciones cuentan que más de diez mil personas vivieron aquí durante los años en que Koh Ker fue capital. Cuando el poder regresó a Angkor, la ciudad quedó abandonada a la selva.
Durante décadas, Koh Ker fue casi inaccesible: la zona estuvo minada y controlada por los últimos reductos de los Jemeres Rojos hasta bien entrados los años noventa, y muchas de sus esculturas fueron saqueadas y vendidas en el mercado internacional de antigüedades —varias han sido repatriadas en los últimos años—. Desminado y abierto al público, en 2023 el sitio fue inscrito como Patrimonio de la Humanidad. Su lejanía lo mantiene mucho más tranquilo que Angkor.
Segunda ciudad de Camboya, Battambang es la capital de la llanura arrocera más fértil del país, el 'granero' nacional. Su historia reciente está marcada, como la de Siem Reap, por el largo dominio siamés: Battambang perteneció a Siam desde finales del siglo XVIII y solo volvió a manos camboyanas con el tratado de 1907. Durante ese siglo, la provincia estuvo gobernada por una dinastía de señores locales al servicio de Bangkok.
Bajo el protectorado francés, Battambang floreció como centro comercial y agrícola, y de esa época viene su encanto: un casco urbano a orillas del río Sangker con una de las mejores colecciones de arquitectura colonial francesa del país, tiendas-vivienda de estilo chino y una atmósfera pausada de ciudad de provincias que el turismo no ha desbordado.
En los alrededores, la historia se vuelve más oscura y más antigua a la vez. Están los templos rurales preangkorianos y angkorianos como Wat Banan y Ek Phnom; el famoso 'tren de bambú' (norry), plataformas artesanales que corrían sobre las viejas vías; y también Phnom Sampeau, una colina con cuevas que los Jemeres Rojos usaron como lugar de ejecución, hoy convertidas en memorial. Battambang resume así las capas de Camboya: los templos jemeres, la huella francesa y la herida del genocidio, todo en pocos kilómetros.
Toda esta región comparte un rasgo que va más allá de los templos: es la tierra de frontera con Tailandia, y por eso fue durante siglos zona de disputa y, en el siglo XX, el último escenario de la guerra. Su cercanía a Siam explica que Battambang, Siem Reap y sus alrededores cambiaran de dueño una y otra vez entre Bangkok y Nom Pen.
En los años setenta y ochenta, esa condición fronteriza le tocó jugar un papel trágico. Cuando Vietnam derrocó a los Jemeres Rojos en 1979, los remanentes del régimen de Pol Pot se replegaron precisamente a esta franja del noroeste, junto a la frontera tailandesa, desde donde siguieron combatiendo como guerrilla durante más de una década. La zona quedó sembrada de minas antipersonales —Camboya es todavía uno de los países más minados del mundo—, y el desminado de estos campos sigue en marcha hoy.
La paz definitiva llegó tarde: fue en esta región, en Anlong Veng y sus alrededores, donde se rindieron los últimos jemeres rojos y donde Pol Pot murió en 1998. Recorrer el noroeste es, por eso, atravesar a la vez la cumbre del imperio jemer y su capítulo más reciente y doloroso, unidos por una misma geografía de frontera.
Casi nada de lo que le pasó a Camboya le pasó solo: estas son las historias de al lado.