Banlung es una de esas ciudades que no se visitan por sí mismas, sino por todo lo que hay alrededor. Capital de la remota provincia de Ratanakiri, en el extremo noreste de Camboya, es un pueblo pequeño y polvoriento de calles de tierra roja, con un mercado animado, un lago urbano y un aire de frontera que ya anticipa la selva, las montañas y las culturas indígenas que la rodean. Para el viajero que llega al noreste, Banlung es el campamento base: el lugar donde comer, dormir, sacar efectivo y, sobre todo, organizar las excursiones a las maravillas de Ratanakiri.
Y esas maravillas están a la vuelta de la esquina. A pocos kilómetros de Banlung se encuentra el bellísimo lago cratérico de Yeak Laom, un cráter volcánico lleno de agua transparente donde darse el mejor baño del noreste; un trío de cascadas selváticas (Kachanh, Katieng, Cha Ong) que caen entre la vegetación; aldeas de los pueblos tampuan, jarai, kreung y brao, con sus lenguas y tradiciones propias; y, más lejos, la selva profunda del Parque Nacional de Virachey. Todo se organiza desde la ciudad, con guías, motos o tuk-tuks.
Esta guía te ayuda a usar Banlung como lo que es: la puerta de entrada práctica a uno de los rincones más salvajes y auténticos de Camboya. Te contamos cómo llegar tras un largo viaje desde Nom Pen, cómo moverte por los caminos de tierra roja, qué excursiones armar y cuánto cuestan, dónde dormir y comer, y cómo aprovechar la ciudad —su mercado, su lago— entre salida y salida. Banlung no deslumbra por sí sola, pero es la llave de un territorio que sí lo hace.
Banlung es una ciudad relativamente joven: se convirtió en la capital de Ratanakiri en los años setenta, reemplazando a la antigua capital provincial, Lumphat, que había quedado devastada por los intensos bombardeos estadounidenses de la guerra de Vietnam. La provincia entera, remota y selvática, fue escenario clave de la historia del siglo XX: los comunistas vietnamitas operaban en la zona desde los años cuarenta, y a mediados de los sesenta la dirigencia de los Jemeres Rojos, con Pol Pot, estableció aquí su base insurgente, captando apoyo entre los pueblos indígenas de las tierras altas. Tras la guerra y décadas de aislamiento, Banlung fue creciendo como centro administrativo y comercial del noreste, y con la mejora de las carreteras y la apertura de Camboya al turismo se transformó en la base desde la que los viajeros exploran el lago de Yeak Laom, las cascadas, las aldeas y la selva de Ratanakiri. La historia completa de la región está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Las tierras altas del extremo nororiental: colinas, selva y cascadas donde viven los pueblos indígenas de Camboya, lejos del mundo jemer de las llanuras.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Banlung es una ciudad joven asentada en una de las regiones más antiguamente habitadas de Camboya. Sus calles de tierra roja y su aire de pueblo fronterizo esconden el hecho de que, como núcleo urbano y como capital, apenas tiene unas décadas de historia. Pero el territorio que la rodea, la provincia de Ratanakiri, estaba poblado desde mucho antes por pueblos indígenas de las tierras altas —los khmer loeu: tampuan, jarai, kreung, brao y otros—, animistas y ligados al bosque, que vivían aquí siglos antes de que existiera cualquier ciudad.
El propio nombre habla de esa tierra. 'Banlung' (o Ban Lung) se asienta en la zona de la 'colina roja', y toda la provincia se llama Ratanakiri, 'montaña de piedras preciosas', por los zafiros y circones de su suelo. La tierra roja, fértil y polvorienta, es la marca del lugar: tiñe los caminos, los ríos y hasta la ropa del viajero, y es fruto del pasado volcánico de la región, el mismo que dejó el bellísimo lago cratérico de Yeak Laom a pocos kilómetros de la ciudad.
Durante casi toda la historia, este rincón remoto vivió al margen del poder central camboyano. Los reinos jemeres de las tierras bajas apenas tenían presencia en estas selvas de frontera, y los pueblos originarios se gobernaban con enorme autonomía. Banlung, como ciudad, aún no existía: era apenas parte de un vasto territorio de aldeas dispersas en el bosque. Su nacimiento como capital estaría ligado, trágicamente, a la guerra que arrasó la región en el siglo XX.
Para entender por qué Banlung es la capital de Ratanakiri hay que hablar de otra ciudad: Lumphat. Antes de Banlung, la capital provincial era Lumphat, un pueblo a orillas del río Srepok, más al sur. Pero Lumphat tuvo la desgracia de estar en el lugar y el momento equivocados de la historia. Durante la guerra de Vietnam, el remoto noreste camboyano se convirtió en un escenario estratégico: las fuerzas comunistas vietnamitas usaban la región como retaguardia y ruta, y los Jemeres Rojos habían instalado allí su base insurgente.
La respuesta de Estados Unidos fue una campaña de bombardeos devastadora. Entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, la aviación estadounidense arrasó buena parte del este de Camboya buscando destruir los santuarios comunistas. Lumphat, como capital provincial y punto significativo de la zona, quedó prácticamente destruida por los bombardeos: hoy quedan de ella poco más que ruinas y cráteres, un pueblo fantasma que atestigua la brutalidad de aquella guerra secreta librada sobre una tierra de aldeas indígenas.
Con Lumphat en ruinas, la capital provincial se trasladó a Banlung, mejor situada y con mejores perspectivas, en la década de 1970. Así, Banlung nació a la vida urbana no por un florecimiento pacífico, sino como reemplazo de una ciudad arrasada por las bombas. Su condición de capital es, en cierto modo, una cicatriz de la guerra: la prueba de cómo el conflicto reconfiguró incluso la geografía administrativa de este rincón olvidado de Camboya.
La historia de Banlung y Ratanakiri está inseparablemente unida a la de los Jemeres Rojos, porque fue precisamente en estas selvas remotas donde germinó buena parte de la tragedia camboyana. Los comunistas vietnamitas operaban en la zona desde los años cuarenta, aprovechando su aislamiento y sus fronteras porosas con Laos y Vietnam. Y a mediados de los años sesenta, la dirigencia del Partido Comunista de Kampuchea —los futuros Jemeres Rojos— eligió el noreste para instalar su base insurgente.
En 1963, Pol Pot y buena parte de la cúpula comunista se replegaron desde Nom Pen a las selvas de Ratanakiri, donde la sede del partido se trasladó hacia 1966. Allí, la guerrilla captó el apoyo de los pueblos khmer loeu, explotando el resentimiento de muchas de estas minorías hacia el gobierno central y su política de asimilación. Cientos de indígenas de las tierras altas se sumaron a sus filas. Cuando, tras los bombardeos y la retirada del gobierno central en 1970, la región cayó bajo control jemer rojo, el noreste se había convertido en el semillero de un movimiento que pronto conquistaría todo el país.
La ironía trágica es que esos mismos pueblos que nutrieron la revolución fueron después sus víctimas. Cuando los Jemeres Rojos tomaron toda Camboya en 1975 e impusieron su régimen genocida —que en tres años y medio causó la muerte de alrededor de una cuarta parte de la población por trabajos forzados, hambre, enfermedad y ejecuciones—, las comunidades de Ratanakiri sufrieron el desarraigo, la violencia y el intento de aniquilar sus culturas, como el resto de los camboyanos. La región que había sido cuna de la revolución quedó, también, marcada por su horror hasta la caída del régimen en 1979.
Tras el horror de los años setenta y las largas décadas de guerra, ocupación y recuperación que siguieron, Banlung fue creciendo lentamente como centro administrativo y comercial de un Ratanakiri por fin en paz. Durante mucho tiempo, llegar hasta aquí seguía siendo una odisea de caminos polvorientos e interminables; la ciudad era un remoto punto final del mapa, apenas conectado con el resto del país. Pero la mejora progresiva de las carreteras y la apertura de Camboya al turismo cambiaron su papel.
Hoy Banlung es, ante todo, la puerta de entrada al noreste: la base desde la que los viajeros exploran las maravillas de Ratanakiri. Su mercado central, donde se cruzan jemeres y gente de las distintas etnias indígenas, su lago urbano de Boeng Kansaign y sus calles de tierra roja conforman una ciudad sin grandes monumentos pero con carácter, práctica y auténtica. Guesthouses, agencias y guías locales organizan desde aquí las excursiones al lago de Yeak Laom, las cascadas, las aldeas indígenas y la selva profunda del Parque Nacional de Virachey.
La ciudad y su provincia enfrentan hoy desafíos silenciosos pero decisivos: la deforestación, la expansión de las grandes plantaciones, la tala ilegal y la minería presionan sobre los bosques y sobre las tierras ancestrales de los pueblos indígenas, cuyo modo de vida se ve amenazado. Banlung, nacida de las cenizas de una guerra que arrasó a su predecesora Lumphat, se ha convertido en el corazón práctico de una región que guarda algunos de los paisajes y las culturas más frágiles y fascinantes de Camboya. Para el viajero, es la llave de un territorio que merece ser conocido —y protegido— con respeto.