Nom Pen es una ciudad que no se deja resumir en una postal. Capital de Camboya en la confluencia de tres ríos, mezcla la elegancia dorada del Palacio Real, la herencia de la época colonial francesa que le valió el apodo de 'perla de Asia', el bullicio de sus mercados y una modernidad que crece a toda velocidad. Es una urbe vibrante, calurosa y llena de vida, con una ribera fluvial animada, templos budistas, cafés con encanto y una energía que atrapa. Pero es, sobre todo, la llave para entender Camboya, con sus luces y sus sombras.
Porque en Nom Pen está también la memoria del capítulo más oscuro de la historia del país: el genocidio perpetrado por el régimen de los Jemeres Rojos entre 1975 y 1979. Visitar el antiguo centro de detención de Tuol Sleng (S-21) y los Campos de la Muerte de Choeung Ek es una experiencia dura, pero es un acto de respeto y de comprensión imprescindible: ayuda a dimensionar lo que sufrió el pueblo camboyano y a valorar su resiliencia. Esta guía trata esos lugares con la sobriedad y el rigor que merecen.
Aquí encontrarás cómo organizar la visita: qué ver en la ciudad, cómo moverte, cuánto cuestan las entradas, dónde comer bien y barato y cómo llegar y salir hacia el resto del país. Nom Pen premia al viajero que le da tiempo: la que al principio parece caótica se revela como una ciudad de una humanidad y una calidez enormes. Su historia completa, del imperio jemer al presente, pasando con seriedad por los años del terror, está en nuestra página de historia.
Según la leyenda, Nom Pen nació cuando una anciana llamada Penh encontró en el río unas imágenes de Buda y mandó levantar una colina (phnom) y un templo para guardarlas: de ahí 'Phnom Penh', 'la colina de Penh'. La ciudad tomó importancia en el siglo XV, cuando la corte jemer trasladó aquí su capital tras el declive de Angkor, aprovechando su posición estratégica en la unión de los ríos para el comercio. Fue capital de forma intermitente y, ya de manera estable, desde mediados del siglo XIX, cuando Camboya se convirtió en protectorado francés (1863) y los franceses la transformaron en una elegante ciudad colonial. Tras la independencia, en 1953, vivió una época dorada bajo el rey Norodom Sihanouk. Pero en abril de 1975 los Jemeres Rojos tomaron la ciudad y la vaciaron por completo, deportando a toda su población al campo en el inicio de un régimen que causaría la muerte de alrededor de 1,7 a 2 millones de camboyanos. Tras la caída del régimen en 1979 y años difíciles, Nom Pen renació y hoy es de nuevo una capital pujante. Su historia completa, tratada con detalle y sobriedad, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El eje fluvial del país: la capital, Nom Pen, en la confluencia de los grandes ríos, y las tierras del Mekong medio donde sobreviven los últimos delfines de agua dulce.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El nombre de la ciudad guarda una leyenda entrañable. Se cuenta que a finales del siglo XIV, una anciana rica y devota llamada Penh (Daun Penh, 'la abuela Penh') encontró flotando en las aguas del río, tras una crecida, el tronco de un árbol en cuyo interior había cuatro imágenes de Buda y una de bronce. Considerándolo un signo sagrado, mandó erigir una colina artificial y, en su cima, un templo para custodiar las estatuas. Aquella colina fue el 'Phnom' (montaña, en jemer) de la señora Penh: de ahí 'Phnom Penh', la colina de Penh. El templo, hoy Wat Phnom, sigue en pie y marca simbólicamente el punto de nacimiento de la ciudad.
Más allá del mito, la ubicación de Nom Pen no es casual: se asienta en un cruce excepcional de vías de agua, donde el río Tonlé Sap desemboca en el Mekong y de este se desprende también el río Bassac. Es el llamado 'Chaktomuk', 'las cuatro caras', un nudo fluvial estratégico para el comercio y el control del territorio, en el corazón de la fértil llanura del Mekong.
Durante siglos, sin embargo, el centro del poder camboyano estuvo en Angkor, al noroeste. Nom Pen solo pasaría a primer plano cuando aquel gran imperio entró en declive y la corte jemer necesitó un nuevo hogar más seguro y mejor conectado con las rutas comerciales del sur.
Tras el saqueo de Angkor por el reino siamés de Ayutthaya en 1431 y el debilitamiento del viejo imperio, la corte jemer trasladó su capital hacia el sur. Nom Pen se convirtió en capital real por primera vez a mediados del siglo XV, aprovechando su posición en la confluencia de los ríos para el comercio con China y el resto de la región. Fue un periodo intermitente: la capital cambió de sede varias veces en los siglos siguientes (Lovek, Oudong), mientras Camboya, cada vez más débil, quedaba atrapada entre las presiones de sus dos poderosos vecinos, Siam (Tailandia) al oeste y Vietnam al este, que se disputaban su control.
Esa larga decadencia del reino cambió de rumbo en el siglo XIX con la llegada de una nueva potencia. En 1863, el rey Norodom aceptó el protectorado de Francia sobre Camboya, buscando protección frente a siameses y vietnamitas. Los franceses establecieron su administración y, en 1866, hicieron de Nom Pen la capital estable y definitiva del país. A partir de entonces, transformaron la ciudad: trazaron amplios bulevares, levantaron edificios administrativos, mercados —como el espléndido Mercado Central art déco—, villas y el propio Palacio Real en su forma actual. La ciudad creció y se embelleció hasta ganarse el apodo de 'la perla de Asia'.
Bajo el protectorado, Nom Pen se convirtió en una elegante capital colonial, con una mezcla de arquitectura jemer y francesa que todavía define su casco histórico. Camboya recuperó su independencia de forma pacífica en 1953, bajo el liderazgo de Norodom Sihanouk, y la ciudad vivió durante los años cincuenta y sesenta una época dorada de prosperidad, cultura y modernidad, con un estilo arquitectónico propio (el 'Nuevo Jemer') que la puso a la vanguardia de la región.
La época dorada de Nom Pen se quebró en los años setenta, arrastrada por la guerra de Vietnam. Aunque Camboya intentó mantenerse neutral, el conflicto desbordó sus fronteras: las tropas norvietnamitas y del Vietcong usaban el este del país como retaguardia, y Estados Unidos respondió con una devastadora campaña de bombardeos secretos sobre territorio camboyano, que causó decenas de miles de muertos y desplazó a masas de campesinos hacia las ciudades. En 1970, un golpe de Estado derrocó al príncipe Sihanouk e instauró una república proestadounidense, la República Jemer, dirigida por Lon Nol.
En ese caos creció una guerrilla comunista radical: los Jemeres Rojos (Khmer Rouge), liderados por un maestro formado en París cuyo nombre de guerra sería Pol Pot. Con el respaldo del campesinado empobrecido y aprovechando la ira contra los bombardeos y el gobierno corrupto, los Jemeres Rojos avanzaron y cercaron la capital durante una larga y sangrienta guerra civil. Nom Pen se llenó de refugiados que huían del campo, y su población se disparó mientras la ciudad quedaba sitiada y bombardeada.
El 17 de abril de 1975, los Jemeres Rojos entraron en Nom Pen. Al principio, muchos habitantes exhaustos los recibieron con alivio, creyendo que traían el fin de la guerra. Pero en cuestión de horas comenzó una de las tragedias más atroces del siglo XX: las nuevas autoridades ordenaron la evacuación total e inmediata de la ciudad. Con el pretexto de un supuesto bombardeo inminente, obligaron a toda la población —enfermos incluidos, sacados de los hospitales— a marchar a pie hacia el campo. En pocos días, la capital de casi dos millones de personas quedó convertida en una ciudad fantasma.
Este apartado trata hechos extremadamente graves. Se abordan con la sobriedad y el rigor que exige el respeto a las víctimas. Al tomar el poder, los Jemeres Rojos rebautizaron el país como Kampuchea Democrática y proclamaron el 'Año Cero': el punto de partida de una utopía comunista agraria y radical que pretendía refundar la sociedad desde la nada. Para ello abolieron el dinero, la propiedad privada, los mercados, las escuelas, la religión y hasta la familia tradicional; vaciaron las ciudades y forzaron a toda la población a trabajar en el campo, en enormes cooperativas agrícolas, bajo un régimen de trabajo esclavo, hambre y terror.
El régimen persiguió y eliminó a quienes consideraba 'enemigos' o incompatibles con su proyecto: intelectuales, profesionales, funcionarios del régimen anterior, monjes budistas, minorías étnicas (como los cham musulmanes y los vietnamitas) y, con paranoia creciente, a sus propios cuadros. Bastaba con usar gafas, hablar un idioma extranjero o tener las manos poco callosas para caer bajo sospecha. En Nom Pen, el régimen instaló en un antiguo instituto la prisión secreta S-21 (hoy museo de Tuol Sleng), dirigida por el comandante Kaing Guek Eav, alias 'Duch': por allí pasaron miles de detenidos que eran interrogados, torturados para arrancarles 'confesiones' y luego trasladados para ser ejecutados en campos como Choeung Ek. Casi nadie sobrevivió.
En tres años, ocho meses y veinte días, se estima que murieron alrededor de 1,7 a 2 millones de camboyanos —cerca de una cuarta parte de la población— por ejecución, hambre, enfermedad y agotamiento. Es uno de los mayores genocidios del siglo XX en proporción a la población total. Los memoriales de Tuol Sleng y de los Campos de la Muerte, en Nom Pen, preservan hoy esa memoria y son lugares de duelo nacional.
El régimen de los Jemeres Rojos cayó por su propio delirio y por un conflicto exterior. Sus incursiones y matanzas en la frontera con Vietnam provocaron la respuesta de Hanói: a finales de diciembre de 1978, el ejército vietnamita invadió Camboya y, el 7 de enero de 1979, tomó una Nom Pen desierta y en ruinas, poniendo fin a la pesadilla. Se instauró un nuevo gobierno prooccidental de Vietnam, la República Popular de Kampuchea, y los supervivientes empezaron a regresar poco a poco a una ciudad vaciada, sin servicios, sin dinero y sin apenas población.
Los años ochenta fueron de reconstrucción penosa y de guerra latente: los Jemeres Rojos y otras facciones siguieron combatiendo desde la selva y la frontera tailandesa, mientras el país quedaba aislado y empobrecido. La paz no llegó de verdad hasta los Acuerdos de París de 1991 y la intervención de la ONU, que organizó elecciones en 1993 y restauró la monarquía constitucional con Norodom Sihanouk de nuevo como rey. Solo entonces Nom Pen pudo empezar a recuperarse de veras.
Desde entonces, la capital ha renacido con fuerza. Hoy es una ciudad pujante y en plena transformación, con torres nuevas, tránsito frenético, una clase media creciente, una vida de cafés, arte y gastronomía cada vez más rica, y un turismo que vuelve a descubrir su encanto colonial y su energía. Pero Nom Pen no olvida: convive con naturalidad el brillo del Palacio Real y la modernidad con la memoria dolorosa de Tuol Sleng y Choeung Ek. Esa capacidad de mirar de frente su pasado más terrible y, a la vez, seguir adelante con dignidad y calidez es quizá lo más admirable de esta ciudad y de todo el pueblo camboyano. Para el viajero, entenderla es entender Camboya entera.