Pocos países pueden decir que un capítulo entero de la prehistoria europea lleva el nombre de uno de sus pueblos. La cultura de Hallstatt —así llamada por la aldea homónima a orillas de un lago del Salzkammergut, al sudeste de Salzburgo— designa la gran civilización del final de la Edad del Bronce y la primera Edad del Hierro de Europa central y occidental, entre los siglos XII y VI a.C. aproximadamente. Su riqueza no venía del hierro, sino de un tesoro más humilde y más valioso: la sal. En las montañas sobre Hallstatt se explotaban desde hacía milenios unas minas de sal —el llamado "oro blanco", indispensable para conservar los alimentos— cuyos túneles conservan hasta herramientas y ropas de madera y cuero de la Edad del Bronce. De aquella prosperidad da testimonio una necrópolis con más de mil tumbas, muchas de ellas con ajuares suntuosos de bronce, hierro, ámbar y marfil que revelan una sociedad jerarquizada y conectada por el comercio con el Mediterráneo.
Sobre ese sustrato se desplegaron los celtas. Desde el siglo V a.C., con la cultura de La Tène, los pueblos celtas estructuraron el territorio y hacia el siglo II a.C. fundaron el reino de Nórico (Noricum), una confederación de tribus centrada en los Alpes orientales, en torno a la actual Carintia y Estiria. Nórico debía su fama y su fortuna a un recurso codiciado en todo el mundo antiguo: un hierro de altísima calidad, el ferrum noricum, exportado a Roma para forjar las mejores armas. Las relaciones entre el reino celta y la República romana fueron tan estrechas que Nórico funcionó durante décadas como aliado comercial y político antes de ser absorbido.
La cultura de Hallstatt y el reino de Nórico convirtieron a este rincón alpino en uno de los focos de la Europa protohistórica: un cruce de rutas de la sal, del hierro y del ámbar que unía el Mediterráneo con el norte del continente. Cuando Roma llegó, no encontró un vacío, sino una civilización milenaria asentada sobre la minería, el comercio y una notable pericia metalúrgica.
Hacia el año 15 a.C., bajo el emperador Augusto, Roma incorporó pacíficamente el reino de Nórico y avanzó sobre los Alpes orientales. El territorio de la actual Austria quedó repartido entre tres provincias: Nórico y Recia al oeste, y Panonia al este. La gran línea defensiva del Imperio, el limes, corría a lo largo del Danubio, y sobre ese río se levantó una cadena de campamentos legionarios y ciudades que aún hoy sostienen la geografía urbana austríaca. Entre ellos, dos nombres destacan sobre los demás.
El primero es Carnuntum, capital de la Panonia Superior, un enorme complejo militar y civil a orillas del Danubio, al este de la actual Viena. Con sus campamentos, su ciudad civil, su anfiteatro y sus decenas de miles de habitantes, Carnuntum fue durante siglos el corazón romano de la región: allí el emperador filósofo Marco Aurelio pasó temporadas y redactó parte de sus Meditaciones durante las guerras contra los pueblos germánicos, y allí, en el año 308, se reunió la conferencia imperial que intentó salvar la tetrarquía. El segundo nombre es Vindobona, un campamento legionario y su ciudad anexa que dieron origen a Viena: en ese asentamiento del Danubio, según la tradición, murió el propio Marco Aurelio en el año 180.
La presencia romana dejó calzadas, murallas, viñedos —los romanos introdujeron o difundieron la viticultura en el Danubio— y el trazado de ciudades como Juvavum (Salzburgo), Brigantium (Bregenz) o Lauriacum (Enns/Lorch). Cuando el Imperio de Occidente se desmoronó en el siglo V, las tierras del Danubio se vaciaron y se poblaron de nuevos pueblos; pero el sustrato romano —la red de ciudades, la latinidad, el cristianismo incipiente— nunca desapareció del todo bajo lo que vendría después.
Tras la caída de Roma, las tierras del Danubio fueron ocupadas por pueblos germánicos y eslavos y, sobre todo, por los bávaros, que colonizaron el valle y difundieron el cristianismo desde obispados como el de Salzburgo. En el siglo VIII, Carlomagno sometió a los bávaros e integró la región en su imperio, creando en la frontera oriental una marca militar frente a los ávaros y, más tarde, frente a los magiares (húngaros). Aquella zona de frontera, la "marca del este" (Marcha orientalis), es el embrión del país. La derrota de los magiares por Otón I en la batalla del Lechfeld (955) estabilizó la frontera y permitió reorganizar la marca.
En el año 976, el emperador Otón II entregó esa marca oriental a Leopoldo I de Babenberg, iniciando una dinastía que gobernaría Austria durante casi tres siglos. El nombre mismo del país nació en esos años: en un documento imperial del 996 aparece por primera vez la forma Ostarrîchi ("reino del este"), antepasado directo de Österreich. Los Babenberg fueron desplazando su centro de poder río abajo hasta fijar su residencia en Viena, fomentaron los monasterios —Melk, Klosterneuburg, Heiligenkreuz—, fundaron ciudades y convirtieron la marca fronteriza en un territorio próspero. En 1156, el Privilegium Minus elevó Austria de marca a ducado, con amplios privilegios de autonomía: un hito jurídico que consolidó su identidad dentro del Sacro Imperio.
Bajo los últimos Babenberg, Austria vivió un florecimiento cortesano y cultural; en su corte, según la tradición, se compuso hacia el 1200 el Cantar de los Nibelungos. Pero la dinastía se extinguió en 1246, cuando el duque Federico II murió sin herederos en una batalla contra los húngaros. Se abrió entonces una crisis sucesoria —el llamado Interregno— en la que el poderoso rey Otakar II de Bohemia se apoderó de Austria. Ese vacío de poder sería la oportunidad de una familia hasta entonces menor, procedente de la actual Suiza: los Habsburgo.
En 1273, los príncipes electores del Sacro Imperio eligieron rey a un conde de rango modesto, Rodolfo de Habsburgo, precisamente porque lo creían débil y manejable. Se equivocaron. Rodolfo I enfrentó al todopoderoso Otakar II de Bohemia, que se negaba a reconocerlo y ocupaba Austria, y lo derrotó y mató en la batalla de Marchfeld, cerca de Viena, en 1278. En 1282, Rodolfo invistió a sus hijos con los ducados de Austria y Estiria: es el acto fundacional de más de seis siglos de dominio de los Habsburgo sobre Austria, que no terminaría hasta 1918.
Durante los siglos siguientes, los Habsburgo consolidaron y ampliaron sus tierras con una habilidad legendaria para casarse bien. La frase que resume su estrategia —"Bella gerant alii, tu felix Austria nube": que otros hagan la guerra; tú, feliz Austria, cásate— no es un mito: los enlaces matrimoniales les fueron sumando coronas. El emperador Maximiliano I casó a su hijo con la heredera de Castilla y Aragón, y de ese matrimonio nació Carlos, que en 1519 fue elegido emperador como Carlos V y reunió bajo su cetro España y sus colonias americanas, los Países Bajos, el sur de Italia y las tierras austríacas: un imperio "en el que no se ponía el sol". Al abdicar, Carlos dividió la herencia: la rama española por un lado, y por el otro la austríaca, encabezada por su hermano Fernando I, que además de las tierras alpinas heredó las coronas de Bohemia y de Hungría en 1526.
Desde entonces, los Habsburgo austríacos monopolizaron casi sin interrupción la corona imperial y gobernaron un conglomerado de reinos y ducados de lenguas y pueblos diversos, unidos solo por la persona del soberano. Ese sello —una dinastía que crece por herencia y matrimonio, que gobierna a la vez alemanes, checos, húngaros, italianos, croatas y polacos— definiría a Austria hasta el siglo XX. Y en Viena, su capital, esa monarquía habría de librar las batallas que decidieron el destino de Europa central: primero, contra el Imperio otomano.
Durante siglo y medio, Viena fue el bastión que detuvo la expansión otomana en Europa central. Tras aplastar al reino de Hungría en la batalla de Mohács (1526), el sultán Solimán el Magnífico avanzó sobre las tierras de los Habsburgo. En el otoño de 1529 puso sitio a Viena con un ejército que las fuentes cifran por encima de los 100.000 hombres, frente a una guarnición de apenas unos 20.000 defensores al mando del veterano Niklas von Salm. El sitio, iniciado el 27 de septiembre, duró poco más de dos semanas: las lluvias, la falta de artillería pesada, la resistencia de las murallas y la llegada del invierno obligaron a Solimán a retirarse el 15 de octubre. Viena había resistido, pero la amenaza no desapareció.
El segundo asalto, más de siglo y medio después, fue aún más dramático. En julio de 1683, un enorme ejército otomano al mando del gran visir Kara Mustafá sitió Viena durante dos meses; la ciudad, defendida por Ernst Rüdiger von Starhemberg, quedó al borde del colapso por el hambre, la enfermedad y las minas que socavaban sus murallas. La salvación llegó el 12 de septiembre de 1683, cuando un ejército de socorro imperial y polaco, comandado por el rey Juan III Sobieski de Polonia, descendió desde las colinas del Kahlenberg y aplastó a los sitiadores en la batalla de Viena, con una de las mayores cargas de caballería de la historia, la de los húsares alados polacos.
La derrota otomana de 1683 marcó un punto de inflexión. Los turcos no volverían a amenazar Viena, y en las décadas siguientes las tropas imperiales —al mando del brillante general Eugenio de Saboya, vencedor en Zenta (1697) y Belgrado (1717)— reconquistaron Hungría y empujaron la frontera hacia los Balcanes. Austria emergió de aquellas guerras convertida en una gran potencia. La huella cultural del episodio persiste incluso en la leyenda: se dice que el café —los sacos abandonados por el ejército otomano— y el croissant (el kipferl con forma de media luna) nacieron en la Viena liberada de 1683, mito que la ciudad cultiva con gusto.
El siglo XVII austríaco estuvo marcado por la Contrarreforma: los Habsburgo, campeones del catolicismo, impusieron con dureza la vuelta a Roma en sus territorios, expulsaron o convirtieron a los protestantes y encomendaron a los jesuitas la recatolización. La Guerra de los Treinta Años (1618-1648), desencadenada por la revuelta protestante de Bohemia contra el emperador, asoló Europa central; su desenlace consolidó el poder de la dinastía sobre unas tierras hereditarias plenamente católicas. De aquella victoria confesional nació también el esplendor del barroco austríaco: las iglesias, los monasterios y los palacios que aún hoy definen el paisaje del país, desde la abadía de Melk hasta el palacio del Belvedere.
El gran giro llegó en el siglo XVIII con María Teresa, que gobernó de 1740 a 1780 y fue la única mujer que rigió los dominios de los Habsburgo. Tuvo que defender su herencia en la Guerra de Sucesión Austríaca, en la que perdió la rica Silesia frente a Prusia, pero salió de esas guerras decidida a modernizar el estado. Impulsó una vasta reforma: centralizó la administración, creó un ejército permanente y una burocracia profesional, ordenó las finanzas, introdujo la escolarización obligatoria en 1774 —una de las primeras de Europa— y suavizó las condiciones de la servidumbre campesina. Madre de dieciséis hijos, entre ellos María Antonieta, reina de Francia, encarnó una monarquía a la vez conservadora, católica y reformista.
Su hijo y sucesor, José II (1780-1790), llevó las reformas mucho más lejos, hasta convertirse en el emblema del "despotismo ilustrado". Abolió la servidumbre, promulgó en 1781 una Patente de Tolerancia que concedía libertad de culto a protestantes y ortodoxos y levantó restricciones a los judíos, disolvió cientos de monasterios contemplativos y sometió la Iglesia al Estado, reformó la justicia y abolió la pena de muerte. Muchas de sus medidas, aplicadas con prisa autoritaria y sin consenso, provocaron resistencias y hubo que revertirlas; pero su reinado dejó a Austria un legado ilustrado —tolerancia religiosa, un Estado más racional, el fin de la servidumbre— sobre el que se construiría el país moderno.
La Viena de finales del siglo XVIII se convirtió en la capital musical de Europa. En la corte y en los palacios de la aristocracia florecieron los grandes maestros del clasicismo vienés: Joseph Haydn, "padre" de la sinfonía y del cuarteto de cuerda, al servicio de la casa Esterházy; Wolfgang Amadeus Mozart, nacido en Salzburgo en 1756 y afincado en Viena, donde compuso sus óperas y sinfonías inmortales antes de morir joven y endeudado en 1791; y, ya en el cambio de siglo, Ludwig van Beethoven, que hizo de Viena su ciudad. Aquella efervescencia musical convivió con años de guerra: la Revolución Francesa y el ascenso de Napoleón sacudieron el orden europeo y golpearon de lleno a Austria.
Los Habsburgo lucharon contra la Francia revolucionaria y napoleónica en una guerra tras otra, casi siempre con derrotas. Napoleón ocupó Viena en 1805 y en 1809, y humilló a la monarquía en batallas como Austerlitz (1805) y Wagram (1809). En 1806, ante el avance francés, el emperador Francisco disolvió el milenario Sacro Imperio Romano Germánico y se proclamó, dos años antes, emperador de Austria (Francisco I): nacía formalmente el Imperio austríaco. La derrota final de Napoleón, en 1814-1815, dio a Austria la ocasión de recuperar el protagonismo.
Ese protagonismo se llamó Congreso de Viena. Entre 1814 y 1815, los soberanos y diplomáticos de Europa se reunieron en la capital austríaca —entre bailes, intrigas y recepciones— para reordenar el continente tras la era napoleónica. El alma del Congreso fue el canciller austríaco Klemens von Metternich, arquitecto de un sistema conservador destinado a restaurar las monarquías y sofocar las revoluciones. Durante más de tres décadas, la "era de Metternich" impuso en Austria y en buena parte de Europa un orden autoritario y una férrea censura. Ese sistema saltó por los aires en 1848, cuando una oleada revolucionaria recorrió el imperio: en Viena, Praga, Budapest y el norte de Italia estallaron levantamientos liberales y nacionales. Metternich cayó y huyó, y aunque las revueltas fueron finalmente aplastadas por el ejército, obligaron a abdicar al emperador y llevaron al trono, con apenas dieciocho años, a Francisco José I, que reinaría durante casi setenta años.
El largo reinado de Francisco José I (1848-1916) fue el de un imperio que se debatía entre la grandeza y la decadencia. En lo militar, la segunda mitad del siglo XIX fue una sucesión de reveses: Austria perdió sus territorios italianos frente al Piamonte y Francia en 1859, y sobre todo fue derrotada por Prusia en la breve y decisiva guerra de 1866, que la expulsó definitivamente de Alemania. Prusia, bajo Bismarck, unificaría Alemania sin Austria; los Habsburgo, apartados del mundo alemán, debieron reorganizar su imperio mirando hacia el este.
Ese reajuste fue el Compromiso (Ausgleich) de 1867. Debilitada por la derrota y presionada por el nacionalismo húngaro, la monarquía se transformó en una doble monarquía: el Imperio austrohúngaro. Austria y Hungría pasaban a ser dos estados iguales, cada uno con su parlamento, su gobierno y su primer ministro, unidos por la persona del soberano —Francisco José, emperador de Austria y rey de Hungría— y por tres ministerios comunes: Asuntos Exteriores, Guerra y Finanzas de esos ramos. Era una arquitectura política singular, un imperio bicéfalo que se extendía desde los Alpes hasta los Cárpatos y los Balcanes.
La doble monarquía dio décadas de estabilidad y de notable desarrollo económico y cultural, pero no resolvió su problema de fondo: era un estado de muchas naciones —alemanes, húngaros, checos, polacos, rutenos, eslovacos, eslovenos, croatas, serbios, rumanos, italianos— en una época en que el nacionalismo lo corroía todo. Checos, croatas y otros pueblos reclamaban los mismos derechos que se habían concedido a los húngaros, y las tensiones nacionales paralizaban la política. Bajo la superficie de la Viena imperial y de sus fastos, el imperio de Francisco José arrastraba contradicciones que el nuevo siglo haría estallar.
En las décadas que rodearon el cambio de siglo, Viena vivió una explosión creativa que la convirtió en una de las cunas del pensamiento y el arte del siglo XX. En sus cafés, universidades y salones nació el psicoanálisis de Sigmund Freud, que revolucionó la comprensión de la mente humana; en la pintura, Gustav Klimt y la Secesión vienesa, y después Egon Schiele y Oskar Kokoschka, abrieron el camino de la modernidad; en la literatura, Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal, Robert Musil y Karl Kraus diseccionaron con lucidez una sociedad en crisis; en la música, Gustav Mahler dirigió la Ópera de la Corte y Arnold Schönberg hizo saltar por los aires la tonalidad; en la filosofía, el joven Ludwig Wittgenstein cambió para siempre el modo de pensar el lenguaje. Buena parte de esa cultura fue impulsada, nutrida o creada por la vibrante comunidad judía vienesa.
Aquel esplendor se levantaba sobre un decorado nuevo: la Ringstrasse, el gran bulevar circular que Francisco José mandó abrir en 1857 sobre las viejas murallas, jalonado de monumentales edificios historicistas —la Ópera, el Parlamento, el Ayuntamiento, los museos, la universidad— que escenificaban el orgullo del imperio y de su burguesía liberal. Viena era una de las grandes capitales de Europa, brillante, cosmopolita y contradictoria.
Porque bajo ese brillo crecía también un veneno. En la misma Viena del genio prosperó una nueva política de masas antisemita, encarnada por Karl Lueger, alcalde de la ciudad entre 1897 y 1910 y líder del Partido Cristianosocial, que hizo del antisemitismo un instrumento electoral eficaz mientras modernizaba la ciudad. Un joven fracasado que malvivía en Viena en esos años, Adolf Hitler, admiró abiertamente a Lueger y a sus métodos, y absorbió en las calles y los folletos de la capital el odio racial que más tarde llevaría al poder. La Viena del 1900 fue, a la vez, un laboratorio de la modernidad y un laboratorio de sus peores demonios: en ella convivieron Freud y el antisemitismo político, la vanguardia y la semilla de la catástrofe que se abatiría sobre Europa.
El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, un nacionalista serbobosnio, Gavrilo Princip, asesinó al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, y a su esposa Sofía. El atentado desató la crisis de julio: un mes después, el 28 de julio de 1914, el anciano Francisco José firmaba en su villa de Bad Ischl la declaración de guerra a Serbia, y el sistema de alianzas europeo arrastró al continente entero a la Primera Guerra Mundial. Cuatro años de guerra total desangraron al imperio: millones de soldados de todas sus naciones murieron en los frentes de Galitzia, Serbia, Italia y los Alpes, y la retaguardia sufrió hambre y agotamiento.
El imperio no sobrevivió a la derrota. En 1916 murió Francisco José tras 68 años de reinado; su sucesor, Carlos I, intentó en vano una paz separada y reformas de última hora. En el otoño de 1918, con la derrota consumada, las naciones del imperio proclamaron su independencia: nacieron Checoslovaquia, la Yugoslavia de los eslavos del sur, una Hungría independiente, y Polonia recuperó territorios; Italia y Rumania se anexaron otras tierras. El 11 de noviembre de 1918, Carlos renunció a los asuntos de gobierno, y al día siguiente se proclamó la República de la Austria alemana. De un imperio de más de cincuenta millones de habitantes quedaba un pequeño estado alpino de habla alemana de apenas seis millones y medio, con una capital, Viena, desproporcionadamente grande para el país que ahora encabezaba.
El Tratado de Saint-Germain (1919) fijó las duras condiciones de esa nueva Austria: le prohibió expresamente unirse a Alemania —el Anschluss que muchos deseaban—, le arrebató territorios de población alemana como el Tirol del Sur (cedido a Italia) y los Sudetes (a Checoslovaquia), y la dejó reducida y económicamente debilitada. La Primera República austríaca nació frágil, dividida entre una izquierda socialdemócrata fuerte en Viena y una derecha católica y conservadora dominante en las provincias, cada una con sus milicias armadas. Esa fractura, agravada por la crisis económica mundial de 1929, empujó al país hacia el enfrentamiento: en febrero de 1934 estalló una breve pero sangrienta guerra civil que terminó con la derrota de los socialistas y la prohibición de sus partidos. El canciller Engelbert Dollfuss instauró entonces un régimen autoritario y corporativo, el "austrofascismo"; él mismo sería asesinado en julio de 1934 en un intento de golpe de los nazis austríacos.
El 12 de marzo de 1938, las tropas alemanas cruzaron la frontera austríaca sin encontrar resistencia, y al día siguiente Hitler —nacido austríaco— proclamó en Viena la anexión (Anschluss) de Austria al Tercer Reich. Austria dejó de existir como Estado y pasó a ser una provincia alemana, la "Ostmark". Un plebiscito celebrado semanas después, en condiciones de propaganda y coerción, arrojó un apoyo cercano al 99 %. Las imágenes de aquellos días muestran multitudes vitoreando a Hitler en la Heldenplatz de Viena: una parte importante de la población austríaca recibió el Anschluss con entusiasmo, y muchos austríacos se incorporaron activamente al aparato del régimen.
La persecución fue inmediata y brutal. Apenas consumada la anexión se desató una ola de violencia antisemita: se humilló públicamente a los judíos vieneses obligándolos a fregar las calles, se saquearon comercios y sinagogas —la Noche de los Cristales Rotos de noviembre de 1938 fue especialmente feroz en Viena— y comenzó el despojo y la expulsión. De los alrededor de 190.000 judíos que vivían en Austria, decenas de miles lograron emigrar y unos 65.000 fueron asesinados en el Holocausto. En suelo austríaco funcionó el campo de concentración de Mauthausen y su red de subcampos, donde murieron cerca de la mitad de sus aproximadamente 190.000 prisioneros, muchos por el trabajo esclavo en las canteras de granito. Austríacos ocuparon puestos de responsabilidad en la maquinaria del genocidio, en proporción superior a su peso demográfico dentro del Reich.
Durante décadas, la Austria de posguerra se acogió a la llamada "tesis de la víctima" (Opferthese): apoyándose en la Declaración de Moscú de 1943, que había calificado a Austria como "el primer país libre víctima de la agresión hitleriana", el país se presentó como una nación ocupada y no como cómplice, eludiendo su responsabilidad. Esa narrativa fue revisada. El giro llegó con el caso Waldheim en 1986 —cuando salió a la luz el pasado en la Wehrmacht del presidente Kurt Waldheim— y, sobre todo, con el discurso del canciller Franz Vranitzky ante el Parlamento el 8 de julio de 1991, en el que Austria reconoció por primera vez su corresponsabilidad: muchos austríacos, admitió, saludaron el Anschluss, sostuvieron al régimen nazi y participaron en sus crímenes. En 1995 se creó el Fondo Nacional para las víctimas del nacionalsocialismo. El consenso historiográfico actual sostiene una posición matizada: Austria fue a la vez la primera anexionada por Hitler y un participante activo en el nazismo; ni la exculpación colectiva ni la culpabilización indiscriminada hacen justicia a una realidad en la que hubo victimarios, cómplices, indiferentes y también víctimas y resistentes austríacos.
Tras la derrota del Reich en 1945, Austria fue restablecida como Estado y, como Alemania, quedó dividida en cuatro zonas de ocupación —estadounidense, británica, francesa y soviética—, con Viena a su vez repartida entre las cuatro potencias. A diferencia de Alemania, sin embargo, Austria contó desde el primer momento con un gobierno propio, y no llegó a partirse en dos. Durante diez años, el país vivió bajo ocupación aliada mientras se negociaba, en plena Guerra Fría, un tratado que le devolviera la soberanía; la clave era la desconfianza de la Unión Soviética.
El desenlace llegó en 1955. El 15 de mayo, en el palacio del Belvedere de Viena, los ministros de las cuatro potencias y el gobierno austríaco firmaron el Tratado de Estado (Staatsvertrag), que restauraba la plena independencia de Austria y prohibía expresamente cualquier nuevo Anschluss con Alemania. A cambio de la retirada soviética, Austria se comprometió a la neutralidad: el 26 de octubre de 1955, un día después de que abandonaran el país las últimas tropas de ocupación, el Parlamento aprobó como ley constitucional la Declaración de Neutralidad Perpetua, por la que Austria renunciaba a alianzas militares y a bases extranjeras en su territorio. El 26 de octubre es desde entonces la fiesta nacional. El grito de aquel día —"¡Austria es libre!", del canciller Leopold Figl— quedó grabado en la memoria colectiva.
La Segunda República se consolidó como una democracia próspera y estable, gobernada durante décadas por la alternancia y la "gran coalición" entre socialdemócratas y conservadores, con un Estado de bienestar sólido y una economía social de mercado. Neutral entre los dos bloques, Viena se convirtió en sede de organismos internacionales —la ONU, la OPEP, el OIEA— y en puente entre el Este y el Oeste. En 1995, ya caído el Telón de Acero, Austria ingresó en la Unión Europea, manteniendo formalmente su neutralidad militar. Hoy es uno de los países más ricos y de mayor calidad de vida del mundo, orgulloso de su patrimonio imperial, de su música y de sus paisajes alpinos, y a la vez comprometido —tras el largo camino recorrido desde la tesis de la víctima— con una memoria crítica de su propio siglo XX.